CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Como padre y algo sabio que iba siendo, por edad y por kilómetros recorridos, intuyó que lo que podía venir a continuación iba a ser el aislamiento general, teniendo en cuenta que en China era lo que había funcionado y en Italia, por idiotas, no lo habían tenido en cuenta. Así que en el wasap de la familia colgó una larga perorata explicando lo que según él iba a venir e invitando a continuación a los tres hijos a que regresaran lo antes posible a casa para vivir lo que se avecinara en familia, fuera lo que fuera. Podría haberlo hecho por teléfono, pero sabía que si los llamaba, tendrían el teléfono con el sonido silenciado y no contestarían o lo harían al día siguiente e incluso es posible que alguno en concreto pensara que si era algo urgente seguro que el padre insistiría más veces y entonces sería cuando contestaría, viendo que se estaba poniendo pesado.

Al wasap, sin embargo, contestaron todos en un par de horas más o menos: «Vale, papá»; «Lo voy a pensar»; «Os llamo con lo que sea, besitos», fueron respectivamente las respuestas. Al día siguiente no hubo noticias de ninguno de los tres. «Tomadlo en serio, ¡no seáis tan asquerosamente jóvenes, coño!, que esto no es una broma, que no es una monserga de padre. Lo dicen los expertos y la ciencia. Se nos viene una gorda», escribió con un solo dedo el padre en el teléfono. «No seáis tan listos, jolín, que a mí me ha dicho el director que se van a suspender las clases ya mismo», escribió la madre, que hasta ese momento solo había sido espectadora de los diálogos en el grupo de wasap. Aun así, no contestaron hasta por la noche y alguno a deshoras, de tal forma que lo leyeron los demás por la mañana. «OK, me movilizo mañana»; «OK. Voy a ver cómo lo hago. Miro vuelos»; «OK. Cierran la residencia, llego por la tarde». El padre respiró tranquilo mirando a su mujer en la cocina después de la cena, aunque sabía por experiencia que, tratándose de sus hijos, no saldrían las cosas como a él le pudiera gustar. «Por una vez nos van a obedecer todos, deben de estar viendo las orejas al lobo», repuso la madre. El padre a eso no dijo nada.

De madrugada llegó un nuevo wasap, nada menos que a las cinco de la mañana («¿Qué estaría haciendo mi hija en Francia a esa hora, despierta y usando el móvil?», se preguntó para sí Daniel desayunando en la cocina, cuando vio la hora a la que lo había enviado). «Papis —decía el mensaje de Inés— voy con una amiga china que se quedaría sola si aquí los franceses hacen lo mismo. Hemos encontrado un vuelo desde Paris para pasado mañana por la noche. Ya os comento. Más besitos. ¡Ah!, mami, saca la cama supletoria para Yue (Jjji, Yue es la chica china. Es muy maja. Os gustará). Todavía más besitos».

Berto llegó por la tarde al día siguiente desde Valladolid. Merchu había dicho que por la noche cogería un tren, pero mandó un wasap a las once, cuando ya empezaban sus padres a preguntarse si pasaba algo, diciendo que hasta el día siguiente por la tarde no iría. No dio razones para el retraso. Daniel bufó al leerlo. Llevaba unos años bufando bastante. Se confirmó a sí mismo las sospechas de que no saldría la operación regreso a casa como él quería. La había llamado dos veces, pero, como siempre, no había cogido el teléfono. Se fue a la cama suspirando por todo: por cómo es la juventud de hoy día, porque le podía afectar el virus a él y a su familia, porque había una incertidumbre grande en todo el asunto y porque si se cumplían los pronósticos, viendo venir lo que se venía, el desastre podía ser sin parangones. Además, Berto, que de siempre fue un agonías, se había dedicado, nada más llegar, a calentar el asunto con previsiones negativas y profilaxis de todo tipo que había leído en el móvil, el instrumento del que no se separaba absolutamente para nada. Lo estaba viviendo con una ansiedad muy propia de su carácter y se corría el riesgo de contagio a toda la familia dado lo que se veía venir en todos los aspectos, en el demográfico y en el que tenía que ver con la realidad misma del asunto. A Daniel, su padre, no le hacía falta mucho para que estuviera a la altura de todos los pesimismos y ansiedades, en él silenciosas, de modo que se fue a la cama refunfuñando. A escondidas buscó en lo más hondo del cajón de la mesilla y se metió en la boca un trankimazín con la manzanilla de todas las noches. Era el tercer día que lo hacía, aunque no lo supiera nadie, porque se creía en la responsabilidad de constituirse en el equilibrio de la familia y había que dar una imagen. María, su mujer, se quedó en la sala hablando con Berto, que no tenía otro tema de conversación que el dichoso virus y la catástrofe que se avecinaba. Ella desviaba la conversación hacia temas más amables, pero Berto lo relacionaba todo con la epidemia del coronavirus. Así que, como al día siguiente tenía que ir al instituto para una reunión de coordinación profesores-alumnos con objeto de dar las clases on line, se marchó a la cama también, dejando a su hijo manipulando el móvil y con la televisión puesta, aunque sin mirarla.

—Daniel, estoy muy asustada, esto puede ser peor que una guerra —le dijo a su marido mientras se ponía el pijama.

—Ya veremos, no seas pesimista. Anda, ven, acércate.

—¡No!, que ha dicho Berto que no lo haga, que durmamos bien separados, que los dos hemos estado en la calle estos días y puede que lo tenga uno ya. Si nos lo pegamos, seremos dos y aumentará exponencialmente la posibilidad de contagios a terceros.

 («Esto no ha hecho más que empezar», pensó Daniel, dijo un taco y apagó la luz).

 —Buenas noches.

 —Buenas noches, Daniel —y suspiró angustiada.   

Continuará