CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Como Mercedes había dejado de fiarse de su marido en la compra de género fresco, fuera de pescadería o de carne, fue ella misma al carnicero y compró un kilo de paletilla de cordero bien troceada. Tenía que ver la pinta antes de comprarla, porque pensaba que Daniel, ya fuera porque le parecía todo igual o porque se la colaba el carnicero, podía venir a casa con cualquier cosa. Y con cualquier cosa no era precisamente lo mismo en esta ocasión, ya que se trataba de hacer un arroz con paletilla de cordero troceada, el plato favorito de Berto, descubierto y aclamado por el estudiante de políticas durante el confinamiento. Nada mejor para despedirle que ese plato, unas migas para picar y un zarangollo extremeño de acompañamiento, aunque se corriera el riesgo de que el ajo le diera a los alientos un toque digamos aromático.

Había tocado retirada con el fin del confinamiento y cada uno tuvo enseguida su fecha prevista para marchar. El primero iba a ser Berto, por obligación y por devoción. La devoción era que se había sumado a un movimiento anti racista a propósito de la muerte salvaje de un negro en USA, razón porque la que estaban organizando una serie de movilizaciones en cadena, una de las cuales —así se lo había revelado reservadamente a Merchu y a Inés— era acudir en Madrid a la plaza de Colón y boicotear su memoria. Con ello esperaban una reacción regional en cadena contra el navegante. Inés, con su habitual forma de decir las cosas, le había preguntado qué tenía que ver Colón con la muerte del negro americano y Berto le había respondido que directamente nada, pero que, por descubrir América, había sido el origen mismo del racismo desencadenado allí, además de ser un genocida pionero de los pueblos americanos, con lo cual algo tendría que ver, cosa que él y sus compañeros activistas no estaban dispuestos a olvidar. Inés entonces le había mirado a los ojos y le había dicho: «Ten cuidado, Bertito, cielo, háztelo mirar, que mamá es extremeña, tierra de conquistadores, a ver si tenemos algún antepasado genocida de esos que dices, sale a la luz el pasado de nuestras raíces y te pintan la cara». Merchu, por su parte, pensó que eran las cosas de su hermano y que ya se le pasaría con el tiempo. De él, por la cosa de la consanguinidad, siempre buscaba el lado bueno y defendía que una vida sin pasiones importantes, como las que Berto estaba viviendo, es menos vida.  

Almorzaron el arroz con cordero y lo demás, y en la sobremesa Inés y Yue repartieron empaquetadas con papel de regalo las mascarillas personalizadas que habían hecho para cada uno, aunque fuera con una cierta pobreza de medios. Ideas de diseño no les faltaron, pero medios sí. La de Berto era muy sobria, negra, con una tira roja horizontal de menos de un dedo de ancha en la parte inferior. La de Daniel, azul oscura con un pequeño círculo amarillo a un lado que rompía la uniformidad. Para Mercedes, una azul cian, adornado el fondo con unas finas franjas horizontales amarillas que, partiendo de abajo, no llegaban a cubrir todo el espacio. La de Merchu, verde turquesa con un zigzag negro en la zona inferior. Y luego estaban las de las dos creadoras: la de Yue, azul cian salpicada de pequeñas florecillas que habían extraído de una camiseta con bordados. De repuesto otra, con el mismo fondo salpicada, de lentejuelas. Finalmente, una de las de Inés, la que presentó como principal, era azul oscura, con tres puntos suspensivos inquietantes descentrados para que solo parecieran puntos suspensivos.

 A las 6 de la tarde Berto estuvo listo para partir. Como siempre sucede en estos casos, fue el momento de darse cuenta de todo lo bien que lo habían pasado juntos a pesar de las congojas del primer mes y medio, de las discusiones políticas y sanitarias en defensa y contra la gestión del gobierno, y de toda la neurosis por las precauciones para no contagiarse, que les habían puesto muy tensos en algunos ratos. Como si se le fuera a la guerra, su madre se le abrazó con fuerza y empezó a lloriquear. Desde que siendo pequeño estuviera un poco enfermo y temiera incluso por su vida, Berto era su Berto; le consideraba indefenso, aunque en absoluto lo fuera, por lo que el marcharse lejos de su amparo, le provocaba siempre una honda pena con la que terminaba lloriqueando. Yue y él se habían encontrado a solas en el pasillo del piso de arriba cuando Berto bajaba con la maleta y, reparando Yue en que nadie les veía, le había levantado el puño diciéndole bajito en español: «En China-entendemos-esto-bien-mucho». A lo que Berto le había contestado con una sonrisa: «Bueno, ya cada vez menos, pero vale». Conmovido por el detalle y su sorpresa, Berto se había quedado parado un momento y luego la había abrazado en un impulso que no anduvo pensando dos veces y que demostraba lo que todo el mundo sabía: que a pesar de su vehemencia, tenía un corazón importante. Yue le correspondió con lo mismo y en ello se le llenaron los ojos de lágrimas a uno y al otro. De tal manera fue así, que cuando se soltaron, por iniciativa de Berto (no fuera a ser que les sorprendiera alguien y creyeran que habían estado liados en secreto), tuvieron que disimular las lágrimas cada uno como pudo.

A la puerta del garaje, con la maleta, la mochila y el portátil ya cargado en el coche y Daniel al volante, le fueron abrazando todos con mucho cariño. Berto se mostró muy entero en todo momento. Ya en el coche, cuando todos agitaban la mano, Inés levantó el puño mirando a su hermano, aunque con poca compostura para ello; se notaba que no lo hacía a menudo. Berto lo vio, mandó parar el coche a su padre, bajó la ventanilla y le dijo: «¡Que es con el izquierdo, Inés, coño!» Inés, pidió perdón y levantó el izquierdo, a la vez que con la otra mano le tiraba un beso sonriendo y le guiñaba un ojo. No habían pasado ni dos minutos y sonó el teléfono fijo de la casa. Berto se había olvidado el cargador del móvil, que siempre lo dejaba puesto en el enchufe de su habitación, estuviera cargando, conectado al teléfono o no. Tuvo que sacárselo a la calle Inés con una sonrisa y el gesto militar de ¡a sus órdenes! llevándose la mano extendida a la frente.   

Un abrazo fuerte ya en el andén puso de manifiesto, una vez más, cuanto se querían el padre y el hijo, aunque se pusieran mutuamente nerviosos de vez en cuando por diferencias políticas y por algunas otras cosas. En el fondo los dos sabían que tales antagonías serían perecederas.

La siguiente partida, tuvo lugar un día después de la de Berto y fue masiva y definitiva. De un golpe se marchaban Merchu, Inés y Yue, todas camino de Madrid en el mismo tren. Dormirían en el piso de Merchu y por la mañana temprano, partirían para Marsella, de donde Aix-en-Provence está a un paso. A ello acudió la abuela Angelines, porque precisamente era el cumpleaños de Inés y se autoinvitó a comer con ellos con el pretexto, además, de despedirse de sus nietas. Naturalmente a Mercedes esto no le hizo ninguna gracia, pero no dijo nada. Vino en taxi con una tarta de manzana que había hecho ella misma y tan elegante como siempre, con sus pulseras, collares y anillos, una mascarilla azul oscura con la bandera española en pequeño a un lado y bien perfumada. Llegó tan elegante que, sentados a la mesa, unos en chándal y otros en ropa informal de estar en casa, producían con Angelines un llamativo contraste. Como a Inés no le pasó desapercibido, subió a su habitación y se puso un vestido de verano, para que su abuela no estuviera sola en la elegancia. Al comer en la en la cocina casi siempre, por ser espaciosa y tenerlo todo más a mano, Mercedes le protestó a Inés porque decía que podía manchar el vestido y, además, le iba a oler a comida, dejando en evidencia quién le importaba oliendo a comida y quién no. Mercedes a veces tenía maldades con su suegra que le salían de un rincón del alma involuntariamente, pero le salían. Ella creía que no se notaban, aunque Daniel, que era muy agudo para los detalles, las percibía y, solo si eran muy evidentes, le protestaba después a solas. Ella lo negaba siempre. Si Angelines captaba algo, no le daba importancia, porque, a pesar de que nunca hubieran tenido problemas de verdad entre las dos, tampoco Mercedes desde siempre le había producido una gran exaltación de cariño.

De una misma atacada, Daniel llevaría en el coche a su madre a casa y las chicas a la estación. A Mercedes no le pareció bien, porque al parecer, aunque no lo hubiera dicho ni fuera habitual, esta vez tenía pensado acompañarlos a la estación. Como tantos no cabían en el coche, hizo un gesto de desagrado cuando Daniel invitó a su madre a acompañarlos para dejarla en su casa. Era mejor para Mercedes que se fuera cuanto antes, pero no pudo evitar ser puñetera.

Ante la partida, con las maletas ya dentro del coche, que con tiempo había ido bajando Daniel para no ir apurados, se abrazaron todos espontáneamente en el salón de la casa. Angelines había ido en ese momento al servicio. Sin planificarlo, Yue quedó en el medio del apretado círculo en el que todos parecían en contacto con todos. En realidad, lo que quisieron fue abrazar a la encantadora muchacha china todos a la vez, para mostrarle su cariño. Dentro de la piña se oyeron las palabras de Daniel: «No olvides, Yue, que seremos siempre tu familia española, así que puedes volver aquí cuando quieras» y acto seguido se oyó un sollozo de la muchacha, provocando que entre todos se apretaran aún más. Al deshacerse aquel nudo humano, se vio la cara de Daniel atravesada de arriba abajo por varios riachuelos de lágrimas. (¡Quién lo iba a decir!, el implacable alto funcionario de la Hacienda Pública, ante el que temblaban como con fiebre los defraudadores grandes y pequeños, ahora parecía un trocito de mantequilla derretida). Cuando llegó la abuela Angelines, componiéndose todavía la falda por los lados y haciendo sonar con ello las pulseras, le miró asombrada y, por un momento, le vino a la mente que su hijo era tan blando y sentimental como su difunto marido, al que sorprendió una vez en la ferretería familiar regalando un juego de cuchillos, una bolsa de pinzas para la ropa y dos cajas de alcayatas a una mujer viuda que sabía que andaba muy mal de dinero.

Aparcado el coche, caminando hacia la estación unos pasos por detrás de las tres chicas, volvió a mirar con placer de padre a sus dos hijas: tan altas, tan bien vestidas desde lo sencillo, tan guapas, con aquel aspecto de limpias y de dignas en todo. Inés, con aquel culo algo respingón que tanto temores le suscitaba como guinda de todos sus encantos, sus ojos y su gracia, y Merchu, con su pose de chica seria y responsable, que sabía medir bien las decisiones, escrutando con su mirada y eligiendo siempre lo correcto. Daniel siempre pensaba que cuando fuera la doctora Ortiz, en bata blanca, con el fonendoscopio colgado del cuello, daría gusto y confianza verla. Iban tan elegantes caminando que, incluso con sus mascarillas tapando parte de la cara, creía él que era inevitable mirarlas.      

Al ver acercarse al tren, Daniel volvió a abrazarlas a una por una, les ayudó a subir las maletas, agitó la mano en el aire despidiéndolas y viendo que el tren se ponía en marcha, se dio media vuelta y salió de la estación. Montó en el coche, quedó un momento parado mirando al infinito antes de ponerlo en marcha, suspiró, sonrió levemente y puso en funcionamiento el aparato de música. Parecía que no fuera a sonar, pero después de unos segundos lo hizo con esa decisión con la que empieza el Losing my religión de REM. No estaba previsto de antemano, pero resultó perfecto para empezar el camino a casa. Con ella y a continuación con Changing of the guards de Bob Dylan, condujo el camino a su casa. Alegrado por la música y por la realidad inmediata se dijo a sí mismo una máxima que le salió directamente del alma y que no sabía si se le acababa de ocurrir o se lo había oído alguna vez a alguien: «Qué bonito cuando vienen a casa los hijos, pero qué bueno cuando luego se van». Dejó el coche en el garaje, entró en casa y subió al primer piso para cambiarse de ropa. Encontró a su mujer de espaldas lavando un jersey con Norit en el cuarto de baño. Se acercó, ella lo advirtió pero siguió metiendo y sacando el jersey en el agua como si no le hubiera oído. Daniel la miró primero de arriba a abajo y luego juntó su cuerpo al de ella. Mercedes siguió haciendo lo mismo con el jersey. Le retiró el pelo de los hombros y la besó varias veces en el trozo de piel que iba desde donde terminaba la camiseta que llevaba puesta hasta la oreja derecha. A la vez posó la mano en el culo de su mujer y la movió levemente hasta encontrar la línea de la ropa interior. Introdujo un dedo levemente entre la flexibilidad de la prenda y la piel y la atrajo hacia sí, como si quisiera presionarla más sobre la propia carne que cubría. Ella al notarlo, sacudió el culo hacia los lados con cierta brusquedad para que dejara de hacerlo, puesto que no podía reaccionar con las manos porque llevaba puestos unos guantes de goma y los tenía llenos de espuma. Daniel entendió la negativa y separó las manos del culo de su mujer, pero permaneció pegado a ella con la boca cerca de su oreja.

—Otra vez solos —le dijo al oído—. ¿Qué te parece, Merche, si mañana, para celebrarlo, nos hacemos una buena comida tú y yo? Bien elaborada, con su buen vino, su postre rico y su todo, ¿eh?

—Estoy cansada de cocinar —contestó sin dejar de mover el jersey dentro de la espuma que casi llenaba el lavabo.

—Bueno, pues puedo encargar un lechazo, que sé dónde se han reinventado y ahora lo hacen y te lo llevan a casa recién hecho.

—¿Lechazo otra vez? Tiene mucha grasa, Daniel. Ya lo hemos comido varios días estos días. ¿Es que no te cansas de tanto lechazo?

Si le llamaba por el nombre entero tenía un significado distinto a si lo hacía abreviado en Dani. Él lo sabía porque la conocía bien. Siendo así era evidente que no estaba en su mejor momento para aceptarle planes.

—Entonces una cola de bacalao, de esa forma que tú lo haces tan rico al horno.

—Eso se tarda mucho en hacer, estoy cansada, ya te lo he dicho.

—Lo puedo hacer yo, si tú me dices cómo.

—No, tardaría más en decírtelo que en hacerlo yo, y ya te he dicho que estoy muy cansada de todos estos días.

—¡Vaya por Dios! ¿Y si compro unas cigalas especiales y las hacemos a la plancha?

—No. Luego no se quita el olor de la cocina a marisco en dos días… Déjalo, ya pensaré algo, cualquier cosa.

Daniel separó su cuerpo del de su mujer, suspiró para sí mismo y le dijo mientras iniciaba la retirada: «Bueno, vale, pues entonces casi que mejor eso, lo que tú quieras». Mercedes no contestó y siguió metiendo y sacando en el agua el jersey, y ya cuando Daniel no estaba a su lado, pero no se había alejado apenas, dijo para ella, para el cuarto de baño y para que la oyera Daniel algo que en realidad a él no le importaba nada: «¡Pero cuánta mierda ha podido coger este jersey, Dios mío!».

Daniel bajó a la cocina, cortó unos cachitos de queso de cabra recubierto con moho blanco y unos trocitos de pan, eligió de entre varios del frigorífico un botellín de cerveza que se anunciaba con el doble de malta y subió las escaleras de nuevo sin detenerse donde su mujer ahora aclaraba el jersey. No dijo nada al pasar por el cuarto de baño, cuya puerta estaba abierta, pero ella lo notó y como tenía mala conciencia preguntó: «¿Se pusieron las niñas tristes en la despedida?» Daniel, sobre la marcha, con el andar un tanto cansino y portando en la mano una bandejita con el plato de queso, un vaso y una botella de cerveza, contestó subiendo las escaleras: «No, para nada. Eso es solo cosa de madres sentimentales».

Entró en su despachito de la buhardilla y cerró la puerta, con lo cual estaba a solas consigo mismo. Había allí unas estanterías con libros, un cuadro grande en la pared muy bien pintado, donde se veía un camino de tierra que atravesaba un bosque perdiéndose en él, una mesa, una especie de butaca para sentarse a ella, y a un lado, junto a la ventana, un sillón de cuero con aspecto de muy cómodo, donde Daniel se sentaba a leer y a escuchar música, mirando solamente a los tejados de las casas vecinas y a algunos árboles que despuntaban. Estas cosas no las contaba porque eran muy personales, pero ver nevar, e incluso llover desde allí en pleno invierno, fuera de día o con las luces de la noche, le parecía uno de los placeres más hermosos de los podía disfrutar gratuitamente. Aquel punto de la habitación era para él y sus cánones particulares, un paraíso donde la perfección desde lo sencillo, le daba la vuelta en intensidad a muchas de las ofertas habituales que le podía ofrecer el mundo. Se sentó en el sillón, situó el plato de queso en la mesa para tenerlo a mano, vertió cerveza de la botella a una altura suficiente para que hiciera espuma y, ya con todo listo, accionó el botón del aparato de música. Tomó luego un pequeño artefacto parecido a un teléfono móvil que había al lado, lo encendió y accionó con el dedo en la pantalla repetidas veces buscando. En un momento dado asintió con la cabeza porque se había topado con algo que le gustaba para ese momento. Esperó unos segundos y en la habitación empezó a oírse, envolviéndolo todo, la música de Sultan of swing de Dire Straits. Entonces tomó el vaso de cerveza y dio un trago generoso cerrándosele los ojos como si fuera a morirse de gusto en ese mismo momento. Sabía de las bondades de un primer trago de cerveza cuando se tiene sed y se bebe a gusto. «Pase lo que pase, siempre me quedará la música», pensó. Lo que no sabía era que a continuación de aquella canción, la siguiente, iba a ser Dance me to the end of love de Leonard Cohen. Cuando sonara la tercera (todavía no sabía cuál sería), ya que había puesto al aparatito en modo aleatorio para jugar con la improvisación y fuera Take this waltz, también de Leonard Cohen, inevitablemente iba a tener que fumar, aunque lo estuviera dejando.

—FIN—