CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Inés bajó del tren con dos maletas, acompañada de una chica china con una sola y cuando su padre, que la esperaba en el andén, la fue a abrazar, le paró de inmediato: «¡Psssé!, papá, que me puedes pegar el virus». (Como si ella viniera necesariamente libre de él y fuera cosa de otros, solo de España). El padre se contuvo un tanto frustrado y acto seguido miró a la chica china, que bajaba del tren con la sonrisa fija. Esta, una vez que estuvo abajo, saludó con una inclinación de cabeza y miró a Inés, como para significar que dependía de ella. Casi inmediatamente dijo una frase en francés que pidió a Inés que le tradujera. Inés, sin mucho énfasis, cogiendo una de las maletas, le dijo a su padre que Yue, como se llamaba la muchacha, le daba las gracias por acogerla en su casa y le pedía perdón por haber sido los chinos los que habían propagado el virus. «Dile que no se preocupe y que es bienvenida», dijo el padre. Pero Inés, porque estaba pensando en otra cosa o porque no le dio la gana —cualquiera de las dos cosas podían valer— no se lo tradujo y empezó a caminar con mucho tronío para abandonar la estación. Así emprendieron camino al coche, con el padre y la hija delante y la china arrastrando su maleta detrás.

Camino de casa, con las dos muchachas sentadas en el asiento trasero por una cuestión de profilaxis (dijeron), Daniel miró disimuladamente a través del retrovisor y, viendo que le quedaba en frente mismo la cara de Yue, pensó dos cosas: que la frase «chica china», le recordaba a una canción de David Bowie con ese título que bailaba con mucha pasión en los años ochenta, cuando todavía era joven, («¡Ay!, qué años aquellos», le salía siempre para sí cuando algo se lo recordaba). La segunda cosa fue que Yue tenía una cara tan redonda que se le parecía a una sandía, a la que se le hubieran hecho las aberturas para los orificios correspondientes. Yue seguía con la sonrisa puesta (dulce como las de los chinos buenos), mientras hablaba en francés con Inés de lo que fuera, porque él no entendía nada. No se atrevió a hablar, solo conducía mirando a la gente por la calle, no mucha, a la que él creía ver con cara de preocupación.

En casa, tampoco hubo besos físicos e incluso se conminó a los recién llegados a lavarse las manos de inmediato. Inés dijo desde lejos a todos que ¡Muuuá! y ¡muuuá! y pidió una coca-cola, porque al parecer venía seca del viaje. Yue, cuando se le preguntó, dijo que ella solo agua. Y, en cuando pudo, le rogó a Inés que diera las gracias por acogerla y que pidiera perdón en su nombre a toda la familia por haber sido los chinos quienes habían propagado el virus. Para decirlo, su sonrisa continua se tornó en un gesto que no estuvo muy lejos de derivar en lágrimas con un movimiento hacia arriba del labio inferior, lo que se conoce como hacer pucheros. Ya estaba toda la familia junta y la chica china, además, por lo tanto, podían comer. Para no equivocarse, la madre había convocado unos macarrones con tomate y bonito de lata, coronados por una costrita de queso al horno en un grillado final, con pinta de muy apetitosos.

A Berto se le vio inquieto toda la comida, como si tuviera ganas de hacer o decir algo importante. Así era. Tenía organizada con su padre la logística para toda una familia, más una chica china, un perro y un gato, porque Merchu se había venido de Madrid con el gato que compartía con otra chica en el piso; fue sorteado el animal y le había tocado a ella. Al parecer el gato se llamaba Sinatra.

Terminada la comida, Berto anunció que tenían un plan y que lo quería someter a la consideración de la familia, más la china y los dos animales. Dijo que lo había consensuado con su padre previamente, cosa que, a Merchu, siendo como era, le pareció con trazas de machismo, ya que eran minoría las mujeres; pero de momento no dijo nada al respecto. Explicó Berto que la autoridad en materia de sanidad y profilaxis iba a ser Merchu, que para eso era médico estudiante del MIR y los demás tendrían que colaborar en la manutención, limpieza, en la logística, el orden y la intendencia. Él se ocuparía de dar las noticias principales a las horas de comer, ya que pensaba que mejor no estar recibiendo novedades a todas horas que podían ser infectas e interesadas, como pasa en estos casos. Se designaba a sí mismo el filtro necesario para evitar la congestión interesada. «Daré pocas pero fiables», dijo. Además, propuso que, si le parecía bien a todos, él sería una especie de «director de proyectos», y, cuando lo dijo, indicó con las manos levantadas y dos dedos destacados moviéndose en cada mano, que lo decía entre comillas. Quedaba claro allí que Berto era estudiante de Políticas y con la presente coyuntura, veía una gran oportunidad para practicar.

El padre asumía la responsabilidad de ir a comprar, ya que le solía gustar mucho hacerlo en tiempo de paz; la madre tendría la de cocinar y hacer todo lo más rico posible para levantar el ánimo. Inés la de sacar al perro, ya que era muy de salir y si no salía un poco a la calle y le daba el aire, aguantarla se podía convertir en un problema grave que desestabilizara la situación. Se distribuyeron los baños, la limpieza diaria sería por turnos a través de un estadillo colocado a la puerta de cada uno de los dos, y se ayudaría a la madre en la cocina, también por turnos y en modo pinche, para lo que fuera necesario. La limpieza de las habitaciones sería obligatoria a diario por sus ocupantes y la de las otras zonas comunes (aspiradora de alfombras, trapo del polvo, barrido de pelusas…) se organizaría también mediante estadillo colocado en la cocina. Todos dijeron a la propuesta que sí, incluso la chica china, que no había entendido nada de lo que se había dicho.

El café lo tomaron en el salón acomodados en los sillones y en el sofá, centrados en sus móviles todos menos el padre, que, con el mando de la televisión en la mano solo para él, se dedicó con entusiasmo a hacer recorridos por la multitud de cadenas para arriba y para abajo y luego vuelta a empezar, con la sola complicidad de la chica china, que contemplaba la acción con una actitud de hermosa serenidad y con la sonrisa perenne que la caracterizaba, agudizándola, con una leve inclinación de la cabeza, cada vez que Daniel la miraba para saber si seguía contemplando aquel alarde de ansiedad televisiva. El perro y el gato de momento se evitaban, cruzando miradas que no eran ni buenas ni malas, pero podían inclinar para cualquier lado la relación a partir de una coyuntura. Inés lo sabía, por eso no dejaba al gato un momento solo. El perro se sentía con más poder tácito en la casa, puesto que vivía allí de continuo, por eso se dedicaba a observar y a tener controlado al gato en todo momento, no fuera a ser que el recién llegado se hiciera el dueño. Así, si le tentaba el sueño tendido en la alfombra y daba una cabezada, se despertaba al menor ruido y levantaba la cabeza mirando, lo primero a la gata, por si había sido ella y tenía que actuar.   La madre se quedó ordenando la cocina, rechazando toda ayuda al menos por ese día, más que nada porque necesitaba estar ocupada con cosas tontas para no pensar todo el tiempo en lo que sucedía y en lo que parecía avecinarse. Puso en la radio Kiss FM y se dedicó sin prisa a dejarlo todo como si no hubiera pasado por allí la hora de comer. Cuando terminó, con una tacita de café a su lado, hizo un planing de comidas para cinco días, y le salieron tan a su gusto las ideas para complacer a la familia, que recibió en su interior una bocanada de optimismo. No tenía nada que ver el optimismo con la realidad, pero al menos le quitaba momentáneamente la angustia. Cuando hubo terminado y se levantó para poner la taza en la fregadera, sonó en la radio Dancing Queen de Abba y como quiera que era una canción que le encantaba, el culo se le empezó a mover por su cuenta para un lado y para otro.

—Continuará—