J.Francisco Fabián

Al presidente todos los años le gustaba llegar el primero a la cena de empresa por Navidad, a la que invitaba con generosidad a todos los miembros de la plantilla, incluida la chica que hacía la limpieza, que dejó de ir por razones desconocidas cuando, tras el divorcio, se echó un novio en serio. Pero el presidente le mandaba el aguinaldo, como a todos y un sobre con el importe aproximado de la cena. Todos lo demás no faltaban.

El presidente, bien trajeado, elegante y coqueto como era él a pesar de su edad, llegó en un taxi casi una hora antes de lo previsto para supervisarlo todo, porque era un hombre detallista y le gustaba que incluso en esto estuviera todo perfecto. Solía decir que era de la vieja escuela en hacer las cosas. Además, como ya sus hijos le habían recortado poderes en la empresa, le permitían, en las cosas que para ellos eran menos importantes, organizarlo por completo a su antojo, incluso si se pasaba un poco de presupuesto. Antes de esa noche, también como llevaba haciendo desde hacía mucho tiempo, se había reunido con el dueño del restaurante para que el local lo tuvieran en exclusiva y planificar el menú y los detalles. De esa manera aquel hombre, que llegaba ya a los ochenta, disfrutaba, y disfrutaba cada año más, porque se había hecho viejo y con ello había adoptado una postura paternal sobre sus empleados. A sus dos hijos y sucesores en el negocio, les parecía que se excedía en atenciones. Ellos tomaban la empresa de una forma diferente, no la habían visto nacer, no habían luchado por ella lo que su padre, al principio él mismo con una furgoneta repartiendo los jamones; la concebían de una manera más fría y práctica, por eso siempre eran un poco críticos con los detalles que al viejo se le ocurrían para agradar especialmente esa noche, y también con el aguinaldo. Pero como no querían discutirle nada, callaban; demasiado era ya que no le dejaran tomar las decisiones importantes en la trayectoria diaria en las que solía entrometerse si notaba algo que no le gustaba, como que hubieran ampliado el negocio de jamones invirtiendo también en elaborar vino.  

Después de ver que todo estaba ya bien organizado, saludó a los de la cocina y, con una sonrisa, les pidió que se esmeraran como nunca en la cena. Entonces, ya tranquilo, se sentó a tomar una copa de vino y unas raspitas del jamón especial que él mismo llevaba hablando de la marcha de todo, pero en especial de España y del mundo, de los que no eran nada optimistas ninguno de los dos, fuera por la edad de ambos o porque no se podía decir otra cosa mejor.  

A la hora prevista o un poco antes, empezaron a llegar los invitados, a los que recibía don Juan estrechando la mano uno a uno y con un par de besos a las mujeres. Todos llegaban muy elegantes, incluso más de lo que solían acudir al trabajo los que les correspondía ir más arreglados, por ejemplo, los de la oficina o los comerciales. Los del almacén, los de producción, los transportistas y los conserjes, iban cada año a la cena bien arreglados pero no tanto como los trajeados, de los que preferían diferenciarse de una manera inconsciente, porque en el fondo los de las oficinas y los comerciales eran para ellos señoritos. Solo el señor Fermín, conductor de un camión, para una cosa así siempre se ponía traje, el mejor que tenía, el que le habían comprado para la boda de su hija pequeña. Él sabía que, a estas cosas, aunque se considerara de los de abajo, la gente con una edad tenía que ir bien arreglada. («Las informalidades para los jóvenes»). Pero, sobre todo, llegaban elegantes las mujeres. Se podía decir que cada año había una cierta competencia entre ellas, sino entre todas, entre un determinado sector de las maduras y pre maduras. Las más jóvenes eran aparte; éstas, fueran como fueran vestidas, serían objeto de las miradas más interesadas de los hombres, lo sabían y no competían con nadie, iban elegantes a su modo y no se preocupaban de más. Caso aparte era Isabel, que había pasado toda la vida en la empresa. A Isabel la llamaban Margaret Tacher. Iba siempre con el pelo enlacado y un bolso de asas cortas donde llevaba todo lo necesario que puede hacerle falta a una mujer cuando sale de casa. No le gustaban las bromas soeces ni las palabrotas, era responsable al máximo y, si había que echar mano para cualquier emergencia, nunca diría que no. Don Juan la respetaba como si fuera un ser superior.        

Fueron llegando, saludaron al presidente y quedándose de pie en corrillos con una cerveza o una copa de vino, avistando desde donde estaban las dos largas mesas bien adornadas y con todo dispuesto y brillante para la cena anual de la empresa. Se veían todos los días, pero esa noche de cada año, había una emoción distinta por encontrarse allí, como si todos o casi todos esperaran alguna novedad especial. Cada año, también, calculadamente, los hijos del presidente llegaban los últimos y juntos. A los empleados les gustaba más el viejo, porque se sabía quién era, no mostraba la distancia que se les veía a sus hijos, cuyo trato con el resto era correcto, pero denotando siempre la distancia que les separaba para que, según ellos, nadie se confundiera. Esa distancia venía del lado de unos y de los otros casi por igual.

En medio de un murmullo general de bromas y comentarios desenfadados, esperaron a que el presidente y sus hijos se encaminaran hacia la mesa, como era costumbre cada año. El dueño del restaurante entonces les indicó al resto, con la mano extendida y una sonrisa, que hicieran lo mismo. El grupo, con una cierta timidez, empezó a acercarse a las dos mesas, la mayoría sin atreverse a ocupar un determinado sitio por estar pendientes de dónde se iban a sentar los compañeros con los que les interesaba estar cerca. Por la razón que fuera, nadie precisamente quería esa noche caer al lado de alguien que no le gustara, aunque fuera solo para unas cuantas horas. Esto provocaba cada año un curioso juego secreto en el que los empleados iban moviéndose con disimulo hasta acercarse a donde querían sentarse.

Se sentaron finalmente y después de sentados y de servido el vino, el presidente se puso en pie y levantó su copa para brindar. Todos le siguieron poniéndose también en pie, escucharon las palabras breves de agradecimiento por el trabajo de un año más en la empresa y de ánimo a seguir adelante con ilusión y responsabilidad. Brindaron y se sentaron para que los camareros empezaran a desfilar enseguida con las bandejas de comida. Hasta ese momento todo estaba calculado.

César, uno de los empleados del almacén, que era, además, enlace sindical, no evitó en el momento del brindis los pensamientos feos que con tanta frecuencia le asaltaban viendo a los jefes, a los que llamaba “patrones”, influenciado por las opiniones que llevaba oyéndole decir a su padre toda la vida y por algunas lecturas de las que se alimentaba, además de lo que solía oír a alguno de los compañeros más vehementes del sindicato. César no solo pensaba así de una manera obtusa sobre los capitalistas, sino que, además, le gustaba pensarlo, por eso no perdía ocasión para desearle todo lo peor a los que según él eran explotadores de la clase obrera, que eran también los que le pagaban para vivir a diario, dinero con el cual se acababa de comprar una buena moto.

Tras los titubeos iniciales con poco ruido, motivados por el apetito ante la abundante oferta de entrantes, fue haciéndose un murmullo creciente animado por los primeros efectos del vino, que entraba divinamente siendo como era bueno, porque don Juan para esa noche nunca escatimaba tampoco el vino. Solo Isabel, muy próxima al espacio de los jefes, como el señor Fermín, el conductor, comía entonces en silencio. No era una mujer habladora, pero esa noche tenía una honda tribulación, por eso hablaba menos aún. Tenía una honda tribulación que no se separaba de ella y que no le había comunicado a nadie en la empresa todavía. A su marido le habían detectado un cáncer, y aunque le habían dicho que tenía bastantes posibilidades de curarse, pensaba para sí misma que padecerlo y salvarse era como jugar a la lotería. Intentaba quitarlo del pensamiento con alguna distracción, pero enseguida volvía a su cabeza machaconamente la pregunta:¿Qué iba a hacer sin él si se moría? Toda la vida juntos y bien avenidos, sin hijos, con el proyecto de jubilarse muy pronto los dos y marcharse a Torrevieja para el resto de la vida; allí, sin el frio castellano ni su calor agobiante, a pasear por el paseo marítimo todas las tardes, oliendo a eso que huele el mar desde cerca, comiendo los domingos en los chiringuitos de la playa. No podía imaginarse la vida de otra manera, por eso desde que el médico se lo dijo, solo pensaba en ello y aquella noche le daban lo mismo el jamón muy bueno y las cazuelitas de gambas al ajillo en su honor -detalle especial de don Juan- o que le hubiera dedicado unas palabras con cariño y cierta gracia ante la posibilidad de jubilarse el año próximo. (¿Qué iba a ser de ella sin su marido si las cosas iban mal?).

Carlos, uno de los dos comerciales, se las arregló para sentarse al lado de Candelas. Estaba tan atento para servirle agua y vino cuando veía su copa mermada, excediéndose en cierto modo en todas las atenciones, que a Candelas, la puso en guardia. Sabía Carlos que no andaba bien su matrimonio y estaba a la expectativa con ese asunto, porque Candelas era una mujer madura que atraía las miradas y los pensamientos. Pero Carlos no sabía que había otro compañero, en frente, Alex, que miraba a Candelas con los mismos ojos y con parecidas intenciones. También ella había observado que Alex la miraba de una forma especial aquella noche, unas veces a la cara y otras al escote del vestido rojo tan ceñido que llevaba. De entre los dos, se hubiera quedado con Alex, pero tampoco. Si sus pensamientos tenían que irse por un camino fuera de los problemas matrimoniales, se iban, en principio como refugio solo de la mente, con un vecino de la urbanización con el que había tomado alguna cerveza a la salida de las clases de pilates. Candelas solo quería entretenerse con trivialidades oyendo ocurrencias, para así olvidarse de que su matrimonio estaba a punto de morir.  

Carla, la que organizaba la informatización de la empresa, tan joven, tan espontánea, con el cuerpo tan terso y proporcionado, con aquella sensación de libertad jovial en su simpatía, estaba en las emociones secretas de buena parte de los hombres, incluso de una de las mujeres, pero eso pertenecía al territorio de lo imposible de hacer notar. Carla los veía a todos mayores, solo le importaba disfrutar de la distensión de la cena, de ninguna manera había otras posibilidades. Únicamente tenía pensamientos intensos para Javier, un camarero que había conocido hacía un mes en un bar de copas y con el que iba a dormir esa noche cuando terminara la cena y él saliera de su trabajo.   

Adela y Enrique, el hijo del presidente, coincidieron con la mirada tres veces mientras cenaban, dos de ellas, muy seguidas y una como consecuencia de la otra, al ir a coger ella de una bandeja de jamón. Mientras tomaba un trozo, alzó la vista directamente hacia Enrique, a cierta distancia de ella y allí encontró los ojos de él que permanecieron en los suyos un par de segundos. En la primera de las veces a Adela le dio un salto brusco el corazón. En la segunda pensó que no era casual la nueva coincidencia y en la tercera estuvo segura de que si Enrique le decía discretamente al terminar la cena que se fueran a un hotel, como hacía ya por lo menos 8 años que sucedió, se iría con él sin vacilar. No se había planteado si aquella atracción tenía que ver con ser el hijo del jefe o por sí misma, pero desde la noche en que la acompañó a casa tras una cena de Navidad porque no tenía coche y terminaron por unas horas en un hotel, Adela se iba a saltar sin ningún remordimiento su matrimonio para estar de nuevo con él. A Enrique le atraían las mujeres un tanto pavas como Adela, que en determinadas circunstancias podían dejarse seducir con facilidad y no tenían remordimientos de conciencia al día siguiente, pero esa noche sus pensamientos estaban obsesivamente en que su mujer había salido a cenar con los compañeros del Ministerio ¡precisamente la misma noche que salía él!») y no las tenía todas consigo de lo que pudiera hacer, aunque nunca hubiera tenido motivos para sospechar nada.  

Victor tampoco estaba cenando a gusto. Había ido solo por la cesta especial de aguinaldo que daban ese año a propósito del aniversario de la empresa y para la que era condición inexcusable, salvo enfermedad, ir a la cena. Estaba con uno de esos picos de obsesión que le daban en invierno pensando a todas horas en su muerte y en la de su madre, en la situación que sería encontrarse metidos en un nicho, helados de frío y pudriéndose una noche tras otra del crudo invierno castellano en la oscuridad del cementerio, mientras el mundo seguía adelante sin hacer nada por ellos. No le dejaba vivir esa idea cuando se convertía en diaria, pero no se lo contaba a nadie porque siempre le habían dicho que eso eran tonterías, que cuando morimos ya todo deja de existir para nosotros, ni frio ni calor, ni ninguna otra sensación. Se convencía para una hora, pero enseguida se veía muerto y pasando horas y horas allí metido en aquella absoluta soledad. Manolo Góngora no dejaba de mirarle, pero por eso no paraba tampoco de comer. Lo que no hacía era hablar mucho, no era hombre de muchas palabras. De vez en cuando, Rodrigo, uno de los más jóvenes de la cena, sentado a su lado, rodeándole con su brazo por el hombro, le hacía una broma destinada a divertir a los de al lado más que al propio Manolo Góngora. Manolo Góngora respondía lacónicamente con la cabeza baja sin enfadarse. A Manolo Góngora le preocupaba siempre todo lo malo de su compañero de producción Víctor, con quien llevaba casi toda la vida en la empresa. Había en él una especie de odio hacía Víctor que no hubiera sabido explicar ni él mismo la causa. Cualquier cosa que hiciera el pobre Víctor, lo interpretaba mal, aunque no se le notara y así llevaba acumulado dentro un enorme pozo negro. A su mujer la tenía cansada con sus críticas cuando llegaba del trabajo. Pero Víctor nunca le había hecho nada para aquella variedad del odio. Víctor solo vivía para sus continuas tribulaciones, unas de más sin vivir y otras de un poco menos.

Marcos cayó por casualidad al lado de Diana. Al lado de Marcos no quería sentarse nadie porque siempre terminaba hablando de política, aunque la conversación fuera de otras cosas. La situación estaba mal, pero era necesario relajarse en según qué momentos y aquel era de esos, así que a Marcos no le aguantaba nadie. Diana, que había ido con una vestido de lentejuelas a la última moda, llamando demasiado la atención, prefirió enfocar sus atenciones para su otro lado y para los de en frente, a pesar de que no dejaba de pensar cómo le iba a decir a su marido, tan poco dispuesto a que le llevaran la contraria, que ese año no quería pasar la Nochevieja con la familia política como era tradicional, teniendo que ver un año más a su cuñada Irene, que siempre se estrenaba modelito para esa noche sin que fuera para tanto formalismo. Prefería de una vez un buen cotillón en alguna sala de fiestas, con chocolate y sopas de ajo a las cinco de la madrugada, mejor que la cena de todos los años con un pavo («para hacerse los internacionales»), que a su juicio le salía cada vez peor a su suegra, por cosa de la edad o por lo que fuera.

Justo y Fernando, que siempre se abandonaban al buen humor en pareja en estas celebraciones, lograron a partir del segundo plato ser la atracción de uno de los extremos de la mesa. No necesitaban recurrir a los chistes, lo cual par muchos era de agradecer. En esta ocasión tocó contar el servicio militar y también cuando fueron ambos de la junta directiva de un equipo de fútbol de Tercera División. Justo y Fernando no eran hermanos, pero lo parecían, habían estado en casi todo juntos, incluso cuando dejaron la empresa anterior, haría ya unos quince años, lo hicieron a la vez. Sus ocurrencias y todas las historias que habían vivido, siempre contadas con humor, crearon el ambiente propicio para que Ángela propusiera para el final de la fiesta lo que era una de sus últimas pasiones: el karaoke. Lo había descubierto ahora que empezaba a tener dudas sobre su decisión de hacía solo dos años, cuando cambió a su marido por el antiguo novio de los 20 años, aparecido por casualidad a través de Facebook y que le estaba empezando a parecer (o más que eso) que había sido víctima de lo que ella llamaba «la forma de amar de las mujeres», porque el tal Mario no era, ni podía ser después de más de veinte años, el mismo de entonces en el día a día; para el principio sí, pero para mucho más ya no. Y eso a Ángela, que lo había dejado todo por él, embobada por la nostalgia de un pasado y por los desencantos del presente, le empezaba a parecer un error del que se olvidaba, sobre todo, con el recién descubierto karaoke, al que se entregaba especialmente con la canción Resistiré del Dúo Dinámico. Convencer a Pilar para acompañarla, al menos con Justo y con Fernando, no fue difícil. Pilar siempre quería salir de la monotonía habitual, aunque fuera por un rato. En la monotonía se hundía, llevaba hundiéndose toda la vida, nadie podía imaginar la cantidad y variedad de pruebas que había hecho para eludirla, pero siempre le resultaban demasiado pasajeras. «Cree en Dios», le había dicho una vez un primo suyo cuando se sinceró con él al respecto en un viaje a Sevilla para enterrar a su abuela. «Como si eso fuera tan fácil», le había respondido ella. «Pues es lo más seguro para lo tuyo, agarrarse a eso. No falla.», había sentenciado él.       

Don Juan no se relajó por completo hasta que no le hizo efecto la tercera copa de vino, criticada por uno de sus hijos. Solo entonces empezó a ver el mundo de otra manera y comprobó, una vez más, que siendo el mundo y su situación en él la misma, podía cambiar en un espacio de media hora tan solo porque hicieran efecto unas copas de vino. (Qué levedad la de todo, que era capaz de cambiar con aquella facilidad). No era un hombre eufórico cuando bebía, más bien al contrario, le daba por la profundidad calmada de las cosas, estuviera donde estuviera. En estas cenas de cada año, si el vino le hacía efecto, le gustaba pensar que toda aquella gente era como una especie de familia suya, que trabajaban para la empresa, el orgullo de vida, más que cualquier otra cosa, a excepción de uno de sus nietos, al que quería ya más que a sus propios hijos, siempre llevándole la contraria. En aquel estado de satisfacción le gustaba recordar para sí toda la trayectoria de su empresa, con los momentos malos de los que había sabido salir, los aciertos, los riesgos que resultaron éxitos, los premios que había recibido de verdad, no los que había pagado por recibir, toda la lucha que había mantenido en el día a día y la satisfacción que era para él que toda aquella gente que cenaba a su lado tuviera una vida digna como consecuencia de su esfuerzo, aunque fuera el pago al trabajo que hacían. Sumido en aquellos pensamientos placenteros, dejó de pensar ya para toda la noche en lo que hacía un mes le amargaba a ratos la felicidad de las fiestas navideñas: el viaje para pasar el fin de año en Dubái. Su mujer se había empeñado en que tenían que pasar la nochevieja en Dubái y no la había podido convencer de lo contrario. Sabía que podía dar un puñetazo encima de la mesa y negarse, pero eso rompería las armonías imprescindibles para él por un tiempo y con ello saldría perjudicado. Además, tarde o temprano iría a Dubái si ella estaba tan empeñada, porque por lo visto a la gente que podía pagarlo le había dado ahora por ir a Dubái. No era por el dinero. («¡Qué coño se le había perdido a ellos en Dubái teniendo la tranquilidad del chalet en Cercedilla!»). El vino le ayudó mucho a alejarse de ese pensamiento.