CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Dieron por hecho que Inés y la china Yue no venían contaminadas de Francia. No obstante, el riguroso Berto estuvo consultando en Internet el índice de afección en Aix-en-Provence, donde estaba de erasmus Inés y donde también estaba de algo parecido su amiga Yue. No había mucha incidencia en aquel momento en esa ciudad, por lo que decidieron perdonarles la posibilidad de que trajeran el virus. Por si acaso, se les dijo que anduvieran con cuidado un par de semanas. Merchu, aunque venía de Madrid, que no era buen sitio, como había acabado medicina, se le daba por hecho que conocía bien todo y no estaba contagiada. «¿Y tú Berto, eh?», le dijeron cada vez que se pasaba en precauciones. «Yo soy todo profilaxis, como queda demostrado», respondió. Se lo podían creer, porque cuando la tomaba con algo, podía volverse loco él y, de paso, volver loco a cualquiera que estuviera en sus proximidades.

Dado que Daniel, el padre, se había erigido en el único voluntario para salir a las compras, por ser el más necesitado de la calle, llegó el momento del primer acopio importante, para lo cual hubo de organizarse la correspondiente profilaxis, puesto que el asunto estaba poniéndose muy serio. La familia entera quiso convocarse para ello en el salón. El protagonista llegó el último porque se estaba vistiendo en su habitación. Llegó bien vestido, como si fuera a trabajar en un día cualquiera y eso provocó el primer inconveniente. No se podía ir al supermercado tan elegante. Daniel, como funcionario de cierta relevancia que era en la Delegación de Hacienda, solía ir a trabajar dejando claro lo que era. Corbata no se ponía mucho, pero se cuidaba con esmero de ir elegante, casi siempre con chaqueta. Le gustaba que se notara que no era un cualquiera. Su estilo era siempre el de una informalidad calculada a la moda, pero sin parecer un moderno fuera de sí. Y así se había vestido para ir a supermercado. «Al supermercado no puedes ir así, papá, parecerá que vas de chulo en un tiempo de mucha preocupación», dijo Berto. Como nadie opinó nada en contra, Daniel, entendió, se dio media vuelta y con aire cansino subió las escaleras, bajo la mirada llena de interrogantes de la china Yue, que no entendía las palabras, pero captaba a la perfección la esencia de las situaciones. Al poco rato regresó con un jersey, una camisa que se asomaba por el cuello de pico y unos pantalones de estilo vaquero. «¿Así le gusta más al equipo de producción?», dijo con ironía. «Ok, papá» respondió una voz femenina sin identificar.

Ya que se sentía con imposiciones externas, decidió poner la suya propia: tocarse la cabeza con una gorra de tratante de ganado (así la llamaba) que había heredado unos meses antes de su tío-abuelo cuando a su muerte desmantelaron su casa de soltero. Era el momento. Se la había quedado por una cuestión simbólica y particular: porque quería llevar sobre la cabeza, cuando tocara, la gorra que había llevado en esa misma zona (gran centro de mando de aquel hombre) un insigne crápula, una de las personas que para él mejor habían sabido vivir la vida, al que nadie había doblegado a través del amor y sus contingencias. No se lo había dicho a nadie, pero llevar esa gorra le confería seguridad, como si contuviera algo intangible pero real del tío Bernabé. No sabía si era el día mejor para ello, pero antes de que le impusieran un gorro de lana, como se temía, se la puso él. Yue, al verle, amplió su sonrisa constante. La madre no quiso decir nada; a las hijas les dio igual; solo Berto hizo un comentario: «Pareces un latifundista de Extremadura». «Cosa que desgraciadamente no soy», respondió Daniel. «Ni falta que te hace», inquirió Berto, que desde hacía un tiempo no daba políticamente puntada sin hilo. (Daniel, que por la edad dominaba bien el arte de saber callar cuando no merecía la pena hablar, pensó en cuánto tendría que madurar la juventud de su hijo aún para eliminar vehemencias inútiles).

Y entonces empezó ya el trabajo de profilaxis. Se le colocaron unos guantes azules, una mascarilla verde, las gafas de sol, que dijo Inés que no se las quitara en el supermercado, aunque pareciera un atracador, y, sobre todo ello, un anorak y unos zapatos viejos que iban a ser siempre los mismos para salir y que dormirían en el jardín porque podrían regresar contaminados. Daniel no quiso hacer ninguna enmienda al vestuario. Luego le dijeron que escuchara con mucha atención las recomendaciones. Las recomendaciones fueron las de Inés, como médico, las de Berto como experto en búsquedas de Internet y las de su mujer, que le habían llegado mediante los wasaps de las amistades y compañeros de trabajo y que muchas de ellas fueron desechadas de inmediato por los hijos. Se lo dejó colocar todo, pareció escuchar todo, cogió un carro de la compra, bajó al garaje, montó en el coche y partió para el supermercado. Cuando se vio alejado de la casa, suspiró profundamente, puso la radio y oyó cómo allí también sonaba el Sobreviviré que se estaba oyendo esos días por todas partes. Apagó la radio, abrió un poco la ventanilla y dejó que entrara el aire, algo frío, pero con toda la equipación que llevaba, no le afectaba apenas. Al ir a colocar el espejo del interior, aprovechó para mirarse y viendo lo que veía de sí mismo, le salió una sonrisa para dentro de la mascarilla.

En el supermercado decidió saltarse la primera regla: se quitó las gafas de sol. Gracias a ello y también por sus andares, le reconoció un antiguo compañero de trabajo ya jubilado, que iba con su mujer, aunque ya se dudaba de si se podía ir de dos en dos. A poco que hubo oportunidad, el hombre, ayudado eficientemente por su mujer, le contó una larga retahíla de informaciones que corrían por ahí y a las que ellos se habían hecho claramente adictos, encontrando un motivo apasionado para vivir dentro de la situación en la soledad de su pisito y sin posibilidad de salir a airearse por las tardes. Como la televisión era monotemática, el tema se les había grabado a conciencia ayudado por las conversaciones de balcón a balcón con los vecinos, por la ventana o en el descansillo de la escalera. Los bulos que le descargaron a Daniel iban desde el número real de muertos e infectados, que por supuesto no era el que se decía, hasta lo que pasaba en las urgencias de los hospitales, ocultado por el gobierno, sucesos que habían tenido lugar en casas particulares que no trascendían, pero a ellos les había llegado… un sinfín de noticias todas malas. Incluso le pidieron particular sobre lo que pensaba acerca de si el virus provenía de estrategias en la guerra comercial entre China y USA, o más importante: si se trataba de una estrategia secreta y consensuada por algunos países de Europa para aniquilar a la población anciana como forma de solucionar por las bravas el déficit de la caja de las pensiones. «No os puedo decir. De estas cosas solo se sabe la verdad con el tiempo» les dijo Daniel y se despidió porque se le hacía tarde.

Se puso un poco nervioso cuando mirando en la lista de lo que tenía que comprar advirtió que había dos tipos de letra: una más grande, de su mujer, y otra, más pequeña y difícil de leer, de alguno de sus hijos. Cuando fue a buscar las gafas en el bolsillo, se dio cuenta de que las había olvidado. La inercia le hizo recurrir una chica que pasaba cerca para que se lo leyera, pero como quiera que no se le entendía bien con la mascarilla y que se acercó a la chica como si no pasara nada, esta se echó para atrás bruscamente y le dijo con mal talante que se mantuviera a más de un metro. Él se contuvo, le entregó la lista, ella la miró con desconfianza, le dijo que no entendía la letra y se marchó. Daniel pensó que aquella chica no tenía un buen día o que tendría alguna dolencia o que su matrimonio no funcionaba como ella quería. Tuvo que recurrir a un chico gordito que no llevaba mascarilla ni guantes. Como si no pasara nada, se lo leyó a medio metro de distancia, Daniel le dio las gracias y el muchacho siguió echando en el carro con entusiasmo bolsas de patatas fritas. (Hay que decir que entonces la psicosis sobre la profilaxis no había llegado a los extremos que sucederían después y por eso había todavía pioneros, despreocupados y escépticos).

Daniel recorrió los estantes, llenó el carro, se permitió comprar para sí unas cuantas cervezas especiales y cuando advirtió que no quedaba papel higiénico, sintió el alivio de saber que por esa razón tendría que volver a salir de nuevo en los próximos días.

Ya había pagado y se acercaba a la puerta, cuando vio con estupor que dos personas se revolcaban en el suelo a golpes, mientras que otros a su lado les decían a gritos que hicieran el favor de parar. Eran dos jubilados enganchados con una saña física impropia de su edad. A su lado, sin amo, había dos carros: en uno destacaban varios paquetes de papel higiénico, mientras que el otro iba repleto de comida y bebida y sin rastro de papel higiénico. Se lo explicó una señora que contemplaba la pelea, pero no hacía falta: el papel higiénico había sido la causa. Uno mucho y otro nada, por tanto, el que no lo había encontrado reprochó al que abusaba y como los nervios estaban excitados por la edad y por las contingencias, se pasó a las manos sin más dilación. Al oírlo, Daniel evocó una frase muy corriente de su hijo Berto para explicar conflictos desde se hizo revolucionario en la época del 15M: apropiación abusiva de los recursos por parte de unos agentes y consecuente reacción por parte del que se queda sin ellos… Ya iba Daniel a separarlos, corriendo el riesgo que corriera y desoyendo los consejos de los asistentes por el peligro de contagio, cuando llegó el de seguridad y se hizo respetar. Aun así, el conflicto tuvo una última fase, primero con un nuevo conato de enganche y luego con un apartado de insultos a distancia por ambas partes en el que se hizo mención a supuestas actividades poco decorosas de ambas madres, se citaron también carácter de payaso y baboso respectivamente de ambos y algún calificativo más de los que suelen tener lugar en estos casos. Cargando el material en el coche, Daniel había tenido que sacar la nariz por la mascarilla para respirar mejor, después de la excitación del incidente de los dos jubilados. Ya más tranquilo, pensó que estaba viviendo algo histórico y que debía poner mucho punto en ello, porque estas cosas con el tiempo se cuentan animadamente, cuando se han superado y se está a otra cosa. Y a propósito, recordó el 23F y lo que a ese respecto había dado de sí. Cuando lo hubo cargado todo, metió la nariz dentro de la mascarilla, se acomodó en el asiento, puso en marcha el coche y después de hacer el stop que había al salir del aparcamiento, encendió la radio con la inercia con la que lo hacía siempre estando solo. Sonaba en ese momento el Da ya think I’m sexy de Rod Stewart en el mejor momento del estribillo. Gran canción de sus buenos tiempos para subir el ánimo. En dos segundos se le cargó el cuerpo de electricidad positiva. Hacía mucho tiempo que había comprendido que la música mueve montañas interiores a quién la oye con pasión.

—Continuará—