CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Terminaba apaciblemente un nuevo día de confinamiento de la familia Silva Ortiz y con la china Yue, un perro y un gato que atendía por Sinatra. Había sido un día parecido a los inmediatamente anteriores: se había levantado cada uno a su hora (la madre la primera, a las 8, para que nadie la molestara en sus cosas tan temprano); había desayunado cada uno también a su hora; Inés había sacado al perro a que fuera oliendo por todas partes y de paso había comprado el pan; Berto no se había separado del portátil en toda la mañana y parte de la tarde; Merchu, estudiando en su habitación el MIR y Yue y su amiga Inés, después de que ésta viniera de sacar al perro, habían estado en la sala hablando en francés y riendo a propósito de algo que veían en sus ordenadores portátiles y, también, enseñando Inés algunas palabras en español a la chica china, que se mostraba con esa forma tan responsable que tienen los chinos de aprender las cosas. El padre había estado en su pequeño cuarto particular de la buhardilla atendiendo a algunos temas urgentes que le mandaban desde el trabajo y por la tarde, oyendo de fondo música gregoriana, había empezado a leer El Quijote, que no sabía por qué, pero le había llamado a ello y estaba disfrutándolo. El gato había estado con Merchu, unas veces dormido, otras aburrido y el resto del tiempo rozándose con su dueña para ver si le hacía algún caso, cosa que tenía efecto, aunque no siempre, porque de hacerle caso todas las veces, no se le despegaba. El perro había estado a ratos dormido y otras simplemente tumbado en la alfombra, tranquilo como era él y a la hora de que Mercedes preparara la comida se había dado una vuelta por la cocina porque le solía caer un aperitivo mucho más sabroso de lo que era para él la comida de perros que le daban. También había estado un rato en el jardín, dormido al sol, pero se nubló y entonces se metió para adentro.  

Reunidos todos en la sala, llegándose ya las once de la noche, Mercedes, la madre, empezaba bostezar y a dar cabezazos como era costumbre en ella a esa hora si no había una buena película que la entretuviera. Daniel no paraba de hacer zapping en la televisión, buscando algo que ni él sabía lo que era. Sus tres hijos estaban allí, pero como si no estuvieran, porque cada uno, con su correspondiente aparatito entre las manos, pequeño o grande, parecían entregados solo a ellos. De vez en cuando, más por protestar que por otra cosa, alguno recriminaba al padre por su afán constante de cambiar de cadena, a lo que el padre respondía que siguieran a lo suyo, que él no se metía con lo que estaban haciendo. Yue, sentada en el extremo de un sofá, miraba atentamente a los cambios de canal que hacía Daniel como si fuera algo importante. Ella no atendía a su móvil, no decía nada, simplemente miraba con su sonrisa de buena persona a aquel alarde de ansiedad televisiva de Daniel, como si le divirtiera verlo, o a lo mejor era solo ese espíritu de tolerancia ejemplarmente suyo. El gato dormitaba encima de las piernas de Merchu y el perro, tumbado en la alfombra, abría el ojo o levantaba la cabeza, según, si alguien decía algo o se levantaba.

De pronto, en medio de aquella voracidad en el uso del mando, Daniel se detuvo en una cadena más segundos de lo que venía siendo habitual. Dos tipos discutían con entusiasmo sobre la situación en los hospitales de Madrid, de la que uno decía que era crítica y el otro que no tanto, que había mucha manipulación en algunas noticias. Ya tenía puesto el dedo en el mando para cambiar, cuando Berto exclamó: «¡Espera! Deja eso un momento». El muchacho cerró el portátil que tenía encima de las piernas y miró atentamente a la TV. Los demás, viendo que había novedades, miraron también para ver lo que pasaba. Entonces Berto se dio cuenta de que tenía público y empezó a comentar sobre lo que decían los discutidores, cosa muy habitual en él, que solía discutir desde casa con los que salían por la televisión como si le estuvieran oyendo. Siempre pasaba igual en estos casos: sin pedir permiso se ponía vehementemente a criticar, a dar opiniones y mítines, dejándose de oír a los de la tele, para oírsele solo a él. En principio nadie dijo nada, esto ya era conocido. Merchu, escuchando a Berto de fondo, levantó la vista para mirar un momento a ver si conocía a los tertulianos. Aunque hablaban de hospitales, ella, de entrar en acción en un caso así, tendría que ser si se discutía un tema sobre la mujer. Inés fue más expeditiva, alzó la cabeza, vio lo que pasaba y simplemente le dijo a Berto que por favor bajara la voz. Yue miraba a Berto excitado y a la tele, y a la tele y a Berto excitado, intentando comprender algo de lo que pasaba, ahora con la cara seria, no fuera a ser que por sonreír se la fuera a interpretar mal. Daniel procesaba los contenidos del discurso de su hijo, que no se sabía bien para quién hablaba, si para los de la tele, para su familia o para sí mismo, lo cual, si era así, bien podía decírselo para dentro, porque ya conocían sus discursos siempre obstinadamente contra el capitalismo. Lo malo era que cuando se ponía así de vehemente iba cada vez a más y en su incontinencia empezaba a cansar, para terminar porque alguien entrara al trapo y entonces era ya cuando se podía armar gorda. Esto solía pasar con su padre, con su madre menos, que era capaz de darle la razón para que se calmara, aunque luego, cuando se lo reprochara su marido a solas, se la diera a él, apelando a un consabido: «Ya sabes cómo somos las madres, es que los parimos nosotros y son un poco más de nuestra propiedad». Así pasó. Se había estimulado mucho oyendo mencionar un tema que le seducía especialmente desde que se inició unos años antes en la política: los recortes, y a ello añadió de su cosecha la privatización de lo público y la ayuda a los que él llamaba los poderosos, palabra que pronunciaba con una rotundidad casi dramática. Daniel, que había estudiado economía, sabía algo de eso desde una perspectiva técnica y disentía de él en algunos aspectos, cosa que para Berto era intolerable. Primero decidió morderse la lengua, pero viendo que su hijo no callaba, e incluso que iba a más, a pesar de los consejos de su madre para que parara, Daniel decidió intervenir, pero sin entrar al trapo. «Queremos ver la televisión, Berto, ya sabemos lo que piensas tú por otras veces, no nos lo repitas, que nos acordamos. De verdad», dijo más o menos cordialmente. Pero en esas circunstancias a Berto le valía cualquier detalle para agarrarse a la polémica. Además, sabía que su padre no pensaba lo mismo y en realidad buena parte de su metralla iba dirigida siempre encubiertamente a él, como si tuviera la esperanza de que esa vez le fuera a convencer o quizá, simplemente para machacarle la ideología. Una vez, incluso le había reprochado agriamente que en la Transición hubiera militado en el PC ya legal y ahora votara al PSOE e incluso a Ciudadanos, cosa que no constaba con pruebas en ninguno de los casos. Aquella vez precisamente fue memorable porque añadió que siempre pasaba igual en la gente, que se empezaba por ser de muy izquierdas y con la edad se acababa por ser de derechas, a lo que el padre le respondió con frialdad: «Pues entonces ya sabes dónde vas a terminar».  Daniel estaba un poco cansado de lo que para él era lo mismo siempre, y ya muchas veces no valoraba si tenía razón o no, como sabía por dónde iba con su discurso contra el capitalismo del por cierto que tanto se beneficiaba, simplemente no le hacía caso. Y a veces, se daba la circunstancia de que al no haberle hecho caso, Berto le decía directamente: «Anda, di lo que piensas sobre lo que acabo de decir; dime por lo menos que no tengo razón. No te calles, que sé lo que estás pensado». Ante aquello, el padre podía quedarse callado, pero conteniéndose, podía mandarle a la porra, cosa que ponía todo muy mal, o decirle que, si ya sabía lo que estaba pensando, para qué quería que se lo dijera. Ninguna de las tres opciones era buena. Si se callaba, le provocaría pensando que pasaba de él con prepotencia y si decía que no le respondía porque ya sabía Berto lo que pensaba, tenía cuartada para decirle que, pensando así, sin debatir, no se salvaba el mundo. Aquel padre estaba tan harto de estos límites y de esos mítines que, si había tenido un día malo, acababa por entrar al trapo; total para nada, porque nadie convencía nunca a nadie, era inútil debatir. Si se levantaba y se iba, que era una medida prudente, quedaba como un padre cobarde o pasota de su hijo y de la realidad, y además, los que se quedaban allí iban a tener que aguantar igual el rollo. ¿Qué podía hacer? Morirse, pero no tenía ganas esa noche, por lo menos que le matara el coronavirus cuando tuviera a bien, así le parecía familiarmente más heroico. «Voy a prepararme una tila, ¿quieres?». Berto encontró en ello una ironía intolerable, pero cuando se disponía a atacar con una respuesta dura, sonó el pitido de un móvil con llamada por internet. Se miraron entre ellos. Yue, atropelladamente buscó en su bolsillo, consciente de que era el suyo, a la vez que se le ponían extraordinariamente rojos los mofletitos característicos en su cara, a causa del protagonismo que le confería tener todos los ojos sobre ella, incluso los del perro, que no sabía qué era ese sonido, pero sí de donde procedía. Se levantó del sofá, pidió perdón y salió de la sala, lo cual aprovechó Daniel para hacer lo mismo, porque si se quedaba le podía caer una buena, viendo la mirada que se le había puesto a su hijo con la ironía de la tila. Berto, con la cara un tanto congestionada, vio cómo desaparecía su padre por la puerta, pero como su mitin no iba para ninguno de los presentes y además, le habían cortado, calló indignado. Su madre, que siempre estaba del lado de él, aunque pensara diferente, le hizo un gesto amable para que lo dejara ahí. Inés y Merchu siguieron enfrascadas en sus móviles, el perro volvió a dejar la cabeza sobre la alfombra y el gato siguió dormido sin enterarse de nada.

No habían pasado dos minutos cuando Daniel apareció por la puerta. «Niña —dijo refiriéndose a Inés—, tu amiga está llorando al teléfono». Inés levantó la cabeza aturdida por el cambio que tenía que hacer su mente repentinamente para comprenderlo, procesó y se levantó con cara de preocupación. Todos se quedaron mirándose los unos a los otros sin saber qué decir. Habían pasado solo cinco días desde que conocían a Yue y era, a propósito de saber que estaba llorando, por lo que de pronto se daban cuenta de que la querían como uno más de la familia, porque se lo había ganado, aun hablando solo dos palabras de español (perdón y gracias). Pasados unos minutos fue la madre quien no se pudo contener y salió a ver lo que pasaba. «¿Sabéis algo?», preguntó el padre, cuando volvió con el vasito de la infusión. Berto le miró y apartó la vista de él enseguida. Merchu dijo que no sabían nada, que la madre había ido a ver. Daniel sabía que en aquellas circunstancias Berto ya no atacaría, de modo que se sentó de nuevo para beber su tila, la que se hacía cada noche para dormir mejor.

Volvió la madre con cara de circunstancias. Traía los ojos llenos de lágrimas. Había muerto la abuela de Yue con la epidemia. «Pobre chica, no para de llorar. ¡Me da una pena! Al parecer estaba muy unida a ella». Todos se quedaron en silencio un momento sin saber qué decir. Volvieron a reconocer, sin decir nada, que ya querían a Yue y su dolor era también el suyo. Daniel se levantó. Se advertía que era para ir donde la chica. Le siguieron los demás. El gato no entendió que le dejaran sin más sobre el sofá y miró confuso a los que se levantaban. El perro, sin embargo, salió detrás de ellos, barruntaba que lo que pasaba era un asunto de familia y él tenía que estar también.

Yue lloraba desconsoladamente abrazada a Inés, que también lloraba, sentadas las dos sobre la cama. Daniel, que fue el primero en llegar, se dirigió a la chica, inclinándose levemente para estar más cerca. Como no sabía decir nada en francés, le acarició el pelo, a la vez que cogió su mano. Yue al notarlo, soltó a Inés, se puso en pie y abrazó a Daniel llorando de nuevo desconsoladamente. Daniel, ante aquello, no pudo contener las lágrimas. No le gustaba que se le viera llorar en casa, pero tanta ternura le descolocó. Berto y Merchu se acercaron y se abrazaron a ellos también. Se unió enseguida la madre y también Inés. Solo el perro se quedó mirando la escena sin entender nada, pero en su mirada se percibía que no era bueno lo que pensaba que estaba pasando. Acabaron llorando todos, porque eran una familia sensible y lo que era más importante: porque aquella chica china de la mirada dulce y de la sonrisa perenne sentían que les había conquistado con solo lo que se veía de ella, que era poco para lo que decía Inés, compañera suya de habitación en Francia.

A la mañana siguiente, cuando se fueron levantando vieron que Yue estaba sentada en el jardín, con un gesto muy tranquilo. Entre las manos tenía una libreta, en la que había escrito en chino y dibujado también algunas cosas, como por ejemplo una cara de mujer. Había arrancado una violeta de las que ahora crecían por todo el jardín y la tenía sobre la foto de una mujer china, encima de la mesa.  Hacía un día espléndido, la primavera estaba allí.  Yue ya no lloraba. Simplemente estaba quieta, casi inmóvil, con aire sereno y la mirada lejana. Daniel pensó que, tratándose de chinos, estaría disfrutando de su tristeza, por haber tenido esa abuela y ahora poder recordarla, aunque su corazón estuviera lleno de dolor. Llegaban y la abrazaban. Ya no lloraba, pero tenía un gesto de enorme tristeza, impropio de todo lo conocido en ella hasta ese día. Aún así, con cada abrazo, sonreía y su sonrisa seguía siendo hermosa.

Mercedes, que tenía como nadie una mano izquierda para resolver los problemas internos, anunció que para comer habría cocido, una de las mejores noticias gastronómicas en aquella familia. Tenía congelados los ingredientes para cuando hubiera una buena ocasión y esa lo era: había reconciliar al padre y al hijo por el encontronazo de la noche anterior, había que estimular con algo al resto y así, de paso, Yue, arropada por todos, seguro que recobraría parte de su sonrisa. Yue pidió permiso para cortar un ramito de violetas del jardín y lo colocó en la habitación que compartía con Inés, encima de la foto de su abuela. Al lado, una pequeña vela que permanecía encendida todo el tiempo.

Hasta la hora misma de la comida, cuando Mercedes llamó a ayudar a poner la mesa, no se encontraron frente a frente el padre y el hijo. Fue en el pasillo. Se quedaron uno delante del otro porque Daniel le cortó intencionadamente el paso. Berto le miró a la cara preguntando, sin decir nada, qué hacía allí en medio cortando el paso. Su padre le miró un momento, le puso ambas manos sobre los hombros, le sonrió y dijo: «Que tenemos cocido, coño, bolchevique de mierda». Berto, tardó unos cuantos segundos, pero al fin le salió la sonrisa: «Si, facha asqueroso, tenemos cocido». «Pero lo de facha me lo llamas entre comillas, ¿vale?», añadió el padre. «Vale, entre comillas», dijo Berto haciendo el ademán de darle un puñetazo en el estómago. De la cocina abierta, donde iban entrando los comensales, salía un olor delicioso a cocido y en la radio sonaba Little Lies de Fleetwood Mac. Casi nada las dos cosas.

—Continuará—