CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

A la vuelta de la pescadería, Daniel, que se había levantado, sin saber por qué, ese día con la serotonina muy elevada, no sospechaba en ese momento que la vida es una montaña rusa y lo mismo se sube que se baja. Había comprado un bacalao fresco estupendo, unos filetes de gallo que su mujer iba a hacer con una salsa de naranja y se había metido en un supermercado que le cogió de camino a por una docena de huevos. De paso, viendo unas cervezas de importación belga y alemanas, se había comprado dos de cada para tener.

Al llegar a casa, como le tenían advertido que era la norma, tocó al portero automático con muy buen humor. «Aquí tu antecésor esperando en la puerta de mi propiedad —dijo a Merchu que había contestado—, que si me podéis salir a desinfectar según la legislación vigente y el protocolo de la agrupación local de profilaxis». Todos salieron a recibirle en bloque, pero no por recibirle en sí, sino por comprobar que todo estaba bien y, por tanto, que de puertas adentro, donde ellos se convertían en parte, no iba a entrar si traía alguna contaminación o sospecha de ella. Debido a las noticias angustiosas, cada vez peores sobre la extensión de la epidemia, había una especie de desconfianza general entre unos y otros por si se saltaba alguno el protocolo en acciones con riesgo de contaminación. En este caso, como el foco de riesgo era el padre, salieron todos a comprobarlo para tener una opinión personal. Salió también la china Yue, descalza, por cierto, porque aquella chica de la sonrisa perpetua siempre se sumaba a lo que hiciera la familia. Si toda la familia iba para la cocina, Yue iba para la cocina. Si iban por la noche al salón, Yue iba con ellos. Cuando se levantaban para ir dormir, Yue también. Solo al váter iba por su propia decisión y en algo daba la impresión de que se aguantaba las necesidades lo más posible por tener que hacerlo sola. Con todas sus sutilezas de buena persona, estaba ganándose el cariño sincero de la familia, tanto que ya era uno más.  

La fotografía de la primera escena era la siguiente: un pequeño jardín que finalizaba en una escalera de pocos peldaños donde estaba la puerta de entrada a la vivienda. En medio del jardín, parado, un hombre más bien alto, que superaba en bastante los cincuenta años, con el cabello castaño y en él, una buena cantidad de canas que supondrían algo más que la mitad del total, bien mezcladas. Llevaba puesta una mascarilla de cirujano verdosa de la que salía la nariz sin ser preceptivo que saliera, y por un lado, salía también el extremo de un salva slip que habían ideado como absorbente de fluidos bucales de quita y pon, dado que no tenían más que dos mascarillas y de las malas, donadas gentilmente por un vecino que tenía cuatro y había compartido con ellos dos, cosa que, dicho sea de paso, le había provocado una bronca de su mujer. El hombre que decimos, tenía los brazos en jarras; en una de las manos llevaba un guante de color azul cielo, en el otro nada. A su lado, depositadas sobre el césped, dos bolsas, una con pescado, porque se anunciaba una pescadería en la bolsa y la otra con el anagrama de un supermercado de la que asomaban tres barras de pan, una de ellas sin un extremo. Este hombre ostentaba así el mayor protagonismo de toda la escena.

En los escalones de acceso a la casa, en la primera fila, había una chica de pelo castaño, liso y brillante, recogido en la nuca mediante una especie de moño que no lo llegaba a ser; tendría unos 25 años más o menos, guapa, con las facciones suaves y en la nariz, a un lado, un pequeño aro muy fino atravesando la piel. A su lado una señora en chándal y zapatillas que tendría, como el protagonista, bien avanzados los 50, rubia teñida, guapa todavía, con la piel muy blanca, cara de susto y un cuerpo todavía bastante decente para su edad. Detrás de ellas, dos personas más: un muchacho moreno con el pelo corto, los ojos algo saltones, en la oreja un pendiente negro y expresión nerviosa, vestido con pantalones vaqueros y en ese momento descalzo. A su lado, una chica que pasaría poco de los 20, posiblemente algo mayor que el chico de al lado, con los ojos azules, muy guapa y un claro aire de locatis, que compatibilizaba su observación en el común de la escena, bajando la cabeza con frecuentes atenciones al teléfono móvil, donde escribía a toda velocidad con los dos dedos gordos, dejando escapar una sonrisa a veces, para luego guardar el artefacto  inmediatamente, puesto que lo importante parecía ser lo que tenía en frente. Y detrás de todos, en el primer escalón de salida de la casa, una chica claramente china, con la cara redonda y el pelo negro, muy liso y brillante, recogido en una coleta corta. De ella solo se veía su cara entre los cuerpos de los demás y el principio de la chaqueta de chándal rosácea con una capucha sobre los hombros que vestía.

Durante poco más de un minuto, Daniel, el protagonista de la escena, fue examinado desde la distancia por lo que él llamaba la Asamblea Permanente de Profilaxis, en la que distinguía el Departamento técnico, que se ocupaba de limpiar, desinfectar y promover medidas de desinfección real o supuesta, la Sección de Bronca Directa, cuando el órgano anterior emitía un veredicto de culpabilidad, y finalmente, el negociado de miradas con desdén y enfado, que no echaba broncas, pero decía lo mismo con la mirada a resultas del veredicto del organismo decisor. Los miembros de cada departamento podían estar también en los demás en acumulación de funciones. Teniendo en cuenta su experiencia en la función pública, Daniel lo había expuesto con aquella ironía a la hora de la comida y hay que decir que no a todos los presentes le hizo la misma gracia, porque había algunos no querían chistes con la situación.

De entrada, solamente con verle, había incumplido ya el protocolo: traía la nariz fuera, solo un guante puesto, las gafas de sol encima de la frente y venía con la cazadora abierta de par en par. Preguntado sobre dónde se había quitado el guante, manifestó que no lo recordaba exactamente, con lo cual, teniendo en cuenta que había estado en dos sitios, el riesgo de contaminación era grande. Preguntado también acerca de la razón de que trajera el salva slip asomando por un lado de la mascarilla en lugar de estar en su sitio, en la boca, adujo que por el camino le había dado una especia de pájara con gran flojera corporal, teniendo que echar mano en consecuencia de un trozo de barra de pan con objeto de paliarlo, lo cual, para no quitarse la mascarilla, había tenido que ingerirlo por un lado, circunstancia que motivó el desplazamiento del salva slip, que ya nunca pudo quedar en el lugar donde fue colocado de inicio. De inmediato, el Departamento Técnico, la sección de broncas y el negociado de miradas con desdén y reproche se activaron en modo de alerta absoluta, con un agravamiento cuando se comprobó que, de la docena de huevos, tres venían rotos, ya fuera de origen o porque Daniel no había tenido cuidado y los había golpeado. De cualquier manera, una cosa así era un agravante.

Mientras la sección de broncas hacía su trabajo, la madre, que regentaba en todo aquel organigrama el negociado de miradas de reproche, hacía también funciones de conserje, por lo que enseguida acudió con una palangana de agua bien caliente y un Fairy, además del preceptivo bote de alcohol. Para entonces a Daniel ya le habían hecho quitarse los zapatos y estaba, el pobre hombre, descalzo sobre la hierba, que se encontraba mojada porque había caído un pequeño chaparrón de primavera. Pero no estaba la coyuntura para quejarse de cosas menores. Él mismo se ofreció a desinfectar lo primero los zapatos, que no venían en buen estado, porque como hay gente muy poco cívica que no recoge las cacas de los perros, había pisado una y el zapato en cuestión olía fatal. Dada la contingencia y la situación derivada, se aceptó que limpiara él los zapatos, previo lavado de manos y con un nuevo lavado adicional cuando hubiera terminado, por si las manos se hubieran contaminado a partir de una zona deficientemente limpiada de los zapatos. Esta etapa del procedimiento no la entendió bien, pero no quiso discutirla. Habiendo terminado, miró al jurado para ver si le otorgaban el paso a la siguiente fase. Fue entonces interrogado sobre la profilaxis en la pescadería y en el supermercado. Aunque ocultó algunos detalles por si acaso, fue más sincero en otros, fruto de los nervios y de falta de reflexión en las respuestas, quedando en evidencia que no estaba todo tan aséptico como debiera para aquella asamblea de la profilaxis, razón por la que había de pasarse a medidas extremas sí o sí. Berto miró a Merchu para ver lo que decidía y luego ampliar él, como era su estilo en estos asuntos. Merchu dijo que había que desinfectar las bolsas y todo lo que contenían y que su padre se tenía que desnudar y dejar allí mismo la ropa, porque podía venir altamente contaminado. Yue, que en apariencia no entendía el español, por intuición o por lo que fuera, supo lo que iba a suceder y por una vez, con independencia de todos, se metió dentro de la casa, se sentó en el sofá y, como estaba por allí el gato, lo tomó sobre sus piernas y empezó a acariciarlo nerviosamente. Al gato le vino bien, porque llevaba toda la mañana rozándose con unos y con otros y la verdad es que no le habían hecho ni caso. Luego entró Inés con su aire displicente, se miraron las dos, y como viera susto en la cara de Yue, le dijo: «Tranquila, están todos locos» y se sentó a su lado para seguir tecleando en el móvil.   

El padre se desnudó en la primera escalera ante la mirada de su esposa e hijos. Empezó por sacarse el salva slip que le tenía harto de moverse en la zona de la boca. Luego se quitó los nudos de la mascarilla y enseguida la ropa. De vez en cuando lanzaba una mirada de desconfianza para los balcones cercanos por si había algún vecino disfrutando del escarnio. A esas alturas le daba igual, pero era por saberlo. «¿Los calcetines también?», preguntó. Le dijeron que eso en el baño, pero para entrar tenía que lavarse las manos de nuevo, porque había tocado la ropa, presuntamente contaminada. Tampoco lo quiso discutir.

Paradojas de la vida: en un par de minutos aquel hombre que tantas veces había hecho temblar a empresas y particulares con sus informes, donde se citaba la ley tal, el decreto cual, dentro del procedimiento de tal y tal, todo ello para clavarles una buena multa por ocultar datos a Hacienda, se encontraba ahora casi desnudo en el jardín de su casa, solo con unos calcetines negros en los pies y un calzoncillo granate ajustado a las formas corporales con una tira oscura donde se leía en letras blancas: Punto Blanco. Parecía una metáfora de la esencia humana, despojada de sus envolturas. Todo lo demás era un cuerpo muy blanco, con ni mucho ni poco vello en el pecho, una barriguilla más notable en crudo que con ropa, donde el ombligo estaba, se suponía, al final de una especie de tunelillo estratégico. Y en las piernecillas, un tanto desmerecedoras en volumen para lo que anunciaba el abdomen, podían verse algunos restos de una pretérita mayor vellosidad sobre el blanquecino de la piel, extensible a todo el cuerpo.

Dicha figura humana, cuando fue autorizada para ello, tras los protocolos de rigor, caminó por el pasillo, subió al primer piso y allí, con la ducha ya funcionando, le esperaba su mujer, que le esquivó al entrar, para no rozarla. «¿Tú también me niegas, Pedro?», le dijo con tono irónico al notarlo. «¿Qué dices de Pedro?», preguntó extrañada. «Nada», respondió él y se metió en la ducha. Su mujer, con guantes, metió los calzoncillos de Punto Blanco y los calcetines en una bolsa, le echó un nudo y se los llevó de allí.

Cuando salió de la ducha, envuelto en una bata blanca, llamó a su hija Merchu, para que le dijera si había algún fleco más que cumplir del protocolo. Como quiera que le preguntara si se había lavado el pelo y Daniel le dijera que no, tuvo que volver a la ducha y lavárselo, tragando con ello algunos demonios que le hubieran salido con gusto por la boca, pero que a su edad y en casa, sabía ya cómo contener para beneficio general. Finalmente, dado el visto bueno, se vistió con un chándal azul que tenía a un lado del pecho algunas letras pequeñas y una banderita española, bajó a la cocina, buscó en un armario una lata de mejillones en escabeche que recordaba haber comprado días atrás, eligió una de las cervezas que había comprado y subió a un despachito particular que tenía en la buhardilla donde estaban sus cosas. Cerró la puerta, se acomodó en un sillón, abrió la lata de mejillones y la cerveza, y vertió esta con delicadeza sobre el vaso para que hiciera exactamente la espuma que quería. Antes de pinchar el primer mejillón, alcanzó desde allí a conectar el aparato de música que había en una estantería. Lo encendió, le dio al play e inmediatamente sonó una música que estaba de antes interrumpida a mitad de la canción, era Tragedy de los Bee Gees. Entonces, miró a la cerveza y a la lata de mejillones y sintió que la felicidad consistía en lo que tenía allí a mano. Dio ese primer trago que tanta felicidad proporciona siempre, se metió un mejillón en la boca, lo masticó con gusto y cuando lo hubo tragado convenientemente, de lo bien que estaba, se atrevió a acompañar a los Bee Gees en el falsete.

—Continuará—