CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Cansada de oír sonar un teléfono móvil en el salón, sin que nadie acudiera a cogerlo, Merchu salió del refugio de su habitación donde estudiaba el MIR, bajó las escaleras a toda prisa protestando de que tuviera que ser ella quien lo cogiera y entró precipitadamente en salón. En ese momento el móvil que sonaba encima de la mesita, se calló. Salió una palabrota leve de su boca. Desde allí abajo llamó a su padre a voces, que estaba en la buhardilla, dos pisos más arriba. Pero no obtuvo respuesta. Subió al primer piso y oyó las carcajadas de Inés y Yue en su habitación con la puerta entreabierta. Entró y les preguntó, con no buenas formas, si es que no habían oído sonar el teléfono. «Pues no, hermana, no, no hemos oído nada», contestó Inés con una cierta sorna sin dejar de reír de lo que estaba riendo de antes. Mercedes salió de una de las habitaciones para ver lo que pasaba a su hija. Merchu, dio pocas explicaciones, siguió subiendo escaleras, llegó a una puerta cerrada, tocó y entró. Una bocanada de música, con el Bolero de Ravel sonando, salía de dentro. Allí estaba Daniel muy concentrado delante de un ordenador. Merchu le protestó un poco por haberse dejado el teléfono en el piso de abajo; le dijo: «Toma, es la abuela Angelines, pero no me ha dado tiempo a cogerlo». Daniel, dijo que lo sentía y le sonrió. Merchu se marchó cerrando la puerta. Daniel apagó la música y accionó el teléfono que le había entregado su hija. «Madre, ¿qué tal?, ¿por qué me llamabas?» … «¡No fastidies! ¿Y te las has dejado dentro? Pues ya sabes que aquí no tenemos copia, te di la que tenía a ti hace tres semanas y no me las has devuelto» … «A ver dónde encontramos ahora a un cerrajero, en esta situación» … «No, los bomberos, no; te van a romper un cristal para entrar y luego qué, ¿buscas a un cristalero? Así no acabamos nunca» … «Ya te busco yo a un cerrajero que haya de guardia, no te preocupes» … «¿Dónde habías ido? Te dije que no salieras, que lo que necesites te lo llevamos nosotros» … «Ya, pero no, no, madre, hay que obedecer lo que nos dicen. Tienes que quedarte en casa, es muy peligroso, que esto va muy en serio, que la gente se muere por cientos y la gente mayor tiene más posibilidades» … «Que no, madre, que no valen excusas, no puedes hacer esto. Venga, voy para allá. Vienes a comer a casa y luego ya lo solucionaremos» … «En quince minutos estoy allí, lo que tardo en vestirme y coger el coche. No hables con nadie, no te acerques a nadie, ni toques nada, ni te toques la cara» … «Vale, venga que sí. Haz lo que te he dicho. Paro un momento en la esquina, me ves y te montas en el coche. Adiós». Daniel, dejó escapar un resoplido y acto seguido un ¡Ay Dios, esta mujer!

Mientras se vestía, apareció Berto comiendo chicle y con los ojos sobresaltados, como siempre que le preocupaba algo: «¿Sabes la última de los yanquis a Venezuela?» Daniel, subiéndose el pantalón, suspiró. «No estoy yo ahora para Venezuela, que tu abuela se ha dejado la llave dentro de casa y está en la calle. No sé a qué coño ha tenido que salir». Berto salió de la habitación contrariado y se metió en su cuarto. Daniel terminó de vestirse, pensando en lo pesado que era su hijo cuando se obsesionaba con algo. Sabía que no pensaban igual en muchas cosas y no podía evitar darle la monserga a pesar de todo; era como si le quisiera convencer a base de machacarle o tal vez, tan solo para soltar lastre de sí mismo. Le dijo a su mujer que su suegra vendría a comer y la razón de ello. Bajó al garaje, montó en el coche y al encender el motor se accionó automáticamente el equipo de música con Brown eyed girl de Van Morrison ya empezada. Esto en algo le mejoró los nervios. Por el camino se dio cuenta de que no había cogido ni mascarillas ni guantes ni nada. A la vuelta le iba a caer una buena si se daba cuenta del incumplimiento del protocolo la Asamblea Permanente de Profilaxis, como él seguía llamando a los que se ocupaban de salvar de la epidemia a los de la casa. Lo que faltaba. Se veía otra vez en calzoncillos en medio del jardín.  

En cinco minutos estuvo en la plaza donde había quedado con su madre. Circuló despacio para ver si la veía. Allí no estaba. Se detuvo a mirar, pero le pitó una furgoneta de reparto que venía detrás y que ya estaba cansada de que fuera tan despacio todo el rato. No la veía. Tenía que dar una vuelta a la manzana y volver. Dejó de poner atención en la voz de Van Morrison, ahora con Someone like you que tanto le gustaba, haciéndosela repetir al aparato por lo menos dos veces si conducía solo. Suspiró una y otra vez callejeando para volver a la plaza y ver si ya le esperaba. Sonó su teléfono móvil. Era su madre. Miró a ver si estaba por allí la policía para cogerlo. No. «Madre, ¿pero dónde demonios estás?» … «Anda, venga, estate en la esquina que no puedo parar allí más que un momento». 

Le pareció verla desde lejos, pero no podía ser ella, porque no tenía el pelo de ese color. Sin embargo, era ella, con el pelo teñido de rubio. ¡Increíble! Habían estado juntos hacía una semana y tenía el pelo como últimamente, es decir tirando a pelirrojo. Las peluquerías estaban cerradas desde el principio del confinamiento, ¡pero su madre estaba teñida de rubio! No se lo podía creer. Incluso parecía más joven. Detuvo el coche al borde de la acera a la altura de una mujer alta, de unos 80 años bien conservados, con el cuerpo firme, el pelo rubio con menos de media melena, algo tieso de laca, vestida elegantemente con una falda verdosa y una camisa beige y, encima, una chaqueta de punto multicolor gruesa y larga. Su gesto tenía una pose un tanto adusta. Llevaba en la mano, colgando de dos dedos, la cinta de una bandeja de pasteles. Montó en el coche sentándose con alguna dificultad y cuidando de que los pasteles estuvieran a salvo encima de sus piernas. Daniel la miró con cara de extrañeza antes de poner a rodar el coche. «Madre, es que no me lo puedo creer: sin mascarilla, sin guantes y teñida de rubia». «Tú tampoco llevas nada de eso. Anda vamos para tu casa». Daniel conducía, la miraba, conducía y la volvía a mirar. No era la primera vez que su madre le asombraba desde que había cumplido los setenta.

—Pero ¿cuándo te has puesto el pelo así?, si he estado contigo hace poco y lo tenías como siempre.

—Me lo he teñido; ¿es que me queda mal? Todo el mundo me dice que me he quitado años.

—¿Todo el mundo? ¿Y cuándo te ve a ti todo el mundo?

—Cuando salgo a las necesidades, hijo.

—Pero si quedamos en que te lo hacíamos todo nosotros o lo encargabas por teléfono.

—Por no dar trabajo a los demás.

—Sí, ya, seguro que es por eso.

—No me puedo quedar en casa todo el día viendo el Sálvame y Supervivientes. O me voy a volver tonta.

Cuando metió el coche en el garaje, antes de que salieran, la retuvo del brazo: «Hazme un favor: no digas que iba sin mascarilla ni guantes o estos neuróticos de la profilaxis me van a hacer desnudar otra vez en el jardín». Angelines no dijo nada, bajó del coche y subió las escaleras con la bandeja de pasteles. «Sube y vas directamente a la cocina —le había dicho su hijo— así me da tiempo a organizarme».

A la cocina fueron bajando todos cuando supieron que había llegado la abuela Angelines. Merchu fue la primera y luego todos menos Berto, que debía seguir maldiciendo a los yanquis por algo del petróleo de Venezuela. Entre tanto, Daniel fue a la entrada de la casa, cogió una mascarilla y unos guantes y los llevó en la mano a la cocina como si se los acabara de quitar. «¡Papá, que no vengas con eso a la cocina, no ves que vienes de la calle y pueden venir contaminados! Déjalos a la entrada, como siempre». «Vale». Daniel supo que se había salvado, aunque su madre podía meter la pata en cualquier momento.

A la abuela Angelines le fue aplicado el protocolo de profilaxis antes de que tocara nada y se sentara a explicar lo que había sucedido, pero, sobre todo, la razón del cambio de imagen que podía ser lo más apasionante. Lo que no consiguieron es que se metiera en la ducha para que fuera completo el protocolo. «Que me voy a un hotel, ¿eh? Sabéis que soy capaz. En la ducha me meto yo cuando quiero, no cuando me dicen». «No hay hoteles, abuela, los han chapado todos», apuntó Inés. «Es igual, tengo donde ir. No me toquéis las narices. A los mayores dejadnos vivir al día, que no tenemos mucho tiempo ya. Si nos queremos morir de esto, nos morimos y así no os damos guerra el día de mañana y ahorramos en pensiones, que me parece que os va a hacer falta». Al oírlo, Mercedes, su nuera, pensó para sí: «¡Ya tuvo que salir la orgullosa de la hija del ferretero!» Mercedes pensaba esto a menudo de ella porque conocía su historia y cualquier cosa la atribuía a que Angelines había pertenecido a una especie de burguesía de ciudad pequeña, en la que el negocio próspero de su padre como ferretero la había convertido en una mujer de cierta posición, con todo lo que eso puede llevar aparejado de bueno y de regular en ciudades pequeñas.

Pero lo que todos querían saber, también Berto, que al parecer había dejado aparcado el tema Venezuela, era dónde se había teñido el pelo, estando las peluquerías cerradas. Al principio dijo que había sido en la peluquería que iba cada semana, pero se le notó que era mentira cuando el interrogatorio fue a varias bandas. De modo que no le quedó más remedio que decir la verdad. Pidió un vermú y unas aceitunas y con todo el mundo expectante, porque sabían que lo que contara aquella mujer podía ser divertido, escucharon el relato de los hechos. Un día se había marchado al supermercado a buscar unas cosas, que resultaron ser unas galletas para el desayuno, unos yogures y alguna «cosilla» más que no mencionó, ella sabría por qué. Como las peluquerías estaban cerradas y su peluquera le había dicho que hacerle un teñido de extranjis imposible de todo punto, y lo necesitaba porque se le notaban todas las canas, decidió hacerlo ella misma, aunque le iba a pedir ayuda a su amiga Maribel, que seguramente no tenía ni idea, pero con tal de tener un pretexto para salir de casa colaboraría seguro. Estando en una estantería del supermercado en busca de la gama del tinte que necesitaba, coincidió allí con un jubilado algo más joven que ella, y como los jubilados de cierta edad no tienen reparos por nada, entablaron una conversación sobre tintes del pelo. Al parecer, aquel hombre sabía del tema, porque le había estado tiñendo el pelo a su mujer hasta su muerte e incluso se lo teñía él a sí mismo, todo ello con gran destreza, como si aquel hombre, que había sido jefe de estación de RENFE hubiera nacido tanto o más para tintar cabezas que para organizar una estación del tren. Como Angelines le vio muy entendido y de confianza, y necesitaba teñirse, según ella con urgencia, se puso en sus manos. Mejor en casa de él, porque allí tenía todo lo necesario para hacer un buen trabajo, de habérselo hecho en vida a su mujer cada veinte días durante dos décadas. Sin más demora, al día siguiente, a las 10 de la mañana, Angelines estaba tocando al timbre de la casa de Bernabé. Por el camino la paró la policía, pero dijo que se iba a hacer el Sintrón. Bernabé la tiñó de un color parecido al que lo hacía su peluquera y cuando terminaron, ya tomando algo en el salón del piso, Bernabé le dijo que para su gusto lo que a ella le quedaría mejor sería ir de rubia, que estaría fantástica así y que la haría más joven. Como se dieron los teléfonos, Angelines lo pensó durante dos días y al tercero le llamó para decirle que se había decidido, que, si él estaba listo, el día que le dijera la teñía de rubia. Quedaron en el supermercado para elegir el tono juntos. Y desde allí se fueron a la casa de él con dos rodajas de merluza para rebozar y unos langostinos cocidos que compraron en la pescadería. Bernabé la tiñó, y luego comieron la merluza y una ensalada especial que sabía hacer él con salsa césar y langostinos y bebieron un vino blanco semidulce que a decir de Angelines estaba buenísimo. Así las cosas, comieron, se quedaron después dormidos en un sillón de la casa cada uno, a media tarde se hicieron un chocolate con bizcochos y a las 8 de la noche Angelines estaba en casa teñida y feliz de haber pasado un día con un señor al que calificaba de un hombre como tienen que ser los hombres.

Daniel, a pesar de que ya conocía bien a su madre y tenía una cierta experiencia en las cosas de la gente mayor, no dejó de hacerse exclamaciones interiores a medida que escuchaba el relato de los hechos. «No acepto críticas, así que mejor es que digáis que os parece bien», dijo tomando el vaso de vermú para apurar lo que le quedaba. Mercedes volvió a reconocer en sus palabras a la hija orgullosa del ferretero. «Ahora contadme vosotros ¿cómo lleváis este panorama que nos han mandado los chinos?» Enseguida se dio cuenta de que Yue también estaba allí y como creía que le había entendido, apostilló: «Pero tú no tienes la culpa, guapa, que tú estabas en Francia». Yue, sin entender nada, al sentirse aludida, enrojeció y sonrió más abiertamente de lo que ya sonreía.

Un rato después Inés y su abuela coincidieron por el pasillo del primer piso. Inés la tomó del brazo y la llevó a sitio seguro, a su habitación. Allí estaba Yue sentada en el suelo leyendo un libro con un cuaderno al lado y un bolígrafo. Al verla se puso de pie. «Cuéntame, abuela. ¿Te estás viendo con el tal Bernabé, un apuesto jubilado que se tiñe el pelo?». Se notaba que entre abuela y nieta este tipo de confidencias eran posibles. «Sí. Un poco por las circunstancias, pero nos llamamos todas las noches para desearnos las buenas noches y todas las mañanas para ver si seguimos vivos, que ya sabemos que las noches son muy traicioneras». A Inés le dio la risa. Yue las miraba sonriente con atención percibiendo que había entre las dos un secreto emocionante a juzgar por el tono de voz que empleaban. «Cuéntame, abuela, ¿ha habido algo más? Ya sabes que a mí me lo puedes decir». «No, no estamos ya para locuras, hija mía. Con buena educación, con detalles bonitos y un poco de complicidad, tenemos bastante. Además, somos de una generación que somos fieles a nuestros maridos y a nuestras mujeres, aunque se hayan muerto. De todos modos, ¿dónde crees que íbamos a llegar nosotros a nuestras edades? La frontera ha sido bailar Luna de miel de Gloria Lasso en su casa, que ya es mucho, porque yo, desde jovencita no he bailado con nadie que no fuera con tu abuelo». Inés miró a Yue y le dijo en francés: «¡Qué grande es mi abuela!» Yue miró a Angelines, sonrió abiertamente e inclinó brevemente la cabeza.

—Continuará—