CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Calculadamente, Daniel esperó a que terminaran la comida y se sirviera el café para decir que tenía algo que hacer saber. Dejó la tacita sobre el plato, después de haber probado que estaba bien de azúcar, observó que todos estaban esperando después de su anuncio y se dispuso a hablar: «Hasta ahora, aquí han hablado con autoridad los expertos en medicina y en prevención de epidemias, unos profesionales y otros ayudantes de buena fe. Bien, pues ahora toca escuchar al economista». Todos le miraron con atención porque parecía que en realidad podía decir algo importante, aunque el inicio tuviera trazas de guasa. «Hay que comer lechazo y cochinillo para que no se hunda el sector. Así se acaba de aconsejar oficialmente. Ha caído la hostelería, y por tanto, al sector doméstico le toca apoyar o no volveremos a comer estos majares. Esta casa tiene que ser solidaria». El anticapitalista Berto, comprendió que a eso tenía algo que decir. Siempre podía ser su momento, porque Berto encontraba razones en cualquier tema para lanzar su discurso; era como si le quemara por dentro si no lo soltaba. Además, eran tan floridas sus bases, que se adaptaba a cualquier cosa y si podía ser contra la opinión política de su padre, le daba un punto satisfactorio de más. «Por mí que caiga el sector y que se haga cargo el Estado de la producción, que es quien la debería tener y no dejarla en manos de explotadores de animales y de usureros capitalistas». Daniel hizo como que no lo había oído y siguió soplando y bebiendo a sorbos pequeños de la tacita de café. La madre pensó que se podía liar y eso sería una pena, porque había sido una comida muy amena en la que ella había triunfado a base de unas patatas con espinazo de cerdo adobado para chuparse los dedos. Inés, que estaba sentada al lado de Berto, le puso el brazo por el hombro y dijo cerca de su oído: «Berto, querido, ¿por qué no escribes todo esto en un pdf y nos lo mandas para que lo vayamos leyendo poco a poco a ratos libres? Es que, a la hora de comer, tanta revolución no estimula los jugos gástricos para digerir correctamente. Ayer te querías cargar los bancos, anteayer a Amancio Ortega, hoy al sector del asado. ¿Qué va a ser esto, Berto?, ¿Corea del Norte.  Berto, le quitó el brazo a Inés de su hombro, a la vez que decía sin mirarla: «Ya sé que a los pijos os preocupan otras cosas más frívolas». Yue, que estaba todavía comiendo una naranja, porque lo hacía con parsimonia china comiendo gajo a gajo y poco a poco cada gajo, había puesto cara seria, intuyendo que algo importante estaba sucediendo, mientras miraba a cada uno que tomaba la palabra. Lo vio Inés, sentada en frente y le informó en francés de la situación, porque imaginaba que no se había enterado de mucho. «Que dice mi padre que hay que comer codero joven para que no se hunda la economía ganadera y luego dice Berto que lo que hay que hacer es la revolución», dijo Inés con esa gracia suya para decir las cosas, contundente pero como sin darle importancia. Yue agravó la sonrisa e hizo un gesto simbólico de aplauso, aunque enseguida se dio cuenta de que estaba aplaudiendo dos cosas de distinta sensibilidad y eso podía ser peligroso. Así que reaccionó dejando de aplaudir, rebajando la sonrisa y pidiendo perdón.  A Mercedes le gustaba mucho oír a su hija hablar en francés con tanta soltura; siempre sentía una especie de orgullo de madre oyéndola. Con Berto sufría en silencio, porque le veía irremediablemente metido en berenjenales; aun así, incluso pensando lo contrario que él, le defendía y si la discusión era entre padre e hijo, buscaba la forma de protegerle, aunque luego tuviera que pedirle perdón a solas a su marido y le tuviera que besuquear un poco como aditivo.  

Merchu tenía algo que decir al respecto de la propuesta paterna: que al margen cuestiones ideológicas, en esa comida que se proponía como solidaridad a la economía del país, había mucha grasa y por tanto, habría que matizar su uso. Daniel dijo que, si desde ese momento había que organizar el Observatorio de triglicéridos y grasas saturadas, que bien, pero que había que comer de esas cosas para ayudar a la economía y para disfrutar de la vida, «¡qué coño!», como dos cosas muy importantes. El observatorio quedó encargado, en acumulación de funciones, de regular la ingesta semanal de grasas saturadas, por lo del lechazo y porque le habían detectado a Daniel una compra más alta de lo normal de chocolate con alto contenido en cacao, que él había explicado ser bueno para conciliar el sueño en momentos de mucha tensión como el que estaban viviendo. Advirtió, no obstante, ante las prescripciones de su hija, que si, por lo que fuera, él no estaba de acuerdo con el régimen impuesto por el observatorio, comería el lechazo solo y quien se adhiriera a él. Y reivindicó que la grasa es un patrimonio personal y que, si se producía un exceso, buscaría mediante el ejercicio la forma de eliminarlo para que todo el mundo se quedara más tranquilo por él.

(Daniel era un firme creyente en el lechazo asado al horno con patatas panaderas y cebolla pochada. Cuando Mercedes y él estaban solos en casa, muchos domingos lo comían con una botella de tinto para acompañar y luego se quedaban dormidos en el sofá, mientras en la televisión daban un reportaje sobre medusas, suricatos o leones que atacaban manadas de ñus al cruzar un río. Y eran felices así).

Quedó, por tanto, establecido que en dos días se comería en aquella casa el primer lechazo al horno de la campaña, por lo que Daniel se propuso cuanto antes hacer ejercicio en la medida de lo posible, cosa que aquella misma tarde ya fue objeto del correspondiente planeamiento. Como era un hombre organizado, por la noche ya lo tenía todo previsto y a la hora de la cena pidió a todos que a partir del día siguiente le dejaran una media hora al día, cada tarde, ocupando parte de la casa en un circuito doméstico que había establecido, por el que iba a caminar a toda prisa un cierto número de veces, para terminar en unos 8 o 10 kilómetros de bicicleta estática. Con eso habría suficiente, si no decía lo contrario Merchu. Berto no dijo nada en contra y al resto le pareció bien, quedando estipulado que a las 6:30 nadie saliera de las habitaciones porque aquel hombre estaba quemando grasas saturadas en un circuito consistente en recorrer el pasillo del piso de abajo, entrar en el interior de la cocina, rodearla, salir, entrar en el salón, recorrerle esquivando las mesas del comedor, del salón y demás obstáculos allí existentes, los cuales serían ligeramente modificados para ello y reintegrados a su estado original después de cada sesión. De allí subiría las escaleras de los dos pisos, las bajaría y vuelta a empezar. Así treinta veces. Nadie debía salir de las habitaciones para no interrumpir el ejercicio. Si algún día había un exceso en la ingesta de grasas saturadas, como sería el caso del día lechazo (una vez a la semana para salvar el sector fue lo pactado, alternando con cochinillo), ese día o como mucho al siguiente, habría una sesión extra de ejercicio. Lo importante era no acumular lípidos de los malos, dijo Merchu, cada día más en su papel de protectora de la salud pública en la comunidad doméstica. Inés, en su tono habitual de dejar caer las cosas en serio, pero con gracia, apostilló que efectivamente debían hacer cada uno su propio plan para quemar grasas o allí se iban a poner los culos muy gordos.

Fue dos días después cuando tuvo lugar otra de las visiones de más impacto para recordar de las que se producían en aquella casa. Y fue precisamente el día en el que comieron el primer lechazo solidario. Como era sábado y no tenía que atender a sus alumnos por teletrabajo, Mercedes le pudo dedicar todo el tiempo posible a mimar el asado del almuerzo desde bien pronto. Las mejores patatas para hacerlas panaderas, cebolla dulce, una lechuga insuperable para la ensalada central, tomates raros pero exquisitos para picar, un pan especial que fue a comprar a una panadería un poco más lejana de casa y toda una serie de rituales gastronómicos con la carne que no podían sino terminar en un sabroso festín. Hubo vino especial —como decía Daniel cuando se emocionaba— «para regar convenientemente el asado», un vino que se bebió en buena medida él, salvo un poco Berto y Mercedes y una copa como Dios manda, Inés. A Yue Daniel le hizo beber un poco también, porque decía que para saber de España y luego contarlo, cuando se come lechazo, si no hay un buen tinto de compañía no es un acto completo. Yue, por educación, bebió todo lo que le sirvió en la copa Daniel y como no estaba acostumbrada, enseguida se le pusieron en los mofletes dos preciosas manchas que le daban aún más gracia a aquel rostro, tan redondo y tan simpático. «Vas a tener que darlo todo esta tarde con tus ejercicios, papá», le dijo Merchu, a la que no se le olvidaba su responsabilidad en la quemazón de las grasas saturadas. Al acabar la comida, Yue pidió la palabra y para ello, lo que hasta ese momento habían sido dos mofletes rojos por la supuesta acción del vino, se hicieron extensivos a toda la cara. Nunca había hablado por iniciativa propia si no se le preguntaba, por tanto, creó una gran expectación. Esperando a que empezara a hablar, mirándola todos, la cara de Yue no podía registrar más intensidad en el rojo, ya casi tirando a granate. Tras varios intentos fallidos de pronunciar las dos primeras palabras, cogió aire y dijo: «Estaba muy bueno. Muchas gracias familia española», a lo cual fue correspondida por un aplauso general, puesto que nadie podía sospechar que podía decir ya dos frases seguidas en español. Daniel, cuya aplicación al Pago de Carraovejas Crianza había sido muy generosa, se levantó y le dio dos besos a Yue, que había rebajado un tanto el nivel del rojo en sus mofletes, pero lo recuperó de inmediato.  

La felicidad provocada por el lechazo, la satisfacción porque no hubiera habido incidentes políticos a la hora de comer y una siestecilla más o menos oficial de casi todo el mundo, creo una gran paz en la casa. Solo de vez en cuando, ya avanzada la tarde, salía de la habitación de Inés y Yue algún ruido o notas musicales procedentes de una guitarra. Hasta que alguien abrió la puerta y prorrumpió en una especie de grito para ser oído por la generalidad: «¡Salid todos, chicos, tenéis que ver esto!». Era la voz de Inés, en su habitual tono, pero un tanto ensalzado para que la oyeran desde las habitaciones donde estaban los demás. Inmediatamente empezaron a oírse los ruidos propios de una movilización general y urgente, y enseguida las puertas que se abrían para ver lo que pasaba. Berto bajó corriendo atropelladamente de su habitación en la buhardilla. En medio del pasillo estaba Inés y delante de ella, su padre, detenido para que no pasara hasta que no le vieran todos los demás en aquella imagen inolvidable: la cara con cierta congestión producto del esfuerzo, resoplando como un deportista de verdad, en ella el gesto de sorpresa al verse protagonista y en el cuerpo, el traje del Atlético de Madrid prácticamente al completo (camiseta y pantalón corto, medias azules hasta la rodilla y zapatillas deportivas blancas). En la cabeza un turbante, también rojo y blanco. Finalmente, encima del turbante, tapando las orejas, dos grandes auriculares negros de los que colgaba un cable que iba a parar al brazo, donde, en una especie de funda de plástico bien ajustada, quedaba alojado un aparatito negro en el que se veía la manzana de Apple. «Este es mi padre, un colchonero irreductible, el terror de los contribuyentes de la provincia. Solo te faltan los tatuajes. Estamos orgullosos de ti, padre», dijo Inés para el resto de los espectadores abrazando a su padre. Daniel, viendo tanta expectación, se quitó los auriculares dejándolos sobre el cuello. Se percibió entonces a un volumen muy alto, el último disco de los Rolling Stones Living in a ghost town. «Es buenísimo», dijo cuando percibió que les llegaría el sonido desde los auriculares.  «Papá, no es bueno escuchar la música tan alta», advirtió Merchu. «¿Con esas zapatillas en la madera, Dani? ¡Ya te puedes poner otras, que me lo rayas todo!», exclamó Mercedes.        

—Continuará—