“No hay nada más valioso que nuestra propia vida, incluso cuando esta ya se ha acabado y nos hemos convertido en relato. Eso es la dignidad”.

Ana Carrasco-Conde en lamarea.com 15 febrero 2019

Si a una vida se le pone precio, entonces no es digna. Y si es digna no tiene precio. Y esto que puede parecer un mero juego de palabras es en realidad lo que nos ayuda a entender que por mucho que nos hablen de dignidad y digan defender algo así como “el valor universal” que todo ser humano tiene por el mero hecho de serlo, en el momento en el que ponemos precio a “alguien” lo rebajamos a la condición de “algo”. Y esto es indigno. Incluso cuando nos ponemos precio a nosotros mismos, nos cosificamos, nos convertimos en medio para que alguien alcance un fin que considera “más valioso” que nosotros. Pero no hay nada más valioso que el ser vivo en sí mismo lo que quiere decir que no hay nada más valioso que nuestra propia vida, incluso cuando esta ya se ha acabado y nos hemos convertido en relato. Eso es la dignidad. Y no nos equivoquemos: ni el precio, aunque sea lo habitual, es solo monetario, ni lo que se vende es solo una parte. Si nos pisan, nos pisan del todo.

Hay muchas formas de ponernos precio, pero todas ellas tienen algo en común: que su valía se equipara con su utilidad. De útil, del latín “utilis”, viene “utensilio”: herramienta que puede ser usada. Y así, sin pensar, de pronto, al ponernos precio o al ponerle precio a alguien hacemos de su vida algo útil para alguien, pero ¿la vida se usa? No, la vida no se usa. La vida se vive y se comparte. Y no es útil, por muchos sentidos que queramos darle, es decir, no es medio para otra cosa, ni somos enseres para la vida de nadie. La vida, así, en general, es un concepto: lo que tenemos son vidas singulares y concretas. Vidas con rostro y con historia y ninguna debe ser medio para otra. La dignidad no significa otra cosa, desde Kant, que tener la libertad y la autonomía como para elegir qué sentido queremos darle a este suspiro que es la vida y el modo en el que, sin coacción, elegimos vivirlo.

Es cierto que hay que “ganarse la vida”, pero pocas formulaciones son tan perversas: la vida no hay que ganársela. Ya la tenemos. Lo que hay que ganarse son los medios para poder tener la vida a la que uno aspira siendo conscientes de que vivimos en comunidad y con otras vidas tan dignas como la nuestra, pero al mismo tiempo tan distintas, únicas e irrepetibles. Ninguna vida se equipara a otra. Ese es su valor: que no somos sustituibles, que no nos reducimos a lo cuantitativo, sino que somos cualidad incomparable. No me “vale” cualquiera. Y por eso no tiene precio: porque, como dijera Kant, quien pone precio no solo cosifica, sino que convierte a las personas en elementos intercambiables, como si su vida pudiera ser equiparable al uso que se le dé al objeto por el que se trueque y su vida sustituida por algo equivalente. Pero no hay equivalente a las personas. Cada una es distinta. Cada una tiene una cualidad incanjeable.

Hay quienes hablan de dignidad y del valor de la vida pero lo hacen reduciendo la vida a su precio y entendiendo que lo “digno” es únicamente su modo de vida y lo que a ellos les atañe: sus derechos, sus ideas, sus principios, sus creencias, incluso cuando éstas vulneren la verdadera dignidad de toda vida. Lo que los ataca deviene de pronto “indigno”. Y así cuando, vacía de contenido, enarbolan la palabra dignidad, lo hacen como quien hace ondear una bandera cuyo valor universal se apropian al autoproclamarse sus únicos defensores. Hacer del cuerpo de la mujer mera ánfora, convertirlo en una herramienta que puede ser usada “para” gestar, reducirnos de este modo a una utilidad y despojarnos de nuestro derecho a decidir sobre nuestro cuerpo implica no defender realmente la dignidad de todos los seres vivos, sino una dignidad, más cercana a la dignitas romana de hace casi quince siglos, para la que solo algunos eran dignos: mientras que los esclavos y las mujeres tenían un precio porque “servían” para algo y su vida era útil para los dignatarios, se encontraban aquellos, varones, cuya dignidad venía dada por su estatus social y tenían por ello, por derecho, disposición sobre los cuerpos y vidas de los demás. Con dinero compraban trabajadores en condiciones precarias, quiero decir, esclavos, y con dinero pagaban también a esclavas para diferentes usos. Pero no estamos en Roma o eso pensamos porque para nosotros la dignidad es un valor de todo ser vivo. Y así, parafraseando a Juan de Mairena, por mucho que un ser humano valga, nunca tendrá más valor que el de ser un ser humano… aunque pongamos precio a su cuerpo, que es otro modo de ponérselo a su vida. Vivimos con nuestro cuerpo. No tenemos otro.

Aunque constituya el fundamento de toda moral, la dignidad no es un punto de partida sino un valor que debe ser reconocido por la sociedad a la que se pertenece. Es ella, la sociedad, la que debe velar por facilitar las condiciones que permitan a una persona ser un fin en sí misma y no ser un mero útil para otros.  Todos vivimos, pero solo algunos pueden elegir cómo quieren vivir. En una comunidad en la que una persona se ve obligada e incluso es coaccionada por sus condiciones materiales a ponerse precio para poder subsistir, donde no tiene la capacidad de elegir, donde se la cosifica, se la humilla, se la esclaviza, se la obliga a ponerse precio, no se pone en valor ni su vida ni la vida en sí misma. Se ultraja. Se cosifica. Se convierte en medio y herramienta intercambiable: como un ánfora, un mero recipiente. La dignidad recibe un doble golpe: sobre la de mujer, reducida al uso de su útero: “su cuerpo es para algo”, y la de las vidas que con esa gestación se produzcan: porque ya no importan como vidas por sí mismas sino como medios para pagar las pensiones de aquellos que, sin saberlo, en realidad defienden la dignitas romana. Pero eso no es poner en valor la vida. Es ponerle precio. Y es aquí cuando comienza el verdadero invierno