CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

Daniel tuvo que ir a la oficina para un asunto urgente y, cuando regresó a casa, vino diciendo que iba a hacerse horticultor con un compañero de trabajo. Al parecer, el compañero tenía un huerto en un pueblo cercano, hablaron de ello y Daniel quedó seducido por las bondades que para el espíritu de un hombre maduro ofrecía cultivar hortalizas y legumbres. Siendo, como era de toda la vida, un tipo muy fácil de apasionar, lo que le había contado su compañero bastó para seducirle. Incluso habló convencido de la posibilidad de comprar una huerta para él solo.

Berto barruntó que había novedades y bajó al piso de abajo con unos auriculares grandes sobre la cabeza, uno colocado en su sitio y el otro, fuera de la oreja, para oír lo que pasaba afuera. Por el camino encontró a Inés que entraba en el servicio y le preguntó por lo que pasaba en la cocina: «Que tu padre está proyectando convertirse en terrateniente, controla eso». Berto frunció el ceño y fue a enterarse de primera mano. Pidió explicaciones y advirtió que al respecto no tenía una idea formada todavía sobre si lo que planeaba su padre era bueno o malo, aunque recordó lo que había leído hacía poco en el diario Público, en tono favorable, sobre los huertos urbanos. Yue, que estaba en el jardín observando con mucha paciencia a un par de lagartijas resucitadas por el día de primavera, percibió también que sucedía algo y entró dentro. No sé enteró de todo, pero le pareció comprender que al menos no se trataba de malas noticias.  

Mercedes no puso buena cara con los planes de su marido. No se había levantado de buen humor y aquella noticia le vino muy bien para tener una causa, porque ya empezaba a sentirse incómoda de estar así sin ninguna razón para ello. Nada más oír los planes de su marido de hacerse horticultor a la mayor brevedad posible, empezó a cavilar sobre la forma en la que podía asociar tal cosa con las reticencias que él le había mostrado a cambiar la cocina, que ya tenía 13 años y según ella, estaba quedándose vieja. No era fácil unir las dos cosas, pero lo iba a intentar. De momento, dijo que le parecía una tontería, porque él no estaba acostumbrado a trabajar en esas cosas, con lo cual al cabo de un año se iba a cansar; eso, si no le daba un lumbago. Daniel no quiso entrar en pelea y simplemente dijo que se iban a chupar los dedos («Tú la primera», le dijo a su mujer) con los tomates y las judías verdes que iba a cultivar. «¡Y todo, por supuesto, ecológico!», subrayó mirando a Merchu para ganarse su apoyo, como médico que era.    

Terminado el improvisado evento, cada uno volvió a lo que estaba haciendo. Mercedes anunció que se iba a meter ya en la cocina a preparar la comida prometida para celebrar el cumpleaños de Inés, que había sido el día anterior pero no lo habían celebrado gastronómicamente porque la propia Inés tuvo un problema con la tripa. Cebollas rellenas de verdura y carne picada al horno, sobre un fondo de salsa de pimientos rojos y, de segundo, rabo de toro estofado con una salsa de Oporto. Para picar de inicio, unos mejillones frescos con vinagreta. Solo Yue, la china, se quedó en la cocina, en silencio, con su sonrisa perenne, las manos unidas y pegada a la pared sin decir nada, solamente mirando a Mercedes con la habitual tranquilidad que irradiaba siempre su gesto. Yue se había ofrecido a ayudar de pinche en la comida como homenaje a su amiga Inés y esperaba desde ese momento órdenes de la cocinera. A Merchu, que vigilaba mucho siempre todo lo que tenía que ver con las mujeres, le había tenido que explicar su madre desde el principio del confinamiento que quería hacer de la cocina su castillo particular, como forma de relajarse y de contribuir a la felicidad de la familia en unos momentos de tanta preocupación y desconcierto, en los que cada uno se lo tomaba con su particular forma de ser. Por esa razón, mientras cocinaba o limpiaba, solo dejaba entrar allí a Churchill, el perro, que sabiendo que algo rico le caería, en un momento dado rasgaba la puerta y hacía como que lloriqueaba, ella le abría y desde entonces la hacía compañía, en pie y atento a cada uno de sus movimientos por si eran para darle algo.

La situación en principio resultaba un tanto cortante, porque Yue permanecía pegada a la pared con su sonrisa, solo mirándola y esperando órdenes para ejecutar. Mercedes se sentía observada y entonces, el placer de tener la cocina para ella sola no era el mismo. Pero a Yue no se le podía despreciar el detalle de ayudar en la comida de su amiga, por lo sutil y dulce que resultaba. Como pudo, le explicó entre francés y español que su parte de trabajo consistiría en la preparación de los ingredientes de la vinagreta y en remover en la cazuela el rabo guisado para que no se pegara; luego, aprovechando el día de primavera que había salido, podría salir para seguir observado a las lagartijas, las hormigas y a las plantas con esa sensación de curiosidad, con paz y lentitud que la caracterizaba. Yue, avivando la sonrisa, movió la cabeza varias veces hacia arriba y hacia abajo mostrando su aceptación, a la vez que hizo como que aplaudía. Desde ese momento, Mercedes iba sacando tomates, pimientos, ajos y cebollas según fuera necesitando, miraba a Yue y Yue, de pie contra la pared, se activaba de inmediato, tomaba el cuchillo, se sentaba a la mesa y comenzaba a trocear muy cuidadosamente lo que se le hubiera mandado, no sin antes pedir aprobación sobre una muestra inicial para comprobar que el troceado era del tamaño necesario. Cuando terminaba, Mercedes lo cogía y Yue volvía a ponerse de pie contra la pared esperando una nueva orden. Allí colocada, a veces preguntaba algo, auxiliándose de un pequeñísimo diccionario amarillo que guardaba en el bolsillo delantero de unos pantalones vaqueros con peto y tirantes, decorado con varios desgarros a la altura de las rodillas, dándole en conjunto un particular aire de granjera de Alabama. Mezclando palabras entre un idioma y el otro, podían mantener breves conversaciones. De todas formas, a Yue se le notaban progresos en el español a partir de la construcción de las frases que ya sabía del francés. 

Todo fue muy bien hasta que tocó trocear cebolla. Mercedes estaba de espaldas a ella entretenida quitándole a los rabos un poco de la manteca con que habían venido de la carnicería, hasta que la oyó insistentemente aspirar el moquillo como si estuviera llorando. Miró para atrás y encontró a Yue ante un montoncito de cebolla picada en pequeños trozos sobre la tabla de madera, con la cara surcada por un río de lágrimas en ambos carrillos, a la vez que de la punta de la nariz le colgaba una pertinaz gotita incolora que se esforzaba por aspirar. Mercedes no pudo por menos que sonreír al verla y luego de acercarse, abrazarla y darle un beso. Yue, que entendió aquello a su manera, se puso en pie y la abrazó, dándole las gracias por haberla permitido ayudarla. Así terminó de momento su trabajo. Volvió al jardín con un vaso de agua en la mano. Allí encontró a Inés sentada en una silla con los pies puestos sobre otra silla, leyendo a Murakami en francés y tomando el sol, para lo que se había puesto un pantalón muy corto y una camiseta que le dejaba ver toda la tripa. Yue la saludó con una caricia en la cabeza y una sonrisa, que fue correspondida y se sentó en la última escalera intentando localizar a las lagartijas.

Mercedes recuperó la soledad feliz de la cocina sin dejar de pensar en la graciosa escena de Yue llorando por picar cebolla, pero aguantando heroicamente sin decir nada. Como ya llevaba más de un mes con aquel gobierno absoluto de la cocina, tenía controlados todos los mecanismos para pasarlo bien en aquel rato. En la vida habitual, antes de la epidemia, ella solo cocinaba los fines de semana. Una señora conocida —Trini— que se había quedado viuda, iba cada día de diario a hacerles la comida y algo más, pero cuando se desató la epidemia, como era muy hipocondríaca, se marchó al pueblo donde vivía su madre para aislarse allí con ella. Esto hizo que Mercedes ocupara gustosamente su sitio, y así calmar aquella ansiedad sobrevenida de repente, que a todos les había dejado sin respuestas. Encontró en la cocina la mejor forma de relajarse. Cada uno tuvo que buscar la suya, sobre todo en aquel momento primero del gran desconcierto en el que solo parecían animar los wasaps graciosos que inundaban los teléfonos. En su leal deseo de ayudar a la felicidad de la familia junta, planificaba las comidas buscando en libros de recetas, en notas antiguas que tenía tomadas, llamando a amigas buenas cocineras y recurriendo a Internet. Cuando, casi cada día, su esfuerzo se veía recompensado por las alabanzas de los comensales, Mercedes comprendía algo que toda su vida había sabido ser la base para sentirse bien: la felicidad de mejor calidad está en las pequeñas cosas, en las que es necesario pararse a reconocerlas, porque si no, pasan desapercibidas.

Como era una persona muy organizada, se había dotado de todo lo necesario, desde la búsqueda y el archivo de las recetas, hasta la música para escuchar con auriculares mientras trabajaba, incluso tenía escrito un cronograma a cuatro o cinco días vista, que nadie podía conocer para que cada comida fuera emoción y sorpresa a la hora de sentarse a comer. Todo debía ser lo más placentero y en soledad posible para alejarla de cualquier ansiedad de las que traían insistentemente las noticas, siempre, al menos en el primer mes, con datos desconcertantes, creando una congoja que arruinaba cualquier esperanza.

La compañía de Yue en la primera fase de aquel día sirvió para aliviarle el cierto mal humor injustificado con el que se había despertado y en el que había encontrado encaje la decisión de su marido de convertirse en horticultor. Pero como durante la comida el tema había resucitado, dada la pasión que Daniel siempre le ponía a los nuevos proyectos y su incapacidad para dejar de hablar de ellos recién concebidos, a Mercedes se le había se vuelto a poner para sí el carácter en cierto modo revirado.

Cuando terminó la comida, que incluso tuvo champán para seguir celebrando el cumpleaños de Inés, mandó desalojar por completo la cocina, cosa que, tratándose de limpiar y ordenar, no tuvo ninguna objeción ni propuesta de enmienda. Dentro de los planes cotidianos, se tenía así misma estipulado que para hacer aquel trabajo la música sería su mejor compañía. Para ello tenía unos auriculares conectados a un aparatito instalado en el bolsillo del delantal. Desde allí le llegaba la música que desde hacía años guardaba celosamente ordenada para escuchar según los momentos. A veces lo ponía en modo aleatorio y así jugaba a recibir sorpresas, porque de las más de dos mil canciones que tenía, sonaba la que el aparatito aquel quería y con ellas le llegaban sensaciones distintas e inesperadas. Eso era para el momento de hacer la comida, pero para cuando había que recogerlo todo, prefería la música de la radio en Kiss FM, aunque pudiera darse más pachangueo del que a ella solía gustarle. Pero como ese día lo tenía un tanto torcido, decidió como novedad que para recoger no escucharía Kiss FM, sino solo la música del aparatito. Habrían sonado tres canciones cuando apareció una que la descolocaba: Flor de Jara, de Luis Pastor. Con ella hizo un particular encaje de bolillos en su cabeza. Flor de Jara le parecía una canción preciosa por sí misma y porque hablaba de su tierra extremeña, pero, por otro lado, Luis Pastor le traía inolvidables recuerdos del tiempo en la Universidad de Salamanca, en aquellos años de la Transición, que ahora, en distintas circunstancias, se encontraban en un lugar de honor dentro de su biblioteca de vivencias. Oía entonces a Luis Pastor a todas horas, lo quisiera o no, como a Pablo Guerrero, Raimon, Labordeta, Hilario Camacho, Víctor y Diego, Paco Ibáñez o Quilapayún. Pero a Luis Pastor, sobre todo, porque Dani lo tenía todo el día puesto en un radiocasete negro en su piso de estudiante, en el que ella vivía otra realidad al margen hasta que llegaba la hora de guardarse en el colegio mayor donde la habían metido sus padres por cautela siendo una chica, porque lo podían pagar y porque la hija del pastelero y panadero más famoso de la alta Extremadura tenía que estar en un sitio así para estudiar una carrera.  

Transportarse a aquel tiempo, era para Mercedes viajar a un limbo particular en el que se mezclaban verdades con medias verdades, vivencias inolvidables, sueños, autocríticas, críticas desde el presente y personajes zascandileando, unos perdidos para siempre, otros cercanos y algunos, incluso muertos. Era ya otro mundo aquel, que, mirado desde el presente, resultaba poético y fascinante, en el que la juventud lo copaba todo y en el que, por ser precisamente juventud, se le perdonaban muchas cosas. Y era tan otro mundo, que cuando miraba a Daniel, entonces Dani, le parecía que no fuera el mismo, como tampoco lo era ella misma. Pero no porque fueran por completo otros, sino porque parecía que hubiera dos vidas en ellos: una, aquella que vivían entonces y otra, la de ahora, con los mismos protagonistas, pero ya con poco que ver. Por esa diferencia era por la que a veces se subía a la nube, como decía para sí misma y se quedaba allí un buen rato suspendida. Ordenando la cocina, con tanto por colocar ese día después del banquete de cumpleaños, se subió a la nube. Pero antes se sirvió otro café, su particular droga para ascender cien metros sobre el suelo.

La hija del pastelero prefirió estudiar una carrera y dejar a su hermano como heredero del negocio familiar. La chica más bien alta para ser mujer y delgada, con la melena castaña de cabello fuerte, discretamente guapa en su conjunto, pero, sobre todo, con aquellos ojos claros, más ocultos de lo normal en su cavidad, como en la boca de una cueva, aderezados por pestañas negras larguísimas y debajo de dos cejas anchas y muy oscuras, que eran su distintivo más poderoso, arribó en Salamanca, una ciudad llena de universitarios con fiebre de vivir la juventud de un tiempo nuevo. Fueron aquellos ojos tan especiales, marcados por las espesas cejas negras y la expresión que del conjunto emanaba, invitando a conocer qué había detrás de ellos, lo que hizo que una tarde, en el bar Cervantes de la Plaza Mayor, se fijara en ella otro jovencito, guapete él, de cara risueña, con la cabeza llena de rizos y barba negra, que llevaba ese día un jersey azul con una Y en blanco en medio del pecho, además de una chapa roja con la hoz y el martillo y la sigla PCE. Aquel chico era uno de los dirigentes del mundo político estudiantil de esos años. Entonces ya militaba en el PC, después de dejar la LCR, en la que había estado metido nada menos que desde los 16 años, no se sabía bien si por llevarle la contraria a sus padres —burgueses de provincia, ferreteros adinerados— o por esas cosas de la edad y de la coyuntura, todo junto, que propiciaban apuntarse al mundo nuevo. El milagro fue que el pelanas dirigente estudiantil, rebelde de todo lo que representara el mundo acomodado, se fijara en la chica bien vestida de aire modosito que tomaba un mosto con hielo con los compañeros de clase y acudiera a la mesa donde ella estaba, con el pretexto de saludar a uno de ellos. Como se sabía famoso en el mundillo universitario de las asambleas y las movilizaciones constantes, pensaba que era bien aceptado sentándose donde quisiera, naturalmente siempre que no se tratara de una mesa toda de niños pera. Y allí se sentó, justo al lado de Mercedes y no por casualidad. Por si había alguien que no le conocía suficiente, aprovechó para dejar caer alguna exposición de sus actividades políticas y planes inmediatos, aunque ya legalizado hacia poco el partido, no tenía el glamur de lo clandestino.  A los pocos días volvió a verla por casualidad otra vez y, como era muy simpático, la abordó, la invitó a una cerveza y hablaron tanto y tan bien hablado, que quedaron para un sábado por la tarde. Esa tarde, bajo la atenta mirada de la hija del pastelero, que tenía una pose tranquila y parecía interesarle todo lo que le contaran, Dani le relató su mejor patrimonio para impresionar: el mundo apasionado que vivía en la política con todas sus circunstancias: las tempestuosas reuniones, las asambleas, las manifestaciones, las pintadas, los mítines, la extensión de la doctrina y todo el activismo que se le acercara. A Merche le gustó la intensidad de su espíritu y la fuerza que emanaba de sus palabras para cambiar el mundo injusto, que entonces parecía más posible que nunca, entre otras cosas porque se había muerto Franco, que parecía ser el tapón que lo había impedido hasta entonces. Nada de aquello tenía que ver con la vida de ella y con sus inclinaciones, pero le interesó, sobre todo, el tipo que se dejaba ver detrás del discurso, eclipsado de entrada por lo que primero se le veía, procedente de su de pasión política. Como era muy observadora, comprobó que, despojado de toda aquella vestidura política que tan bien le sentaba y tan propia era de ese tiempo, había, además, un tipo divertido, ingenioso, apasionado e inteligente, lleno de recursos para cualquier cosa y con una gran capacidad para hacer pasar las horas a su lado como si fueran minutos. Poco después supo que también había dentro de aquel muchacho alguien sensible, romántico, generoso y leal, cuya sencillez le añadía un toque maestro, sobre todo dentro de la habitación de su piso de estudiantes, caminado por las orillas del Tormes o cuando les dejaban un doscaballos prestado para irse a las sierras del sur de Salamanca, a perderse para un día entero de primavera por La Alberca, la Sierra de Francia o la zona de Béjar. Para entonces, a su lado y solos, descubrió algunos aspectos que hasta ese tiempo solo le habían merecido sueños, miedos y precauciones.

Merche empezó a evolucionar a su lado, comenzando por la forma de vestir, algo que nada gustó a su madre cada vez que la veía por vacaciones. La quería más distinguida, como la hija del pastelero que tenía un chalé en Isla Cristina, un Chrysler y un R-12. Pero ya los tiempos no inducían a la obediencia absoluta a los padres y Merche vestía solo faldas de tipo indio con botas camperas y pantalones vaqueros desgastados, que no se sabía por qué extraña razón le maridaban estupendamente con los ojos, con lo que se veía de ellos y lo que de ellos trascendía cuando se activaban, sobre todo si ponía el máximo interés en mirar. Se convirtió en el reposo del guerrero comunista, que llegó a ir dentro de las listas del PCE al Congreso de los Diputados en un puesto en el que habría salido elegido, si no hubiera sido por la caída electoral del partido en el 83. Le abrazó más fuerte que nadie entre tanto camarada el día que le soltaron después de haber estado detenido en Madrid una semana. Le escuchaba atentamente sus propuestas para arreglar el mundo, le apoyaba, miraba con simpatía muchas de sus ideas, pero nunca estuvo tan segura de nada políticamente como lo estaba él. Su mente y también su corazón, le situaban a medio camino entre el discurso de su padre y su hermano, que eran el mismo y el de Dani, que no tenía mucho que ver. Él era la apoteosis, ella la calma y el equilibrio. Cada uno se beneficiaba del otro en lo que carecía, cosa que les entrelazaba de una manera fuerte.

Algunas veces, cuando transitaba por el campo de margaritas de sus recuerdos de entonces, como ella lo calificaba para sus registros personales, le era inevitable detenerse ante una puerta cerrada con llave que había en ellos y que a veces no sabía si abrir para entrar dentro o pasar de largo. Este día, después de comer, sola en la cocina, se detuvo ante ella después del segundo café y, sin vacilar, entró dentro, cerrándose con llave. La impulsó directamente su mente o su espíritu, no sabía quién, pero fue eso que gobierna tantas veces a la voluntad humana sin pedir permiso al resto de la persona, como si hubiera dos: la que dominamos y otra, la que va por libre. Por poco que lo pensó, se dio cuenta de que este día quería entrar allí dentro, cerrar y quedarse un rato, y porque se había levantado con poco buen carácter y lo había derivado contra Daniel, que había llegado con el plan de hacerse horticultor, cosa que al parecer se podía hacer, pero cambiar la cocina, no. Eso convertía de alguna manera a su decisión de entrar en cuarto secreto en una venganza. Meterse allí era algo tan privado, tan secreto, tan particular que suponía un guiño a su existencia diaria, un tesoro por ser privado, pero también —según el día que lo recordara— un peso sobre su propia conciencia, porque nunca había dejado de ser bueno y malo, las dos cosas juntas, pero no mezcladas.

El miedo que le daba ese asunto era tal que, al recordarlo, tuvo inevitablemente que mirar hacia atrás, estando como estaba de espaldas a la puerta, porque le parecía que si entraba alguien sin esperarlo iba a sorprenderla envuelta en recuerdos que nadie debía saber nunca, como si los pensamientos se transparentaran.

Dani aprobó el examen para hacer milicias universitarias y como lo aprobó nada menos que para alférez de complemento, tenía que estar cada año, primero seis meses en una academia de oficiales y luego, en los años siguientes, otros seis de prácticas. Fue en las prácticas. Ella hacía ya cuarto de Historia ese año. Ante sí misma no quería llamarlo infidelidades, porque esa palabra le parecía con el tiempo muy grave. Sucedieron en un espacio de menos de dos años. La primera vez fue con Caramelo, como se le conocía en los círculos de chicas. Un profesor de prácticas alto, fuerte y guapo, con una cara especial, un estilo impecable y una labia excepcional, que pecaba también bastante de chulito. Era bien conocido su éxito con las mujeres a través de su forma de tratarlas y de lo que se le dejaba ver por Salamanca a ciertas horas y en determinados lugares, cosa que engordaba su fama y provocaba en no pocas alumnas ciertas expectativas. Una noche salmantina salieron a la fiesta en una discoteca para recaudar fondos destinados al viaje de fin de carrera. Caramelo, que se llamaba en realidad Luis, cayó por las cercanías de Merche, sin que fuera pura casualidad. La chica de los ojos misteriosos tenía admiradores, aunque ella no estuviera muy pendiente de ello. Cuando se desprendió del aire elegante en tono provinciano con el que había llegado a Salamanca, hubo más ojos que la observaron esperando una oportunidad. Aquella noche Caramelo pensó que tal vez fuera el momento y, como lo sabía hacer con mucha destreza, terminó por estar a su lado tomando una copa. Supo centrarse tanto en ella y darle la espalda a los demás, que los que la acompañaban hasta ese momento se fueron marchando hasta dejarlos solos. Ahí fue donde él utilizó sus mejores artes, aprendidas con la práctica y donde enseguida comprendió que Merche estaba a gusto, con lo cual solo debía emplearse a fondo para inflar en ella con el paso de las horas la sensación de sentirse bien a su lado. Tenía Merche poca experiencia en hombres y esa noche comprendió, sin quererlo saber premeditadamente, que había distintas clases de hombres y el hecho de que fuera muy agradable estar al lado de uno tomando una copa, implicaba que ello no era solo patrimonio del que mejor conocía y con el que siempre lo disfrutaba. Sin saber cómo, pero consciente, a Merche le dieron las seis de la mañana en el asiento trasero de un Renault 5 amarillo en un camino cerca del río en las afueras de Salamanca. De vuelta a casa no se preguntó por qué había hecho aquello, ni se arrepintió. Solo, metida ya en la cama, con el perfume del cuello de Caramelo metido en la nariz y un poco también en la corteza del alma, comprendió que lo que había pasado era de otro mundo, suyo, pero de otro mundo y que ahí debía quedarse. Sin permiso propio, otra Merche, más independiente que ella, que la habitaba también y que aparecía a su antojo cuando quería, le explicó que había estado en una nube, pero que ella vivía en la tierra, siendo la tierra y la nube reales, pero dos mundos. Y así quedó todo para esa sola vez y para siempre, y también para las miradas que alguna vez intercambiaron Caramelo y ella, cuyo significado le dejaba a cada uno con preguntas particulares que no tenían contestación.

Al año siguiente, el último de la carrera, el viaje de fin de curso les llevó a Grecia a empaparse de ruinas. Veían, adormilados, la Historia de día y luego vivían la noche con intensidad. Casi no dormían. Merche vivió unos días de locura, como nunca en su vida. Se abandonó a una diversión recién descubierta. Por primera vez le hicieron buen efecto los porros sin bajarle la tensión, pasó de las dos copas por noche y se bañó en bragas en una playa griega con unos cuantos compañeros y compañeras del viaje. Sin darse cuenta estaba de nuevo en la nube que esporádicamente aparecía por su existencia, alzada a muchos metros de altura de su vida cotidiana. A ella se subía como atraída por un imán, impulsada por la otra Merche, oculta en el desván de la Merche de todos los días. A sus compañeros les sorprendió gratamente que dejara de ser la chica comedida de clase.

Fue también a aquella excursión uno de los penenes que les daban clase, un tipo con aire tímido, reservado y un tanto misterioso llamado Lorenzo, del que todos sabían que estaba casado y tenía por lo menos diez años más que la generalidad. Sabían también, de alguna otra vez, que se animaba con dos copas y podía llegar a ser un divertido socarrón. Una noche que todos terminaron cantando en una playa de la isla de Creta, a la vuelta al hotel, bajo los efectos del vino griego y también de la marihuana que habían comprado a un rastafari, Merche y el penene tímido, que lo había dejado de ser con el vino, se quedaron retrasados del grupo porque Merche se había clavado algo en la planta del pie. Había luna casi llena y se reflejaba en el mar. Iban cantando descalzos lo que quedaba del repertorio de canciones de esa noche, cuando él la detuvo, se puso en frente y la besó sin que a ella le diera tiempo a reaccionar. No rechazó el beso porque hubiera bebido y porque la marihuana la hubiera dado un toque de vaporosidad y tolerancia a su espíritu, sino porque le gustó la forma de besar de aquel tipo, que bien mirado, tenía su atractivo, aunque fuera tan delgado. Además, era mayor, cosa que le atraía de los hombres. Apoyados en una barca varada en la arena, estuvieron besándose muchos minutos, sin hacer otra cosa que abrazarse fuerte el uno al otro, y cuando la mano del penene casado estuvo debajo del jersey de Merchu, de pronto empezó a temblar tanto, que parecía estar congelándose por momentos. Con ello terminó la escena. Volvieron al hotel casi en silencio, sin explicarse lo que había sucedido y sin atreverse ninguno a comentarlo.

A la mañana siguiente Merche no se levantó con los demás para ver ruinas antiguas, le había bajado la regla y no se encontraba en condiciones de caminar y estar mucho al sol. Sola toda la mañana, nada más levantarse, corrió a comprar una postal, un sobre y un sello y desde la mesa de su habitación, escribió a Dani, que hacía las prácticas como alférez en un cuartel de Paterna: “Querido Dani. Hoy desde Creta. Seguimos en nuestro periplo viendo ruinas y más ruinas. Te quiero y te echo de menos. Pronto te veo. Tengo muchas ganas de abrazarte. Un beso lleno de amor. Merche”.  

Al igual que la vez de Caramelo, tampoco quiso hacerse preguntas a sí misma, ni averiguarse nada sobre lo sucedido con el penene. Todo quedaba dentro de su cabeza en crudo, sin procesar, empaquetado y guardado en un cuarto secreto, cerrado con llave, pero sin tirarla al mar, de tal manera que no pudiera entrar en él si no era en ocasiones muy particulares, cuando la otra Mercedes dictaba que fuera así.

A la vuelta del viaje terminó el curso y la carrera, que Dani ya había terminado. A él, el banco donde su padre, el ferretero, tenía los caudales, le concedió una beca para hacer una tesis doctoral en la universidad de Yale y se fueron juntos y felices durante cinco años, los tres que duró la tesis doctoral y dos trabajando en New York en una filial del banco que le había dado la beca. La política se esfumó de su cabeza, como si fuera una etapa agotada. Lo fue por marcharse y porque hacía ya años que España se había hecho normal, y en la normalidad luchar en lo que había luchado, le era menos apasionante. Luego la tierra les llamó para que volvieran, regresaron, se casaron y durante un año, se fueron a Madrid a preparar oposiciones para ser funcionarios. Las aprobaron a la primera y a la vez, ella de profesora de instituto y él en la Hacienda Pública. Querían vivir tranquilos, sin la locura que para él representaba el banco con ciertas responsabilidades, aunque ganara más dinero.

En todo ese tiempo y en el que siguió, luego ya establecidos, con los hijos y todo lo demás, Mercedes no entró muchas veces en el cuarto secreto cerrado con llave donde estaban ciertos recuerdos y las dudas envueltas en ellos. A veces entraba cuando se enfadaba con Daniel, como este día. lo hacía como una venganza o en realidad como una rabieta que ella misma sabía absurda, pero que le consolaba la vehemencia mental del primer momento, cada vez que no eran o no salían ciertas cosas de la forma que a ella le gustaba, aceleradas, como ese día, por haberse levantado con el pie izquierdo. Estaba en todo ello cuando, como por magia, sonó en los auriculares, sin esperarlo, El agua en sus cabellos, de Hilario Camacho. Limpiaba la vitrocerámica en ese momento. Quedó paralizada y cerró los ojos musitando la letra y la sensación que le llegaba con ello. También esa canción recordaba intensamente a aquel tiempo que había vuelto a su cabeza. Todavía tenía en un baúl el disco donde estaba esa canción, ya rayado de tanto oírlo en el tocadiscos. Se lo habían regalado en un cumpleaños las compañeras del colegio mayor. De repente, entró Daniel a la cocina a dejar la copa donde se había tomado un brandy excepcional para terminar de celebrar a su modo el cumpleaños de Inés. Mercedes, ruborizada, sintió una bocanada de calor en las mejillas. Fue como si la hubieran sorprendido haciendo algo que estuviera prohibido. Se acercó directamente a ella por detrás y le dijo al oído: «Entonces ¿no vas a querer comer lo tomates que cultive tu marido en su huerta?», y aprovechó para intentar morderle la oreja. «Solo si te afilias otra vez al PC», respondió. Daniel, dejó la copa que llevaba vacía, le dio un pequeño azote en el culo y se marchó preguntándose por qué se le habría ocurrido en ese momento decir lo del PC.

—Continuará—