Jesús Gascón Bernal

Sobre la Gran Muralla China todo parece doble: dos cielos sobre dos mundos separados por la gran serpiente de piedra y ladrillo, amarilla y ocre a la luz del atardecer.

Yo caminaba con unas amigas, entre un grupo de turistas. Tal vez no era el día más feliz de mi vida, pero tampoco iba a ser el peor. Ni mucho menos. Tenía dudas, pero quería pensar que una vida nueva me aguardaba, tal vez tras las montañas que se divisaban desde lo alto de aquel muro interminable. Me sentía ligera. Tenía la sensación de haber dejado atrás un lastre que, sin querer saberlo, hace tiempo llevaba colgado al cuello; ahora al caminar libre sobre el adarve empedrado, podía respirar mejor. Pensándolo bien, iba a ser un gran día.

Esa mañana nos había contado el guía del hotel que, en la dinastía Ming, las flores amarillas en el vestido de una mujer designaban la nobleza y la inteligencia. Tal vez lo dijo porque había visto las dos pequeñas flores que llevaba yo en mi chaqueta. Sonreí.

 “Aida, no sé si estás viendo este vídeo en China, o ya en casa; en tu casa, claro. Me he enterado de tu viaje. Hace falta ser una hija de puta para haberte ido a China tu sola, o vete a saber con quien, sin avisar; seguro que con los mismos billetes que habíamos comprado para nosotros. Creía que lo nuestro había quedado todo aclarado, todo arreglado después de nuestra conversación del viernes. Pero ya vi el domingo que no…”

 Detuve la imagen del vídeo que había abierto de forma instintiva al sonar el móvil. En ese momento no estaba preparada para aquello, pero me lo esperaba.

Me separé ligeramente del grupo; necesitaba estar sola. Me senté sobre unas escaleras desde las que se veía el gran muro subiendo y bajando colinas. Mis amigas intuyendo de que iba aquello, se alejaron unos metros con la intención de darme intimidad.

En mi cabeza se agolpó todo lo que durante estos últimos días había tratado de apartar de mi pensamiento. Hacía solo una semana yo era una mujer que se iba a casar. Ahora todo aquello me resultaba lejano, pero había sucedido. Apenas quedaban cinco días para la boda cuando supe que me engañaba. No tuve tiempo ni de reaccionar. Toda mi vida estaba centrada en él, y en aquel momento desapareció, como en un juego de magia cuando tras un chasquido de dedos, el mago se desvanece bajo la capa negra. Ya teníamos todo preparado: las invitaciones, la iglesia: una ermita en el campo incluido el cura que era un amigo mío del colegio; incluso el viaje de novios con paseo por la muralla china. [Por lo menos esto no lo había perdido]; y, sobre todo, teníamos el proyecto común, como le gustaba decir a él, de comenzar a vivir juntos en la casa que nos habían dado mis padres y que habíamos ido arreglando poco a poco con la ilusión de cualquier pareja que decide dar este paso. Pensar de nuevo en todo aquello, me aceleraba las pulsaciones.

Volvió a aparecer la cara de Pablo en la pantalla: Era la cabeza de una persona joven de ojos negros y profundos, el pelo moreno y una ligera barba. Era un selfi. Estaba sentado en la cama con aquella camiseta que yo le había traído de Roma y que le sentaba tan bien:  Sin duda era guapo, pero yo ya solo lo veía como lo que era: ¡un gilipollas!

“La espantada de no asistir a la ceremonia y sin avisar, es una guarrada digna de la guarra que eres…” 

Por lo menos no parecía que se hubiese preparado el mensaje que trasmitía. Por una vez decía lo que pensaba. 

“…pero lo que no te perdonaré jamás es lo del plantón del domingo a mí, y a toda mi familia…  ¿Cómo has podido? Con todo preparado, las invitaciones, el restaurante: incluso el autobús para llevarnos a todos a la ermita del Cristo de la Luz de las narices, que tú misma habías elegido para celebrar la boda. No te puedes hacer una idea de cómo están mis padres, ¡cabrona!, ha sido una cobardía por tu parte, lo que demuestra que no sabes decir lo que piensas a la cara; nunca has sabido. Eres una inmadura y te vas a arrepentir… imbécil. ¡Después de todos los planes que habíamos hecho!; de todo el curre en la casa; imagino tu estúpida cara de niñata cuando veas este vídeo. Habrás sido incluso capaz de sentirte liberada de mí»

Eso sí era cierto… ¡no sabía bien hasta qué punto!

Desde que empezamos a salir hacía ya casi dos años, yo ya sabía que Pablo había tenido una novia anterior; lo que no sabía, hasta hace unos días, es que seguía viendo a la tal Carla y ¡que la había dejado embarazada! ¡¡Esperaba un hijo suyo!! Cuando Carla me llamó, no podía creerla, pero ella lloraba al otro lado del teléfono. Se notaba que estaba fuera de si por la decisión de Pablo de casarse conmigo. Demasiado real para ser una broma. Me quedé sin voz Ni siquiera supe que contestarle. Ahí me empecé a explicar aquellos viajes de fin de semana a Barcelona, tan extraños, para ver a sus tíos, decía.

Ese día, era viernes, estaba esperando a hablar con él después de la llamada de Carla, pero no me dio tiempo. Esa misma tarde me enteré por una amiga, a la que le conté lo sucedido, que Pablo era un putero. Visitaba con frecuencia el club de alterne a las afueras de la ciudad, y se había tirado a media plantilla de las putas que trabajaban allí… Aquello ya fue el mazazo definitivo. Me quedé noqueada al enterarme, en tan solo unas horas, como era realmente mi novio. ¡Y me iba a casar con él, en dos días!… Creía que yo era todo para él, que en la cama nos entendíamos de maravilla, que sus abrazos eran sinceros … Le creí hasta cuando decía que me amaría siempre. Mi vida presente y futura se había hundido en las aguas heladas de un río bajo el puente en que me asomaba.

El domingo de boda, iba a hacer un sol radiante, lo habíamos visto en internet. Varias veces luego me he imaginado ese día espléndido, media hora antes de empezar la ceremonia. La ermita se habría ido llenando de gente elegante; tal vez un observador atento se habría dado cuenta de que no había llegado ningún invitado de parte de la novia. Todo estaría a punto, las flores, el fotógrafo; solo el cura parecería que también, como la novia, se retrasaba. Imagino la cara de imbécil que se le quedaría, delante de su familia, a los que seguro ha tenido engañados, como a mí. Su madre siempre me ha mirado con cierto desdén, todo era demasiado poco para su hijo mimado; si había accedido a lo nuestro fue probablemente de forma interesada, por lo que yo pudiera heredar en el futuro. ¡Menuda familia!; ha tenido que pasar esto para darme cuenta como son, para dejar de estar ciega –ya me lo decía Luisa.

 «Ya sé que no me he portado como tu quizá esperabas de mí. Te tenía que haber dicho lo de Carla, antes de que esa boba te llamara el último día, pero no tuve valor. Te juro que yo no sabía nada de ese hijo que dice que va a tener y menos que sea mío. De todas formas, tú te lo pierdes. Yo todavía estoy dispuesto a perdonarte, si vuelves y te disculpas… Sé que a estas alturas estarás arrepentida de lo que has hecho; que estarás pensando en volver otra vez conmigo…Te conozco»

Ahí acababa. No pude por menos que soltar una carcajada. Sentí una sensación de alivio al haber dejado a aquel imbécil. ¡Qué poco me conocía! Y eso que aquella noche del viernes, antes de la boda, hablamos. Le conté la llamada de Carla. Ante la evidencia, no le quedó otra opción que reconocer aquella secreta relación, por lo menos secreta para mí. Vi de repente todo su cinismo. Dijo que no tenía ninguna importancia, que él me quería y que aquello eran solo cenizas de una relación ya terminada. Que ante el acoso de Carla no había tenido más remedio que tratar de consolarla.

Se puso violento por tener que darme explicaciones. Por primera vez sentí miedo a su lado, así que pasé de preguntarle por sus visitas nocturnas al Club Rivera

Yo estaba deshecha; no sabía qué hacer. Pero lo que me decidió a dar el paso definitivo de abandonarle fue cuando al día siguiente recibí otra llamada. Sonia, una compañera de Pablo en el trabajo, me dijo entrecortadamente que Pablo la quería a ella; no la dejé ni acabar. Yo ya no sabía si reír o llorar; al final lloré.

Mis padres y mis amigas me habían acompañado con sus trajes de boda hasta el aeropuerto, incluso mi amigo el cura vino a despedirme. Caminamos por la alfombra de vinilo de la terminal, que, aunque no era roja, fue como si me llevara al altar. Estaban felices de que hubiera dado aquel paso: seguro que no me iba a arrepentir. Mi madre me puso dos pequeñas flores amarillas de su propio traje en mi chaqueta cuando se despidió en la puerta de embarque. No sé si fue mi imaginación, pero desde una pantalla cercana, sonaba el Ave María de Schubert del anuncio de una compañía aérea. Me abrazaron. Era el comienzo de una nueva vida, lejos de Pablo.

El guía se ha parado a esperarnos. Me mira sonriendo cuando me quito las dos flores y la arrojo sobre las almenas; es un buen sitio para dejarlas volar libres.