CRÓNICAS DEL CONFINAMIENTO (Una novela por entregas)

J. Francisco Fabián

El día que se descubrió lo de Inés era jueves por la tarde. Ese día, en la mañana, Daniel tuvo la sospecha de que algo especial podía estar sucediendo con su hija, pero fue por la tarde cuando tuvo la primera certeza. Se levantó muy temprano, incluso sin que hubiera amanecido y, sin despojarse del pijama, se había sentado delante del ordenador en su despacho de la buhardilla a teletrabajar para estar libre a las 11:30, hora en la que había quedado con Yue para organizar una plantación de caléndulas en macetas con las que decorar las escaleras del jardín. Con tres cafés trabajó hasta las 11. A esa hora se duchó y cuando salió de la habitación en uniforme de jardinero de chalet pareado, Yue ya le esperaba en el jardín a la sombra de uno de los arbolitos leyendo Le Petit Prince con una sonrisa, el libro en una mano y un vaso de agua en la otra a la que siempre le echaba unas gotas de limón. Se saludaron, Daniel le explicó en un español un tanto afrancesado lo que iban a hacer, ella asintió con la cabeza sin dejar de sonreír y se pusieron enseguida manos a la obra, enfundadas las manos en unos guantes flexibles azules, de los que habían comprado al principio de la epidemia.  

A Daniel las caléndulas le recordaban a la infancia en una finca que tenían sus padres en el pueblo de sus abuelos. Allí había muchas plantas de aquellas, llamadas por la gente botón de oro, que nadie sembraba ni cuidaba apenas, lo hacían ellas mismas compitiendo con violetas, matas de perejil y algunas malas hierbas que en primavera el niño Daniel se encargaba de cortar como podía para despejarlas y, con ello, que se viera la intensidad del color naranja de las margaritas en las caléndulas, marcando toda una vereda y un rinconcito de la huerta en el que no tenían competencia, porque las violetas, que nunca se suelen rendir, allí se habían rendido dejándoselo todo para ellas. 

Había conseguido una bolsa de semillas a través de una compañera del trabajo, con ellas hizo un criadero y ahora que iban grandecitas y no tardarían nada en echar flores, iba a plantarlas en tiestos para que adornaran las escaleras con la intensidad de sus flores, en un gesto de inversión en la estética del jardín que le había brotado como consecuencia del confinamiento. Sabiendo de la sensibilidad y el entusiasmo de Yue para cualquier tarea que exigiera pasión tranquila y delicadeza, la propuso ayudarle. Y así, el día que habían quedado Yue ya estuvo preparada, por si acaso, a las 9, aunque la cita era de 11 a 11:30.

En ello estaban ya cuando salió Inés de casa con el perro Churchil en disposición de darle el segundo y mejor paseo de la mañana, ya que el primero era breve y se lo daba la madre temprano, solo para que orinara. Daniel percibió que Inés iba más elegante de lo habitual, que olía estupendamente sin acercarse a ella y que iba enfundada en una mascarilla a juego con la blusa, muy elegante, confeccionada por ella misma, pero que todavía no había estrenado, seguramente por esperar a tener las dos cosas disponibles y estar así conjuntada. Hilando detalles, Daniel recordó, que había oído a Inés meterle prisa a su madre para que le arreglara algo de la sisa en aquella misma blusa que vestía, como si le urgiera especialmente estrenarla. Mientras tanto, ella había estado entretenida con la mascarilla que tenía puesta. Llevaban ella y su amiga Yue trabajando unos días en el diseño de mascarillas para toda la familia a base de usar telas apropiadas recolectadas entre lo que ya no se ponían que hubiera por la casa. Como ya se veían venir la vuelta a Francia para dentro de muy poco, decidieron dos cosas: que se iban a llevar un plantel de mascarillas de diseño para ellas dos y, la segunda, que dejarían como legado en la casa otras de recuerdo, diseñadas según la personalidad de cada uno y lo que se podía esperar ver puesto. Daniel había aplaudido el proyecto, pero dejando claro que se reservaba el derecho a no usar la suya en la calle, aun cuando pegara con sus camisas y con él, según las diseñadoras. Mercedes, como madre que era, había dicho que se la pondría fuera como fuera y Merchu también, siempre que consensuara con ella previamente la tela a utilizar. A Berto le había explicado su hermana el proyecto en la cocina tomando ambos un té verde a media tarde: «Te la puedo hacer con la bandera republicana o con la de la URSS, porque con la España ni hablar, ¿no?», le había dicho. A lo que Berto contestó que él no creía en banderas, sino en ideas universales. «Pues no sé, cielo, dime tú. Te puedo hacer una que simbolice el mundo y la pan-humanidad, pero no se me ocurre con qué tela, ni qué colores os gustan a los que vais de eso», le había propuesto sin ninguna ironía, solo queriendo adaptarse a las ideas de su hermano. Berto dijo que si eso, ya lo pensaría.

Daniel, esquivando las gafas de presbicia y con los dedos metidos en un tiesto lleno de tierra negra, miró a su hija según bajaba las escaleras. Se le vino a la mente una escena parecida de Rita Hayworth en Gilda, pero con el discreto glamur de Inés, que no era el de una diva, pero irradiaba un encanto natural y una elegancia desenfadada que nunca pasaba desapercibida, la mirara un hombre o una mujer, incluso tenía observado cómo a los niños enseguida les producía cercanía. Aquella muchacha poseía el poder de desatar un encanto especial por su cara y por su cuerpo, con las proporciones que tenía todo él, aún sin ser un tipazo, ello mezclado en un todo por el discreto, pero poderoso encanto que emanaba con su forma atinada y ocurrente de decir las cosas, siempre con rapidez de pensamiento, precisión y gracia inteligente. Su padre pensaba solo para él que era la más inteligente de la familia y no dudaba que triunfaría cuando finalizara los estudios de marketing y publicidad, porque para ser genial en cada cosa que le interesara, Inés no necesitaba ejercitar su cerebro al máximo, con lo cual, cuando fuera preciso, sería capaz de llegar donde quisiera.

La segunda prueba que vio Daniel aquella mañana de las caléndulas, fue la mirada de complicidad entre las dos amigas y el gesto con el dedo gordo de la mano levantado que le hizo Inés a Yue cuando creía que su padre no la veía. Estaba claro que algo se traían entre manos las dos, pero eso un padre no lo iba a preguntar, porque sin duda le iban a decir que no se traían entre manos nada. Buena gana de preguntar. Se quedó pensando en esto mientras la vio avanzar de espaldas por el pasillo hacia la puerta del jardín portando la correa que sujetaba al perro y a éste tirando de ella con unas ganas locas de salir. Qué cuerpo más bonito y proporcionado tenía su hija caminando, con esa forma discreta pero poderosa de mover el culo, «como son los culos ahora», pensó, porque Daniel tenía una teoría que había compartido con un par de amigos: que los culos de las chicas jóvenes de ahora no eran los mismos de su juventud; algo había que los distinguía. Sus amigos le dijeron que era la edad y la forma de ver y mirar esas cosas de la vida, pero él insistía en que ya fuera por la ropa, externa o interna, los culos no eran los mismos en aquellos años que ahora. Daniel no miraba el culo de su hija como hombre, sino como padre y, al verlo tan poderoso, pensaba en el resto de la humanidad masculina, que no lo verían precisamente como padres, sino como hombres, con las diferencias y las consecuencias que eso implicaba de todo tipo. Pensando esto, siempre le salía un «¡Ay Dios mío!» invisible, y enseguida tenía que centrarse en otra cosa, porque un padre en estas cosas siempre es un padre.

La tercera prueba y la definitiva de que había asuntos ocultos fue por la tarde, cuando Inés dijo que volvía a sacar al perro. Daniel dijo irónicamente: «A mí me parece que el perro tiene cara de quererse quedar en casa». Yue se mordió el labio de abajo y bajó la vista, como si fuera a ella a quien iba dirigida la indirecta. Entonces Inés sonrió a su padre mientras se ponía la mascarilla y le guiño un ojo. Estaba claro, algo pasaba y a la vuelta, después de más de dos horas de pasear al perro, lo contó a poco que Daniel le hizo una pregunta algo más directa. Había conocido a un chico. Esta vez no fue con el tono displicente con el que solía dejar caer las cosas, sino con otro un poco más profundo, como si estuviera contando un cuento.

Al relato de la historia asistieron Mercedes, su marido y Yue. Al parecer Merchu ya lo sabía y Berto estaba encerrado en su habitación desde hacía rato hablando por teléfono. De todas maneras, a Berto seguramente que esto no le interesaba mucho, porque estaba en un tiempo de su vida y de la del mundo, en el que estas cosas de los demás le parecían nimiedades y tópicos.

Con la naturalidad con la que Inés se tomaba las cosas de la vida, contó que le había conocido semanas atrás paseando a los perros por el parque. Al principio coincidían, sin más, uno para arriba del parque y el otro para abajo; luego se dieron cuenta de que estaba bien lo de coincidir, e incluso los perros se olisqueaban el uno al otro haciendo que sus dueños se tuvieran que detener un momento con una sonrisa por ver si terminaban ellos de lo suyo. Más tarde decidieron coincidir y como era mutuo, se presentaron y pasearon juntos con los perros, intuyendo mientras tanto cada cual, la cara completa de quien estaba detrás de la mascarilla y las gafas de sol. Así se veían casi a diario hasta que un día el cielo oscureció tanto que, entre eso y los árboles del parque, parecía que se estuviera haciendo de noche. Entonces Inés se quitó las gafas y el muchacho también. Y cuando éste vio mirándole precisamente a él aquellos ojos tan especiales, tan azules tirando a verdosos y lo unió con la voz y el discurso de Inés de los días que habían paseado juntos, algo le pasó estando con una chica que no era lo normal. Y le pasó tanto, que, si antes había sido un chico majo con ella, su inteligencia trabajó al máximo para triplicarlo, y en aquella suma impresionó más a Inés, convirtiendo la relación en un círculo vicioso de adiciones que, sumado a las capacidades de sus juventudes respectivas, elevó el tono entre ellos a mucha altura. Pero como Inés era como era, aun declarándose que había algo bonito entre ellos, propuso que no se quitaran las mascarillas, para que quedara algo por conocer. Naturalmente no era porque ella tuviera algo que ocultar de esa parte de su cara, sino por apasionar el juego. «Es una relación especial, padres, no es como las corrientes, se basa en las sensaciones, en explorarlas desde lo sencillo, no sé si me explico», dijo con la mirada del padre muy atenta, pero no sorprendido de nada, porque de Inés siempre esperaba las ideas más originales y agudas, fuera en lo que fuera. Superada la fase de solo conocer media cara y teniendo en cuenta que él en pocos días iba a volver a Milán, donde trabajaba, decidieron conocerse la cara entera y quedaron para quitarse la mascarilla un día y a una hora en el parque de sus encuentros, aunque fuera nada más que por un momento. El encuentro a cara descubierta fue por la mañana, el día en el que Daniel la vio salir tan elegante a pasear. Y como se gustaron tanto, volvieron a quedar por la tarde, teniendo en cuenta que a los dos días él volvería a Italia y, no tardando mucho más, ella a Aix-en-Provence. «Lo nuestro es puramente espiritual, papá, que me estás mirando con ojos raros, que te veo», le dijo a su padre dándole un suave cachete. Daniel asintió con la cabeza sonriendo. «Hay que explorar nuevas sensaciones, no las de siempre, agotar al máximo ese picorcillo en el alma», añadió como si tuviera diez años más de madurez.

Estando absortos en las explicaciones especiales que daba Inés, oyeron voces que venían del piso de arriba. Cuando iban a comprobar lo que pasaba, bajaba ya Merchu por las escaleras con cara seria: «Berto está discutiendo con una señora desde el balcón». Efectivamente, desde el pequeño balcón de la habitación de Berto, éste, asomado a la calle, gritaba encolerizado: «¡Si tanto quiere a España, señora, ayude al gobierno en estos momentos, en lugar de dar por saco con la cacerola!». Una señora de la edad de su madre o algo más, a la que acompañaba su marido, ella con una bandera española sobre los hombros y portando en las manos una cacerola con un cucharón de madera, se había encarado con Berto después de que éste se asomara al balcón al oír que había una manifestación contra el gobierno y le hubiera dicho a la señora con mucha vehemencia que le estaba molestando con el ruido y que se metiera la cacerola y el cucharón directamente por el culo. A lo que la mujer y su marido habían respondido con mucha ironía que eso no era más que jarabe democrático, enfatizando lo de jarabe democrático a base de pronunciarlo silaba a sílaba y añadiendo al final la palabra niñato gilipollas, después de una coma. A esto respondió Berto, tachándoles de fachas de mierda, por lo que el matrimonio respondió que para facha él, que no respetaba las opiniones de los demás, ni el derecho de manifestación. Viendo cómo subía de tono la disputa, Daniel llamó desde dentro a Berto invocando un casi suplicante «Por favor, Berto, déjalo ya, métete dentro, no nos montes el número». Pero Berto quería bajar a la calle y pasar a una segunda fase en el conflicto. Su padre le contuvo físicamente y no le fue fácil. Su madre le agarró del brazo angustiada. Como para bajar a la calle tenía que vestirse, porque estaba en calzoncillos, Inés aprovechó para ganar tiempo y en su estilo, abrazándole, le dijo: «Anda, Bertito, guapo, párate, que un rojo de categoría como tú, tiene que estar por encima de eso. Además, es democrático lo que hacen, ¿no?, aunque no te guste. Unas veces lo hacen ellos y otras tú. Hay que ser tolerantes». Fuera porque no podía bajar a la calle de forma inmediata, al estar en calzoncillos como estaba, o porque Inés tenía mucho poder, sobre todo cuando abrazaba a alguien, el caso es que definitivamente le contuvo. Él, para quedarse tranquilo, propinó al viento unas cuantas frases insultantes donde se repetía la palabra fachas y luego se fue a su habitación. Por si acaso, la madre quedó de retén en la sala y le dijo a Daniel que estuviera con ella, porque un padre siempre es un padre cuando se trata de pretender imponer autoridad. Berto era capaz de volvérselo a pensar e irse contra el matrimonio de la bandera y la cacerola, nunca se daba por vencido. Yue, que había tenido una pintoresca cara de susto todo el tiempo, con una mano tapándose la boca, suspiró para dentro de ella misma y volvió a la sonrisa de siempre mirando a su amiga, cogiéndole la mano y apretándosela significativamente, como queriendo decirle que la admiraba por aquella capacidad de mediadora en los conflictos. (Yue admiraba a Inés por muchas cosas, pero no se había parado a pensar suficientemente que Inés la admiraba a ella otro tanto, cada cual por lo suyo).

Un rato después sonó el teléfono. Era la yaya Angelines, como la llamaba Inés. Llamaba para preguntar por la receta del salmorejo, que se le había olvidado. Antes de pasárselo a su madre, que era quién lo sabía, Inés se encerró en la cocina a hablar con su abuela. Resultaba que Angelines estaba al tanto de lo suyo con el muchacho del parque, pero no sabía que habían acordado quitarse el pañuelo y verse la cara como Dios manda. Una cosa así tenía que saberla su abuela. Así que se lo contó con todo lujo de detalles sentada a la mesa de la cocina bajo la atenta mirada de Yue, con los codos sobre la mesa sujetándose la cara y mirándola atentamente con una sonrisa mientras hablaba, como si estuviera entendiendo todo lo que decía, que a lo mejor era así. Por lo menos, si no lo entendía todo, captaba las emociones, que ya era mucho para no conocer propiamente un idioma. «Oye, yaya, ¿te parece que pongamos el teléfono en videoconferencia, para estar a la última?». Angelines que ya sabía hacerlo, porque hablaba así con su amigo por las tardes después de la cabezada de la sobremesa, lo hizo como si fuera cosa de toda la vida. Inés, impresionada de los avances tecnológicos de su abuela, le preguntó por su amigo el jubilado del RENFE y sobre cómo le iban las cosas con él. A Angelines le gustaba hablar con su nieta de cualquier cosa, pero, sobre todo, de ciertos temas, porque le hacía siempre preguntas muy curiosas que le gustaba esforzarse en contestar. «Dime de lo último que te acuerdes que has tenido con él una conversación interesante de verdad». Angelines se quedó unos segundos pensando. «Del misterio de la Santísima Trinidad», respondió. «¿Y habéis dado con ello?, que tú eres capaz de haberlo resuelto, que eres muy recia, Angelines». «Anda, calla, que no son cosas de jóvenes estos asuntos».

A las diez y media Daniel se fue al dormitorio con ánimo de relajarse allí. Sentado en la cama, estuvo un rato pensando mientras a través del cristal del balcón veía moverse las ramas de los árboles suavemente agitadas por el viento. Le venían pensamientos a la cabeza de la historia de las mascarillas de su hija Inés con el muchacho y los perros en el parque. No pudo por menos de sonreír ante las originalidades de su hija, que nunca dejaba de sorprenderle. Lo que no le gustaba tanto de sus cosas era que hubiera muchachos por medio; sin saber por qué, ni con ella ni con Merchu con ese tema estaba cómodo; eran cosas de padres con hijas. Luego le vino a la mente el incidente de Berto con los de las cacerolas. «Ya le queda un día menos para ser prudente», pensó. Se puso el pijama. Tomó del cajón de la mesilla un aparatito parecido a un teléfono móvil, pero más pequeño, movió con el dedo gordo las teclas digitales y se detuvo en Loreena McKennith. Puso en las orejas los auriculares, apagó la luz de la lamparita de la mesilla y se tendió en la cama vestido con un pijama de tela azul bastante oscuro. Suspiró denotando que acababa de empezar algo intensamente placentero. Solo se veían las luces de la noche. Una vez acomodado, tomó el aparatito que permanecía con la pantalla encendida y tocó suavemente una tecla para que empezara a funcionar. En los oídos, o más propiamente dentro de su cabeza, como para que tuviera que circular el sonido allí por sí solo, estando vacío y solo para eso el espacio interior de lo que delimitaba el hueso, empezó a sonar la dulcísima música de Night Ride Across the Caucasus. Cerro los ojos y se dejó llevar como si estuviera volando a ras de suelo por paisajes en los que corría plácidamente el agua por la superficie y había bosques. No podía sentirse mejor. Siguió The lady of Shalott y cuando a continuación empezó a sonar Tango to Evora se fue definitivamente del mundo que habitaba; ¿dónde?… a otro, porque él conocía otros, aunque solo fuera de aquella manera.

—Continuará—