Publicado por Antonio Errepé para Jot Down Magazine

El Jardín de Eden con la caída del hombre, Peter Paul Rubens y Jan Brueghel el Viejo, 1617

Muchas cosas resultan sin duda prodigiosas e increíbles para muchos. Porque, ¿quién creía en los etíopes antes de verlos? ¿Qué hecho no parece extraordinario cuando se conoce por primera vez? ¿Cuántas cosas no se consideran imposibles antes de que sucedan? (…) Por no hablar de los pavos reales, y de las manchas de los tigres y de las panteras, y de las vetas de tantos animales. Hay una cosa que puede decirse pequeña pero que es enorme, si se mira bien: las muchas hablas de los pueblos, las muchas lenguas, una tan grande variedad de lenguajes que un extranjero, a los ojos de otro, ¡casi no parece un hombre! (PlinioHistoria natural VI).

Ciertamente, Plinio el Viejo nunca se paseó por las Ramblas de Barcelona en un mes de agosto, pero tampoco le hacía falta para conocer de primera mano las virtudes e inconvenientes del turismo. Tecnología aparte, ¿qué maravillas pueden contemplarse en una moderna ciudad turística que no se vieran ya en las calles de la antigua Roma, por ejemplo? ¿Souvenirs a precio de oro? ¿Amantes de la arquitectura contemporánea? ¿Grupos de estudiantes cerrando tabernas? No, en el turismo, así como en las vicisitudes del saber, no hay progreso, no hay revolución de las épocas, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación. Por ello, ofrezco esta pequeña guía turística que servirá tanto al viajero experto como al lector impenitente que busquen veranear en sitios realmente exclusivos. Más allá de los destinos turísticos comunes que todos podamos tener en mente, le propongo visitar, utilizando la imaginación, lugares que nunca existieron, o que existieron de forma menos fabulosa que como fueron descritos. Porque, sí, está muy bien tostarse al sol en Corfú, pero ¿no sería más placentero irse a la isla de los lotófagos y olvidarse, literalmente, de los problemas cotidianos que tratamos de dejar atrás en nuestras vacaciones? Recorrer Sudamérica y empaparse del legado de sus antiguas civilizaciones es muy recomendable, pero ¿no sería tanto o más emocionante visitar las magníficas obras que los antepasados de mayas, aztecas y demás dejaron en el continente perdido de Mu? Una guía Lonely Planet resulta extremadamente útil y eficaz, pero ¿no resulta mucho más entretenido contemplar el mapa de Piri Reis y colocar ahí lo que a uno le venga en gana, ya sea la Antártida, la Atlántida o un Starbucks? ¿Y acaso no es más placentero quedarse atrapado en la isla de Calipso que en un aeropuerto huelga de controladores mediante? Bien, amable lector, si ha respondido afirmativamente a todas estas cuestiones, quizás no tenga muy claro el concepto de interrogación retórica, pero sin duda esta humilde guía está hecha para usted. Ya que si el mundo es un libro, tal como afirmara san Agustín, viajar por él no solo es un espléndido ejercicio, sino que además es bastante barato. Porque, como dijo algún sabio, Kunlun y Dilmun son dos paraísos que a veces yo me monto en mi piso.

El paradisíaco Edén sería un buen lugar por el que comenzar nuestro recorrido turístico. Actualmente, si pensamos en el paraíso, tal vez lo situemos en algún recóndito lugar de nuestra bóveda celeste o más allá, pero, para los antiguos, el jardín del Edén bien podía ser un rico huerto del que manaban cuatro ríos (el Tigris y el Éufrates entre ellos), con lo que teóricamente se podía llegar a pie, en camello o en carromato, aunque suponemos que siempre con invitación. Sin duda había de estar en un sitio muy elevado, ya que el Diluvio Universal no se lo llevó por delante. Por si a alguien se le antojaba que el sitio quizá era demasiado caluroso, en el siglo XI se le ocurrió a un monje irlandés que el Edén estaría mejor situado cerca de casa, con un clima más fresquito. Fue así como nació el mito de la Isla de San Brandán. Sin embargo, ahora no habría de faltar quien considerara que colocar el Edén más allá de Irlanda no era una buena idea para los reumáticos. Hacía falta buscar en otras islas con un clima más benigno. Llegó el turno, pues, de trasladar el paraíso más al sur, no muy lejos de las islas Canarias. Solo faltaba un nombre con gancho, las islas Afortunadas, un pequeño toque de exclusividad (solo serían admitidos los justos que contaran con tres reencarnaciones terrestres) y unas plantas decorativas, y el resort celestial ya estaba listo. Y créanme, amigos turistas, que allí se debía de estar muy bien. Ya que aquel era un lugar en el que, según Píndaro, «labrar no se necesita el ingrato terreno»; todo está lleno de flores y verde césped, los árboles son copudos, y los bienaventurados que allí habitan entretejen guirnaldas de pétalos. Quién sabe si estos afortunados y ociosos lugareños traten de vender al extasiado visitante sus artesanías mientras interpretan a la flauta de Pan tonadas de Joan Baez. Claro que el avispado lector quizás llegue en este punto a una curiosa conclusión: «Bien, si allá suena Joan Baez, quizás tan afortunados no son». Y quien esto escribe no podría sino asentir ante tan acertada reflexión.

Doy por hecho que el lector busca destinos de clima templado y soleado, cuando hay quien prefiere destinos frescos. Y bien, la isla de Tule es sin duda el rumbo ideal para quienes deseen escapar de los rigores estivales. El griego Piteas la situaba a seis jornadas de Gran Bretaña, dirección norte, y eso se nos antoja fresquito. Muy probablemente, la mítica Tule esté compuesta de distintas localizaciones escandinavas. Afinando más, algunos la sitúan en la costa de Noruega. Y teniendo en cuenta que se acabó identificando a Tule con el reino de los hiperbóreos, los seres divinos que según los antiguos griegos vivían más allá de Tracia, bueno, pues quien vea en los escandinavos a seres divinos encontrará en la septentrional Tule su lugar vacacional ideal. Palabra de Himmler.

¿Ya ha declarado amor eterno a su pareja encaramado a la Torre Eiffel? ¿Se le ha agotado la vida contemplando la basílica de la Santa Cruz en Florencia? ¿Se ha sentido enano triscando por el monte Tegelberg? ¿Culminó sus ansias misántropas recorriendo la Duna 45? ¿Ha empatizado con los abencerrajes visitando Montefrío? ¿Ha sentido que la naturaleza le sermoneaba desde el púlpito Preikestolen? Si cree que la Tierra ya no le depara más parajes increíbles, ha llegado la hora de deleitarse con el marco incomparable de la Antitierra, el equivalente pitagórico del planeta X de Percival Lowell, un hombre que, cada vez que cogía un telescopio, la liaba. Lo único malo es que tamaño espectáculo cosmológico solo puede ser visto desde las Antípodas, un lugar inaccesible para los antiguos griegos, quienes, en su aristotélica sabiduría, no conocían los placeres de viajar con Ryanair. En realidad, andaban más preocupados tratando de discernir cómo sus moradores, los periecos, podían vivir con la cabeza abajo y los pies arriba sin precipitarse en el vacío. Por cierto, si se están preguntando si en los desagües de las Antípodas los líquidos giran al revés, les recordaré las sabias palabras de aquel marino con nombre de cantante de música ligera de los años setenta, Cosmas Indicopleustes: «Y se esfuerzan en ponerlo todo del revés en lugar de seguir las doctrinas de la verdad que muestran la vanidad de los sofismas, y que son fáciles de comprender y llenas de temor de Dios, y procuran la salvación a quienes reverentemente las consultan». Confío en que esto zanjará esa irritante cuestión.

En los últimos tiempos, se suele hablar de dos tipos de turismo: el turismo bueno con bolsillos llenos que visita museos y se recoge pronto tras haberse dejado mucho dinero realizando actividades culturales, y el llamado turismo de borrachera, el de turistas jóvenes o con menos posibles que quieren atiborrarse de comida y bebida por un módico precio. Por suerte, las leyendas no discriminan y hay lugares para todos los gustos. Así que, si es usted de esa clase de personas que cambiarían diez museos por incontables jarras de cerveza y salchichas gordas, la tierra feliz de Jauja es su destino turístico ideal. Para los persas era Shadukian. Los alemanes, con su sencillez para todo, la llamaron Schlaraffenland, y la situaban entre Viena y Praga, no en las Islas Baleares como uno hubiera podido pensar. En una poesía goliárdica del siglo XII se citaba un Abbas Cucaniensis, refiriéndose a la tierra de Cucaña, que también puede o debe decirse. En el Decamerón se la citaba como la tierra de Bengodi, y allí se hablaba ya de cómo se ataba a los perros con longanizas. Su ubicación era sencilla: en la tierra de los vascos. Y es que la fama de la gastronomía vasca viene de lejos. ¿Habrá en Bengodi algún famoso mestre llamado Carolus Arguinnanus? Por su parte, Alejandro de Siena, que no debió ganarse la vida como operador turístico, afirmaba que para llegar a Cucaña había que viajar veintiocho meses por mar y tres por tierra. Como propaganda no es muy formidable. Teófilo Folengo se complica menos la vida y sitúa el feliz país «en algún remoto rincón de la Tierra». De modo que, salvo que usted sea vasco, parece que llegar a la felicísima Jauja no es cuestión de coger un avión y realizar un par de transbordos; si todavía se pregunta si merece la pena el viaje, atienda a la descripción del lugar que se ofrecía en El perro de Diógenes: «Corren ríos de leche y manan fuentes de moscatel, malvasía, vino dulce y garganico. Los montes son de queso y los valles de mascarpone. De los árboles cuelgan marzolinos y mortadelas. Cuando hay tormenta, granizan confites y, cuando llueve, diluvian salsas». Bon appétit.

Mapa de Utopía, de Abraham Ortelius, ca. 1595.

Pero me temo que estoy dejando de lado a un sector importante de lectores y turistas potenciales. Me refiero a esa clase de gente que lee el periódico a diario, procura mantenerse al día de los vaivenes políticos y los altibajos económicos, y para desconectar acude a magazines culturales de renombre. Esa clase de gente que quizás no ría mucho pero reflexiona constantemente, que desentonaría en las fiestas del pueblo pero que te llevarías de acompañante a una cena de gala en la embajada. Quizás, y he de remarcar lo de quizás, me esté refiriendo a usted, amable lector. Por descontado, alguien de este perfil desdeñaría viajar a Jauja, esa especie de Ibiza legendaria repleta de felices hedonistas vestidos de blanco. No, los destinos que esta humilde guía puede ofrecer al turista intelectual son lugares como la Nueva Atlántida de Francis Bacon o la Ciudad del Sol del dominico Campanella. Y, por supuesto, la isla de Utopía de Tomás Moro, con sus cincuenta y cuatro ciudades, grandes, magníficas y absolutamente idénticas en todo; allí todo está organizado, se trabaja seis horas al día, se duerme ocho, y el resto se puede dedicar a la lectura o a juegos matemáticos. Tal vez incluso a debatir sobre los mil y un temas, como si uno fuera un experto en todos ellos, cual tertuliano Houyhnhnm. Día tras día, mes tras mes, año tras año. Las mismas rotaciones laborales, las mismas casas, los mismos rostros. Como decía la canción, si un día he de morir (de aburrimiento), que sea aquí en Utopía.

Por supuesto, una guía de viajes no quedaría completa sin algunas recomendaciones para el viajero fascinado por el exotismo y el misterio de las tierras de Oriente. Por ejemplo, ¿quién no ha fantaseado alguna vez con visitar la India? Desde que Alejandro Magno llegara por allá buscando más tierras que conquistar, los relatos de todas las cosas increíbles que allí podían encontrarse intrigaron y fascinaron a las gentes de Occidente. De hecho, ya Heródoto explicaba lo duro que era ganarse el pan al otro lado del Indo, ya que, por ejemplo, los nativos no extraían el oro de la tierra, sino que se lo robaban a unas hormigas bastante creciditas; y la mirra la obtenían de árboles custodiados por serpientes aladas. Los pobres indios siguieron así durante siglos, llegando al punto de tener que obtener sal de aguas custodiadas por ingleses que, eso sí, no eran alados. Si hemos de hacer caso a textos antiguos como los de Plinio el Viejo, la India estaba poblada de seres extraños y criaturas imposibles. De los más normales eran los propios indios, a quienes se describía como gentes parecidas a las etíopes, pero aquellas se distinguían por tener el semen tan oscuro como su piel. Se hablaba también de los curiosos esciápodos, seres de una sola pierna acompañada por su pie, aunque ambos de un tamaño tal que solían tumbarse usando ese pie como parasol. Sin duda, en las abigarradas playas de Benidorm habrían sido rivales temibles. Y bien, aparte de caníbales y pigmeos, en la India el turista utópico podrá hacerse selfies junto a esciratas, que carecen de nariz y reptan como las serpientes; coromandos, seres aullantes y bastante hirsutos; trogloditas con cabezas de perro; sátiros y, en fin, la lista es larga. Lástima que Plinio ya no esté entre nosotros; ¡qué suerte de maravillas habría podido describir en Magaluf!

Tal vez la India resulte un lugar demasiado tangible y herético para usted, amable y pío lector. Por suerte el Oriente es grande y alberga mucha variedad. ¿Por qué no visitar, pues, el reino del Preste Juan? Un oasis cristiano situado entre la India y las posesiones musulmanas en Oriente Medio; un paraíso socialista y nestoriano donde se ha alcanzado el pleno empleo y donde el bueno de Juan, rex et sacerdos, acumula increíbles riquezas sin haber recurrido a la extracción de petróleo, lo cual tiene su mérito. Allí no había violencia ni envidia, ni sierpes venenosas, fluía la miel y había leche en abundancia, y blancos, negros, hombres cornudos o cinocéfalos convivían en paz y hermandad. En la Edad Media, una supuesta carta del Preste Juan enviada al emperador bizantino Manuel Comneno fue pasando de mano en mano (es decir, se tornó viral), y durante siglos los europeos se preguntaron dónde quedaba tal reino, y buscando, buscando, comenzaron sin querer a colonizar otras tierras. No en pocas ocasiones, los líderes cristianos soñaron con ver al potentado oriental al frente de su inmenso ejército uniéndose a Hospitalarios y Templarios en su sagrada misión de recuperar los Lugares Santos para la cristiandad, pero, sin embargo, esa ayuda nunca llegó, y cruzada tras cruzada, los nobles caballeros se quedaban como Pepe Isbert en Bienvenido, Mr. Marshall. Y es que, con el devenir del tiempo, los cristianos fueron cayendo en la cuenta de que el fabuloso reino del Preste Juan no era tan fabuloso como se decía, y que más bien todo había obedecido a una gran campaña publicitaria en plan Marina D’Or, como atestiguó Odorico de Pordenone, viajero y comerciante de productos lácteos: «Por lo que pude conocer, no era cosa de gran importancia, de modo que nos detuvimos allí poco tiempo». Con todo, no desistan en visitar ese mágico reino; quizás tengan suerte y acaben en Etiopía como les pasó a los portugueses en el siglo XV.

Y bien, ya que hablamos de los Lugares Santos, ¿acaso no hay destinos legendarios para el viajero creyente que ya ha orado en Jerusalén, Belén, Galilea o la Santa Sede? Por supuesto, desde el río Sambatión hasta la fantástica Ofir, hay lugares bíblicos que nadie sabe muy bien dónde están y que serán del gusto de cualquier turista salomónico. Y es que en Ofir era donde la reina de Saba extraía sus riquezas, oro principalmente, algunas de las cuales dio a Salomón como regalo. ¿Y dónde vivía la mítica reina? Hay quien dice que en el actual Yemen, y hay quien sitúa su reino en Etiopía. Sí, de nuevo Etiopía, la planta de reciclaje a donde van a parar todos los lugares legendarios. Aunque desde luego los etíopes apuestan fuerte por esa conexión salomónica, como atestigua su bandera nacional.

Para concluir esta guía, nada mejor que hacerlo a lo grande, como Tamerlán cuando conquistó Bagdad. Hablemos, pues, de la Atlántida. Como es bien sabido y describió Platón en sus diálogos TimeoCritias, en ese continente perdido se alcanzaron unos grados de civilización inauditos, pero con el tiempo sus habitantes fueron mezclándose con los humanos más de la cuenta, degenerando hasta tal punto que Zeus se decidió a castigarlos. Y hasta ahí puedo leer, ya que hasta ahí pudo o quiso escribir el filósofo ateniense. Lo que está claro es que el castigo debió ser de los gordos porque la isla o continente ya no está ahí. Por suerte, Platón explicó lo suficiente como para saber que se encontraba más allá de las Columnas de Hércules. Otra cosa es que dichas columnas se encuentren en Gibraltar, como comúnmente se cree, pues hay autores que las sitúan en otros lugares. Para Francis Bacon, por ejemplo, la Atlántida era sin duda el continente americano, pero Bartolomé de las Casas creía que los atlantes tenían que ver con las tribus de Israel, así que, más que en el Atlántico, la imaginaba bañada por las aguas del mar Rojo, mientras que el naturalista sueco Olaus Rudbeck miraba a través de su ventana admirando su bonito país, coligiendo inmediatamente que los atlantes sin duda vivieron allí, quizás no muy lejos de su barrio. ¿Que por qué? Bueno, ¿y por qué no? Olaus Rudbeck descubrió el sistema linfático y puede situar la Atlántida donde le salga de los ganglios.

Por lo tanto, ¿cómo llegar al dichoso continente perdido? Bien, esta es sin duda una pregunta escabrosa, ya que, como han podido comprobar, el turista de sitios imaginarios no lo tiene fácil para hallar el modo de llegar a sus destinos míticos preferidos. Así que tanto para el caso de la Atlántida como para el resto de tierras legendarias, el mejor consejo que les puedo dar es que el me diera una vez mi madre: «Busca en el sitio más raro, hijo».