Bookshelf with the shape of a human head, computer illustration.

Jesús Gascón Bernal

Lo único que recuerdo de mi anterior condición humana, es que estaba cómodamente sentado en una butaca escuchando una conferencia sobre antropología de los símbolos. Cuando quise darme cuenta (o cuando me desperté, ya no me acuerdo pues la memoria se ha vuelto frágil) era un libro sobre el asiento.

¡Sí!, ¡un libro! Aturdido, no podía comprender lo que me había sucedido. ¿Era un sueño? Imposible. Sentí las tapas que arropaban mis hojas, el lomo palpable que las mantenía pegadas unas con otras. Mi aspecto humano, antes informe y blando, se había transformado en un pequeño volumen rectangular y rígido.

Alguien me recogió, me llevó a su casa y me colocó en una estantería.

–¡No!, ¡no soñaba!, ¡ahora soy un libro!

Llegado a este punto de aceptación de la realidad, he querido saber: ¿de qué trato? Tal vez el descubrirlo me dé la clave de mi kafkiana metamorfosis, incluso me ayude a recuperar mi primitiva condición de hombre. Pero yo no puedo leerme a mí mismo, solo veo a través de las letras y estoy cerrado. Por las palabras de mis cubiertas veo que me encuentro aprisionado entre un libro de Pierre Michón: Vidas minúsculas, y el separador vertical de madera del mueble. A través del título de mi lomo veo una habitación donde una alfombra en el suelo y un par de sillones de cuero viejo, color tabaco, trasmiten calidez al espacio. Temo que debo ser algo aburrido porque han colocado delante de mí, sobre la balda, un marco con una fotografía. La estantería me oprime.

Pero hoy me han abierto. Por la nueva ventana he visto a una mujer que ha empezado a leerme. Está leyendo mi primera página lo que demuestra que tiene intención de conocerme en profundidad. Me huele. Veo que es muy bella, me tiembla la hoja cuando acerca su boca…

–“¡¡Parezco el inicio de un relato!!, ¡¡necesito que continúe…!!”

Está sentada en un sillón de orejas y me tiene apoyado en las palmas de sus manos. Son muy suaves. Echo otro vistazo a la sala de la casa, porque su fija mirada y su proximidad me perturban. Parece vivir sola con un gato; me gustan los gatos, lo sé. Por la expresión que va poniendo debo caerle muy bien; a veces sonríe y otras se queda pensativa; me gusta también ese pequeño movimiento que hace su nariz cuando se concentra. Creo que me estoy enamorando, no sé si porque me lee o porque me gusta todo de ella. Sus dedos me acarician, a veces humedece uno antes de tocarme.

Parece haber terminado mi lectura por hoy. Esperaba que me hubiese guardado sobre la agradable manta del sofá que he visto, pero me ha devuelto al mueble de los libros. Creo que la estantería de madera me vigila ¿me tiene envidia por ser el libro preferido? Siento mucha más presión que antes, sobre mi nuevo cuerpo. Por si fuera poco, noto como me está clavando un tornillo en las solapas que me hace ver las estrellas. Creo que me está dejando una marca en la piel. Estar aquí, sin poder moverme, ¡es una cárcel!

¿Será cierto que es el libro el que escoge al lector?, ¿estarán las palabras de mis páginas, que no conozco, hablándole de amor? No paro de hacerme preguntas cuya respuesta desconozco. Sigo sin saber de qué trato, pues cuando se miran mis hojas contiguas no consigo entender lo que dicen. Esta tarde, en el momento que su dulce mano me saca de mi prisión, aprovecho con el canto de mi dura tapa para hacerle un arañazo a la madera del estante, que a su vez trata de rasgar la esquina de mi solapa, pero no lo consigue.

Pasan los días y solo en los momentos en que me lee puedo asomarme al mundo. Hoy ha limpiado mi portada con delicadeza, pues la carcelera de Ikea me había soltado una gota de resina, menos mal que estoy plastificado. Si un día recupero mi perdida humanidad, lo primero que haré será desmontarla. ¡Se va a cagar! Mejor estamos los libros sueltos sobre una mesa.

A medida que discurren estos placenteros momentos de lecturas recíprocas, cuando veo que son mis últimas páginas las que la contemplan, me invade la tristeza. ¿Se acabará nuestra relación?, ¿se olvidará de mí? Abanico su rostro; ella me apoya suavemente en su pecho, sonríe satisfecha mientras cierra los ojos. Parece dormitar en otro mundo… sé que le he gustado, pues me acaricia el lomo.

Descubro su móvil sobre la manta del sillón y de repente me veo en el reflejo de su pantalla apagada ¡soy el libro que está sobre ella! ¡Reflejado si me puedo leer! Me titulo: ¡¡Alicia a través del espejo!!

Ahora siento su calor, el suave tacto de su blusa de Cheshire, sus latidos… ¡¡Escucho sus latidos como si fuesen un reloj!!  ¡Algo en mi está empezando a cambiar!, también a mí me late la tinta de mis letras que se agrandan como si fuesen capitulares ¿es la transformación esperada?… ¡Deseo crecer como Alicia!

–Además ¿qué mejor lugar podría desear para volver a ser yo mismo?

Se despierta lentamente. Parece sonreír…