La filósofa Ana Carrasco-Conde reflexiona sobre las fobias, los miedos y el odio: «Quien siente ‘phobos’ huye, quien siente ‘misos’, expulsa».

Publicado en La marea 05 julio 2019 (lamarea.com)

https://www.lamarea.com/2019/07/05/abrirse-la-gabardina-o-el-exhibicionismo-del-odio/

No todo puede justificarlo el miedo. Aquel que odia, se dice a menudo, es aquel que, muy en el fondo, tiene miedo a aquello que odia. Víctima de sus miedos se convierte así en agente del odio y vuelca su temor, revestido con los velos del desprecio e incluso de la ira, en lo que supone una amenaza para su integridad, su supervivencia y su estilo de vida.

Pero por mucho que aquel que desprecia a extranjeros (xenófobo), homosexuales (homófobo) o pobres (aporófobo) comparta el sufijo fobia con aquel que tiene miedo a los espacios cerrados (claustrofóbico), a quedarse sin el móvil (nomofóbico) o a una araña (aracnofóbico), su origen no es siempre el miedo. Muchas veces estamos de acuerdo, pero no todas. Hacer tal identificación y tan precipitadamente acudiendo al amparo de los lugares comunes, nos permite entender algunas situaciones, no comprender otras y ser en muchas otras ciegos al verdadero peligro.

Por mucho que, cuando de pronto, mientras acudimos a una tienda a comprar por ejemplo un poco de cúrcuma, nos sorprenda un hombre en gabardina que, sin previo aviso, la abra y lo deje todo a la vista, el peligro no es lo que enseña sino el acto mismo de enseñarlo. No, odio y miedo no tienen siempre el mismo origen aunque sí se alimentan de algo muy parecido: la constatación de la diferencia que a veces se percibe como peligrosa (miedo) y otra simplemente como inaceptable (odio). A veces el que odia lo hace no como una fobia que padece, sino como una filia que le une a unos y los separa de otros, de la que se siente orgulloso. Un odio sin complejos, como aquel que, ya libre de lo políticamente correcto y de la censura pública, dice lo que piensa abiertamente y, así, en plena calle, como aquel hombre de la gabardina, muestra con orgullo sus vergüenzas. De hecho, siente un extraño placer al exponerlas.

Odio en griego se dice misos, de donde misantropía, y este concepto poco o nada tiene que ver con phobos, que no era considerada una emoción en tiempos de Homero, sino toda una divinidad menor, hija de Ares y Afrodita, que hacía huir (gr. phóbeo) antes de la batalla para salvar la vida. Misos no es ningún dios que haga huir: hace referencia a la actitud de rechazo y desprecio ante algo que se considera inaceptable y que, por ello, es arrojado fuera de la ciudad. Quien siente phobos huye, quien siente misos, expulsa. Quien padece phobos ve su vida alterada hasta el punto de padecer aislamiento social, como quien padece agorafobia. Quien siente misos, no lo padece. Lo padecen los demás porque busca la exclusión social de su objeto de odio, que le repugna. Busca no salvar su vida, sino robar o alterar la del otro. Es cierto que a veces para predisponer al odio y conseguir la expulsión hay que despertar los miedos de aquellos que inicialmente no desprecian a nadie ni a nada. Esta es la línea que une a misos y a phobos. Y así se ha empleado el miedo como herramienta de manipulación política y social, pero ese miedo es en muchas ocasiones causado por aquel que, desde el rechazo, manipula para que sus planes de expulsión de aquellos a los que odia (del país, del estado de derecho) sean respaldados también por los que de pronto tienen miedo.

Podemos distinguir entonces dos tipos de odio: el fóbico (se teme porque se desconoce, se teme porque el otro se percibe como una amenaza contra la propia vida, la integridad física o el modo de vivir) y el mísico (permítame el neologismo), del griego miséin que significa rechazar o sentir repugnancia (se siente aversión sin que peligre la propia vida, conociéndose algo o precisamente por conocerse). El primero tiene como origen el miedo. El segundo el desprecio.

Para empezar, nadie se denomina a sí mismo como aracnófobo o nomófobo, sino a lo sumo aracnofóbico o claustrofóbico y dice tener así aracnofobia o claustrofobia. La tiene o la padece, pero no le define. Y lo confiesa no sin cierto rubor, consciente de lo irracional o exagerado de un sentimiento que no solo le lleva a evitar aquello que teme sino a bloquearse incluso y así, cuando ve una pequeña araña, lo más habitual es que huya (y no que la mate) a causa del padecimiento que le pone a merced de tan pequeño insecto.

Este es el núcleo de las fobias: que se padecen, es decir, que estamos a su merced, que no las controlamos, que no somos “agentes”, que no decidimos “temer” a las arañas y que, si las tememos, buscamos el modo de afrontar la fobia. El miedo, efectivamente, tiene un componente de huida o de parálisis: el que padece una fobia evita y se aleja de su objeto fóbico, como espoleado por aquel dios griego. Un claustrofóbico no subirá en un ascensor, un agorafóbico evitará multitudes o espacios abiertos, y el que teme a las arañas las rehuirá y si, por azar se encuentra con alguna de ellas, el grito y el espanto le acompañarán en su carrera. Puede que la mate por azar o si su reacción, contrafóbica, le lleva a hacerlo compulsivamente, pero desde luego lo hará sin obtener placer por el hecho de matarlas, sino por haber conseguido, de algún modo, hacerse cargo de la situación.

Es cierto que muchos odios son el resultado de conductas contrafóbicas en las que se va al encuentro de lo que teme como aquel que, con acrofobia, obtiene placer al practicar ala delta o el que se enfrenta a un terror que no puede explicar a través de un cine de ficción que sí puede analizar. Habrá quien tema a los extranjeros, a los homosexuales o a los pobres y por eso los odie y los quiera mantener lejos. Pero también los hay que odian al diferente sin complejos sin temerlo y sin hacer el más mínimo esfuerzo para superar “su fobia”. Y construye su identidad contra el otro. No tiene intención alguna en buscar entendimiento, diálogo o llegar a un acuerdo de convivencia. Y cuando está seguro de que aquello que realmente teme (la ley, la opinión pública) no le hará daño, se abre la gabardina. Su odio no es motivo de vergüenza. Siente orgullo. Lo expone, lo exhibe, lo hace público.

Carl Schmitt hace una distinción interesante entre dos tipos de enemistad: la del inimicus y la del hostis. El inimicus es el adversario o el rival, a quien puede no odiarse, y puede quedarse, como tal, oculto en el ámbito de lo privado. El hostis en cambio es aquel que considera no como un rival, sino como opuesto existencial. Y se le odia. A muerte. Este hostis debe tener un carácter público, es decir, manifiesto y visible dado que permite al sujeto definirse a la contra.

Abrirse la gabardina es el primer paso como forma de hacer pública la reafirmación de las propias creencias contra el otro, imaginado como alguien (sino como algo) inaceptable, repugnante y despreciable. El segundo, demonizarlo y caricaturizarlo para conseguir despertar el miedo en quien no sentía rechazo; el tercero, logrado el consentimiento público con el miedo, discriminar y segregar para constituir un ellos y un nosotros; el cuarto, expulsarlo, si es que el otro no puede ser “rehabilitado”. El quinto quizá no quieran leerlo… porque es más fácil justificar la xenofobia o la homofobia con el miedo. Con el miedo se puede trabajar, se puede combatir, se puede educar. Pero no es fácil neutralizar a misosSe dice que el opuesto al odio es el amor, pero en realidad en el pensamiento griego, si algo se opone al Eros (Amor) no es ni Phobos ni misos, sino Tanatos, la muerte. Quizá haya que preguntarse, alejándonos de un Phobos que solo busca no perder la propia vida y acercándonos a misos y su desprecio, si el odio que busca la destrucción o el perjuicio del otro es una modulación de la muerte. Y ante eso solo nos queda ser conscientes. Y que cuando alguien abra la gabardina nos fijemos más en lo que implica su impúdico gesto (en la segunda acepción de la RAE).