Art. de Toni Massanés para La Vanguardia con el título “El Bar de barrio como agente de salud”

La psicóloga Susan Pinker explica la importancia de la interacción humana para el bienestar, la salud e incluso la longevidad citando un estudio que relaciona indicadores de comportamiento con supervivencia para demostrar que el principal factor que influye en la vitalidad de las personas, más que la necesaria práctica del ejercicio físico, la buena alimentación y otros hábitos saludables, más que la muy importante renovación anual de la vacuna de la gripe… incluso un poco más que los imprescindibles lazos de compromiso de aquellos que harían cualquier cosa por nosotros, los que de verdad nos quieren…

Más decisivo que todo eso para favorecer que al cabo de un tiempo continuemos vivitos y coleando es mantener una vida social activa. Salir a la calle, interactuar con nuestros vecinos, hablar con ellos del tiempo, la tele o la política, jugar al domino o al mus, mirarlos a la cara e intercambiar información con las palabras pero más aún con el tono, la expresión, el gesto, la comunicación no verbal… Sentirlos, sentirnos, convivir.

Hace algunos años dediqué repetidamente mis vacaciones a intentar aprender inglés en Gran Bretaña. Aunque los resultados fueran lamentables por lo que al idioma respecta, las semanas que allí pasé simulando vivir como un británico me enseñaron muchas otras cosas. Recuerdo que, durante una estancia en Brighton, los periódicos hablaban frecuentemente de la crisis de los pubs, especulando sobre hasta qué punto la reciente prohibición de fumar en el interior o el aumento de impuestos a las bebidas alcohólicas había favorecido el cierre de muchos de estos locales tan típicos.

Comentándolo con mi profesora de idioma, aportó otra mirada al fenómeno “Mi padre, ya mayor, vive solo en un pueblecito al sur de Escocia. También allí ha acabado cerrando el único pub que había. Yo no sé si le perjudicaban mucho o poco la pinta de ale que se tomaba cada tarde, lo que tengo claro es que era el único lugar en el que se socializaba. Mi padre, hoy, vive mucho más aislado. Cuando le llamo noto que se encuentra muy solo”.

Todos los que trabajamos en alimentación para la tercera edad sabemos que la compañía es más importante que la propia comida. De hecho, esto es así en todas las etapas de la vida: “No nos sentamos a la mesa para comer, sino para comer juntos”, ya lo dijo Plutarco hace dos mil años y lo corrobora actualmente sólida evidencia científica.

Pero cuando vivimos solos o nos hacemos mayores, con la perdida de movilidad y la reducción del radio de autonomía, tener refugios cercanos de socialización puede ser la diferencia entre una buena y una mala calidad de vida. Los bares de pueblo y los bares de barrio, también los mercados, son espacios cuya capacidad para favorecer las relaciones sociales no ha sido bien entendida, valorada ni potenciada.

Esperemos que no sea tarde porque ya no hay ninguna necesidad de ir al bar a tomar el café, la cerveza, el chato de vino o el refresco sea con o sin azúcar; la contribución actual de las tapas a la sociedad no es su composición nutricional ni el mercado es sólo un repositor de excelente producto fresco… Todo eso te lo llevan a casa si previamente lo has encargado por internet, y aseguran que próximamente no habrá ni repartidor humano cuando los drones entreguen las pizzas a domicilio…Pero sin estos espacios de convivencia y ayuda mutua, sin esos nexos de redes vitales intergeneracionales y no estigmatizadores, sin esos garantes de la seguridad que humanizan las calles también cuando los niños van al cole. Sin ese sistema tan potente, virtuoso y desinteresado de alarma suave del “Hoy Paco no ha venido a tomar el café” u “Hoy Paquita la del 24, 4ª no ha venido a buscar su barra de cuarto que siempre le guardamos… Voy a acercarme a llamar al interfono no sea que necesite algo”.

Sin esas maneras en que la buena gente (que sí, que es la mayoría, oigan) se organiza para la ayuda mutua y el bien común mediante estructuras que a veces ni los especialistas ni la administración ni los medios han sabido comprender y mimar como merecen, habrá que inventar mucho para que la cosa siga funcionando.

Y claro que las nuevas tecnologías bien orientadas ayudarán, hay que aprovecharlas. Seguro que todos los científicos, ingenieros y técnicos que están diseñando las nuevas smart cities ya lo trabajan. Nos apuntamos también a ello quienes investigamos para que todos comamos mejor. Pero, mientras no tengamos garantías de que lo nuevo es realmente mejor para las personas, no despreciemos la enorme contribución que los mercados, el comercio de proximidad, las cafeterías de barrio y los bares de pueblo han supuesto para la salud pública.

No sé si entre el empacho de ránquines gastronómicos que padecemos hay alguno que analice los bares de tapas que cuiden más la convivialidad, los mercados con trato más personalizado, los cafés o casas de comida más neighbour-friendly o las barras de bar más humanas. Pero si además de escrudiñar tanto el plato, la copa y el mobiliario, mirásemos más a los ojos de las personas, de otra manera nos iría.