Centro arqueológico de Cástulo/Foto: Cástulo

Juan Pimentel, Investigador científico, CSIC, en madri+d NOTIWEB, El resumen de noticias de I+D+I de referencia en español, 16-09-2020

La iconoclastia y la querella de las imágenes no nacieron ayer. La memoria y la damnatio memoriae tampoco. Dañar los monumentos erigidos por otros es más viejo que la polca

Todas las culturas se proyectan sobre el pasado, eligen a sus héroes y a sus villanos. A los primeros les celebra. En su honor se levantan estatuas para petrificar y exhibir los valores que supuestamente representan. Un monumento a un antepasado es siempre un sermón cargado de presente (de futuro, quién sabrá), una letanía para que el viandante se pare y reconozca en aquella efigie un conducta ejemplar, un gesto digno de recuerdo, una biografía que encarna –oh, sorpresa- sus propios valores. Naturalmente, como no todos tenemos los mismos valores (ni gustos), no sentimos el mismo aprecio por unas estatuas que por otras. Y como no todas las culturas han tenido ni tienen los mismo valores (ni gustos), cada una ha levantado y levanta estatuas a personajes diversos. Dejemos para otra ocasión la obsesión monumental feista de tantos ayuntamientos españoles.

En los últimos meses hemos asistido al enésimo episodio de lo que podríamos llamar agalmatofobia, el odio a las estatuas, lo contrario de lo que le sucedió al Maestro Gregorio, quien viajó desde Inglaterra a Roma en el siglo XII y quedó prendado por las estatuas del mundo antiguo y en especial de una Venus, tal y como contó la medievalista Cristina Jular en un bello trabajo sobre el amor a las estatuas, la agalmatofilia. Según dejó escrito en su guía romana (De mirabilibus urbis Romae), el maestro enamorado volvió tres veces para contemplarla, pese a hospedarse a tres millas de donde estaba su marmóreo objeto del deseo. Muchas de las estatuas romanas –se quejaba el monje- habían sido destruidas o desplazadas. La iconoclastia y la querella de las imágenes no nacieron ayer. La memoria y la damnatio memoriae tampoco. Dañar los monumentos erigidos por otros es más viejo que la polca.

Moisés en la Biblia la tomó con el Becerro de Oro. Los pueblos del Creciente Fértil y luego los romanos y los reinos cristianos tuvieron sus momentos de iconoclastia y agalmatofobia. Tampoco las culturas no occidentales se han andado con rodeos. Sería digno de un concurso televisivo ponerse a medir quién destruyó más imágenes de otras culturas, aunque las ha habido muy entregadas a la tarea. En España, como en otra latitudes, ha habido de todo. Carlos V incrustó su palacio en medio de la Alhambra y durante su reinado se levantó la basílica en la Mezquita de Córdoba, dos intervenciones muy agresivas aunque ambos conjuntos se han conservado en excelentes condiciones, un logro de la Cristiandad, pese a quien pese (alguna cosa se habrá hecho bien o regular en Europa, incluso en España, digo yo). También los españoles destruyeron numerosos códices precolombinos en Mesoamérica por considerarlos idólatras, aunque salvaron otros y esperemos que a ningún aventado le de por apedrear la figura de Bernardino de Sahagún o el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, en México. Hace unos años asistimos a los estragos del Estado Islámico en Palmira y Petra. La historia está llena de casos, más o menos despiadados, brutales o injustificados. Uno puedo considerar razonable, por ejemplo, que se retirara la estatua de Stalin en Georgia (2010) y sin embargo se encoge cuando se entera de que los antivacunistas impidieron que la estatua de Edward Jenner (el descubridor de la vacuna de la viruela) descansara en Trafalgar Square, un espacio reservado para los hombres de armas.

Hay casos más claros y otros discutibles. Hay actos de resignificación de los espacios públicos y majaderías presentistas sin fundamento. Uno de los criterios que he echado en falta en el debate reciente ha sido considerar muchas de estas esculturas obras de arte, vestigios de un tiempo pasado, productos culturales y no ídolos atemporales. Llevado al absurdo, algunos republicanos acérrimos podrían exigir que se retirara la escultura de Felipe IV en la Plaza Mayor de Madrid; los monárquicos furibundos, el monumento a Manuel Azaña en Alcalá de Henares; y ya puestos, los creyentes ultramontanos, la escultura del ángel caído en el Parque del Retiro. Por el mismo razonamiento, Aristóteles sería un proscrito, por misógino y esclavista. A Linneo, el botánico del siglo XVIII que clasificó las especies y las razas (un concepto completamente desfasado), hay quien ya le busca las cosquillas en Suecia y Reino Unido. Así las cosas, habría que romper los mapas portulanos, pues su forma de cartografiar el espacio tampoco está vigente. De ahí a Farenheit 451, la distopía de Ray Bradbury que Truffaut llevó al cine y en la que un estado totalitario quemaba los libros, hay solo un paso.

La primera pregunta es obvia: ¿quién de los héroes del pasado pasaría el filtro de nuestros códigos éticos y políticos? La segunda, lógica, además de escalofriante: ¿quién se erige en Tribunal de la Santa Fe para expedir carnés de pureza de ideas y currículums inmaculados? ¿Quién se arroga la potestad de poder derruir estatuas? ¿El pueblo soberano? ¿Qué pueblo? ¿Villarriba o Villabajo? Luego está lo opinable y controvertido, pues el tema dista de ser simple, como todos los asuntos interesantes. ¿No tenemos derechos los ciudadanos a reescribir el pasado, a predicar unos valores distintos a los de las generaciones que nos precedieron? La memoria histórica, ¿no se transforma igual que las leyes, las costumbres o la forma de los pantalones vaqueros? ¿No tenemos derecho a revisar el pasado, a retirar estatuas y poner otras? ¿Pero quién puede o debe hacerlo? ¿De quién es el espacio público?

Los recientes episodios de agalmatofobia en EEUU y Europa se han originado a raíz del movimiento ‘black lives matter’. Se han producido ataques a estatuas de figuras del pasado relacionadas con los imperios transoceánicos o el colonialismo y que automáticamente han sido juzgados y condenados como racistas y esclavistas. De pronto, Colón ha pasado a capitalizar la ira frente al abuso policial y el asesinato de George Floyd. En Barcelona también el monumento al descubridor sufrió agresiones hace años. Así, mientras unos querían convertirlo en catalán de toda la vida (y no genovés), ahora otros se empeñan en atribuirle todas las injusticias y crímenes de la Conquista. Más de uno habrá participado en ambas campañas, primero apropiándose de su figura y luego lanzándole pintura. Es lo que tiene ser el primero, aunque hay especialistas que aseguran que fueron unos vikingos o tal vez unos monjes irlandeses quienes pisaron América por primera vez (esto también les suele pasar a los pioneros, precursores o descubridores: siempre hay otro que lo vio o lo dijo antes). Esperemos que no acaben pidiendo derruir las iglesias normandas o los bellísimos skips (las embarcaciones vikingas).

El asunto sería cómico de no ser patético. Cervantes ha sido tachado de racista, Junípero Serra de promotor del esclavismo y pronto Quevedo será calificado de poco inclusivo y emplear un lenguaje sexista. Más de uno en Celtiberia se pregunta por qué cargan contra algunos exploradores y misioneros (españoles) y dejan indemne al General Custer. Quizás Trump o cualquier otro indocumentado (de izquierdas o de derechas) tenga alguna ocurrencia al respecto. Los ecos de la leyenda negra (como siempre) alimentan a los nostálgicos de la leyenda dorada.

Hay que decirlo claro: cuando una causa justa emplea estrategias equivocadas se daña a sí misma. Los fines no justifican los medios. Tampoco en este caso. Los historiadores deberíamos salir al paso de manera más contundente para denunciar el vandalismo y si no lo hacemos es seguramente por no ser tildados de ‘racistas’ o ‘supremacistas’, es decir, por lo políticamente correcto, que lo invade todo, hoy como ayer, lo que ocurre es que -como los valores y la ética- lo políticamente correcto también cambia con el tiempo. En la España franquista resultaba ad hoc hacer alarde de españolismo; en la Transición, haber corrido delante de los grises. Posiblemente más de uno también participó en ambas hazañas. Es más, lo políticamente correcto no solo tiene una historia sino también una geografía: llevar unos determinados colores en el Camp Nou (en aquellos tiempos remotos en que la gente iba a los estadios, ¿se acuerdan Ustedes?) es una provocación, mientras que esa misma camiseta en el Bernabéu pasaría completamente desapercibida. Lo cierto es que la mayoría de nosotros solemos nadar casi siempre a favor de corriente. Héroes, los justos (si no, todos tendríamos una estatua, qué caramba).

Es triste que los Barclay decoren con su nombre las calles de muchas ciudades (la entidad financiera homónima nació del tráfico de esclavos), pero quizás sea absurdo retirar las estatuas de Hans Sloane, el naturalista cuya colección dio lugar al Museo Británico y cuya fortuna procedía de las plantaciones jamaicanas de su esposa, levantadas, huelga decir, con esclavos. No sé muy bien cuántas estatuas del Capitolio pasarían hoy la prueba del detector antiesclavista, pero sí que Cromwell aún conserva la suya frente del Parlamento británico, el Lord Protector que disolvió la cámara de los comunes y que hizo decapitar el rey Carlos I. Y de Napoleón, no hablemos.

Quizás no sería malo contemplar las estatuas como productos del tiempo y no como ídolos. Quizás sería saludable acercarse a ellas no ya con la pasión del Maestro Gregorio, ni desde luego con la fe del fundamentalista, sino con la sed de conocer más del pasado, como quien se acerca a un libro o a un cuadro antiguo, no para buscar la genealogía heroica de nuestras propias ideas, sino para apreciar las diferencias. Y llegado el caso, para valorarlas, por qué no, puesto que solo multiplicando nuestra experiencia como seres humanos, es decir, explorando nuestras diferencias y no subrayando nuestras identidades, seremos menos intolerantes y más comprensivos con los actos de los otros (y tal vez con los nuestros).

*Este artículo fue publicado el  29 de agosto de 2020 en el Espacio digital El Asterisco