Jesús Gascón Bernal

I Al-Muqtadir niño

“–En el país de donde vengo, existe una ciudad de altos muros en la que el viajero que llega siempre encuentra el refugio que Alá el Misericordioso procura a sus fieles. Es hermosa. Conviviendo con sus gentes se puede llegar a descubrir el hogar que todo hombre busca, ó quizá el motivo por el que has emprendido el viaje. Un día paseando por sus calles, antaño tapizadas de piedras preciosas, me encontré con un mendigo de mirada altiva al que le dí unas monedas deseándole la paz. El mendigo me narró una historia sobre un monarca que trató de hacer el palacio más bello. En ello gastó toda su vida y su fortuna sin llegar a conseguirlo, pues cuando acababa su obra siempre oía hablar a sus embajadores de uno mejor, por lo que tenía que volver a empezar. Tras haber edificado los mil palacios de oro que forman la Jerusalén celeste, el rey…”

A través de la celosía del patio el niño Ahmed, quien luego se convertirá en al-Muqtadir billah, el poderoso, la espada de Alá, escucha fascinado las historias que cuentan los amigos de su padre en torno al diván del salón. Mientras hablan beben té caliente para mitigar el calor y aspiran el aroma del murr cuyo beneficioso efecto todo buen creyente sabe que favorece la comunicación de las mentes. Afuera hace calor. Ahmed tiene sueño y no se centra en la lectura.

“–No obstante, no cabe duda de que su experiencia había sido positiva pues en el trabajo inútil de construir mantuvo la vitalidad que le permitió tener salud y hacerse sabio en el seno de Alá –dijo otra voz.

–Cuando salí de la ciudad de las Cúpulas Doradas, en la mirada orgullosa del mendigo comprendí que la vida solo es un viaje… ”

Abu Yafar Ahmed duerme la siesta bajo la higuera del Patio de los Zafariches. Tiene en la mano un libro entreabierto de Avicena, que Alá tenga en su gloria, cuyas tapas de piel de cabrito han ido resbalando de sus pequeñas manos hasta dar en el suelo, sobre el pavimento cerámico encintado con piedras de río que representa las ondulaciones de un mar inexistente en la taifa de Saraqusti.
La caída de Avicena lo despierta. Hace calor. El zumbido de las libélulas sobre la hiedra queda atenuado por el murmullo del agua que desciende por las acequias invitando de nuevo a la somnolencia de la tarde. En sus pensamientos por un momento vuelve otra vez la imagen que tiene grabada en su mente desde esta mañana cuando se estaba bañando con sus hermanos y sus primas en el estanque. Estaban en el agua, al igual que otras muchas veces, pero hoy le ha pasado algo nuevo, una sensación que no se le va de la cabeza…
En los días de calor, sus primas, todavía una niñas como ellos, se bañan desnudas bajo el sol; todos juegan en el agua de la alberca del jardín de los limoneros. Farah tiene la piel morena y los ojos verdes, y cuando emerge desnuda, una gota de agua queda suspendida del pezón de su incipiente pecho; Abu extiende su mano inocente pellizcando suavemente con los dedos el fruto húmedo, pero siente algo distinto, algo que nunca antes había sentido; de repente el cuerpo desnudo de Farah amplifica el deseo de tocarla, extiende la otra mano y la posa con cierto temor sobre el otro pecho. Ella se ríe en el nuevo juego, pero él siente que se sofoca, que le falta el aire…
Ahmed adormecido cierra de nuevo los ojos pero bajo su shaya algo se mueve. Una salamandra o quizá un escorpión se ha introducido bajo ella y la levanta temeroso, con cuidado, pero presiente que no hay peligro para su vida. El pequeño gran zib yergue su erección ante un niño que acaba de llegar de golpe a la adolescencia; Ahmed tras el inicial asombro descubre el placer de la primera masturbación. Después se duerme y sueña.
En el sueño, ahora verdadero, no sueña con su prima Farah, ni con los juegos en el estanque, ni tan siquiera con su mano rozando el suave pecho de ella, sino que se ve a si mismo rey de un imperio que abarca el mundo conocido hasta Jerusalén y más allá. Está construyendo un palacio de blandas cúpulas, como salido de un cuento, donde hay una torre de forma fálica en su interior.
Pero el palacio es un laberinto interminable que parece tener vida propia. Levanta sus paredes con mármoles de Siria y yeserías vegetales donde se narran sus conquistas, porque en realidad intuye que, como en la historia que ha escuchado, el palacio es su propia vida y sus estancias no son sino los momentos ya vividos, o aquellos que sueña que vivirá algún día. Sus jardines las mujeres a las que amará, sus albercas contienen las lágrimas derramadas por sus enemigos y sus murallas están hechas con las piedras maestras de todas las fortalezas conquistadas.
Buscando la salida se pierde hasta llegar el centro donde hay una sala descubierta de color carmesí. Presiente un significado que desconoce. Sobre su cabeza alza el vuelo un halcón peregrino. Ahmed es un niño que sueña.

[El propio al-Muqtadir me contó que recordaba ese día como el del origen de la idea de construir un palacio, y yo Abu Bakr Muhammad ibn Bayyah, su cronista, lo escuché de su boca siendo todavía un niño].

II Al-Muqtadir constructor

“¡Oh alcázar de la alegría!
¡Oh salón dorado!

Con vosotros colmaré mis anhelos.
Si en mi reino solo os tuviera,
ninguna otra cosa echaría de menos
tal vez solo las dos primeras flores de la primavera…”

Los versos del rey constructor resuenan en el inacabado Salón del Trono. Tiene una hermosa voz que acompaña él mismo con el laúd. Abu Yafar Ahmed es ahora el nuevo monarca de la dinastía Hudí, y está haciendo realidad su sueño. Se llamará Qasr al-Surur, el palacio de la Alegría, aunque él todavía no lo sabe. Es joven e inexperto pero se ha rodeado de arquitectos, artesanos y albañiles que se encargan de materializar sus pensamientos.
Él es rey de la taifa de Saraqusti que su padre, Sulaiman Banu Hud al Mustaín, le ha dejado en herencia. Sus dominios se extienden por el norte hasta las marcas de los francos y los reinos infieles de Aragón y de Navarra. Pero también sus hermanos de sangre, con los que hasta hace poco jugaba, son ahora sus enemigos; años de guerras fratricidas que han asolado estas tierras fronterizas.
El palacio que construye está fuera de la murallas de la ciudad, en la explanada donde los jinetes de su ejército galopan en el alarde. Una noche de verano, junto a la vieja Torre de la Enamorada tuvo la revelación de que ese era el lugar elegido para llevar adelante su obra.

–“Era una leyenda que todos conocíamos ya desde pequeños, en la cual un príncipe suspira de amor por su amada prisionera por su padre en la alta torre. Apartada de su amante, ella le envía mensajes mediante una paloma que es la propia enamorada, transformada en ave mediante un sortilegio, hasta que muere por el halcón del propio príncipe, en el transcurso de una cacería …]

En realidad no está construyendo un palacio sino una ciudad eterna que le sobrevivirá, donde los poetas cantarán sus gestas de amor y de guerra. Él ha imaginado una constelación de espacios conectados por patios de luz y jardines de sombra. Una fortaleza a escala de la Ciudad Celeste cuya maqueta le han traído sus embajadores de ultramar, con sus calles y sus plazas, su mezquita y sus baños. Su interior contiene estancias ocultas que siguen la traza del Templo de la Sabiduría del gran sabio Salomón donde todo se sostiene mediante la geometría y la proporción, y que ahora inspecciona mientras camina entre los andamios procurando no pisar las piezas de barro que se secan al sol.
El arquitecto ha dibujado los planos principales en torno a la antigua torre donde luego los maestros albañiles están levantando los lobulados arcos entrelazados que imitan el laberinto de la zarzamora sobre el cañaveral del río. Imagina el día en que sus artesanos adornarán la geometría vegetal de fondos rojos y azules con atauriques dorados; y como sobre los suelos de mármol un día correrá el agua entre zócalos de alabastro.
En una sala ya terminada que sirve de escritorio Ahmed, ayudado por su escribano Gundisalvo, redacta una carta a Anselmo, prior de Bec, al que felicita por su nombramiento y le insta a dar prioridad al Reino de la Verdad que es el Islam, sobre el Reino de los Cielos del que le habla en sus cartas el benedictino.
–“Se alza el Corán por encima de los Evangelios” –le dice adivinando la sonrisa del fraile al leer su escrito pero sabe que hay algo que les une en su correspondencia, una búsqueda de Dios aunque por distintos caminos. Ahmed se siente dichoso en la solidez de sus creencias y en su fe. Su fuerza reside en el fiel cumplimiento de los preceptos y de la palabra dada, que es sagrada.
Las taifas se extendían ya por todo Al-Andalus, cuando su padre Sulayman dividió el reino entre sus hijos. El reino de Huesca fue para Lubb, el de Calatayud para Mohammad, el de Tudela lo gobernó su hermano Mundir, el de Lérida su otro hermano Yusuf al-Muzaffar, y para él la bella Saraqusti. Pero hoy el pequeño gran reino de los Banu-Hud ha sido casi de nuevo reconstruido; salvo Yususf, todos sus otros hermanos han rendido sus plazas y él es el nuevo monarca. Ahmed había sentido amargura por un territorio fragmentado y débil, que ha tratado de reunificar de nuevo. Es preciso ser fuerte en el borde de dos mundos antagónicos que no saben convivir. Mientras pasea entre las obras del palacio, piensa que ya solo le queda Lérida para lograr su propósito. Desde allí consolidará su ya incipiente presencia en el mar y su barcos viajarán hasta los confines del Mediterráneo y más allá; pero Abu Yafar Ahmed recuerda también toda la sangre derramada y llora por sus hermanos muertos o desterrados. Hoy las yeserías incorporan una alegoría sobre la aflicción y por primera vez maldice a su padre por las consecuencias de las herencias territoriales.
Cinco cuerpos principales, como símbolo de los cinco hermanos, emergen entre una secuencia de espacios abiertos conformando el orden de al-Surur. Sobre el alto mirador de la Aljafería, todavía sin terminar, contempla su obra. Galerías doradas entre pavimentos que imitan la cuadrícula alineada del huerto bien cuidado.

Pero el tiempo, implacable, desata nuevos vientos de lucha. Mientras el monarca se encuentra con sus invitados ha venido un emisario con noticias de los territorios cristianos.
Ya en la pasada campaña contra los reinos del norte, sus tropas habían conseguido algunas victorias sobre los aragoneses. Él mismo, había galopado sobre Viento del desierto, y con el apoyo de Sancho, el futuro rey de Castilla, habían rechazado a los atacantes que perdieron a su rey. Pero hoy llegan otras nuevas. Se está reuniendo un gran ejército, una cruzada que marchará contra Barbastro. La ciudad está bajo la bandera de su hermano Yusuf, pero es muy querida para él: allí vivió algunos años de la niñez. Comprende que las noticias que llegan son el preámbulo de muerte y destrucción.
Suenan de nuevo tambores de guerra. Al otro lado de las montañas y del mar el Papa Alejandro II, el emperador de los impíos, ha proclamado la Guerra Santa y los nobles cruzados acuden a su llamada. La primera Cruzada de la historia ha sido convocado desde la lejana y corrupta ciudad de Roma que Ahmed, segundo rey de la dinastía Hudí, solo conoce por los libros y por las descripciones que de esa prodigiosa ciudad le han hecho algunos peregrinos.
Sus emisarios le cuentan como los señores feudales se están preparando para la batalla, más allá de los montañas donde pastan libres los corceles jacetanos. Pero él nada puede hacer. Las taifas dependen de los mercenarios a los que pagan para su defensa; y su hermano Yusuf, en Lérida, teme tanto a los cristianos como a él mismo. Sabe que nada hará para acudir en ayuda de una ciudad que pronto estará sitiada
Recuerda cuando de niño se perdían jugando, con sus hermanos y primos, entre las calles que subían hasta la mezquita, con los baños excavados en la roca junto a ella, y como cruzando Puerta Ferrada llegaban hasta la peña del Santo Sepulcro cerca de los viejos muros de la Alcazaba. Desde allí se divisaban las huertas sobre el Vero y a los lejos las montañas nevadas de la sierra de al-Guar, que soñaban un día alcanzar. En ese momento le llegan a su memoria los olores y los colores de la Plaza del Mercado, donde se arrebujaban los puestos de verduras junto a los de los dulces de almendras y los de los crespillos; las telas y la cerámica de los alfares con el olor del barro y el color verde de los esmaltes, como los ojos de Farah…

Ahora observa a sus hijos jugar por las obras del naciente palacio, y piensa que él jamás dividirá su reino. Al-Mutamir y Al Mundir están junto a su madre Farah, su prima y ahora su esposa. La mujer de la que siempre ha estado enamorado.
Aunque se conocían desde niños Ahmed se acuerda cuando se prometieron. Fue una elección personal que no vino impuesta por la familia, por lo menos para él. Sus padres se habían trasladado a vivir de forma permanente a Saraqusti, y habían dejado de verse, pero cuando Ahmed tenía 24 años se encontraron de nuevo. Fue en las bodas de un pariente que había reunido a muchos familiares de los Banu-Hud. Allí estaba también Farah a la que hacía mucho tiempo que no había vuelto a ver. Estaba bellísima. Tanto su hermano Yusuf como él, se enamoraron de ella, y la rivalidad se estableció entre ambos. Sus habilidades con el laúd y los versos, la contrarrestaba Yusuf con su fortaleza física y sus cualidades como jinete, pero aquella última noche, la osadía de Ahmed le hizo trepar una ventana y alcanzar lo inalcanzable. Ella le dijo que le esperaba (quizá a cualquiera de los dos y lo que esperaba era al amor) y él le juro que la amaría siempre, cuando se introdujo en su lecho y abrió las puertas del paraíso.

“… son los ojos de mi amada tras el velo
verdes pétalos que me roban la razón
y sus besos furtivos son ahora mis desvelos
cuando me hace temblar y despojarme del pudor.

Tras la celosía ella es mi amante, mi congoja,
junto a mi es mi amiga, la flor que quiero
la que abre el escondido cáliz de blancas hojas
por el que entro con la fuerza del arquero…”

Luego hubo otra boda: la suya, y más adelante vinieron los hijos que ahora le llenan de felicidad, mientras vigila sus pequeños pasos entre los andamios.
Se derrama una artesa de polvo de alizarina sobre el pavimento, tiñéndolo todo de color rojo; es una señal de que se va a verter sangre muy pronto. Ya no hay tiempo para preparar un ejército suficiente, disponer las armas, prevenir a los aliados o concertar alianzas… todo lo que es necesario para la guerra. Nada se podrá hacer hasta la próxima campaña. ¿Que será de Barbastro?

III Al-Muqtadir guerrero

El halcón peregrino corta el aire de la mañana como un cuchillo. Ha sobrevolado majestuoso el curso de los ríos Guatizalema y Al Canadre y ahora planea siguiendo el Vero hasta divisar la ciudad.
Sobre sus murallas se pasea inquieto Ibn Al Tawil encargado de su defensa ante un enemigo que ya ha instalado sus tiendas sobre la fértil vega del río. Aunque su corazón es valiente siente el temor de la ciudad sitiada, abandonada a su suerte por los Banu Hud.
Al otro lado del Vero, junto al vado de la Santa Fe, se ven los campamentos de los ejércitos cristianos. Estandartes de todos los colores y emblemas ondean con el viento del norte. Al Tawil trata de contar las numerosas tropas desplegadas ante sus ojos: las del barón Roberto Crespín, junto a los normandos con los emblemas del león y el arco iris, y entre ambos las huestes de Guillermo, VIII duque de Aquitania, que tan bravamente combatieron en Saintes. Al oeste se distinguen las mesnadas del Obispo de Vich y los infantes del mismo rey Sancho Ramírez, junto a los de Ermengol de Urgel y otros caballeros. Todos ellos están protegidos por la gran cruz brillante que ha traído la caballería de Roma, a cuyo mando está el mismo Guillermo de Montreuil. El halcón peregrino, que son los ojos de al-Muqtadir, divisa el emblema al que las huestes enemigas adoran.
En total parecen más de 5.000 caballeros, bien armados y pertrechados, con sus escuadras de lanceros, sus arqueros, y sus zapadores dispuestos a abrir las brechas necesarias mediante las minas y el fuego. El ave divisa sobre las murallas a Ibn Al Tawil, el defensor, que parece querer adivinar el lugar por donde atacará el adversario. La ciudad está preparada para resistir una largo asedio, aunque ninguna ayuda, de momento, pueda esperar.

Desde al aire la ciudad tiene la forma de una doble almendra fortificada: una zona más alta y alargada, que es la Ciudadela, y otra redondeada que forma la parte baja de su caserío. En la parte más elevada y la mejor amurallada es donde se yergue la Alcazaba junto al barrio del Entremuro, pero es en la otra, junto con el arrabal de las fuentes, donde habitan la mayoría de sus habitantes, con dos esbeltos puentes que cruzan el Vero. El río lame las murallas en su orientación norte y oeste, y al sur un foso natural recoge el agua de las avenidas, a veces torrenciales, que ahora en verano es un seco cañaveral. Al otro lado del río y fuera de la protección de los muros, se desparrama el barrio de los hortelanos y alfareros, entre las huertas de la vega.
Casi todos los habitantes del arrabal situado al otro lado del puente, de condición humilde, se han refugiado entre los muros pues saben que sus casas tienen difícil defensa ante un enemigo numeroso. Los baluartes en torno a las puertas de los puentes están en alerta: es el primer lugar que tratarán de derribar. Al Tawil va a la mezquita, a los pies de la ciudadela frente a la alcazaba. Es el rezo antes de la batalla. El halcón se posa sobre la esbelta torre hexagonal. Comienza el verano de 456, el año 1064 del calendario cristiano.

Al cabo de dos o tres días se producen ya algunas escaramuzas. Los primeros cruzados, ansiosos por iniciar el ataque, han barrido la resistencia de los pocos que se habían negado a abandonar sus viviendas al otro lado del río, pues de nada han servido las flechas que han caído sobre los sitiadores, donde las mismas casas les han protegido. En un momento dado la caballería de Al Tawil ha salido valientemente por el puente del Portillo, barriendo a un enemigo que se reagrupa; pero de poco vale esta maniobra pues la posición no se puede mantener en campo abierto.
Sin embargo, desde el aire, la ciudad parece inexpugnable. Erguida sobre altos muros de piedra almenados de ladrillo, sus defensas parecen capaces de aguantar cualquier ataque. Pero con la caída del barrio extramuros se han perdido también las fuentes de la margen izquierda que abastecían la ciudad; antiguos caños de época romana, con sus grandes cabezas de bárbaros esculpidas en piedra que echan agua por sus bocas.
La ciudad muestra que tiene un punto débil. Perdido el dominio sobre el río solo hay una vía que abastece de agua a Barbastro, y ese será el lugar que atacarán los asaltantes. Bajo sus muros discurre un canal que conduce el agua del Vero hasta un pozo en la parte baja de su interior. Guillermo de Montreuil se ha enterado de que ahora el único suministro es este antiguo conducto cuya boca tratan de localizar sus zapadores bajo las aguas del río. Al tercer día y sin que sea advertido por los defensores sobre el adarve de las murallas, la bóveda del canal se derrumba por la acción de las minas que han actuado de noche; las piedras taponan el paso del agua, y la ciudad aún con el río a la vista, se queda desabastecida de agua.
A Saraqusti van llegando las dolorosas noticias del asedio casi a diario. El calor del verano aprieta las gargantas de los sitiados, que ven como los aljibes se van secando. Una salida de los musulmanes hasta la fuentes próximas ha sido rechazada por los arqueros cristianos apostados tras el talud de Sqarjat al Girban.
La sed. Tener el agua tan cerca y no poder beber. Describe el cronista como se viven escenas de agonía y desde las almenas se descuelgan cubos llenos de oro y alhajas a cambio de ser llenados de agua por los sitiadores, pero también este trueque se acaba. Situaciones atroces ante la falta de agua de una población que todavía consigue aguantar cuarenta días de asedio hasta desfallecer. Después se rinden.
Primero lo ha hecho la Ciudad Baja y el Barrio del Mercado por cuyas puertas han entrado los caballeros cristianos, y después el Barrio del Entremuro; sin embargo, en la alcazaba se han refugiado setecientos hombres armados que resistirán tres días más hasta que éste último reducto cae también.
Según el testimonio posterior de algunos de los supervivientes, los cristianos tomaron la ciudad a sangre y fuego.

“A pesar de haber pactado la rendición, los cristianos mataron a la mayor parte de los soldados conforme iban saliendo de las murallas ante el temor a una revuelta por el gran número que de ellos había en su interior. Muchos de los que se rindieron en último lugar, tras alargar el asedio en el reducto amurallado de la Alcazaba, fueron despeñados desde la roca del Santo Sepulcro, cuyo escarpe se eleva sobre el río. Al menos ellos no sufrieron las torturas y humillaciones que no tardaron en llegar. Alá los tenga en su gloria.”

Cuenta el cordobés Ibn Hayyan como a los habitantes se les permitió abandonar sus viviendas para que pudieran saciar su sed, pero en el estrechamiento de Puerta Ferrada algunos de ellos murieron asfixiados. Después se les obligó de nuevo a volver a sus casas las cuales se repartieron entre los caballeros cristianos quienes tomaron posesión de las mismas, con todo lo que contenían incluyendo sus habitantes, muchos de los cuales fueron esclavizados. En este repartimiento la mayor parte de las mujeres fueron violadas; esposas e hijas forzadas delante de los maridos y padres, para causar el mayor dolor a los prisioneros que durante tres días se vieron obligados a contemplar estas escenas. Relata el cronista que cuando los caballeros acabaron de satisfacer sus deseos, le tocó el turno a los infantes y criados.
A Ibn al-Tawil y al cadí de la ciudad, Ibn Isa, con un pequeño séquito de hombres, les dejaron salir y marchar hacia Lérida que distaba solamente catorce leguas, pero con tan mala fortuna que en el camino se encontraron con una compañía de normandos que se dirigían a Barbastro, los cuales, desconocedores de cuanto había sucedido allí, les dieron muerte.
Mientras se toma una copa de agua helada, el emir de Saraqusti va teniendo conocimiento de todas las atrocidades cometidas; de la terrible sed que pasaron los sitiados, del dolor y el sufrimiento de tantos hermanos. Entre los sucesos que cuentan los escasos supervivientes, nada entristece mas al monarca que el hecho que los asaltantes violasen la palabra dada de que respetarían la vida de los soldados si se rendían.
– ¡la palabra de un cristiano no vale más que la de un perro!… ¡menos que nada!.
Al-Muqtadir llora también por las numerosas jóvenes que se ha llevado de la ciudad Guillermo de Montreuil para ser vendidas como esclavas en Roma. Sin embargo su ánimo está sereno en la amargura: él reconquistará la ciudad, y cuando llegue ese día sabrá respetar la palabra dada, respetar la sangre de los inocentes, porque él es un verdadero rey. Sus lágrimas son un juramento contra la crueldad y la barbarie, aquello que le diferencia a él de los caballeros cristianos. A un Dios de otro

Abre una puerta y pasa un año.
En la penumbra de la habitación ve a Farah durmiendo sobre el diván. Está desnuda. Su piel tiene el color y el olor de la canela, y cuando se acuesta junto a ella hacen el amor de forma apasionada.

“Florece la Aljafería .

Entre los limoneros en flor
le cuento como voy construyendo un palacio
mientras en cada jardín hacemos el amor
y en cada diván pulso despacio
la cuerda del laúd más deseado.”

Pero no es una tarde para pasear bajo los limoneros ya florecidos; hoy es un día distinto con sabor a despedida. Ahmed, quien pronto será al-Muqtadir, tiene que reconquistar una ciudad, partir hacia la incierta batalla que la aguarda junto a los muros de Barbastro.
Han pasado varios meses en los cuales la ciudad ha permanecido ocupada por los cristianos que incluso, en enero, se han atrevido a acercarse hasta las murallas de Saraqusti. Pero hoy las huestes musulmanas rodean de nuevo la ciudad; esperan la llegada de al-Muqtadir para iniciar el asalto.
Los emisarios del propio al-Muqtadir han convocado la guerra santa en territorio musulmán, hasta los confines de los reinos peninsulares. A su llamada han acudido las tropas de su hermano Yusuf de Lérida, y también cuatro mil arqueros de Granada y quinientos hombres a caballo que ha enviado el emir de Sevilla Al Mutadid, el único que ahora puede competir con el reino Hudí.
Le han llegado noticias de que Armengol, el noble que defiende la plaza, según dispuso el propio monarca Sancho Ramírez, ha vuelto a reforzar las defensas de la ciudad. Cuando las huestes cristianas abandonaron Barbastro, después de llevarse tan valioso botín de bienes y esclavos, habían dejado una guarnición de tres mil soldados, sin embargo ahora los hombres armados que la defienden duplican como mínimo este número.

Ahmed al-Muqtadir sabe que son hombres insuficientes ante sus soldados valerosos, ansiosos por reconquistarla. Al contrario de lo que había pasado en la campaña anterior, ahora eran los cristianos los que no esperaban recibir ninguna otra ayuda ante su asedio, y visto lo sucedido, se habían asegurado el abastecimiento del agua.
Pero los asaltantes conocen bien sus murallas, las zonas de más difícil defensa y sus puntos más vulnerables, pues, no en vano, ellos han sido sus principales constructores. Algunas zonas del lienzo Sur son los puntos más débiles, y será por allí por donde se planee el ataque: saben que una vez tomada la parte baja , la rendición de la Alcazaba y el Entremuro, será cuestión de tiempo.

Nos relata Ibn ldari, en Al-Bayán al-Mughrib, como:

“Mandó Ibn Hud al-Muqtadir socavar el muro y mandó a los arqueros que rodeasen el muro, porque no impidiesen los infieles la acción de los zapadores. Los cristianos no sacaban sus manos por encima del muro, y abrieron una gran brecha; apuntalaron el muro, y prendieron fuego a los puntales, y se desplomó aquella brecha sobre ellos; y los musulmanes les asaltaron la ciudad…”

Tal como lo planeó Ahmed en la tienda con sus generales, sucedería algunos días más tarde. En la oscuridad de la noche, junto al seco lecho de la muralla sur, han conseguido hacer algunas brechas allí donde las piedras están desgastadas por la humedad de sus cimientos. El fuego posterior de la mina hace que se quiebren sus muros y aunque la abertura es pequeña y de difícil acceso, el miedo cunde entre los sitiados al ver desmoronarse sus piedras. Cuando los cristianos vieron como caían parte de sus murallas salió su caballería en un ataque sorpresa contra el campamento musulmán, pero fueron prontamente rechazados. El mismo Armengol feneció en la lucha; desde ese momento la ciudad estaba ya perdida.

“Pulso el arco sobre la crin del caballo
que galopa veloz hacia el fragor de la batalla
cruza las líneas enemigas sin desmayo
como el relámpago cabalgando en la tormenta.
Al atardecer rezan los caballos junto a la playa
mientras las espadas sobre sus cabezas se lamentan… ”

Por el Este, se han roto también las defensas de los baluartes de la puerta del Puente de Monzón y la lucha se extiende ya en cada calle y en cada casa de la ciudad. Cuando Ahmed penetra en la ciudad algunos templos cristianos, como el de Santa Eulalia están ardiendo. Hay un sentimiento de cólera entre los musulmanes, un deseo de venganza que se expande como una mancha de aceite y que al-Muqtadir no consigue frenar; la matanza de sus hombres es similar a la de los cristianos del año anterior. En realidad: la historia se repite de nuevo.
A pesar de la pactada rendición murieron unos mil caballeros y cinco mil infantes, pues tampoco se respetaron las condiciones dadas. Las viviendas principales de la ciudad fueron ocupadas por sus lugartenientes y el monarca vitorioso se alojó en la Alcazaba. Desde allí domina parte de la ciudad y puede contemplar los incendios, los gritos de los abusos y los saqueos a la que la someten sus propios hombres. Pero nada hace por evitarlo: el odio acumulado es imposible de reprimir.
Esa noche hay un acto de celebración por la victoria sobre los infieles. Han subido hasta la Alcazaba a algunos prisioneros principales, en sus rostros se refleja el miedo. Mientras los hombres permanecen atados, los musulmanes se divierten con las mujeres que lloran ante las vejaciones a las que son sometidas. Solo al-Muqtadir se mantiene ecuánime, pensando en el palacio al que pronto regresará, tratando de alejarse de tanto sufrimiento que su corazón aborrece. Sin embargo no tiene el control sobre los hombres del Emir de Sevilla ni sobre su propio hermano Yusuf, al que en un momento dado recrimina su comportamiento.
Estalla el odio acumulado y ambos se enfrentan. Detrás de este duelo hay muchos años de rencor que hoy se manifiesta en la victoria y el valor de al-Muqtadir, frente a la cobardía de Yusuf que no auxilió a esta ciudad de su reino en la pasada campaña. Resurgen disputas y luchas anteriores que parecían ya olvidadas: el asalto a la caravana de Tudela, que Ahmed saqueó en su día con ayuda de Ramiro; resurge una enemistad que quizá ya existía desde siempre.
Yusuf en un arrebato de cólera le cuenta como él había entrado en la habitación de Farah, la noche anterior a la que lo había hecho Ahmed, y como él fue quien previamente había abierto la puerta cerrada y regado el frondoso huerto. Y aunque en realidad nada de eso era cierto, a tenor de los acontecimientos posteriores, la hiel penetro en el corazón de al-Muqtadir y ya no volvió a salir.
Brillan las espadas en el Salón de Armas de La Alcazaba, pero la lucha es contenida por el resto de los invitados y capitanes, ante la perpleja mirada de los prisioneros. Yusuf abandona la plaza.

En la habitación de al lado hay un grupo de niños cristianos atemorizados. Esa noche Ahmed se fija en una niña de nueve o diez años que permanece sentada en un rincón. Se llama Berenguela y es rubia, de piel muy clara; es la hija de un noble muerto en combate. Cuando entra al-Muqtadir ella es la única que hace una reverencia y parece feliz. Ve el color de la túnica, los sirvientes que transportan bebidas y frutas, escucha la música, y sonríe. En realidad ya no volverá a ver a sus padres, y alguna noche llorará al recordarlos pero ahora se siente dichosa, por fin han acabado los gritos y el fuego sobre las calles. El monarca se siente inmediatamente atraído por ella.
Berenguela no adivina en ese momento que algunos de sus familiares, aquellos que han sobrevivido, serán vendidos como esclavos y que ella misma ya nunca volverá a su palacio de Urgel.

IV Al-Muqtadir el sabio

El rey ha regresado a su palacio dejando una poderosa guarnición de hombres que quizá sucumbirán a la nueva conquista de los cristianos en el vaivén interminable de la historia que Ahmed presiente. Son días de celebración. Tras la victoria ha tomado el sobrenombre de al-Muqtadir Billah, el poderoso gracias a Alá, que manda inscribir en las yeserías de Al-munya al-yafariyya.
Ahora por vez primera vez en mucho tiempo puede dedicarse a proseguir las obras, siempre inacabadas. Al-Muqtadir se ocupa de distribuir las diversas estancias; de imaginar la vegetación de los futuros jardines; de trazar los patios delimitados por arquerías vegetales que nacen de los húmedos mármoles; de dar color a la luz que se filtra por las celosías y queda atrapada en los atauriques Una labor que parece no tener fin, pero que ama más que a ninguna otra.
Estabilizada la frontera del Norte, tiene ahora la mirada puesta en extender sus territorios por el Levante. Hace ya algún tiempo que ha conquistado el delta del gran río, donde construye sus primeros barcos. Sus planes son ahora Denia y Valencia para llegar a ser una de las taifas más poderosas de al-Andalus. Pero el sabe que el poder no solo emana de la espada sino de la pluma y por ese motivo se ha rodeado de una corte de poetas y filósofos, con los que conversar y leer. Muchos viajeros llegan hasta estos lugares porque han oído hablar de la magnificencia de este pequeño universo de la cultura que da refugio tanto a los desterrados por las armas, como a los que buscan el placer de la lectura o de la música, en algunos de los salones ya acondicionados para ello.
Al-Muqtadir tiene motivos para ser feliz, pero no lo es. En su interior sufre en silencio. Nada le ha dicho a Farah del veneno escupido por Yusuf en su último encuentro. Aunque la ama, o tal vez por eso, su dolor le ha impedido abrir su corazón; si bien lo más probable es que haya sido su orgullo el que le haya hecho alejarse de su amada. Si en ese momento hubiese sido capaz de hablar con ella, Farah habría sabido convencerle fácilmente de su inocencia, hacerle comprender la mentira de su hermano enfermo por el rencor. Pero él la ha apartado de si.
Poco después Farah muere o abandona el palacio, pues no parecen ponerse de acuerdo los cronistas en este punto. Los médicos no han llegado a saber cual ha sido la causa de su enfermedad, pero algún poeta, en ocultos versos, ha aventurado que la reina ha muerto del amor no correspondido, de la tristeza de verse injustamente tratada.
Quizá es en ese momento cuando siente el vacío inmenso del ave que vuela en la soledad de la mañana, tal como describe en uno de sus poemas. Quizá cuando se da cuenta de cuanto la amaba y de todo lo que ha perdido. Quizá cuando su corazón se endurece y comprende que, aunque está rodeado de súbditos, en realidad está solo.
Para él ya nada será igual sobre todo cuando, al cabo de poco tiempo, al- Muqtadir se entera de la verdad sobre la inocencia de Farah por boca de alguien que ha escuchado el engaño del propio Yusuf. Su dolor será doble pero, como casi siempre, ya no habrá remedio para las acciones que mueve el odio del hombre.

El día que Berenguela cumple 14 años se celebra una fiesta. Baila ante al-Muqtadir y sus invitados: parece ya una mujer y está muy bella. Es su primer baile pero sabe hacer las contorsiones y giros de brazos y caderas que ha ido aprendiendo con las otras niñas del palacio donde ahora vive. A veces se acuerda de su familia a quienes ya nunca volverá a ver; de su madre cuando le contaba historias mientras cosía, frente a la chimenea con olor a sebo y a leña del bosque, y también se acuerda de Farah que la acogió como su segunda madre y que ahora de nuevo la ha abandonado.
Bajo el velo se adivina el pelo del color del oro y mueve con gracia su cuerpo esbelto al ritmo de los rabeles. Sus nuevos hermanos la observan, quizá los dos están secretamente enamorados de ella. Lleva un pañuelo en la mano que gira mientras se ríe y baila con sus pies descalzos como en un juego. Es todavía una niña tímida que ha aprendido sus primeros movimientos de baile.
Al-Muqtadir la observa en silencio sorprendido de su belleza que descubre por vez primera. Mientras bebe la copa de vino de arrope que tiene en la mano, al-Muqtadir siente que la desea; le recuerda a Farah niña en el estanque de agua. Esa noche en sus aposentos privados la poseerá una y otra vez sin saber ella lo que significa todavía el peso de un hombre sobre su frágil cuerpo, luego llorará de dolor.
Esa noche se repetirá a menudo y pasará el tiempo. Cuando está con ella cree estar con su amor verdadero, pero lo matará de nuevo, sin darse cuenta. Berenguela morirá a los 15 años, cuando está a punto de dar a luz.
En la última fase de su vida al-Muqtadir camina ahora por el jardín de los naranjos amargos, por donde salen lentos los años y entran rápidos y desordenados los acontecimientos y las conquistas. Ha extendido su reino hasta el mar, pero tampoco allí encuentra la paz que busca. Abu Bakr Ibn Abd al-Aziz, gobernador del reino de Valencia dependiente del de Toledo, le rinde ahora pleitesía. Poco después consigue lo que hace años desea su corazón: derrotar a su hermano Yusuf y anexionarse Lérida. Prisionero en un castillo implora el perdón de Ahmed, pero una noche un hombre se descuelga por los muros hasta los aposentos de Yusuf y este muere degollado. De este año son los versos que escribió al-Muqtadir: Visiones desde el salón carmesí , una de sus poesías más bellas sobre el palacio, en la que expresa como hay que edificar despacio si se quiere vivir el tiempo necesario para ver acabada la obra.
Al-Muqtadir acoge en su Corte a las huestes de un Cid desterrado, que hace años combatió junto a él, en Graus, contra el Rey de Aragón a quien dieron muerte; ambos rememoran sus hazañas de juventud, pero el tiempo de ambos se acaba. De esta época son sus libros de poemas: La soledad del príncipe.
Siente un vacío próximo. Reparte el reino entre sus hijos y se retira. A al-Mutamín, su preferido, el que más le recuerda a Farah, le deja la parte Occidental y a Al-Mundir la Oriental. Al- Muqtadir vuelve de nuevo la vista hacia su obra palacial y por un instante comprende que, como su vida, ya está concluida. Luego muere.

V Las tres muertes de al-Muqtadir

Los diversos cronistas no se ponen de acuerdo sobre los aspectos y causa de su muerte, ni siquiera en la fecha en que esta sucede. Para Ibn Bayyah, el Avempace de los cristianos, que según nos relata llegó a conocer de joven al monarca hudí, este se retiró a ciertos aposentos privados de su palacio en torno a la antigua torre de la Enamorada y allí, en sus últimos años, se rodeó de músicos, filósofos y escritores.
Al-Muqtadir, el más poderoso entre los reyes de las taifas musulmanas, quiso, al final de sus días, escribir sus memorias. Al tratar de hacerlo el monarca va recordando algunas etapas de su vida. Un primer pensamiento lo traslada al mundo de la infancia, y se ve con sus hermanos jugando en la Arrayuela. Se acuerda del día en que su hermano mayor Yusuf lo salvó de morir ahogado cuando Ahmed se había quedado atrapado en unas ramas de la acequia junto al pozo; pero con el paso del tiempo, sin saber muy bien la razón, el odio creció entre ambos hasta el fín de sus días; También le vienen a la memoria sus otros hermanos, y como tras las luchas de los juegos de la niñez, vinieron luego las luchas posteriores verdaderas para arrebatarles sus ciudades, para lograr el sueño de un reino fuerte. Al-Muqtadir piensa en todo eso y se entristece.
Piensa en su padre. En todo cuanto le enseñó y le dejó. Pero recuerda cuanto abominó la división del imperio que Suleiman Al-Mustaín había hecho entre él y sus hermanos, por las guerras que esta decisión provocó. Sin embargo, él acaba de hacer lo mismo con sus hijos, y presiente que no tardarán en combatir entre ellos.
Tiene luego un tercer pensamiento. Viene a su memoria como había jurado tras la toma de Barbastro por los cristianos que esas escenas de matanzas y sufrimiento no volverían a repetirse aunque fuere sobre la sangre de sus peores enemigos. Él sería justo en la victoria. Pero llegado el momento de la conquista, al igual que lo sucedido en otras plazas ¿no cometió, si cabe, mayores atrocidades que sus adversarios?. Siempre se había considerado a si mismo como un rey magnánimo, el protector de la cultura y del arte, pero comprende en ese instante que no siempre ha sabido poner en práctica aquello en lo que ha creído. En el sonido de la fuente, siente ahora el murmullo que son las voces de los muertos que le llaman.
Hay un último pensamiento más fuerte que los demás, con el que incoscientemente pretende liberarse de ellos. Es el poderoso sentimiento del amor. Aparece el rostro de Farah, a la que había jurado amor eterno, y sin embargo a la que había desterrado de forma injusta, a la que no había sabido amar. Al-Muqtadir llora.
Se da cuenta de todas sus equivocaciones, de todo aquello que prometio y no cumplió. Aparece un lado oscuro de su corazón que tan apenas conocía, aquel donde vive la amargura de los errores cometidos.
Al-Muqtadir ha renunciado a escribir sus memorias. Él, en realidad, es un hombre de acción. Recorre el palacio hasta llegar a una estancia que nunca antes ha visitado pero que le resulta conocida; tiene las paredes estucadas de color rojo y dorado; en el centro hay un patio abierto entre celosías de arcos entrelazados, que recortan el azul de la mañana. El halcón peregrino alza el vuelo y Ahmed Abu Yafar al-Muqtadir desaparece.

Ibn Idari describe en cambio, algunos años más tarde, como la muerte de Al-Muqtadir en realidad sobrevino de manera cruenta, y como esta fue ocultada por otros historiadores para no poner en entredicho la majestad de su figura.
En el gran salón de mármol rojo y alabastro, el rey está con sus invitados cuando un grupo de hombres ocultos tras turbantes y negras máscaras penetra en el recinto. Sin apenas hacer ruido comienzan a cortar las gargantas de los allí reunidos. La guardia defiende al monarca pero un enjambre de espadas voladoras cruzan la sala en todas direcciones, y el suelo pronto es un estanque de sangre donde nadan los miembros despedazados todavía en movimiento. Afuera el tumulto de la revuelta enmascara los gritos de la cruenta lucha.
Nunca se llegó a conocer la verdadera identidad de los asaltantes. Se dijo que fue un grupo de sicarios pagados por los partidarios de Yussuf para vengarse del hermano muerto; o que fue una secta de asesinos enviada por alguno de sus propios hijos con el ansia de poder corriendo ya por sus venas; hay quien dice que los asaltantes eran cristianos disfrazados que pretendían vengar la violación y muerte de Berenguela; en cambio otros aseguran que fueron un grupo de jenízaros contratados por la familia de Farah, en un deseo de venganza. El mismo cronista (que en realidad no fue testigo directo de los trágicos acontecimientos del palacio) da a entender que la muerte de al-Muqtadir el Billah, el rey filósofo y constructor, fue debida a las rebeliones y luchas por el poder que se sucedieron en aquellos años tras la llegada de los almorávides, y que afectaron a la mayor parte de las taifas.
Está quizá contando a sus amigos como soñó la primera vez con el palacio siendo un niño que dormía bajo la higuera del patio una tarde de verano, cuando siente que la muerte ha entrado en la sala. No hace el menor movimiento para escapar. Un tajo seco sobre su cuello es la última música que escuchará. Antes de morir al-Muqtadir percibe el humo del exterior. Siente que su palacio y su vida se desvanecen a la vez.

Pero según recoge Ibn Abi Zar en su poema Las vidas de al-Muqtadir, dos siglos más tarde, ninguna de las versiones anteriores es cierta. Nos dice el historiador que en realidad al-Muqtadir vivió diecisiete años más y que murió en el año de1099 de la era cristiana, el mismo año que lo hizo el Cid en Valencia.
Explica que la obra del palacio había durado tanto tiempo porque al-Muqtadir había ido construyendo en su interior una red de estancias secretas a las que se retiró cuando traspasó el poder a sus hijos y se apartó de la vida pública. La mayoría de ellas estaban bajo tierra y conformaban un suerte de laberinto que pocos llegaron a conocer, y que reflejaba bajo la superficie todos los edificios, palacios y templos de la tierra que por su perfección allí eran copiados; una ciudad celeste situada en el submundo de Qasr al-Surur. Esto ha sido interpretado por Ibn Jaldún en un sentido que da a entender que con el paso del tiempo el palacio se había transformado para el monarca en un laberinto del que no pudo, o no quiso, salir, encerrado con sus recuerdos.
Incluso Ibn Abi Zar se aventura a decir que durante todos estos años en que vivió retirado, lo hizo con Farah, su mujer, la cual no había muerto como algunos han llegado a decir, sino que le acompañó hasta el final de sus días, y con ella fue dichoso. Allí vivió entre poetas, dedicado a la filosofía, y fue donde escribió El tratado sobre las partes que tiene que tener la casa del hombre. y también la Moaxaja La flor de la Aljafería.

“Moaxaja de Platería
fuentes a la sombra del jardín más deseado.
¿dónde se fue el amor?, ¿dónde la vida?
¿dónde el vuelo del halcón enamorado?…”

Con el paso de tiempo dicen que fue perdiendo la razón (algunos lo atribuyen a la mordedura de un perro), quizá esperando que suceda algo que no llega. En ocasiones, en tal estado, se vestía de mendigo y se perdía por las calles de la ciudad tratando de aconsejar a los viajeros sobre el sentido de la vida. Quizá en sus últimos días comprendió el simbolismo del palacio y quiso abandonarlo, al recordar las palabras que escucho de niño, una tarde de verano junto a la alberca, a un amigo de su padre.

“…Tras haber edificado los mil palacios de oro que forman la Jerusalén celeste, el rey descubrió, arruinado, que el verdadero palacio del hombre es su propio cuerpo…”

Arde la ciudad por las luchas entre las facciones almorávides que ya se han adueñado de todo el al-Andalus. Se derrumba parte de la Torre de la Enamorada atrapando al monarca entre los escombros. En el momento de morir caen también las murallas de Jerusalén, conquistada por los cruzados. Es el año de 1099.

[Posteriormente otros historiadores se han aventurado a decir que ninguna de estas muertes fue cierta; incluso se ha dicho en un reciente congreso sobre Giralt de Aymerí que en la épica francesa del siglo XI lo fueron las tres, dado el carácter sobrenatural que se atribuye a al-Muqtadir. Una tesis de la Universidad de Zaragoza sostiene que la figura de al-Muqtadir, tal como la conocemos, es una leyenda y lo único que existió en realidad es el palacio de La Alegría]