Jesús Gascón Bernal

Alexia no viene.

Mañana debía ingresar de nuevo en al hospital y empezar la primera sesión de quimio, pero algo en él había cambiado. Ya no solo era temor, ahora le invadía una cierta sensación de bienestar, de haber hecho los deberes como cuando era un niño. Había conseguido escribir algunos sentimientos para transmitir a sus hijos, tal vez incluso a ella.

El reflejo serpenteante de la luz del atardecer en las copas de cristal sobrepuestas, que se va introduciendo en cada una de ellas, en un juego de transparencias múltiples. Copas limpias, apiladas sobre el mantel de una mesa en un hotel de Hawái, observadas desde el sillón de una sala vacía, hace ya tantos años.

No dejaba de parecerle extraño que el primer pensamiento sobre algo que le gustara, sobre la belleza en realidad, fuese una reflexión ajena. Pero algo le había cautivado al leer el texto de Kawabata, quizá pensar cómo se puede llegar a descubrir la belleza al final de una vida, incluso después de haber escrito un libro sobre ese tema. Esta visión la había sentido como propia en la contemplación posterior de todos los grupos de copas, bailando bajo la luz, que le habían hipnotizado a lo largo de su vida. Sensaciones trasladadas a otros escenarios, como la luz que se filtra por la vidriera de una catedral y se posa en el polvo luminoso que dibuja el espacio vacío.

Cuando había empezado a escribir comprobó cómo un pensamiento le llevaba a otro. También le gustaban las texturas sedosas de ciertas habitaciones en penumbra. La piedra lamida por el agua del oscuro patio. La negra laca de la taza de té humeante sobre la estera y el banco de madera. Imaginar defecar en la húmeda profundidad del bosque de hayas. Pero ¿acaso todo esto no nacía también de una visión ajena?, ¿la de las sombras de Tanizaki?

Ambos pensamientos le habían parecido contradictorios: el eterno juego de la luz y de la sombra; y ahí nació el primer pensamiento propio: le gustaban las contradicciones; la duda, el poder llegar a ver el reverso de la realidad. Ahora la escritura fluía sobre la pantalla del ordenador.

La distinta luz reverberante sobre y bajo el agua. Le gustaba también bucear en el mar, el silencio absoluto que envolvía el oscuro fondo verdeazulado… 

Pero el silencio, en el que ahora estaba, se acabó de repente.

– ¡Papi! ¿Juegas con nosotros?

Interrumpió la escritura y se dispuso a abrazar a sus hijos, que acababan de llegar de las actividades extra-escolares.

–¡Ahora no puedo!, ¡Jugad vosotros un rato! Y mamá ¿no ha venido con vosotros?

–No. ¿Qué estás haciendo? ¿sigues todavía malo? ¿estás escribiendo un cuento de los que nos cuentas por la noche? –preguntó David el hijo mayor

– No estoy haciendo los deberes, a los mayores también nos toca hacer deberes. –lo miraron con cierta cara de asombro– estoy apuntando todas las cosas que me gustan, todo lo que me ha hecho feliz en la vida.

– ¿Y va a ser muy largo?

–Bueno, me va a llevar un rato; tengo que juntar mil palabras.

–¡Hala!, ¿hay tantas palabras?, ¿sale mamá en el cuento?

–Naturalmente

–¿Y nosotros?

–Claro, por supuesto.

–¿Y sale también Bob Esponja?

Pensó que aquello iba a ser interminable. El hijo pequeño, tal vez viendo la impaciencia del padre, se acercó y se abrazó a sus rodillas…

Y en aquel momento recordó otra de las cosas que le habían gustado desde que la sintió por primera vez: el olor a vida. El tibio calor de la cabeza de un bebé sobre su cuello, piel sobre piel en un contacto mágico. Le invadió un estremecimiento de ternura.

Ahora ya no podía parar de escribir. Se acordó del primer beso de amor, largo e ingenuo, una lengua titubeante explorando lo desconocido. Le gustaba la sensación de sentirse abrazado tras haber hecho el amor, la resonancia de los gemidos como si fueran un mantra en el silencio de la noche.

Le gustaba la continuidad de los acontecimientos, de las cosas; el poder llegar a aburrirse; las tardes lánguidas del verano de la infancia donde nada había que hacer, donde el tiempo se esfumaba en su lentitud y volvía a ser solo una palabra.

Le gustaba pensar que el tiempo se podía detener mientras caían las hojas del sicomoro a través de un pálido cristal amarillo… “Después de todos los que han muerto llueve, como si no pasara nada”.

Y así siguió escribiendo mientras sus hijos jugaban en el patio. Estaba seguro que ella, mañana, le acompañaría hasta el hospital. Se cerraba el ciclo de todas aquellas cosas que había amado, sensaciones tal vez olvidadas, pero que allí estaban de nuevo; solo el escribirlas le había producido un inmenso placer; había tallado una joya invisible engarzada de pensamientos y emociones, que sus hijos podrían descubrir un día. Solamente había tenido que abrir la puerta de la memoria y de la verdad al corazón impaciente. Era la propia vida, tan breve y salvaje, tan hermosa.

He dejado de escribir en el mismo momento en que lo hacía el protagonista de mi relato. Tal vez preocupado porque, por un momento, he tenido la sensación de que ese resumen vital de mi personaje podría ser, en algunos aspectos, el mío propio.

Pero ¿quién es más impostor de los dos? ¿Él, que no acepta haber perdido el amor de la mujer que ama? o ¿yo que sigo escribiendo, aunque acabo de decir lo contrario?  Pero ¿acaso la escritura no es el arte de mentir sin hacer daño a nadie?

Alexia sigue sin venir. Me estoy empezando a preocupar.