BUÑUELOS PARA LA MALA SUERTE

Francisco Fabián

No podía decirse que Maricarmen H. hubiera tenido mala suerte en la vida, pero tampoco la había tenido buena. Ahora, por fin, casi cincuenta años después estaba a punto de cambiarle; la tenía delante en forma de un billete de lotería primitiva, cuyos números de la segunda columna coincidían exactamente con los que aparecían en el teletexto de la tele, su fuente de información para estas cosas. Le latía el corazón sin control como probablemente no le había latido desde el día que se puso delante de su padre para decirle que tenía que casarse, porque estaba embarazada con solo 19 años. Desde entonces y a pesar de mucha vida ya, no recordaba que su corazón hubiera latido tan fuerte.

Suerte, lo que se dice suerte, no había tenido nunca Maricarmen. Ella lo sabía, pero se consolaba pensando que otros estaban peor y que eso sí era vivir mal, sobre todo cuando veía por la televisión guerras, terremotos, las inundaciones o los que se hundían en el mar huyendo de sufrimientos. Tener suerte para ella hubiera sido, por ejemplo, empezar la vida llamándose Estefanía, Marina o Yolanda; que la nombraran por esos nombres y verlo ella misma cada vez que sacara el carnet de identidad. También lo hubiera sido haber estudiado para maestra de niños pequeños. Y enseñarles esas cosas que se aprenden para siempre en la infancia, como es a leer, a contar o a dividir… Hubiera sido también suerte nacer alta y con buena planta y llevar esos sombreros que llevan las gentes famosas inglesas en las ceremonias de alto copete, según lo que veía en el Hola cuando estaba debajo del secador en la peluquería. Y, sobre todo, poder ir más veces de las que había ido a Benidorm. Ni Paris, ni Roma, ni New York, ni nada: Benidorm, los cuatro o cinco meses que dura allí el verano, en un buen apartamento que diera a la playa, para bajar cuando quisiera o para hacer la comida con un buen ventanal viendo todo aquel gentío que tanto la estimulaba. Incluso suerte hubiera sido tener un marido con nombre bonito, como Alberto, Rodrigo o Germán, y no Gedeón Benítez, como era el de su esposo. Vaya un nombre. Pero, antes de saber su nombre, Gedeón le había empezado a gustar mucho en las discotecas de su juventud y cuando lo supo ya era tarde, ya se había medio enamorado. Desanimarse por el nombre le pareció que era una tontería, algo que solucionó llamándole Titi, que no venía a cuento, pero como era delgado, nervioso y un poco tirillas, a ella le gustaba porque le definía y en cierto modo le era íntimo.

No podía decir que con sus dos hijas hubiera tenido propiamente mala suerte, pero habría preferido que fueran más cariñosas, que la llamaran más por teléfono contándoles sus vidas, que le pidieran alguna vez consejo y que no se hubieran ido tan pronto a Madrid. Y ya puesta a desear, que no se hubieran hecho esos tatuajes tan feos en la espalda y en la rabadilla, y menos aún que la pequeña tuviera aquella cosa metálica con dos bolitas colgando de la nariz, que parecía que se le estaban saliendo los mocos a todas horas.

Se había pasado toda la vida, desde que a los 17 vino del pueblo, en la ciudad, como decía ella, “limpiando la mierda de otros” y sin tiempo para mucho más, porque su padre había caído enfermo crónico y la pensión de inutilidad no daba para mucho a su madre y a sus hermanos más pequeños, que eran unos cuantos. Algunas veces se preguntaba si no habría servido para algo más valioso en el caso de darse la oportunidad. Pero no sabía responderse, además ya no tenía remedio y eso era también para ella en cierto modo poca buena suerte.

Nada más ver en el teletexto la coincidencia de los números con su boleto, había llamado a su marido al taller y le había dicho que tenía que ir a casa inmediatamente, que lo dejara todo, que saliera corriendo, pero sin asustarse. Él había dicho una mentira al encargado y se había puesto en camino con la mitad del ánimo impaciente y la otra mitad con enfado comprimido, por si era una bobada y le había hecho salirse del trabajo así como así.

No se pudo contener y llamó a Nieves, la vecina del cuarto, para que lo supiera de los primeros y para que le diera algún consejo de inmediato, teniendo en cuenta que era joven, de confianza y sabía mucho más que ella de todo. Nieves bajó corriendo. “¡¡Que me ha tocado la bonoloto y tenía bote de varios millones!!”, le dijo llorando de alegría mientras se le abrazaba al cuello. “¡Vete pidiendo lo que quieras, como si es un coche!” Estaba tan nerviosa que Nieves le tuvo que quitar el billete de la mano, no fuera a ser que lo rompiera un poco y luego no se lo dieran por válido. “Vamos a comprobarlo”, le dijo mirándolo. Tardó un poco más en mirarlo de lo que hubiera sido normal y eso le extrañó a Maricarmen, que empezó a costarle tragar saliva. “¿Te ha tocado la semana pasada y no te has dado cuenta hasta ahora?”. “No, el billete es de ésta”. “No, es de la pasada, mira le fecha”, le dijo Nieves poniéndose muy seria. A Maricarmen le recorrió todo el cuerpo una sensación de frialdad interior como si se acabara de morir. “¡¡No puede ser!!” Lo era. El boleto, aquel boleto, no era el premiado, la semana anterior le hubiera tocado todo, de ésta solo había acertado uno y el reintegro. En ese momento se oyó meter una llave en la cerradura de la puerta y abrirse con prisa. Allí estaba Gedeón Benítez, Titi, con su cuerpo menudo, su barba cerrada y sus ojos negros, aquellos ojos que miraban tan bien hacía muchos años, pero en aquel momento presente componían una mirada de susto. “¿Qué pasa, a ver, qué pasa?”, dijo impaciente. A Maricarmen no le salían las palabras, estaba a punto de echarse a llorar mirando para el suelo, así que le ayudó Nieves: “Nada, que creía que le había tocado el bote de la lotería primitiva, pero era el billete de la semana pasada, no el de ésta… No le digas nada, ya demasiado pesar tiene ella”. Gedeón la miró, hizo un gesto con la boca y dijo: “¡Mira que eres boba, joder!” “Pues sí, y mucho”, dijo Maricamen en voz baja y tono derrotado, pero suficiente para que se le oyera.

Cuando volvió Titi por al anochecer la encontró haciendo la cena de espaldas. Tenía la cara muy seria y los ojos enrojecidos, fuera del pescado que estaba friendo o de llorar. Le dio un beso en la mejilla y se fijó en los ojos. No era muy hablador, pero solía decir las cosas que pensaba en frases de mucha densidad. “Maricarmen, dime una cosa: ¿estamos enfermos?” Ella le miró sin saber lo que quería decir con la pregunta. “No, que yo sepa, ¿por qué dices eso?” “Porque eso es lo más importante, lo que puede cambiar la vida de la gente”. Y le dio otro beso, extraordinario en él, en el cuello y se marchó al salón a ver lo que decían en el telediario. Como no sabía ser directo, por una cuestión de timidez, sin decir nada dejó un paquetito en la mesa donde iban a cenar. Cuando Maricarmen fue a poner los platos, lo vio y lo abrió a ver qué era. Eran pequeños buñuelos de crema y de chocolate de los que solo se hacen por los Santos, un postre que le volvía loca. “Gracias Titi por los buñuelos, pero ¿te imaginas que nos hubieran tocado todos esos millones?” “¿Y te imaginas tú que estuviéramos enfermos?”, respondió Titi echando un poco de vino en el vaso. Y de paso le dio un cachete suave en el culo. (Le habría dado de estos, como mucho, tres en los últimos veinticinco años).