CUENTO DE NAVIDAD (2016)

Francisco Fabián

Algunas ya llevaban preparando las cosas de la cena de Nochebuena desde las 5 de la tarde. No todas las que debían, lo cual motivó que cuando llegaron las más rezagadas, aunque se preocuparan de justificarlo, fueran objeto de ciertas ironías no del todo sanas. Como iba a ser Nochebuena no era cuestión de poner a nadie en su sitio, pero las cosas había que decirlas, aunque fuera con indirectas. Estando todas, el consejo de cocina lo componían las cuatro hermanas y dos de las cuñadas. Faltaba una cuñada más, pero a esa se le perdonaba de momento porque era el primer año que iba a cenar con toda su nueva familia política; era la nueva pareja del hermano pequeño y con ella ya habían conocido a cuatro, que se decía pronto. Juan fue, era y seguramente seguiría siendo, ese calavera que tienen todas las familias más o menos numerosas.

En la preparación de las cenas de Nochebuena, fueran con toda la familia o con buena parte de ella, casi nunca participaban los hombres. Algunos se declaraban inútiles para tal cosa con una sonrisa y los que querían ayudar eran rechazados “porque en lugar de ayudar, estorbarían”. De ese modo los hombres llegaban justo a la hora de cenar con muchas ganas de hacer bromas. Llegaban con los hijos pequeños, porque los hijos en los preparativos, si eran pequeños, lo único que harían sería estorbar. Si ya eran jovencitos, ni siquiera hacían amago de ofrecerse a colaborar; tampoco estorbaban, se quedaban en cualquier lugar a solas con su inseparable teléfono móvil.

Todo aquel montaje que se quería de la familia completa, pretendía reunirles con la madre como si no hubiera pasado nada hacía menos un año. La madre de familia cumpliría en menos de un mes un año de vida en la residencia a la que se había querido ir ella misma,ahora que se estaba quedando ciega por completo, para no estar alternativamente provisional de casa en casa de los hijos, con sus esposas o maridos correspondientes. Precisamente los organizadores de la cena habían querido que no faltara nadie para que Gabrielatuviera claro que tenía a toda la familia con ella a pesar de la nueva situación. Su hijo Luis había ido convenciendo a uno por uno. Y no había sido fácil, porque alguna de las nueras había retorcido la idea, no se sabía bien con qué intención. Incluso una de ellas había dicho que para ir tenía que llevarse a su madre o no iría, porque de ninguna manera iba a dejar que fuera a cenar a la casa de su hermano, por si aprovechaba su cuñadapara envenenarla. No había ese peligro en realidad, pero diciéndolo con un determinado tono se quedaba más a gusto.

En total iban a ser 28 comensales, con lo cual empezar con los preparativos a las 5 de la tarde no era ninguna precipitación. Para entonces, las tres que se habían encargado el día antes de las compras, ya estaban un tanto excitadas porque les hubiera tocado a ellas comprar, aunque en realidad no habían querido que las ayudara nadie.

La cocina de la vieja casa arreglada de la abuela, en el pueblo cercano a la ciudad donde había vivido, todavía de todos y para usarla por turnos cuando se necesitara, era en los preparativos un ir y venir de las seis mujeres al mando de la mayor -Emilia- que por ser la mayor desde siempre,también por temperamento y porque no era fácil verla sonreír, había tenido toda la vidauna cierta autoridad que no se atrevían a discutir en público ni sus hermanas ni menos aún sus cuñadas, aunque sí a criticarla por cualquier cosa en sus propias casas ante los maridos. Ella daba las órdenes más importantes, las demás obedecían y si se tomaban alguna licencia por su cuenta, era en detalles pequeños, como pelar unas gambas, sacar de las latas el paté, los mejillones o el cangrejo, trocear las patatas, colocar los pepinillos con anchoas y guindillas en un palillo o todo lo necesario para la ensaladilla, que no iba a faltar, porque era uno de los platos preferidos de la abuela.

En todo aquel trajín, a cada poco se oía el sonido de la llegada de un wasap. Como casi todos tenían la misma melodía, cada vez que esto sucedía una buena parte de las seis buscaban apresuradamente su teléfono a ver si era para ellas. La afortunada tomaba el teléfono y durante unos segundos o algo más, se dedicaba a leer el mensaje con una sonrisa, luego escribía con cierta torpeza algo en el aparatito, lo dejaba y seguía trabajando, pero lo normal es que volviera a sonar una o más veces. Emilia, que todavía no había dado el paso al wasap, miraba con desaire estas cosas y una de las veces,lo juzgó para sícon algo más que desaire, aunque tampoco dijo nada: en esa ocasión fue su hermana Irene la agraciada con uno de aquellos mensajitos que se avisaban a travésde una especie de silbido. Había recibido ya varios, pero cuando llegó uno en concreto, tomó el teléfono y dijo que iba al servicio, llevándoselo en la mano. En lugar de ir al que había más a mano en la planta baja, subió al de arriba, tardó en bajar y ni siquiera tiró de la cadena, porque el ruido de la cañería siempre se oía abajo. Solo Emilia percibió este detalle, que le pareció importante. Estuvo atenta y cuando regresó, le advirtió en el rictus el final de una sonrisa que unos segundos antes habría sido más amplia, porque ya quedaba de ella solo la iluminación del rostro, por más quelos labios hubieran vuelto a su sitio.

Poco antes de las 9 empezó a llegar la gente. Para entonces había ya varias mesas empalmadas, las sillas puestas y muchos platos y fuentes colocados en su sitio y cubiertos con plástico fino para que no estuvieran al aire antes de comerlos y para que a nadie se le ocurriera picar de ellos. El ajetreo de las organizadoras parecía estar en un punto crucial. Los recién llegados irrumpían con bromitas que no eran bien recibidas por la mayoría de las cocineras, que así hacían valer el tiempo que llevaban dedicado a la cena, mientras que ellos habían estado descansadamente a otras cosas. A los padres con niños pequeños se les conminaba a veces con cierta energía a que los tuvieran controlados y fuera del área de acción de la cocina. Donde quisieran, pero lejos de allí.

Gabriela, la anciana madre, llegó del brazo de su hijo Luis y de la mano de su nieta Inés, de la que no se separaba nunca cada vez que venía a verla desde Madrid. Inés tenía 8 años, los ojos de un azul deslumbrante aderezados hasta la perfección por pestañas rizadas oscuras, era de temperamento dulce, se explicaba despacio, tenía en cada mirada un mensaje, no solía jugar a lo que las demás de su edad jugaban y buscaba siempre la compañía y la conversación con los mayores, a los que escuchaba con atención como si fuera ese el mundo que más le interesara.

De los últimos llegó Juan, con su hijo del segundo matrimonio y su nueva pareja, una muchacha joven rumana, por lo menos 10 años más joven que él, que parecía tímida. Lo debía ser, primero, por no conocer prácticamente a nadie de tantos; segundo, no ser muy habladora de nacimiento y tercero, porque era rumana y sabía que lo sabían. Todos fueron simpáticos con ella, también Emilia, que no acababa de digerir la caótica vida sentimental de su hermano, siempre llena de cambios y de vaivenes de crápula. Incluso uno de sus cuñados hizo alguna bromita sobre Rumanía que muy bien se podría haber evitado, aunque no fuera con mala intención. Juan llegó, muy a su estilo y, antes de nada, desempaquetó un Papá Noel rojo y lo colgó del balcón. Más de uno y más de una pensaron, callando lo que pensaban, que qué original era con lo del Papá Noel; pero como venía de quién venía, era de esperar esto e incluso algo peor. Juan era Juan y todo el mundo lo sabía. Tenía un gran corazón, pero la cabeza la tenía perdida desde siempre. La otra persona con poca confianza para estar en el grupo era la madre de Sofía, una señora de unos setenta y tantos años, alta y delgada que no parecía feliz; no por estar allí, sino en general por todo: por el pasado, por el presente y por el futuro.

La cena comenzó cerca ya de las diez, con la abuela Gabriela colocada en la presidencia de la butaca de siempre y con su nieta Inés al lado, que le había prometido ayudarla en lo que le fuera necesario por lo poco que veía. Al principio, como todos tenían bastante hambre, se preocuparon más de comer que de hablar, sobre todo mientras los nueve platos de jamón y lomo ibérico estuvieron al alcance de todas las manos. Sin que dejara de haber conversaciones de fondo alabando la comida, valorando el vino, conminando a comer de todo a los más pequeños o contando cosas cordiales breves, se ocuparon más de comer y de pelar langostinos, pedir que les acercaran las salsas hechas a mano por Emilia o de evaluar cuál sería el siguiente asalto que iban a dar a la larga ristra de ofertas que llenaban las mesas.

Solo cuando ya se habían terminado los platos de jamón y de lomo y los de langostinos, y la ensaladilla rusa empezaba a provocar saciedad, empezando a comerse más por vicio que con el placer del principio, comenzaron las conversaciones más largas, donde ya no importaba entretenerse dando explicaciones sobre lo que alguien hubiera preguntado. Antonio empezó, como siempre, por picar a su cuñado sobre el Real Madrid, siendo como era él del Atlético de Madrid. Como allí todo el mundo sabía de qué equipo eran los demás, a las pullas de unos respondían los otros con igual peso y razón de fondo, denotando que todo el mundo tenía mucho qué decir y qué callar, lo cual hacía pensar al único que el fútbol le parecía algo despreciable, que para eso exactamente sus cuñados y hermano eran una pandilla de borregos. Pero no lo iba a decir, prefería callar y que con ello se siguiera sabiendo lo que pensaba del fútbol y de los futboleros, cosa que para los demás, como repuesta, les parecía cosa propia de intelectualoides de medio pelo. Todo el mundo, pues, creía tener algún tipo de arma con la que defenderse de momento de los ataques, sin que hubiera inquina como metralla, porque se trataba de fútbol en Nochebuena. Por ese momento las mujeres no participaban de la conversación, hablaban de niños, del poco tiempo que tenían a diario, de depilaciones, de vecinas, de enfermedades y de series de televisión que habían visto o no visto y se recomendaban para ver. Inesita no dejaba de estar pendiente de su abuela y cuando la veía con las manos desocupadas le tomaba una y se recostaba contra ella. Una tía suya, cuñada de su padre, pensó que era una niña muy pesada, que los niños tienen que jugar.

Lo peor empezó cuando alguien relacionó el fútbol con el pago a Hacienda y el conflicto correspondiente entre pagar y no pagar impuestos y con ello tener buena o mala sanidad, dependencia, educación, construcción de carreteras… etc. Ahí el futbol quedó a un lado, derivando la polémica en lo corrupta que está la política, lo que hacen y dejan de hacer los partidos, lo que se debería hacer y dejarse de las bobadas que se hacen, a quién se vota o se debería votar, en qué se gastaría mejor el dinero para unos y en qué para los otros. Todos parecían saber de todo, incluso de economía y de temas complejos, y los que en principio habían callado un poco más, por ejemplo algunas mujeres, cuando salía un aspecto de la realidad de lo que tenían alguna opinión, se lanzaban con denuedo como para que no hubiera dado la impresión de que eran tontas o no veían el telediario cada día. Los más jóvenes en edad de tener que demostrar algo, iban contra sus mayores, incluso cuando pensaban parecido, para que se notara que ellos son lo que sabían de todo más, ya que lo antiguo es poco menos que símbolo de ignorancia. El vino bebido con entusiasmo hasta ese momento aportó la chispa y la vehemencia a la conversación, y hablando varios a la vez, el ruido se hizo considerable. Cuando Emilia, con toda su supuesta autoridad, quiso intervenir para cortar lo que no llevaba buen camino, ya fue tarde. Había habido ofensas más o menos personales, afilando el aguijón alguno antes de clavarlo; no faltaba quién, para no perder en la contienda, desvarió sacando temas que no venían a cuento, encendiendo con ello una nueva polémica, que a su vez molestó a los que no la esperaban o creían que no había que hablar de eso, con lo cual se mostraron despreciativos con el impulsor por considerarle absurdo y cantamañanas. Se dejó caer con más o menos delicadeza que pensar de tal o cuál manera era propio de fachas, cosa que encendió a los aludidos, porque no se veían para nada en tal caso. Naturalmente fue el momento de decir, por reciprocidad, lo que pensaban de los que lo habían dicho tan alegremente. La crítica fue demoledora, ahora sin tener mucho cuidado en las valoraciones y en si se ofendía o no diciendo “tú no tienes ni puta idea de lo que dices”, frase que dicha delante de los demás, siempre duele. Algunas mujeres asistían expectantes queriendo poner paños calientes allí donde veían que se producían heridas peligrosas, pero como ya se repartía en todos los sentidos y direcciones, se sintieron aludidas por algo y entraron en el conflicto de lleno. Lo hicieron como si hubieran estado conteniendo sus fuerzas para expulsarlas de pronto todas juntas. Eso le pasó a Ana Mari cuando entendió que alguien defendía la actitud de algunos líderes políticos haciéndose fotos cordiales con antiguos terroristas, que les comprendieran y que por tanto no vieran mal eso de separarse de España por su cuenta, aduciendo el derecho a la desobedienciay alentando con ello las bajas pasiones y superficialidades de la gente corriente. (Ana Mari había tenido, mucho tiempo atrás, un novio guardia civil, muerto en un atentado cuando ella ya le había dejado por su marido actual, pero le seguía recordando y cada vez más a medida que avanzaba su matrimonio. Con tales hechos de fondo y por la propia lógica, eso de matar a la gente porque sí, la tenía indignada). Lucas, el hijo pequeño de Ana Mari, de siete años, al que su padre había convencido para que se cortara el pelo como los futbolistas, adquiriendo una cara de tonto espectacular, se asustó tanto de ver a su madre discutir con aquella furia contra la comprensión a los antiguos terroristas, que no se le ocurrió otra cosa para distraerla que levantarle la falda con las dos manos, dejando a la vista de todos el final del panty y los vistosos encajes subyacentes. En consecuencia, Lucas se llevó un fulminante tortazo, dejándole lloroso refugiado en los brazos de su padre, que lanzó dos miradas nada buenas a su esposa, por el tortazo y por espectáculo de darlo, sin preocuparse mucho de que a su mujer todo el mundo le hubiera visto lo que en teoría estaba solo para su persona.

La rumana asistía al tono elevado y peligroso de las discusiones callada por completo, sin que se pudiera saber lo que pensaba, porque aunque la cara de susto parece algo universal, la maquinaria de los pensamientos depende en mucho de cada cultura. A la señora que había acudido de prestado con su hija, le estaban dando unas ganas temerosas de llorar, aunque no fuera con ella nada de lo que pasaba, simplemente como reacción subjetiva involuntaria de su propia psicología al funcionamiento del mundo. Su hija, la que la había llevado allí para librarla de la cuñada, empezó a tener argumentos sólidos para negarse al año siguiente a que su madre estuviera expuesta a un nuevo espectáculo. Y Gabriela, la patriarca, la que esa noche debía recibir el homenaje de tener a toda la familia junta para honrarla, callaba pensando tres cosas fundamentales: que con jaulas de grillos descentrados como aquella, es como al final se termina a tortas y a tiros; la segunda: que había allí un atajo de imbéciles bastante deplorable con la lengua y la mente desatadas y que por cierto, más de uno eran de su sangre; y la tercera, que si no fuera por su nieta Inés habría dado un puñetazo en la mesa diciendo “¡Ahora mismo me lleváis a la residencia y que os zurzan a todos!” Aunque había intentado poner paz, el alto el fuego no duró nada, puesto que alguno no pudo contenerse las ganas de decir lo que se le había quedado en el tintero como respuesta a algo ofensivo en el curso de la disputa, con lo cual a la menor lo soltó, volviéndose a la discusión sin solución de continuidad.

En las treguas se producía una especie de silencio tenso en el que todos aprovechaban para comer turrón, como si necesitaran cargarse urgentemente de provisiones. Lo hacían con cierta compulsión, sin saber lo que comían, porque en realidad estaban rumiando compulsivamente en sus cabezas lo oído que no les gustaba y sobre todo, lo que se habían dejado sin decir, con lo que hubieran callado la boca a los adversarios. Todos parecían haber estado dispuestos a morir aquella noche por sus ideas.

En una de aquellas treguas, como si fuera un milagro, sonaron las campanas de la iglesia llamando a la misa del gallo. El protocolo de la sesión familiar era que finalmente irían todos, creyentes y no creyentes, a la misa del gallo en el pueblo, con el recogimiento de estos casos, y para recordar cuando de niños habían ido a hacer eso mismo con padres y abuelos. La tradición allí era todavía salir de casa con velas encendidas como se hacía cuando el pueblo no tenía luz eléctrica. Adriana, jovencita de 18 años, le dijo a sus padres que ella se marchaba, que nada de misa del gallo y menos después de tanta bronca, aunque esa fuera una razón absurda y poco calculada, delatora de otras más importantes de fondo. Dijo que iba a dormir a casa de una amiga porque iban a salir un rato en la ciudad. Su padre preguntó de cuál y ella le dijo un nombre que a él le sonaba bastante, pero no era el de su mejor amiga, a cuyo padre conocía y del que podía obtener información en caso de duda. (En realidad Adriana había conocido hacía tan solo una semana a un chico un poco mayor que ella y estaba descubriendo, pero de verdad, las pasiones de la sexualidad en una situación en la que el cuerpo y el corazón era una misma masa, dulce, fogosa, húmeda y alocada. El muchacho, la iría a buscar a la entrada del pueblo con un coche y juntos iban a pasar la noche en secreto en la casa de la abuela de él, que se había trasladado a la de sus padres para la Nochebuena).

Manuel, primo de Adriana, que era un tipo callado y melancólico, amante de la literatura vaporosa, de la música de Leonard Cohen a pesar de su juventud, aprendiz de escritor y universitario, decidió irse a dormir a una pequeña chabola construida ilegalmente por su padre con un cuñado, en la huerta a las afueras de la ciudad que regentaba como urbanita amante del campo los sábados y en verano para asar chuletas. Algo le había dicho a lo largo de esa noche que donde mejor estaría sería allí, durmiendo al lado de los dos perros en el camastro desechado de su casa, llevado por su padre para echarse la siesta en verano, cuando iba a regar y a recoger tomates. Adoraba a los perros por lo que todo el mundo los adora y aquella noche según sus conclusiones, porque no hablan y por tanto no pueden decir estupideces.

Así las cosas, toda la familia salió de casa camino de la iglesia, menos Emilia, que se quedó recogiendo y rumiando con la mente. Visto lo sucedido quería estar sola, aunque fuera trabajando. En la comitiva se formaron grupos por familias y en cada uno, alguien forzaba bromas internas para que pareciera que no pasaba nada, pero era solo un engaño particular, ya que un poco antes se habían abierto algunas heridas que nadie sabía cómo iban a cicatrizar, ni siquiera si lo harían.

Por lo demás, la misa del gallo fue íntima, oficiada por un cura joven colombiano de tez oscura, con los asistentes sujetando una vela y cantando algunos villancicos de todos conocidos que recordaban a los más mayores que una vez fueron pequeños y cantaron eso mismo sin dejar de pensar en un niño que por lo visto había nacido muy lejos en un pesebre de padres pobres, a pesar de ser un tipo importante.

Gabriela no se separó un momento de su nieta, que de vez en cuando, desde su estatura inferior, miraba a la abuela entusiasmada recibiendo una especie de inyección de felicidad solo por eso, por mirarla y porque la sonriera.