LA COLECCIONISTA DE CANCIONES

Francisco Fabián

A la tercera vez que la llamó su madre para comer respondió de manera airada que ya iba, que ya la había oído, que era una pesada… Poco después de diez minutos no había bajado a comer. Su madre ya no volvió a insistir, con lo cual, como la tenía por una histérica, esperaba que en cualquier momento irrumpiera en su cuarto con energía, le dijera que ya estaba bien y tuvieran una enganchada de tantas como tenían a diario por cualquier cosa. Como si no pudieran comer ella y su hermano solos… Si aparecía y le daba cuatro voces, ya sabía lo que le iba a decir: que por haberse puesto así, ahora no iba a comer, que la dejara en paz, que ella con su estómago hacía lo que le daba la gana… en definitiva: que ya era mayor (aunque solo tuviera 17 años),algo que no terminaba de entender aquella madre.

Había tenido ya dos falsas alarmas apostada a la ventana de su habitación, acechante como un animal a la espera de la presa. Era la hora de siempre y había oído desde allí abrirse dos veces las puertas del garaje comunitario que daba a una especie de calle/patio interior abierto, del que salían a derecha y a izquierda los garajes de cada chalet adosado de la urbanización. Cuando abrían con el mando a distancia, la puerta general del garaje se oía siempre. Por si acaso, estando en esas, tenía la ventana abierta, aunque fuera invierno y se enfadara (por una cosa más) su madre, ya que se iba la calefacción y no estaban las cosas para tirar el dinero. Su madre se enfadaba mucho, pero a ella le daba igual, estaba acostumbrada a sus reproches, según su propio criterio, por cualquier cosa. Con su padre era distinto, posiblemente porque no le veía tanto tiempo y eso facilitaba un clima de cordialidad entre los dos, que sabían ambos irreal, pero les convenía, dada la edad difícil de la muchacha y el trabajo hasta tarde del padre con sus consecuencias.

Hoy llegó un poco más tarde. Fue a la tercera vez cuando se abrió la puerta general de los garajes. Reconoció enseguida el motor de coche, que para más confirmación, se detuvo justo debajo de su ventana. Enseguida, como siempre, se abrió la puerta del coche e irrumpió allí abajo y también arriba, una bocanada de música que procedía del interior y que duraba lo justo para que de él saliera el conductor y con las llaves en la mano, abriera la puerta de su garaje. Tenía de tiempo algo menos de un minuto para escuchar la música que salía del coche, que era su objetivo. Luego, el conductor lo cerraba, lo metía en el garaje y se dejaba de oír. Así era normalmente cada día cuando ese hombre regresaba del trabajo.

Para aquel momento tenía ya preparado su teléfono móvil, con la aplicación iniciada que reconocía la música tan solo con captar unos compases,diciendo al instante en la pantalla el título de la canción y el cantante, para que luego el usuario la pudiera localizar. Sacó el móvil a la ventana en el momento preciso y lo colocó en posición de escuchar mientras el hombre del coche abría la puerta de su garaje. En nada de tiempo el aparatito provocó una vibración prolongada que significaba que ya sabía la música de la que se trataba: Loreena McKennit y la canción The Lady of Shalott. No le sonaba de nada, ni la canción ni la cantante. Sonrió para sí misma satisfecha. ¡Lo tenía! Tomó un cuadernillo que guardaba dentro del cajón de la mesa y lo anotó como el último de una lista de canciones que había ido recopilando a través de ese mismo método. Después bajó a comer.

Su madre y su hermano estaban ya por el segundo plato. Su madre hizo como que no la veía. Su hermano, que era cinco años menor, la miró con ojos poco amistosos y siguió comiendo. Ella entendió con esa mirada que el muchacho antes había estado escuchando cosas poco buenas de ella. También eso le daba igual. Como el primer plato (acelgas rehogadas con jamón) estaba ya frío, lo probó y lo dejó a un lado en un gesto de ostensible desprecio y cierta chulería. Y se dedicó al segundo, del que dijo que estaba soso. Su madre no levantó la cabeza del plato mordiéndose la lengua. Sabía que si decía lo que pensaba aquello iba a ser largo y encendido por tan poco, y con los adolescentes, en las ocasiones en que el mayor ha tenido un mal día, siempre se pierde la batalla, ellos nunca. Cuando terminó de comer y sin recoger ni siquiera su plato, cosa que solía hacer, pero ese día especialmente no le daba la gana (y si no, que se lo reprochara su madre), se levantó de la mesa mirando a su hermano, que le dedicó una mirada aún más punzante que la primera. Ella le sonrió irónica y le sacó la lengua segura de que le fastidiaría más así. Era un puto crío.

Ya de nuevo en su cuarto, localizó en YouTube la canción de Loreena McKennitt que había anotado, la convirtió a mp3 en medio minuto y la guardó con todas las demás en el aparatito de música que llevaba por la calle conectado al oído para no oír nada de lo que pasaba, solo lo suyo. Se tumbó en la cama. La oyó entera con los ojos cerrados. Una, dos, tres, cuatro veces para sacarle el gusto a una música que no era habitual en su vida diaria, pero la seducía. Era una canción dulce, melancólica, evocadora de paisajes verdes, con bosques de cerca y de lejos, soledades felices, paz y mucha interioridad. Nada que ver con la música que solía oír en las discotecas y que compartía con sus amigas, aquel pum-pum-pumpun pum del que decía su padre que le iba a estropear los oídos. Se dejó llevar por la suave placidez de la música que la transportaba a un mundo desconocido e involuntario, pero ya presente en sus profundidades a la espera del futuro, como si fuera una semilla que estaba germinando aún muy despacio. Mecida por las sensaciones captadas en la de hoy y luego por todas las que llevaba almacenadas con el mismo procedimiento, se intercalaban en su mente, en su corazón y en otras partes sensibles de su cuerpo, imágenes del vecino poseedor de aquella música, al que estaba conociendo en su variedad y sus estados de ánimo de cada día a través las canciones de Leonard Cohen, Bob Dylan, Dire Straits, Rolling Stones, Tom Waits, Mozart o Häendel, entre otros. Un hombre cuarentón, alto, delgado, con estilo, ni guapo ni feo, pero poderoso, con la mirada indefinible para la breve experiencia de Lucía en averiguar los misterios de los ojos ajenos, aquellos ojos que a ella le hacían bajar primero los suyos cuando se encontraban de frente y la saludaba.