CUESTIONES PARA SIEMPRE SOBRE INÉS

Francisco Fabián

Estuve tres semanas de baja por una operación de rodilla y cuando regresé al trabajo, iba ya avanzado diciembre. Las tardes eran muy cortas, enseguida se hacía de noche y esta ciudad tomaba a partir de las 7 un carácter un tanto sombrío y fantasmal, ayudado por el frío, la humedad y la nueva iluminación.

Tenía trabajo atrasado y ganas de trabajar después de la baja, así que decidí acudir cada tarde hasta las vacaciones, aunque no tuviera obligación expresa de hacerlo. Estar de baja anquilosa un poco e induce a una cierta vagancia que no me consiento.

Una de aquellas tardes, en el momento de ir a fichar la salida en el reloj, encontré en el vestíbulo del antiguo palacio donde trabajo a Inés, una compañera tan antigua como yo en la Administración, tanto que vamos a jubilarnos al tiempo, cosa que hemos comentado alguna vez. La vi enfundada en un abrigo de piel vuelta marrón, con el cuello bien cubierto con una bufanda, su pelo tan negro y su tez oscura, que en más de una comida de compañeros, cuando ya íbamos contentos, nos llevó a recordarle su pasado moruno, cosa que no la agradaba demasiado.

El vestíbulo donde está el reloj de fichar no tiene mucha luz, lo cual hace que en invierno y a esa hora adquiera una penumbra misteriosa en la que las chicas nunca quieren estar solas, aunque no haya ningún peligro, solo es el miedo inconsciente a la oscuridad. El patio inmediato de columnas de piedra, quizá por el efecto de lo antiguo, provoca una sensación inquietante, como si se esperara que en medio de la oscuridad fuera a aparecer uno de los antiguos inquilinos desaparecidos hace cientos de años.

No sabía que Inés estaba allí cuando fui a fichar para marcharme. Estaba inmóvil como a dos metros del reloj, sin decir nada hasta que la vi. Esto lo hacen muchos compañeros, esperando a que llegue el momento exacto en el que deben fichar para que les cuadren mejor las horas que trabajan. Le dije que me había asustado y al mirarla advertí en su rostro algo difícil de describir. Era ella, sin duda, pero la expresión general de su mirada y de todo su rostro al sonreírme parecía tener un nosequé diferente. Era como cuando alguien se hace cirugía estética en el rostro y la ves por primera vez. Es ella pero a la vez no lo es exactamente. O como cuando tienes delante a dos gemelos: son iguales, pero hay matices indefinibles que los diferencian. Si hubiera sabido que Inés tenía una hermana, no hubiera dudado de que aquella que tenía delante lo era. Pero Inés solo tenía un hermano, del que sabía que era profesor en Murcia.

Me despedí y salí de allí camino de mi casa. Era ya completamente de noche. Por el camino me llamó mi mujer y me dijo que, si me venía bien, pasara por el supermercado y comprara una docena de huevos. El supermercado está en una placita edificada en desnivel respecto a la calle principal, de forma que al ser pequeña y tener árboles, es un rincón más bien oscuro, con un sugerente aire de intimidad que suelen aprovechar de noche las parejas de jóvenes para quererse, incluso desafiando al frío. Desde la calle a la placita se accede a través de unas escaleras de tramos largos. Cuando iba bajándolas observé que una mujer las circulaba despacio en dirección contraria, de tal manera que a medio camino nos cruzamos. La miré a la cara cuando estábamos a menos de dos metros y reconocí a mi compañera Inés de nuevo. Creo que me sobresalté y hasta me puse nervioso, porque estuve aturullado al preguntarle cómo había llegado hasta allí tan rápido habiendo salido yo primero. Se paró un momento delante de mí para decirme con una sonrisa “Ya ves”. Reconocí la misma expresión que le había visto al lado del reloj unos minutos antes. Ahora aquellos rasgos me parecieron –es la expresión exacta- inquietantes, aunque no sepa explicar más de ello. Insisto en que no era la misma sonrisa exactamente que yo le conozco desde siempre, aunque se basara en los mismos ingredientes esenciales. No era más amplia ni menos, ni mostraba más los dientes, pero había algo en la conjunción de la boca y de los ojos que marcaban una sutil diferencia. Sé que es muy novelesco decir que no parecía una sonrisa de este mundo, pero la verdad es que así lo parecía. Por lo demás, su voz, aunque habló poco, con su forma natural lenta de ir palabra a palabra, era  misma. Me fui pensando que Inés, en el tiempo que había pasado sin verla, tenía que haberse hecho algo en la cara y nadie me lo había dicho, porque algunas veces soy el último en enterarme de los chismes del trabajo.

Entré en el supermercado pensando en cómo podía haber llegado hasta allí antes que yo, sobre todo teniendo en cuenta que por edad, tiene ya algunas carnes de más y no la he visto nunca, ni cuando era más joven, desenvolverse con mucha agilidad. Me puse a hacer memoria sobre lo que había hecho desde que salí del trabajo, si me había entretenido en algo, si había encontrado a alguien y no recordaba otra cosa que haber ido directo en dirección al supermercado. A veces, quizá por la edad, me olvido de lo superfluo que me pasa y me parece que no lo he hecho. Cuando me lo demuestran, no me queda más remedio que pensar que me estoy haciendo mayor. En el caso de lo de Inés, si me había entretenido con algo y lo había borrado por completo de mi mente, es que empezaba a estar muy mal, porque juraría ante lo más sagrado que era tal y como lo recordaba. No creo en lo sobrenatural si no a través de la literatura, ni suelo ver programas de misterio, pero no podía quitarme de la cabeza lo sucedido mientras transitaba por las estanterías del supermercado. Hasta tal punto que compré los huevos, pero me olvidé de unos yogures que había pensado comprar fuera del encargo de mi mujer. Como sé bien de las casualidades tan sorprendentes que se dan a veces en la vida y como además se me había ocurrido la hipótesis de que la hubieran llevado hasta allí en coche, en casa enseguida me olvidé por completo al ver a mi mujer y a mis hijas, que me tenían entre todas guardada la sorpresa de las buenas notas de la pequeña, vuelta al buen camino después de un mal comienzo del curso.

Estábamos celebrándolo cuando nos llamó mi suegra para decirnos que se había caído al ir a colgar unas cortinas. Que no era nada, pero se había hecho un poco de daño en un costado. Como mi mujer no se iba a quedar tranquila esa noche sin ir a verla, decidimos visitarla antes de cenar, aprovechando así para caminar por las calles que acababan de estrenar la nueva iluminación de Navidad. Nuestra hija mayor, siempre tan pendiente de su yaya, se ofreció a acompañarnos.

Afortunadamente lo de mi suegra se quedó esa noche en el susto. Tuvo que oír, una vez más, más los reproches de su hija recordándole que le tiene dicho que no debe subirse en nada, porque se puede caer estando sola. Pero ya se sabe el caso que hace la gente mayor de estas cosas. Por precaución, mi hija se quedó a dormir con su abuela y mi mujer, ya más tranquila, y yo aprovechamos para volver caminando tranquilamente cogidos del brazo pensando en tomar un vino y unos callos en el bar de al lado de casa.

A la altura del Humilladero, que en su día despedía y recibía a los habitantes de esta ciudad cuando a partir de él ya estaba el campo con todos sus peligros, encontramos a una compañera de pilates de mi mujer y nos paramos con ella. Como todo el mundo sabe, el antiguo Humilladero estaba en su día al mismo nivel del camino, hoy calle, pero cuando hicieron la moderna avenida, subieron ésta de nivel, quedando el pequeño templo más bajo, de tal manera que desde la calle actual se ve el interior en posición de superioridad a través de un gran ventanal acristalado que da a la calle. De noche se ve su interior iluminado tenuemente, distinguiéndose apenas unas cuantas filas de bancos de madera enfilándose hacia un enorme Cristo crucificado que preside la cabecera. Es una visión que a solas, de noche y con poca gente por la calle, produce, cuando menos, inquietud, tanto que en más de una ocasión, caminando solo y volviendo tarde, la he evitado porque parece que el Cristo me está diciendo algo.

Estábamos hablando con la compañera de mi mujer, parados exactamente en el ventanal, cuando me di cuenta de que dentro del Humilladero había alguien. Ni siquiera sabía que a esa hora este lugar estuviera abierto al público. La imagen del Cristo, tan impactante, distrae normalmente de cualquier otro detalle. Era una mujer arrodillada, solitaria, con la cara entre las manos y los brazos apoyados en el respaldo del banco siguiente. Me fijé en la escena porque me parecía sobrecogedora como tal escena: la soledad de una mujer en medio de la escasa luz, a solas con la imagen del Cristo desnudo, tan grande; un auténtico bis a bis que se me ocurría desesperado a esa hora. Como mi mujer y su amiga hablaban de cosas que no me interesaban mucho, puse toda mi atención en la mujer que rezaba. ¿Qué tendría que decirle al Cristo tan urgente a aquella hora? ¿Qué angustia la llevaría a aquello?

De pronto uno de sus brazos se separó de la cara, dejándola libre y giró levemente el rostro hacia nosotros, mirándonos como son las miradas de abajo para arriba, con esa posición de los ojos que no es igual que al contrario. No podía creerlo, era de nuevo Inés. Ahora me miró fijamente no más de tres segundos y en seguida volvió a sujetar el rostro con las dos manos. No me dio tiempo a analizar nada más, una sensación interior de la que desconozco su nombre, me dejó helado. Les dije a mi mujer y a su amiga que allí parados nos estábamos quedando helados; se despidieron deseándose, por si no coincidían, feliz Navidad y echamos a andar camino de casa. Te has quedado muy callado, me dijo. Estoy helado de frío, contesté. Pero si no hace frío, está muy buena noche para ser diciembre, aclaró. No sé, pero estoy helado, será de la humedad.

No dije nada de Inés. Hace mucho tiempo que dejé de hablar en mi casa de mis compañeras de trabajo porque advertí en mi mujer una cierta incomodidad, que seguramente tenía que ver con alguna forma de celos. Pero no pude dejar de pensar en todas las coincidencias que había vivido con Inés en unas horas. Me sentía desconcertado, sobre todo porque era una situación que no sabía cómo interpretar. Si al menos creyera en algo de algún más allá, hubiera visto en ello una prueba, una sospecha, pero no creo absolutamente en nada, ni he visto nunca pruebas de nada, ni siquiera deseo nada. Desde hace mucho es un tema que no me quita ni un minuto de mis pensamientos.

Al día siguiente de todo aquello era viernes. Desde primera hora, trabajando,  tuve que salir y cuando me quise dar cuenta, fue la hora de volver a casa. La verdad es que no me acordé mucho de lo del día anterior, solo me quedaba en la trastienda de mi mente una especie de runrún intranquilo que venía de vez en cuando, pero al no tener explicaciones posibles, se iba de nuevo. En el fin de semana tuvimos que llevar a mi suegra a urgencias porque el dolor del costado le impedía respirar bien estando en la cama. Como tuvimos que ingresarla en observación, estuvimos solo pendientes de ella. La cosa duró casi una semana entre hospitalización, visitas y consultas. Y así llegó la Navidad, para la que yo tenía reservadas unas pequeñas vacaciones detraídas de las de verano. Cuando volví, en uno de esos comentarios con los compañeros en los que se dice cómo ha ido todo, alguien contó que a Inés le había dado un ictus muy grave en Madrid y que en realidad no se sabía cómo estaba. Ninguno supo decir cuándo había sido exactamente, porque llevaba tiempo sin ir al trabajo a causa de sus conocidas migrañas. Aseguré haberla visto el día que recordaba. Una compañera dijo que eso se lo habían dicho a ella también y que al parecer estando de baja, habría acudido una tarde a buscar algo que tenía en los cajones de la mesa. Pregunté en la sección de Personal y me dijeron que cuando yo la había visto llevaba ya al menos 15 días sin trabajar. Tampoco allí supieron decirme cuándo había sufrido el ictus ni yo no quise preguntar más detalles.

Algunos días después supimos de la muerte de Inés en una clínica de Madrid. Al parecer había sucedido durante la Navidad, pero con las fiestas su familia se olvidó de comunicarlo. Su hermano llamó para solucionar los temas administrativos. No quisieron hacerle muchas preguntas más dada la situación. Solo se supo que había sido una complicación del ictus.

No le he contado a nadie lo que sucedió el último día que la vi. No se aclararía nada con ello, al contrario: cada cual daría una versión adaptada a su personalidad, a sus creencias, a sus sospechas y a lo que necesitara creer de todo ello, aumentando y deformando lo que en realidad pasó. Incluso habría quién fuera mucho más allá, porque hace ya unos años dio que hablar que Inés y yo saliéramos con frecuencia a tomar café a media mañana. Tanto que tuvimos que dejar de hacerlo. Como si los supuestos amantes hicieran las cosas tan a las claras. Por mi parte no sé qué pensar. He sido toda mi vida un escéptico con las creencias, los milagros, las apariciones y los más allá. Quiero seguir pensando como antes: que determinadas casualidades excitan nuestra imaginación, receptiva siempre a encontrar razones para creer en lo que no existe. Pero me queda una duda.