PREGUNTAS, PREGUNTAS

Francisco Fabián

Paseando con mi mujer un día que libraba, por iniciativa suya nos detuvimos en el escaparate de una lencería. ¿Cuál te gusta?, me preguntó viendo que miraba con interés, cosa que no me suele suceder con “sus” escaparates. Esa, respondí señalando una prenda interior muy sobria, de color negro, un tanto transparente y de aspecto muy fino y suave. ¿Te gusta mucho?, volvió a preguntar. Asentí con la cabeza con una sonrisa de complicidad (un tanto turbada). Entra y cómpralas. A ver si te atreves, me dijo apretándome el brazo como forma de impulsar el reto que me proponía. No es fácil esto para mí, pero acepté porque no quería quedar mal delante de ella. Cuando salí de la tienda con el pequeño paquete me miró con una sonrisa especial. Solo dijo ¿Seguro que es la misma que la del escaparate? Que tú eres muy despistado.

Un par de semanas después de aquello tuve que ir a Lisboa a uno de nuestros congresos de médicos. Fui en coche porque a mi amigo Luis le aterroriza el avión y además, queríamos cruzar Portugal disfrutando del paisaje y de la comida en  ciudades desconocidas y restaurantes también improvisados. Lisboa es una ciudad preciosa, puedo quedarme una semana sin echar de menos nada. Estando allí, mi mujer se empeñó un día determinado, poco antes de regresar, en que estuviera en el hotel a una hora concreta del final de la tarde para llamarme y hablar un rato por teléfono. No tenía nada concreto que contarme, pero quería que habláramos ella desde casa y yo desde la habitación. En fin… a veces tiene estas cosas. Unas las comprendo y otras no, pero como no me parecen importantes, ni siquiera pregunto.

Al día siguiente de volver, salí a caminar por la zona donde suelo hacerlo: el campo inmediato a la ciudad que me queda muy cerca de casa. Era domingo por la mañana. Suelo pasar por una zona, donde, por los restos que se abandonan (preservativos, toallitas de papel, botellas vacías, paquetes de hamburguesería…), van parejas a quererse por las noches. Siempre lo miro de reojo al pasar recordando que (¡ay!) yo también fui joven, aunque creo recordar que no era tan guarro. De pronto me fijé que, prendida entre unas matas de tomillo, había lo que parecía ser una prenda interior femenina. Me paré ante ello para verificarlo con una sonrisa de sorpresa. Cuánta pasión habría habido entre los amantes para haberse olvidado de algo así fuera del coche. Miré para todos los lados a ver si me veía alguien y como no, observé detenidamente el detalle de las bragas trabadas en la mata de tomillo. Me producía un cierto morbo imaginar todas las posibilidades que habrían llevado a la chica a olvidar allí aquello. Con alevosía me decanté por una: un amante salvaje se las había arrancado, rompiéndolas en el lance, sabiendo que ella no le diría nada porque era una noche única. Me acerqué más para ratificar mi hipótesis ayudado de un palo. No estaban rotas, estaban intactas. Pero no solo era eso, si no recordaba mal, eran idénticas a las que había comprado a mi mujer menos de un mes antes en la tienda de lencería. Juraría que lo eran porque se las había probado delante de mí el mismo día de la compra. Qué casualidad más impresionante.

Me las llevé en el bolsillo para enseñarle a ella la curiosa coincidencia cuando regresara a casa después de visitar a sus padres. Precisamente ella cree (yo no) que determinadas coincidencias no lo son tanto, que hay siempre algo detrás de todo ello, aunque no sepa explicar bien qué es ese algo. Para asegurarme de la total coincidencia y evitar con ello que si no era tal (e incluso siéndolo) me recriminara haber ido a casa con semejante cosa, fui a comprobarlo al cajón del armario donde guarda la ropa interior. Tiene allí de todo, muy doblado y colocado. No las encontré en un primer vistazo, ni tampoco había ninguna similar que hubiera hecho confundirme. A medida que iba iniciando una segunda búsqueda, ahora más exhaustiva, empecé a ponerme nervioso. No estaban… No, no estaban. Escondí bien escondidas en mi despacho las que había encontrado, no fuera a ser que las hallara y no supiera hacerle creíble la verdad de todo, porque decir que las había encontrado en un descampado ya por sí mismo no era fácil de creer y que fueran las mismas, incrementaba las preguntas, por más que fuera absolutamente verdad. Llamó para decir que se quedaba a comer donde mis suegros porque su padre no se encontraba bien.

Cuando regresó por la tarde le pregunté al oído, aunque no nos fuera a oír nadie, cuándo le vería puestas las bragas tan bonitas que le había comprado unas semanas atrás. Un día de estos -me dijo- eso no se planifica. Pedirle que me las enseñara donde las tuviera me parecía quedar un poco como un idiota, sobre todo si las tenía en otra parte o las llevaba puestas. No entendería mi pregunta y con cosas similares, aunque yo no lo comprenda bien, se suele molestar. Es mi mujer, pero a menudo hay confianzas que no podemos con ellas.

En los dos días siguientes, cuando tuve una oportunidad, miré en el cajón de su armario para ver si ahora las veía. No estaban y como ya empezaba a ser un pensamiento recurrente, le volví a preguntar. Me miró con extrañeza preguntándome qué demonios me pasaba con ese asunto. Me sentí tan mal y tan cortado que le pedí perdón con cierta vergüenza. Desde ese momento no dejé de darle vueltas al asunto, ahora ya llegando casi a no poder olvidarme de ello. Así es la mente. Cuando se está obsesionado con algo se suele perder la cabeza y a veces se pierde mucho, eso lo sé también como médico.

Durante todo el día siguiente en el hospital no paré de buscar una manera de avanzar en aquel asunto. Allí planeé mover ficha para ver cómo reaccionaría ella, aunque cuando se está nervioso se corre el riesgo de desvariar sin darse cuenta. Después de trabajar, lo primero que hice al llegar a casa (mi mujer estaba de nuevo a visitar a sus padres) fue ir a buscar las bragas que tenía escondidas para meterlas en su cajón entre las demás. Si eran las suyas realmente se bloquearía al verlas donde no las esperaba, porque las sabría perdidas. Es supersticiosa y llega a creer a veces en cosas inverosímiles. Si las veía y no eran las suyas, se preguntaría por qué había dos iguales. Tendría que explicarle entonces la verdad. Recordaría mis preguntas anteriores y tendría que convencerla de que no había sido un asunto de desconfianza. Pero si no la convencía, la desconfianza no confirmada le  provocaría decepción. (A veces enreveso mis pensamientos con conjeturas sobre lo simple).

Cuando abrí el cajón, antes de decidir nada, las vi enseguida bien dobladas en primer plano. Ahora estaban allí. Ella las había colocado uno o dos días antes. No sabía qué hacer, precisamente no estaba previsto encontrarlas. Se me ocurrió, para eliminar posibilidades, acudir a la tienda de lencería a ver si permanecían en el escaparate las que habían dado lugar al principio de todo aquel enredo. Llegué sin aliento porque eran casi las dos e iban a cerrar y por la tarde estaría ella ya en casa. En el escaparate no estaban como habían estado. Como cuando se está excitado, no se piensa o se piensa mal, así que me metí en la tienda sin más. Una muchacha recogía y doblaba sujetadores para meterlos en unas cajas. Le pregunté por las del escaparate y me dijo que las habían vendido uno o dos días antes, no se acordaba bien. Faltó poco para que le preguntara detalles sobre la persona que las había comprado, pero eso lo tendría que haber tenido bien pensado, porque improvisarlo levantaría sospechas. Al oírlo salió una señora de la trastienda, que debía ser la madre de la dependienta. La reconocí como la que me las había vendido tiempo atrás y creo que ella a mí también por la forma de mirarme, aunque eso puede que sean cosas mías. Es posible, también, que me conociera del hospital y además de eso, porque no muchos hombres, quizá, eso no lo sé, vayan comprándole bragas sexis a sus mujeres. Podemos pedirlas a la casa que las fabrica, me dijo. No se moleste, repliqué. Pero como era una vendedora, insistió: Si tiene tanto interés… en dos días o menos están aquí. Bueno, pues vale, le dije también sin pensarlo. Se las dejé incluso pagadas, empeño mío. Quizá en dos días se me ocurría algún detalle más para investigar.

De camino a casa era una pesadilla andante: me había encontrado unas bragas en extrañas circunstancias. Eran iguales a las que le había regalado a mi mujer. Las suyas no estaban donde debían estar. Luego podrían esas las suyas y haberlas perdido en mi ausencia, pero también podría ser una casualidad de las que a veces se dan en la vida de una forma inexplicable. Las del escaparate las habían vendido dos días antes y de nuevo habían aparecido en el cajón de su armario. Yo tenía las encontradas y, además, en dos días iba a tener otras iguales. Contarle todo (y descargarme con ello), si no era culpable, iba a provocar una situación muy fea por mi desconfianza y si era verdad, no sabía cómo reaccionaría, seguramente negándolo y poniéndose contra mí como defensa. La conozco bien. ¿Y si se enteraba de mi encargo en la tienda? Sin duda no iba a creerse que eran también para ella. Si se le mete otra idea en la cabeza, no se la saco yo con ningún argumento… Nunca. ¿Qué podría hacer? ¿Cómo me haría convincente diciéndolo? ¿Me convencerían sus razones fueran las que fueran? ¿Sería capaz de olvidarlo, tanto si era lo que no deseaba que fuera como si no lo era?…

No había vuelto a reparar en que el día que acudí a la tienda, con los nervios, había dejado mi teléfono para avisarme cuando las recibieran. Dos días después sonó el móvil yendo en el coche con mis suegros. Le pedí a mi suegro, que iba conmigo de copiloto, que contestara por si era del hospital. Noté que no sabía de lo que le hablaban y repetía ¿Qué?, ¿Cómo dice?… Me di cuenta de repente de lo que podía ser y le arrebaté el teléfono, creo que con cierta brusquedad. Era la voz de la dependienta de la lencería, que ya tenían el pedido. Cuando colgué mi suegro me dijo que no entendía nada, solo que alguien decía algo de una lencería o algo parecido. Con una risa retórica le dije que no había oído bien, qué ocurrencias, una lencería… Era una llamada del hospital, nada de lencerías. En qué estarías pensando, Alberto, le dije. Mi suegro hizo un gesto con la boca como de resignación y no dijo más. Mi mujer y mi suegra hablaban en el asiento de atrás, pero yo no sabía si estaban a lo suyo solo o a todo. No quise abundar en el tema por si acaso. Como les dejé a los tres y yo me marché al hospital, puesto que entraba nuevamente de guardia aquella misma noche, esta vez sustituyendo a un compañero enfermo, no me fiaba de que mi mujer hubiera oído la palabra lencería e interrogara en caliente a su padre cuando yo no estuviera. Por tanto, me puse a pensar y cuanto más pensaba, más preguntas me surgían, más enredo y más todo. Fue otra guardia de intensas cavilaciones. Ni cuando llevaron a cuatro accidentados, algunos muy averiados, podía quitármelo de la cabeza. Por la mañana pedí a un compañero que me sustituyera durante media hora y llamé a un taxi para ir a la tienda de lencería cuanto antes y no tener así que aparcar, porque la tienda está en la zona peatonal. Tuve que esperar mi turno después de dos señoras. Lo llevaba todo pensado para tener coartada: recogería el encargo y además compraría otras bragas, por si mi suegro le había dicho algo, de forma que cuadrara haberlas encargado para ella. Mientras me enseñaba entre dos o tres modelos para elegir, pensé que me iba a dar algo del nerviosismo. Además, llegó una señora, de la que me sonaba su cara y me saludó llamándome “doctor”. Las dependientas entonces levantaron la vista hacia mí como queriendo retener mejor mi cara. Elegí unas y salí de allí pensando en lo que sucedería si de pronto me encontrara a mi mujer en la calle (las casualidades está claro que se dan), saliendo de la lencería, estando precisamente de guardia y con dos paquetes de bragas, una de ellas igual a las que tenía ella en el cajón y otras distintas. Cogí corriendo un taxi al hospital.

Cuando salí de guardia había anochecido. En mi cartera llevaba tres bragas: las primeras que encontré, que no las había querido dejar en casa, no fuera a ser que mi mujer (por otra casualidad) me las hallara buscando algo entre mis cosas, y las otras dos que acababa de comprar. De todas, solo las buenas tendrían explicación y no podía saber si con ello iba a convencerla. Se dice por ahí, y ella lo ha oído, que entre médicos y ayudantes hay sus cosas. Yo venía de trabajar con tres bragas en la cartera. Conduje despacio pensando lo que podía hacer… Lo mejor era deshacerme de todas ellas y olvidarme por completo de aquella historia. Aunque olvidarme no parecía fácil.

Antes de llegar a casa, sentí un impulso al pasar precisamente por las cercanías  de donde había empezado todo y me desvié al descampado de los hechos. A esa hora había ya algunos coches con parejas dentro esperando a la oscuridad total, ya que era viernes. Di una pequeña vuelta por el lugar sin bajarme del coche para hacerme con el sitio y cuando creí que nadie me veía, abrí la ventanilla del coche y arrojé las dos bragas iguales en un montón de escombros de esos que la gente tira clandestinamente para no pagar un contendor de obras. A continuación salí de allí lo más rápido posible.

Cuando llegué a casa mi mujer estaba viendo la televisión y esperándome para cenar. Liberado de las más inmediatas pesadillas, llegaba con el paquetito de regalo en la mano. Te traigo un regalo, le dije. ¿De la guardia?, ¿algún riñón que os sobraba en el quirófano? Estaba inusualmente graciosa. Al levantarse se le abrió más de lo habitual la bata de baño y vi que llevaba puesta la ropa interior del conflicto. Creo que no fue casual. Le di un beso y le entregué el paquete. Lo abrió y al ver lo que era, me dedicó una sonrisa no sé todavía si de mera sorpresa, de ironía o de complicidad, por más que deba haber un tipo de sonrisa para cada una de esas formas y sean distinguibles. ¿Pero qué te pasa últimamente con la ropa interior?, ¿estás con la crisis de los cuarenta?… Puede ser, le dije y me fui a la ducha. Dejando caer, como tanto me gusta y me relaja, el agua por mi cabeza, algo aliviado ya, quería pensar en lo que podría suceder en la vida del próximo que se encontrara con dos bragas iguales de las que me había deshecho en el descampado.