UNA MISIÓN PARA MI ABUELO

Francisco Fabián

A la muerte de mi abuela, mi abuelo dijo que por más que tuviera ya 80 años nadie le sacaría, ni a la fuerza, de su casa del pueblo en la que había vivido toda la vida. Se le intentó convencer de todas las formas para que viviera con alguno de sus hijos, aunque fuera temporalmente, pero no hubo manera. No ha sido un hombre terco, pero aquello parecía tenerlo muy claro. Mis padres y mis tíos buscaron a una mujer que le atendiera por horas, rogándole a un vecino que les tuviera informados de cualquier mínima incidencia.

Al principio del verano nos dijeron que se había puesto enfermo de gastroenteritis. El vecino nos informó por teléfono de ello, dijo que había perdido algunos kilos, pero él se empeñó en tranquilizarnos diciendo que no parecía nada preocupante, que sería cosa del agua del verano por la falta de lluvias. Aún así, mis padres me mandaron a mí, ya de vacaciones y con deseos de tranquilidad, para que pasara un tiempo con él. De paso investigaría sobre su salud, ya que había terminado unos días antes cuarto de medicina y algo iba sabiendo.

Se alegró de verme. Llegué dispuesto a disfrutar una vez más de la distancia de sesenta años que nos separa, algo que me ha parecido siempre fascinante por la cantidad de diferencias que hay entre su tiempo -duro y también místico para mis fantasías- y el mío, completamente distinto en todo.

En el pueblo de mi abuelo en verano se vive bien. Hay más gente, es el campo y por la noche, comparado con Madrid, es en todo un paraíso. Duermo con una manta, puedo ver las estrellas como si estuviera en el espacio mismo, paseo al atardecer por los caminos de antes entre paredes de piedra, y ceno con mi abuelo, cuando cae el sol, un buen gazpacho y una tortilla en la huerta que tiene contigua a la casa, bajo el amparo de un nogal enorme. Aunque no tengo todavía la edad suficiente para valorar en toda su profundidad estos tesoros sutiles, empiezo a notar que son grandes placeres de la vida, contenidos en frascos pequeños.

Mi abuelo tiene sus amigos, con los que conversa y discute sentado desde las doce en las sombras de la plaza de abajo, viendo pasar a la gente y a las horas.  Por la tarde duerme la siesta mientras que yo trasiego con la máquina, como llama al ordenador portátil. Luego, cuando merma el calor, en la huerta regamos juntos los surcos de tomates, judías, acelgas y todo eso que cultiva para tener constancia, como dice él, de que no está del todo muerto. A los de fuera, coger unos tomates o una lechuga para comerla a los pocos minutos, nos parece un acontecimiento que a él le hace sonreír perplejo. Hablamos mucho, parece necesitarlo y a mí me fascina escucharle. A veces me anoto las preguntas que voy a hacerle para empezar, porque luego de haberlo hecho, ya todo va saliendo solo y podemos estar dos horas o más hablando sin parar. Le grabo sin que lo sepa directamente con el ordenador, porque quiero escuchar esto cuando tenga aún más valor que el ya tiene ahora. Creo que le gusta contarme su vida solo para asegurarse de que ha vivido; piensa, a pesar de sus 83 años, que se le ha pasado todo muy rápido.

Llevaría yo allí unos cinco días cuando me rebeló dos secretos que encarecidamente deberían seguirlo siendo. Uno era que moriría pronto, porque desde hacía un tiempo llevaba (así lo nombra siempre) haciendo de vientre con sangre y las tripas le dolían a veces muy fuerte y muy raro, tanto que muchas noches no le dejaban dormir. Me asusté, era para ello. Con toda la tranquilidad posible, me dijo que creía haber llegado su hora y que como Dios le llamaba ya para arriba, no quería operaciones, tratamientos ni leches a su edad que retrasaran su final. Así lo dijo y no le íbamos a convencer de otra cosa, advirtió. No me pongáis problemas a mi última voluntad.

El segundo secreto era, además de un secreto, un ruego. Empezaba por una larga historia en el tiempo. En el pueblo de al lado había un hombre de su edad que se había pasado la vida obsesionado con perjudicarle. Se conocían desde pequeños por cosas de las vecindades de los pueblos, pero desde que coincidieron en el servicio militar, aquel hombre se dedicó a hacerle obsesivamente el mal, sin que él supiera una causa y sin que se la quiera explicar. Desde entonces no había parado de hacerle maldades. Aunque vivieran cada uno en su pueblo y aunque hubiera pasado mucho tiempo, ese hombre, ya tan viejo como él, se había dedicado a provocarle disgustos de una manera sibilina, humillándole, si podía y muchas, pero muchas veces, riéndose de él delante de los demás. Incluso me dijo que en vida de la abuela había llegado a hacer cosas contra ella que no las quería ni recordar. Esa era la historia, el ruego me dejó helado: quería que lo matara. Así, con todas las letras, que lo matara yo. Quería morir sabiendo que no había muerto de una muerte natural, que había sentido en el último momento la angustia de la muerte provocada y se había ido para el otro mundo con ella, donde le esperaría Dios para ajustarle cuentas por sus injusticias con él. Le escuché asombrado casi sin hacer preguntas. Él ya no podía matarle. Lo llevaba todo planeado desde hacía mucho tiempo y cuando iba a hacerlo, se había puesto enfermo, le faltaban las fuerzas y la logística y creía que también el tiempo. Conocía bien sus rutinas y dentro de ellas, un lugar al que acudía casi invariablemente cada mañana paseando a solas. Parecía tenerlo bien estudiado. Allí, en el lugar al que acudía cada mañana, debería hacerlo, simplemente empujándole al vacio, porque se trataba de un escarpe de rocas con un desnivel de unos quince metros, donde había habido una antigua cantera. ¿Lo harás antes de que yo me muera?, me dijo en un tono muy especial en él que no le había visto nunca, como si me estuviera suplicando algo absolutamente trascendental. Asentí con la cabeza, aunque naturalmente no estaba pensando en hacerlo. Tendré que ir a explorarlo primero, contesté. ¿Mañana mismo?, preguntó con impaciencia. Mañana mismo, respondí. Desde aquel momento, fumando más de la cuenta (no me iba a oponer a ello dadas sus circunstancias), me dio todo tipo de detalles sobre aquel hombre y su plan. Su aspecto físico, la hora a la que salía de casa, el camino que hacía hasta la antigua cantera, el tiempo que permanecía allí, el sitio al que iba después para regresar a casa… Lo sabía todo de su rutina. Me extrañó que sabiéndolo todo como lo sabía, no lo hubiera hecho él mismo, queriéndome involucrar a mí en algo así, con lo que ello pudiera suponerme de perjuicio. Mi abuelo nunca ha tenido ideas descabelladas y ahora, de mayor, no se le notaba nada que tuviera que ver con ello.

Aquella noche, en la vieja alcoba cerrada por cortinas, donde duermo tan feliz en una intimidad que no tengo en Madrid en mi cuarto de ciudad más confortable, le di muchas vueltas al asunto. Primero al de su enfermedad y al deseo de morir a su manera y, luego, al de la historia que acababa de conocer y que tendría que ser un secreto tal y cómo él me lo había pedido. Me reconcomía por dentro verle humillado sin motivo por aquel tipo despiadado, durante muchos años, solo por el hecho de abusar de él de esa manera.

A la mañana siguiente, temprano, fingiendo salir a caminar con la fresca, como hace la gente de vacaciones, me encaminé al pueblo de al lado. Queda cerca. Llevaba una serie de anotaciones para llegar al lugar donde mi abuelo me había dicho. No tuve muchas dificultades para encontrarlo; me lo había descrito con toda precisión. Tenía que haberlo hecho muchas veces para conocerlo tan bien. Identifiqué enseguida el lugar desde lejos, porque era un punto evidente. En el terreno ondulante que compone el paisaje, se producía un socavón sobre la ladera, como si fuera un mordisco que le hubieran dado, a cuyo fondo conducía un camino antiguo, casi borrado, compuesto por la marca de las dos ruedas de los vehículos que frecuentaban en otro tiempo la cantera. Se podía ver el interior del socavón bien desde lo alto de la meseta o bien desde el fondo, llegando a través del camino. Desde una especie de colina cercana, me senté a esperar para ver si había por allí alguien a esa hora, antes de que llegara el momento en el que el hombre esperado se acercara a su rutina diaria.

Pasaba el tiempo y el hombre esperado no llegaba. Ni siquiera se veía a alguien por los alrededores. Como se iba acercando la hora de la comida y tenía que regresar a pie, decidí ir a la cantera desde la zona alta. Daba un poco de vértigo asomarse porque no había ya protección alguna y un traspiés o el propio vértigo, esa atracción que ejercen los vacíos de los precipicios, podían ser fatales. Antes había habido una alambrada de espino como protección, pero ya estaba caída sobre el suelo, casi no se la veía. Acercarse y caerse, ahora parecía ser una responsabilidad particular de quién se atreviera a asomarse. El fondo de la cantera lo ocupaban muchas piedras, unas desprendidas de la pared vertical con el tiempo y otras abandonadas en la época de la extracción, de la que ya haría bastante tiempo. Si alguien se cayera desde allí arriba al vacío, se estrellaría fatalmente contra las piedras.

Pensando que me cogía de paso en la vuelta a casa, bajé la ladera hasta la boca del socavón. No me importaba si alguien podía verme allí; no iba matar a ese hombre aunque apareciera, por lo tanto eran innecesarias las cautelas. No sabía todavía cómo iba a solucionar aquello ante mi abuelo, pero hacer algo así era para mí imposible, aunque tuviera grandes deseos de venganza. Algo impulsaba a entrar dentro de la cantera, porque allí era como estar en el interior de un espacio inquietante en el que el cortado de piedra que se alzaba vertical parecía vigilar, encerrarte y dominarte estando ya dentro, permitiendo soñar con la ficción de que ya no saldrías. Una sensación muy extraña que no tuve prisa en terminar, sabiendo que todas las imaginaciones serían solo fantasías que habría visto en alguna película ya olvidada.

No entiendo mucho de piedras, pero en este caso podía identificar que la cantera había sido de mármol. La habían abandonado en plena explotación. Alguna vez he oído que en las canteras de mármol, si de pronto aparece una veta de un color que lo contamina y lo afea, el mármol pierde el valor que tenía. Algo así podría haber sucedido allí; parecía que se hubieran marchado de un día para otro, cuando tenían varios bloques preparados para transportarlos o trocearlos. Me dediqué a recorrerlos, porque a medida que estaba más tiempo dentro, iba encontrando un inexplicable placer en merodear, aunque fuera con una sensación inquietante. Al mirar por dónde pisaba caminando, me di cuenta de que al lado de uno de los bloques que estaban inmediatos al punto donde se alzaba la pared vertical, había un ramo de flores secas. Muy cerca, había otro que parecía más antiguo, porque de él quedaba solo la fibra del atado que sujetaba a algunos de los pedúnculos de un ramo de rosas. Me extrañó que alguien hubiera llevado hasta allí dos ramos de flores. Pero aún me sorprendió más cuando vi que, sujeto a la pared de piedra, había un tercer ramo, marchito también, pero más reciente que los otros dos, dentro de un vaso de plástico. Abandoné el lugar preguntándome qué significaba todo aquello. Se me había hecho tarde.

A mi vuelta tuve que mentir a mi abuelo diciéndole que a pesar de sus indicaciones tan precisas, no había logrado encontrar el lugar y que tendría que volver de nuevo. Lo hice a los dos días, pero después de hablar de nuevo del asunto con mi abuelo para recabar más detalles. Me pareció que se contradecía en algunos aspectos. Tenía una prisa especial porque ese hombre muriera pronto y porque él lo conociera, pero no parecía nada preocupado por el lio en el que me metía a mí como ejecutor, como si matar a alguien fuera sencillo y además, no tuviera riesgos. Mi abuelo no estaba tan mal de la cabeza como para no darse cuenta de las posibles repercusiones del favor que pedía, en mi vida de nieto con futuro prometedor, al que quería, porque yo sabía que me quería mucho.

Dos días después volví por la cantera. Primero vigilé un rato para ver si alguien iba, luego, subí a un pequeño monte que había cercano, desde el que se oteaba el pueblo del hombre que buscaba y, con unos prismáticos, vigilé el camino a la cantera. No se veía a ningún caminante solitario ir camino del lugar. Solo, en un determinado momento vi que por el camino vigilado se adentraba un coche pequeño a paso lento. Observé que a cierta distancia de la cantera, se detenía y salía de él un hombre. Con los prismáticos pude distinguirlo bien. Por los andares y el garbo general, era un hombre mayor. La descripción de mi abuelo podría coincidir en líneas generales con él, pero a tanta distancia, determinados detalles de su cara no eran apreciables con los prismáticos. Paró, abandonó el coche y se metió en una finca donde se veían un estanque, un árbol grande y los surcos con plantas verdes indicando que se trataba de una huerta. Me preguntaba si sería él. Mi abuelo había dicho que cada día caminaba hasta la cantera, no dijo nada de una huerta ni de un coche.

Después de un rato, viendo que aquel hombre no se movía de la huerta, decidí ir donde él, como si pasara por allí casualmente e investigar algo. Cuando llegué, sacaba con un motor muy ruidoso a un estanque el agua de un pozo. Eso me facilitó que le pudiera observarle apoyado en la pared sin que me viera. Debía de tener la edad de mi abuelo o quizá más joven; no parecía lo alto que me había dicho que era el hombre que buscábamos y cuando me acerqué más, una vez que hubo detenido el motor, observé que no tenía la cicatriz en la frente en la que mi abuelo había insistido. Ni tatuada en el brazo una calavera, que por lo visto se la habían hecho en el servicio militar. Era un hombre afable, de esos que nos gusta encontrar, y viceversa, a los que vivimos en Madrid cuando estamos de vacaciones. Dejé que me contara primero lo que cultivaba, los años que tenía y que no aparentaba, las profesiones de los hijos y de algunos de sus nietos, para entrar finalmente en lo que me interesaba. Para entonces ya sabía que no se llamaba Manuel, sino Ángel, es decir que no era la persona que buscaba. Entonces le pregunté por la cantera. Era lo que pensaba: una veta intrusiva terminó con la explotación y desde entonces quedó aquel mordisco en el paisaje sin que nadie se hubiera ocupado de hacer algo con él. Por lo visto el promotor se había marchado y si te he visto no me acuerdo; así lo dijo. Esos datos eran lo previsible, pero ¿y los ramos de flores? No le hubiera preguntado nada sobre ello si hubiera visto uno solo, pero siendo tres, tenían que tener alguna historia detrás. Mi interés por ese asunto no pareció gustarle demasiado. ¿Pasa algo con ello?, le pregunté al ver su gesto. Ahí murió un hombre que era mi cuñado, el marido de mi hermana, respondió. No quería hablar de ello, se le notaba. Había caído desde arriba y no sabían si había sido voluntariamente o por accidente. No había dejado ninguna nota, solo el médico dijo que tenía alcohol en el estómago, cosa extraña porque hacía años que había dejado la bebida. Le pregunté cómo se llamaba y me miró extrañado como si no entendiera la razón de ese dato. No sé de dónde me vino la luz para responder lo adecuado en tan poco tiempo para pensarlo. Le dije que había visto en Madrid la noticia en un periódico; me había interesado por ser el pueblo de al lado de mi familia. Se llamaba Manuel. Sin duda era él. Había caído al interior de la cantera hacía menos de tres meses.

En el camino de vuelta, en medio del calor sofocante ya de la segunda quincena de julio, no cesaba de hacerme preguntas y sobre todo, de pensar en lo siguiente que iba a decirle a mi abuelo. Podría decir la verdad y zanjar el asunto, pero me preguntaba si la verdad le gustaría o preferiría otra versión. Como no lo tenía muy claro, decidí esperar, darme un poco de tiempo y, además de estar seguro de lo que iba a hacer, investigar algo más. Mentí cuando le dije que había visto a una persona merodeando por el lugar y que me había parecido que era él. Tienes que matarlo y arrojarlo cuando antes por el hueco de la cantera, de manera que parezca que se ha caído o se ha suicidado. Si no le sorprendes al lado de la cantera, le matas primero de un golpe, le echas coñac por la boca para que parezca que estaba borracho y luego le arrojas. Con el golpe de la caída no se le notará que le has matado antes, dijo con cierta tensión en la forma de hablar, muy impropia de él. Me interesó lo del coñac por la coincidencia con la información del hombre de la huerta. No hacía falta, le dije, pero insistió en que debía hacerlo así, que le hiciera caso, que para eso era mayor y con experiencia en las cosas de la vida. Tenía el coñac preparado, solo tenía que llevarlo en un frasquito como de cuarto de litro, que cabía en cualquier sitio.

Esa noche casi no dormí dándole vueltas y más vueltas a todo en mi alcoba. Desayunando le dije que lo iba a hacer a la mañana siguiente. Gracias, hijo, me voy a poder morir tranquilo, me dijo con un tono de voz que en algo expresaba no faltarle mucho tiempo, como si estuviera esperando a la muerte de aquel hombre para hacerlo él, enseguida más tranquilo. Le puse una sola condición a todo: que a mi vuelta no me preguntara nunca más ningún detalle de lo sucedido. Solo si había fracasado, se lo diría.

Cuando me levanté, a poco de amanecer. Ya estaba él en la cocina. No tenía buen aspecto. Poco antes había visto sangre en el baño. Dijo que no tenía importancia, pero aún así le hice unas cuantas preguntas. Tenía en la mano una botella pequeña con coñac. No te olvides esto, me dijo. Te la traes de nuevo, que no queden por allí tus huellas, que la policía sabe mucho. Desayuné bajo su mirada atenta y cuando me dispuse a marchar con una pequeña mochila a la espalda, donde iba la botella con el coñac y algunas otras cosas para mí, me dio un largo abrazo. Gracias, hijo, por liberarme de algo tan importante, susurró a mi oído. Le besé. Tenía los ojos llenos de lágrimas y yo también.