DOMINGO DE INVIERNO EN URGENCIAS

Francisco Fabián

En la sombría sala de urgencias del hospital fuimos quedándonos cada vez menos personas en la noche del domingo de enero. No me gustan los domingos desde las 4 de la tarde. Tienen siempre un carácter deprimente, de tal manera que muchos días tengo la costumbre de acostarme a las 8 de la noche o antes, tomando una pastilla para dormir; de esa forma evito que las horas me vayan dejando una sensación de hastío y pesimismo que no sé en realidad de dónde vienen. Pero ese día, domingo, ¡casualidad!, mi padre de repente había tenido un fuerte dolor en el pecho y caí por las urgencias del hospital a eso de las 10 de la noche. Como mi padre estaba estos dos meses en mi casa en la ronda que va haciendo de casa en casa de sus hijos, y como el resto de mis hermanos viven en otras ciudades, me encontraba allí solo. Viviendo solo como vivo, nadie podía hacerme compañía en aquel momento.

Cuando llegué a la sala de espera de las urgencias habría unas quince personas en varios grupos. Casi todos parecíamos estar con esa intranquilidad que se produce esperando interminablemente a que llamen por el pequeño altavoz a los familiares de tal o cual para dar alguna información sobre el enfermo. Raro era el que no hablaba de algo negativo relativo a enfermedades o del suceso que les había llevado hasta allí, repitiéndolo con los nervios otra y otra vez. Como yo no soy muy hablador y estaba solo, parecía ser el único que no conversaba con alguien, sentado en un extremo de la pequeña sala poblada por cinco filas de asientos de plástico color naranja. Probé a mirar algo en el teléfono móvil, como hace ahora todo el mundo para entretenerse, pero no me concentraba. No me gusta el fútbol y por tanto los resultados de la jornada deportiva que lo copaban casi todo por ser domingo, me daban completamente igual, y el resto de las noticas de la prensa, en una tarde deprimente de domingo como aquella, la verdad es que me interesaban muy poco.

A las once y media de la noche ya solo quedábamos los familiares de tres enfermos: una familia de cuatro que al parecer esperaban por algo que le había sucedido a un niño, una señora un tanto voluminosa y yo. La señora y yo éramos definitivamente los únicos solitarios, ella sentada en una punta de la sala y yo en la otra. No había reparado mucho en ella porque creía que formaba parte de alguno de los grupos, pero ahora que la sala se había vaciado me di cuenta de que era alguien con cierto porte. No solamente era una mujer guapa, todavía, a pesar de sus más de 50 años, sino que conservaba ese aire y ese estilo que solo tiene cierta gente, con una conjugación de lo agraciado de sus rostros y de la forma de combinarlo con todo lo demás, de los gestos, la mirada, la disposición general e incluso los colores de las ropas que visten. Todo lo que se percibía de esa mujer parecía traslucir que su vida hubiera transcurrido por derroteros y ambientes que no eran los que transitamos el común de los mortales. No sabría explicarlo mejor, pero estaba seguro de lo que mi intuición me decía de ella.

Cuando llamaron a la familia de los cuatro que estaban por el niño accidentado, se levantaron todos ellos con brusquedad y desaparecieron sin ni siquiera despedirse mínimamente de los dos que permanecíamos todavía a la espera. Entonces la mujer y yo nos quedamos solos y parecimos más conscientes de que estábamos solos los dos, aunque cada uno por su lado. Empezamos a coincidir en las miradas con más frecuencia, ya fuera inconscientemente porque era yo para ella y ella para mí los únicos bultos con movimiento en la sala; siendo así, al movernos cada uno para cambiar de postura, constituíamos la única novedad en la tensa espera, por lo cual el otro alzaba la vista para ver lo que sucedía. Parecía intranquila, porque se movía continuamente cruzando y descruzando las piernas o colocando las manos aquí o allá.

Para que se me pasaran más rápidos los minutos, me dediqué a observarla a través del reflejo de su figura en el ventanal que daba al jardín, haciendo de espejo por la oscuridad de la noche. Solo si ella miraba al mismo sitio que lo estaba haciendo yo, podía darse cuenta de mis observaciones, pero parecía estar nada más que a lo suyo. Era rubia, con el pelo más bien corto. Podía medir más de 1’70, la cara ancha tirando a redondeada, los labios grandes bien proporcionados, la nariz pequeña y los ojos de un color verdoso que elevaban la categoría de su cara, ya de por sí proporcionada. Algo me decía que en la genética de esa mujer había componentes extranjeros, nórdicos o germanos tal vez. Todo el conjunto, con los pómulos algo salientes, le daba un aire atrayente y seductor. La piel parecía suave y muy lisa, con un color natural que se acercaba al tostado, aunque el pelo fuera claro. Su cuerpo, sin ser excesivo, era voluminoso. Podría decirse que era mujer gorda, porque no era delgada ni estaba en el punto intermedio, pero habría que matizar que su gordura era justa, proporcionada y atractiva, porque no parecía sobrarle nada de ningún sitio especialmente que resultara claramente afeante. Todo parecía tener una proporción en ella, a lo que se sumaba la ropa que vestía. Llevaba un traje de color azul que no llegaba a ser oscuro, con chaqueta y falda hasta la rodilla; por la abertura de la chaqueta asomaba una camisa de color hueso con dibujos verdosos. Sus piernas las cubrían medias azules a juego con el traje y zapatos bajos de ante muy elegantes también de color azulado.

Estaba inquieta y parecía que cada vez más. En un momento dado suspiró hondo y se levantó del asiento pasando delante de mí. Noté que murmuraba algo para ella misma; no parecía importarle si yo lo advertía. Llegó hasta la puerta, que estaba abierta, se asomó a ella, permaneció un momento allí y regresó a su asiento con aire de abatimiento. Oí como al sentarse exclamaba un ¡Ay! muy largo que precedió a un llanto silencioso. Sin pensarlo dos veces me levanté para ir donde ella. ¿Puedo ayudarla en algo?, le pregunté. Sollozando movió al cabeza para indicarme que no, a la vez que buscaba un pañuelo en el bolso. No sabía qué hacer ni qué añadir en ese momento. ¿Tiene usted a un familiar ahí dentro?… Asintió con la cabeza y dijo entre suspiros A mi marido… ¿Algo grave?, insistí. Un accidente de tráfico, dijo sin mirarme, limpiándose las lágrimas. ¿Y no sabe nada de él? ¿Desde que hora lleva aquí?, volví a preguntar teniendo en cuenta que yo ya llevaba tiempo y ella ya estaba cuando yo había llegado. Desde el mediodía… ¿Y no le han dicho nada todavía?… Movió la cabeza negativamente. ¿Nada?, ¿ni una sola información? Volvió a mover la cabeza para negarlo. No pude evitar el sobresalto que me produjeron sus palabras. No suelo ser crítico con el funcionamiento de la sanidad en cuanto a lo que son asuntos de los profesionales que la ejercen directamente, pero de pronto y con vehemencia, me sumé a todo eso que alguna gente dice cada vez que algo no es como les gustaría a ellos particularmente que fuera, arremetiendo contra cualquier cosa incluso sin información. ¡No hay derecho -susurré-, así funciona todo! Ella no decía nada, permanecía con la cabeza baja y la mirada fija en algún punto del suelo. No sabía qué hacer. Perdone que insista, pero ¿no han salido ni siquiera para decirle las pruebas que le están haciendo a su marido? Volvió a negar con la cabeza y ahora estalló en un llanto que me descompuso por completo. La tomé del brazo con mi mano y le pedí que se calmara. ¡Así funciona todo últimamente, lo que quieren es que nos vayamos a lo privado!, dije con rabia. Sin pensarlo más me levanté y salí a toda prisa de la habitación. Cerca de allí había dos muchachas jóvenes detrás de un mostrador. Les expliqué lo que pasaba. Me miraron con cara de asombro, quizá porque me vieron excitado, aunque supongo que en estos sitios y en las circunstancias que se dan a diario en ellos, esta gente está acostumbrada. Una de ellas buscó algo en una lista y me dio datos que no me cuadraban con lo que la mujer me había dicho. A punto estuve de decirles que eran unas ineptas, que no sabían ni buscar en una lista. Quizá el herido había entrado por otra puerta, dado el carácter de gravedad de su situación. Tampoco podía ser. Era el único lugar posible. Podía ser que no le hubieran identificado. No, lo hubieran sabido ellas de todas formas. Un guarda de seguridad que estaba a unos metros de nosotros advirtió algo que podía tener que ver con su trabajo sobre lo que estaba pasando conmigo y se acercó. Me sentía bloqueado, pero las chicas del mostrador también. Mientras el guarda de seguridad intentaba por las buenas calmarme, una de las dos chicas hizo una llamada por el teléfono en la que le confirmaron que las cosas eran como ella las decía. Le pedí entonces a una que saliera a hablar con la mujer que esperaba a su marido para aclarar el asunto. Accedió y vino conmigo, aunque antes tuvo que atender a una llamada demorándose quizá dos minutos. En la sala de espera había ahora una mujer de cierta edad y una chica. Les pregunté por una mujer vestida de azul. ¿Una mujer vestida de azul?, me preguntó extrañada la chica que me había acompañado. ¿Era una mujer?… hizo con los brazos un gesto significando volumen… guapa y con buena pinta? Asentí con la cabeza. Acompáñeme, por favor, eso lo aclara todo… Naturalmente seguía sin entender nada.

Al pasar por el mostrador de donde había salido la chica, se acercó a su compañera y le dijo algo en voz baja. Me pidió que esperara un momento allí mismo. Unos minutos después me llamó desde la puerta de un despacho a pocos metros de donde estábamos. Señaló a una mujer con bata blanca sentada en la mesa de la pequeña habitación: Ella le se lo explicará todo, dijo. Le avisaré aquí si sabemos algo de su padre, no se preocupe. La mujer morena de cierta edad que estaba al otro lado de la mesa, se tomó unos segundos mirándome con una sonrisa amable, seguramente que porque era una persona de temperamento pausado, pero también porque no sabía por dónde empezar. Por fin comenzó a hablar: Lo que le ha contado esa mujer no es cierto… Creo que de extrañeza fruncí el ceño al oírlo, porque ella asintió con la cabeza antes de seguir. Si, lo que oye, no le ha contado la verdad. Su marido no ha sufrido ningún accidente hoy. Eso fue hace más de dos años. No quiero que se quede intranquilo, así que voy a contarle la historia, pero por favor no la vaya contando por ahí. ¿Puedo confiar en usted, verdad? Asentí con la cabeza. Es un poco largo. Lo hemos sabido por la policía, porque tuvimos que darles parte a ellos. Viene de vez en cuando por aquí con lo mismo. Últimamente hacía tiempo que no venía. Esta mujer vivía en Madrid con su marido y su hija. Tenían buena posición. Un día, porque estas cosas pasan, se enamoró de otro hombre. Un hombre de esos que cautivan a cualquiera porque lo tienen todo: atractivo, simpatía, dinero, posición, ingenio, mundo… todo. Las mujeres les tenemos mucho miedo a estos hombres; mejor que estén muy lejos; mejor no empezar nada porque puede haber tanta competencia, que nunca estaríamos seguras. Él también estaba casado y también se enamoró de ella con la misma intensidad. La persona que ha conocido hace un rato era mujer muy apasionada, todo corazón, de esas mujeres que aman hasta la locura, que se entregan con más irracionalidad de lo normal cuando aman. No digo que los hombres no lo hagan también, pero yo creo que en estos casos ustedes se quedan un paso por detrás, o a veces dos.  No saben lo que se pierden, pero tampoco lo que ganan cuando las cosas salen mal, que suele ser a menudo, porque amar con tanta locura, a veces a ustedes los hombres como que les cansa. No diré que les asusta; yo creo, pero no lo sé seguro, es solo una cosa mía, que más bien les estimula, les hace creerse más importantes, más deseados, con más éxito, inclinándoles con ello a buscar otro triunfo y así a engrosar voluntaria o involuntariamente su ego. Perdone si no piensa lo mismo. Al fin y al cabo, es mi opinión, puedo estar equivocada. El caso es que ella dejó a su marido, aceptó que la hija de ambos se quedara a vivir con él, porque, además, al parecer no se entendían mucho debido a la mala edad de la chica y esas cosas de los jóvenes con los padres a cierta edad. El padre y la hija se fueron a vivir a Estados Unidos y ella se quedó en Madrid inmersa en su loco amor con aquel hombre, que también dejó a su familia. Viajaban por el mundo aprovechando que el trabajo de él como empresario lo posibilitaba. Recalaban en las ciudades más importantes y descansaban en los hoteles de las playas más famosas del mundo como dos jóvenes, aunque ya no lo fueran. Era una vida de ensueño y de locura, como si les hubiera tocado la mejor lotería del mundo, la que difícilmente existe, la de la felicidad absoluta. Un día, a él se le averió el coche regresando de Bilbao y el seguro le puso un taxi para volver a casa. En el viaje tuvieron un accidente. Estuvo muy grave, llegó a estar en coma dos o tres semanas. Ella estuvo a su lado todo el tiempo que la dejaban, sin moverse un momento. Cuando despertó no la reconoció. Pero el médico le dijo que eso podía ser normal, que sería una amnesia temporal y que poco a poco irían llegando los recuerdos. Ella se lo tomó bien y esperó pacientemente, hablándole, queriendo que recordara, pero él no la recordaba en absoluto, como si no hubiera existido hasta entonces. Pasó un mes y no hubo ningún progreso en reconocerla, todo lo contrario que su estado de salud que era cada vez mejor. Recordaba casi todo de su vida, pero a ella no. Incluso pidió que aquella mujer dejara de estar allí todos los días, que no quería verla, que a quién quería ver era a su mujer.

La llamaron entonces y cuando la vio puso una cara de felicidad como no se le había visto en todas las semanas anteriores. Sus hijos habían estado a visitarle, pero a ella, que era una mujer muy sensible, no había querido hacerlo en un principio.  Puede usted imaginarse la situación para esa mujer que esperaba ser reconocida. No podía creerlo. La verdadera esposa era una mujer comprensiva y muy equilibrada, tanto que había llegado a entender, aunque con mucha tristeza, que se marido se hubiera enamorado de otra y la hubiera abandonado. Quedaron para hablar de ello al día siguiente en la casa de la esposa. La mujer que usted ha conocido estaba destrozada, estaba perdiendo la cabeza. Las dos mujeres se vieron al día siguiente. La esposa era tan comprensiva que la abrazó al ver su cara profundamente demacrada de no haber dormido en toda la noche, quizá de haber bebido, además y seguramente, de haber deseado morirse con todas sus fuerzas. Propuso quedarse al lado del hombre, puesto que era lo que él deseaba, prometiéndole que, si volvía a sus recuerdos con ella, se apartaría y les dejaría vivir, como lo había hecho antes. Incluso le dijo que permitiría que se vieran para intentarlo si él lo quería. También le prometió ser honesta si en su nueva vida con él recobraba la memoria de pronto. La mujer de azul (cuando ha venido otras veces venía frecuentemente así vestida, no sabemos la razón simbólica) volvió a su casa y se encerró allí. Nos consta que se la vigilaba por si se quitaba la vida. Con el tiempo empezó a hacer una vida más o menos normal, solo más o menos. Volvió a su trabajo como funcionaria de un ministerio con cierto nivel, viviendo ahora en un piso alquilado. Lo único raro que sabemos de ella es que aparecía por aquí cada cierto tiempo con la historia que usted ha conocido en la sala de urgencias o con otra muy parecida. Habrá venido en menos de dos años unas cuatro o cinco veces con la de hoy. Viene, se lo cuenta a alguien y desaparece. A estas horas ya irá camino de su casa más tranquila.

Cuando aquella mujer a la que había escuchado terminó su relato, volvió a sonreírme con amabilidad, esperando que yo dijera algo. Pero no se me ocurría nada. Solo moví la cabeza, a la vez que la dejaba caer levemente hacia los lados como negando, no dando crédito a lo que acababa de oír… Eso es todo. Por favor, no lo cuente a nadie. Y ahora vamos juntos a conocer cómo está su padre.

Mi padre aquella noche estuvo en observación porque parecía ser una angina de pecho y yo paseé todo el tiempo a su lado. Soy mal dormidor si no es en una cama, pero, aunque no fuera así, creo que no hubiera dormido pensando en la mujer de azul. No dejaba de repetirme qué curiosa, qué sorprendente, qué compleja y qué caótica es esto que llamamos la vida.