ÉXTASIS ANUAL EN VIERNES SANTO

Francisco Fabián

Llegó de tomar el café de media mañana con las manos heladas. A pesar de ser el mes de marzo seguía helando. En la tierra castellana, cuando hiela de verdad, ni rondando el medio día se quita el frío. Pero esa mañana era la niebla húmeda que no se había terminado de quitar, la que agravaba las cosas. Todo el mundo sabe que para la niebla fría nunca hay otro remedio que estar lo menos posible en la calle. Llegó, se quitó el chaquetón, la bufanda y los guantes y fue presuroso a su mesa, colocándose antes de sentarse un momento de espaldas al radiador de la calefacción, mientras hacía algún comentario a sus compañeros sobre el frío y lo malo que hacía en la calle. Luego se sentó delante del ordenador, tocó una tecla cualquiera para que volviera la imagen a la pantalla, que estaba modo ahorro de energía y cuando enseguida volvió, tecleó la contraseña para volver a la tarea que había dejado a medias, cuando sus compañeros funcionarios le habían avisado de que ya era la hora diaria para salir a tomar el café. De fondo aparecía la plantilla de lo que estaba rellenando y delante del fondo, un mensaje que le avisaba sobre dos correos electrónicos nuevos recién llegados y sin leer. Pulsó en el mensaje para abrirlos y apareció de inmediato todo el listado de los correos, de los que los dos últimos estaban resaltados por ser nuevos. Todo fue muy rápido. El primero lo estaba esperando, tenía que ver con una gestión que había hecho unas horas antes; el segundo, al identificarlo, le provocó una sensación instantánea dentro del cuerpo semejante en algo a una descarga eléctrica indolora que hubiera penetrado removiendo y recorriéndolo de arriba a abajo. No esperaba tal correo electrónico para ese día en concreto, pero sabía que estando a poco menos de diez días de la Semana Santa, previsiblemente tendría que llegar, como venía llegando desde hacía ya doce o trece años. Sonrió a la pantalla, tragó saliva, se volvió hacia una botella de agua de la que solía beber pequeños tragos a lo largo de la mañana, bebió un sorbo y sin soltarla siquiera, pulsó a través del ratón en la pestaña que abría el mensaje. En un instante estuvo abierto. Respiró hondo antes de leerlo, como para darse a sí mismo más emoción. “Mañana o pasado te lo mandaré, como siempre. Un beso fuerte. Beatriz”. Se quedó un momento pensativo y sonriente mirando la pantalla del ordenador.

Pasó el día siguiente pendiente del correo electrónico. Si se ausentaba un momento de su mesa, fuera por poco o por mucho tiempo, enseguida que regresaba, lo primero que hacía era mirar la pantalla para comprobar si estaba el que más estaba esperando. No llegó ni al día siguiente ni al otro, sino al tercero. Algunos años anteriores se había hecho esperar también un poco más, cosa que Mario terminó por interpretar, tal vez, como un deseo calculado por parte de Beatriz para crearle más espectativa. El día que llegó el esperado correo electrónico fue ya al terminar la jornada. En el mensaje que acompañaba a las fotos solo figuraba un “Disculpa el retraso. No he podido antes. ¿Estarás allí como siempre?… Un beso. Beatriz”. El mensaje contenía cuatro fotos en archivos adjuntos. Se aseguró de que nadie le podía ver la pantalla en ese momento y las abrió de inmediato una por una. En la primera había unas medias negras fotografiadas sobre un fondo blanco que parecía ser una cama, porque la mitad de la prenda caía por el final, doblándose y llegando a tocar el suelo con el extremo, donde van los pies. En la segunda de las fotografías se veía un sujetador de color encarnado oscuro. Parecía una prenda muy fina y sencilla, sin adornos, con un diseño sobrio pero elegante. La tercera era el correspondiente inferior al sujetador, de la misma factura y color; era una prenda muy breve y parecía un tanto transparente o eso le quería parecer a él. La cuarta fotografía era una composición de las tres anteriores en su orden natural para el cuerpo de una mujer. Notó el corazón agitarse con fuerza mientras las veía. Volvió de nuevo a beber agua de la pequeña botella. Archivó las fotos, se levantó de la mesa, acudió a la percha donde tenía colocado el chaquetón, se lo puso y dijo en alto: “Salgo un momento a fumar”. Estuvo fumando a solas mientras paseaba por la placita que había delante del edificio. Estaba tan a lo suyo que se le cruzaron algunos conocidos y le tuvieron que llamar la atención porque él no se enteraba de ello. Fumó el cigarro abstraído con la máxima felicidad. Cuando regresó a la oficina enseguida volvió a las fotos y las fue pasando con más calma una a una, vigilando que nadie más pudiera verlas. No eran de buena calidad, pero lo que se necesitaba ver, se apreciaba muy claramente en ellas. Hizo un zoom en todas para ver las prendas en detalle y las guardó. Sabía que las vería muchas veces en los próximos días. Aún faltaba una semana para el Viernes Santo.

La tarde del Viernes Santo dijo en su casa que iría como cada año a ver la procesión de la Cofradía de las Damas del Dolor. No hubo forma de convencerle de cualquier otro plan. Dijo que iba a tomar fotos como en años anteriores. Solía preparar la coartada diciendo a lo largo del año, siempre que había ocasión, que era la procesión más pintoresca de toda la Semana Santa y que por eso no se la quería perder nunca. Las demás le daban igual.

Todos los años a la caída de la tarde salía solemnemente la procesión en la que desfilaban las Damas del Dolor. Siempre, aunque lloviera o hiciera frío, la gente abarrotaba las aceras. En medio de un conmovedor silencio general, solo roto de vez en cuando por la voz de algún crío, la imagen de un Cristo cargado con la cruz, agotado y con cara de dolor, flotante entre una ingente cantidad de flores, prorrumpía en las calles de la ciudad procedente de la catedral. Delante de él, presidían la comitiva tres mujeres vestidas de riguroso negro, separadas suficientemente entre sí; una de ellas, en medio, destacada unos pasos respecto de las otras dos, con mantilla y peineta, portaba un bastón de mando que le confería autoridad; las tres y las demás que también desfilaban, se mostraban siempre muy serías, como si de verdad fueran incapaces de sentir otra cosa que tristeza en aquel momento. Detrás de la imagen, portada por hombres vestidos de capuchino, cuatro sacerdotes caminaban con gesto menos grave y después de ellos, un grupo de mujeres, unas veinte, también vestidas de negro riguroso, algunas, además, con peineta, desfilaban despacio, emparejadas de tres en tres y a dos o tres metros de distancia cada grupo del siguiente, como para que se las pudiera ver mejor en detalle durante el pasacalle. Nadie más desfilaba en esta procesión, ni siquiera la orquesta de jóvenes con cornetas y tambores que salía en las otras procesiones. Ésta era solo con silencio, de sobrecogimiento, de misticismo, de dolor.

Mario llegó con tiempo suficiente a la puerta de la catedral para colocarse en la segunda fila, de tal manera que pudiera ver prácticamente lo mismo que los de la primera, aprovechando el espacio entre los dos hombros y las dos cabezas que tuviera delante, de forma que veía prácticamente lo mismo, pero lo hacía en cierto modo escondido. Aunque hubiera tenido oportunidad no hubiera aceptado estar en la primera fila. Nadie lo iba a notar, pero con ello estaba delatando en realidad estar allí para algo más que para ver el transcurso de una procesión de Semana Santa. El pacto secreto entre los dos era que ella nunca supiera donde estaba él observándola desde el anonimato.

La gente hablaba esperando, pero cuando vieron abrir las puertas de la iglesia de par en par y casi de golpe, tal y como disponía el ritual, se oyó el sonido inmediato de unos golpes metálicos, todo el mundo calló enseguida, haciéndose en menos de medio minuto un silencio que solo se veía roto por voces a lo lejos ajenas a la procesión. Lo que Mario no sabía era que Beatriz ese año era una de las dos vicepresidentas de la cofradía y por tanto salía en cabeza, con su pareja en el cargo, a tres pasos detrás de la presidenta, a la escoltaban. En los más de diez años que hacía ya que dejaron de compartir despacho, no habían vuelto a tener otro contacto que no fuera saludarse sin más por la calle si se cruzaban, un correo de felicitación por Navidad y las fotos de ella cuando se acercaba la Semana Santa. Con tan poco, Mario no había conocido el ascenso de Beatriz.

Cómo no sabía lo de su vicepresidencia, nada más verla aparecer sin esperarlo, se le aceleró el corazón de una manera tan impetuosa que al tomar con brusquedad la cámara de fotos que llevaba colgada al cuello, golpeó con ella en la cabeza a la mujer que tenía delante, la cual dirigió una mirada de extrañeza girándose hacia atrás. Él pidió perdón haciendo un gesto con la mano mientras se llevaba la cámara al ojo. Apretó el disparador varias veces sin mucho control hasta que una ráfaga de cordura le indujo a pensar que para hacer fotos tenía más tiempo y que ahora lo que debía hacer era mirar con atención a Beatriz.

Allí estaba, vestida de negro absoluto con un traje de chaqueta ajustado, al que cubría una especie de fino chal, bien peinado su pelo negro, bien maquillada la cara, tan seria para la ceremonia, con su cuerpo cuidado a pesar de que había dejado hacía poco de ser joven, desfilando despacio con la mirada al frente, con la misma gravedad con la que lo hacían las otras Damas del Dolor, tan conscientes de su papel y de los cientos de miradas que no les perderían detalle. La miró de arriba abajo con nerviosismo, incapaz de hacerlo con el sosiego suficiente para disfrutar de cada detalle y dejar que la imaginación hiciera maravillas. Pero no lo podía evitar, era incapaz de tranquilizarse.

Cuando Beatriz había superado el lugar donde Mario se encontraba y ya no podía verla, porque la imagen del Cristo con la cruz y las otras mujeres lo interferían, empezó a moverse entre la gente para salir de donde estaba. No resultaba fácil porque era mucho el público que se agolpaba. Con la agitación que padecía y la prisa, molestó a algunos otros espectadores más tranquilos, por ejemplo, a una señora a la que pisó de lleno en un pie; ésta lanzó una fuerte exclamación que provocó enseguida la mirada poco cordial de su marido. Mario pidió perdón y se alejó lo antes posible bajo la mirada de los que habían oído la exclamación de la señora y viéndole ahora la forma de salir de aquella aglomeración, con las consiguientes molestias para los que ya habían encontrado su sitio y no querían perturbaciones.

Como lo tenía estudiado de otros años, cuando pudo salir de la zona más concurrida alcanzando el pasillo de desahogo que quedaba detrás de la gente, se aprestó a ganar metros para ir al segundo observatorio. Allí también estaba abarrotado de espectadores y no sería fácil meterse entre ellos para conseguir una buena vista. No se lo iban a consentir los que ya habían encontrado sitio. Alzarse de puntillas continuamente no le daba para mucho con su 1’70 de estatura. Como otros años, debía conformarse con encontrar un lugar más o menos adecuado y apostarse allí para verla llegar a paso lento, con aquel aire suyo de mujer atractiva, más atractiva que guapa, con tanto aplomo para las solemnidades, imaginando mientras la miraba lo que sabía que se ocultaba debajo de la ropa visible.  La vio venir, la vio llegar y cuando ya le sobrepasaba y la había mirado suficientemente por detrás, enseguida salió apresurado a buscar un nuevo punto, y tuvo suerte porque encontró un buen hueco de segunda fila. Fue allí donde disfrutó como en ningún otro sitio de ella, donde pudo mirarla detenidamente de arriba abajo e imaginar todo lo que daba para ello su imaginación, que era en realidad lo que tenía y había tenido con ella. Tanto la miró como más le gustaba y tan satisfecho quedó que, cuando la comitiva le rebasó, no tuvo voluntad para buscar otro sitio más adelante y arriesgarse a estropear lo disfrutado con algo peor. Desde allí emprendió el retorno a casa, en cierto modo agotado por la tensión. Caminaba fumando metido en sus pensamientos. Entró en un bar y pidió un whisky con coca-cola, inusual en él a esas horas. Había un taburete al lado de la barra en un extremo que hacía recodo y allí se sentó a degustarlo, considerándose completamente a parte de todo el personal que había también en el bar. Un matrimonio conocido que estaba en la otra punta de la barra, le observó sin decirle nada. A ella le pareció que algo malo le pasaba a Mario, que seguramente tendría problemas en casa y por eso estaba allí, solo, en pleno Viernes Santo, bebiendo para olvidar. El marido le reprochó que siempre tuviera pensamientos obtusos sin tener los motivos suficientes y forzó a apurar lo que tomaban para que su mujer no siguiera sin dejar de observar detalles en el solitario. Mario, sin embargo, estaba a lo suyo. Recordaba que ella le había dicho cuando empezó aquel juego, siendo todavía compañeros de trabajo, que para muchas cosas era mejor desear que tener, que los sueños son realidades muy especiales y si se cultivan bien, nunca se pasan. Él a veces pensaba como ella, pero otras tenía dudas.