EL ASUNTO CORRIENTE DE LA MUERTE DE MATEO

Francisco Fabián

Había despertado cuando su mujer se levantó temprano para ir a la peluquería, haría de eso aproximadamente una hora y media. Sin prisa para salir de la cama, se había quedado pensando en que tal vez afuera estuviera nevando, como habían dicho que podría ser y, también, en el empate del Real Madrid la noche anterior. No le importaba demasiado el fútbol, pero se sentía mejor cuando el Madrid ganaba. También se le había ido un poco el pensamiento a la discusión que tuvo con un vecino del bloque en la última reunión de la comunidad, reprochándose no haberle dicho todo lo que debía a aquel imbécil que se oponía siempre a todo sin motivos reales. Como ese tipo de pensamientos en la cama le perturbaban, interrumpiendo la tranquilidad de recién jubilado que no tiene prisa real en una mañana cualquiera, decidió levantarse. De repente, le iluminó la mente un proyecto que llevaba varios días rondándole por la cabeza: comprarse una lijadora para restaurar muebles viejos de la casa de su madre, una tarea que le había dicho un antiguo compañero del trabajo que era ideal para ese momento de la vida, en el que hay que hacer algo pero sin ansiedades. Iría al centro comercial, de paso pondría gasolina al coche y pasaría la mañana viendo lijadoras con tranquilidad; miraría todos los modelos posibles y pediría consejo a los dependientes, todo eso que le gustaba hacer cada vez que se compraba algún instrumento. Con ello en lo más alto de los pensamientos, quedó atrás el empate del Real Madrid la noche anterior y la inquina hacia el vecino imbécil. Era más importante el proyecto de la lijadora que todo lo demás. De modo que retiró el edredón parcialmente y de un impulso, quedó sentado al borde de la cama en pijama azul de tela, mirando para el suelo en busca de las zapatillas de estar en casa. Se notó cansado. Pensó por un momento que tal vez se sintiera así porque no habría descansado lo suficiente durante la noche. Algo en ese sentido había oído hacía poco tiempo en un programa de radio sobre el sueño. Se puso en pie, echó los brazos hacia la espalda anudando las manos y los estiró con fuerza, bostezando. De pronto sintió durante un par de segundos como si algo dentro de la cabeza le diera vueltas despacio, como si se mareara levemente. Enseguida notó en las piernas debilidad. Por inercia, desunió las manos de la espalda y al volver los brazos a su posición natural, cayó desplomado de bruces sobre la cama. Después de rebotar contra el colchón quedó completamente inmóvil. La luz que entraba por la persiana en forma de líneas de huequecillos, iluminó parte de su cuerpo, porque a esa hora ya hacía sol. Pasaron dos minutos, luego diez y más tarde veinte y seguía completamente inmóvil. Estaba muerto.

En ese momento, en la peluquería, a su mujer le lavaban el pelo mientras comentaba a una joven ayudante las diferencias entre la Navidad de antes y la de ahora.

Su hija más pequeña a esa hora iba en el autobús camino de la ciudad universitaria casi sin apartar la vista de la pantalla del teléfono móvil, como tantos otros jóvenes en el mismo autobús, fueran acompañados o solos como ella. De vez en cuando levantaba la cabeza y miraba por unos segundos las calles de Madrid, con esa vida estimulante en la que tanta gente desconocida va decididamente a alguna parte. Estaba enamorada como nunca antes desde hacía un mes y aunque fuera por la mañana, le mandaban y mandaba mensajes cariñosos que la hacían sonreír.

El hijo mayor a esa hora estaba ya en clase desde muy temprano en la Universidad de Berlín, donde completaba sus estudios con una beca de buen estudiante que le había concedido el banco en el que trabajó su padre hasta hacía menos de un año. Estaba sentado junto a un amigo danés y una chica china, que hablaba el inglés con un acento y un tono que suscitaba continuamente bromas. Los tres se habían hecho buenos amigos. Ese día era el cumpleaños del danés y a la salida de las clases Roberto iba a hacer para los tres una tortilla de patata, como aportación española a la celebración donde cada uno haría algo típico de su país.

A la madre del muerto le acaban de poner en esos momentos el desayuno sobre la mesa en la residencia de ancianos donde vivía. Aquella mujer menuda, pero bien conservada, acababa de tener un impulso de felicidad cuando había visto sobre el plato los bollos suizos para mojar, porque no se había acordado de que era viernes y ese día ponían bollos suizos. Esa mañana tocaba jugar al bingo con un instructor jovencito como animador, que disponía de las mejores dotes para cautivar a toda aquella población de ancianos, cuyo día a día era su futuro. Pensó que el día pintaba bien entre los bollos suizos y el bingo. Pero desconocía todavía que su hijo acababa de morir.

La hermana del muerto, sentada en la sala de espera del ambulatorio, buscaba remedio para la lumbalgia sin dejar de pensar en la discusión que la noche anterior había tenido con su marido. Por segunda vez, en su ya largo matrimonio, le había oído reprochar que no hubieran tenido hijos de tanto esperar, a causa de los temores a perder el buen trabajo que tenía si quedaba embarazada. (Nada le dolía más que ese reproche, quizá porque tuviera algo de verdad y la pusiera contra sí misma).

Víctor, su amigo de toda la vida, ya estaba casi de vuelta a casa del paseo diario por los caminos de las afueras de la ciudad acompañado del perro. Llevaban tiempo planeando hacerlo los dos amigos cada mañana juntos, pero Mateo se excusaba diciendo que aún se estaba recuperando de los madrugones en muchos años de trabajo. Para la primavera -había asegurado- daría el paso definitivo y saldría con él a caminar todos los días.

El vecino con el que había discutido unos días antes en la junta de la comunidad vecinal estaba en la pescadería a punto de ser atendido, porque siempre creía que a su mujer la engañaban con el pescado y prefería comprarlo él. Justo cuando Mateo cayó muerto sobre la cama le iban a atender, en cuanto terminara la señora que iba delante. Le atenderían, compraría otras cosas en el supermercado, volvería a casa y Mateo seguiría muerto sin él saber todavía nada.

A 400 km de Mateo, recién muerto, en Málaga, la que fue su novia en la juventud, acudía a la escuela en la que había sido maestra para ayudar en algunas actividades a las jóvenes interinas, que valoraban mucho su experiencia y su carácter dulce, pero firme, con los niños. Caminaba tranquilamente por el paseo marítimo aprovechando que hacía una mañana cálida aderezada con la brisa marina que presagiaba la primavera. Hacia bastante más de treinta años que no sabía nada de Mateo, ni Mateo de ella, pero le seguía recordando en secreto cada vez que escuchaba una canción de Leonard Cohen, aunque no sabía exactamente la razón por la que aquella música para ella tenía que ver con lo vivido juntos durante dos años. No podía sospechar que, en aquellos precisos momentos, Mateo acababa de morir y yacía derrumbado sobre la cama.

En la habitación donde Mateo estaba muerto sonó casi consecutivamente dos veces el teléfono en un pequeño supletorio que tenían instalado por si les llamaban sus hijos cuando estaban durmiendo o, simplemente, por tenerlo a mano mientras veían por la noche la televisión desde la cama, en esos días de invierno meseteños en los que se estaba mejor allí temprano que en ningún otro sitio. Una de las llamadas fue de una compañía telefónica que le iba a ofrecer, ¡otra vez!, una oferta que Mateo no le dejaría ni formular, porque siempre cortaba al identificar el acento sudamericano de la persona que le saludaba al otro lado, con el ruido de fondo de otros que debían estar haciendo lo mismo. La otra llamada era de un primo suyo residente en Barcelona, que le llamaba para contarle que había muerto un pariente de ellos en el pueblo al que apreciaban mucho por cosas de la juventud y, de paso, le llamaba también para desahogarse sobre lo que estaba sucediendo en Cataluña. El teléfono sonó y sonó y en el caso del primo, volvió a sonar otras dos veces en un espacio de quince minutos, porque el primo pensó que o estaba hablando con otra persona o en la ducha. El cuerpo de Mateo recibió el sonido reiterado, inmóvil, porque para eso estaba muerto. Resultaba sobrecogedora la escena, aunque nadie lo estuviera viendo: el teléfono sonando y el cuerpo de aquel hombre en pijama, tendido de bruces sobre la cama, muerto, iluminado cada vez con más brillo por la luz que penetraba por las rendijas de la persiana, dejando ver  de paso las gotas de la condensación en el cristal, prueba de que afuera hacía mucho frío y calor en la habitación, el calor de la noche allí dentro. Como estaba muerto, Mateo ya no sentía nada, ni oía nada, ni veía nada. Con aquella naturalidad, en unos instantes había pasado de la vida a la muerte y resultaba que la muerte era algo tan implacable que ya era para siempre, de tal manera que de ella no se volvía nunca a la vida, es decir terminaba todo así absolutamente todo para él. Y no había mejor forma de demostrarlo que el paso de los días, no solo en él, sino en cualquiera que muriera: pasaban tres días, una semana, dos meses, un año, tres años, diez, treinta, ochenta, doscientos… se perdía por completo la memoria de quien había tenido vida, y el muerto seguiría sin dar señales de volver a ella, quedando la vida que había tenido completamente disuelta en una especie de nada inquietante, pareciendo incluso absurdo que después de tener vida todo quedara en nada y para siempre nada. La muerte era algo definitivo, pero eso solo debería saberlo el muerto, que al parecer no lo sabe al estar muerto, porque el vivo aunque lo conoce siempre de antemano, no le hace caso hasta que no se muere, momento en el que por estar muerto no lo puede reconocer. Que se sepa.

El resto del mundo, que, por supuesto, no conocía la existencia de Mateo, siguieron con sus vidas, no solo en aquel momento de su súbita muerte, sino en todo lo que quedaba de sus existencias. Algunos, mejor dicho: muchos, porque fueron bastantes miles, murieron también ese mismo día, incluso -igualmente muchos- en el mismo minuto que él y otros un poco antes y otros un poco después y sucedió con ellos como con Mateo: había muerto y se había terminado todo, al menos aquí, porque de lo demás no se sabía nada con exactitud, todo eran suposiciones, conjeturas y cosas de fe. Aquello de esa mañana de enero, tan importante para Mateo, que había dejado todo lo que tenía, que era la vida, no era por lo tanto un acontecimiento a destacar para la generalidad. Eso mismo llevaba sucediendo desde hacía miles de años. Miles de años, que se dice pronto… No se podía saber lo que pensaba Mateo, si es que pensaba algo, pero si de alguna manera desconocida era capaz de darse cuenta de lo que había sucedido, consideraría que por más que la muerte fuera algo cotidiano, lo terrible era que en ese caso había sido su propia muerte.