BOURBON PARA OLVIDAR

Francisco Fabián

Ahora estaba sentado sobre un taburete en la barra del bar de copas para maduros en el que solía quedar con amigos después de una dura jornada de trabajo en el ministerio. En los días difíciles en los que se le exigía al máximo porque el ministro andaba alborotado y en tal situación había contagiado al Secretario de Estado y éste había puesto nervioso por lo mismo al Secretario General, transmitiendo en consecuencia éste la tensión a los directores generales, tomarse, después de aplacado el asunto, dos o tres cervezas belgas con algún compañero de confianza, todos ya con el nudo de la corbata descuidado, era la mejor medicina antes de irse a descansar. Pero ahora estaba solo, se veía reflejado en el espejo de una columna, con su elegante traje gris oscuro, como si fuera uno de esos personajes solitarios de cierto nivel que en las películas beben para olvidar un desengaño amoroso o el hundimiento de sus inversiones en bolsa. No era el caso, pero también estaba allí bebiendo porque lo necesitaba. Se había marchado del despacho antes de lo acostumbrado tras recibir una llamada de su eterno amigo Ñaco desde otra dependencia del ministerio. Prácticamente no se había despedido de su secretaria, con quien solía terminar el día entre bromas y tonteos cuando todo había ido bien, incluso fumando un cigarro clandestino, asomados a la ventana para que no oliera a tabaco y no se supiera que se había fumado allí dentro.

En lugar de una cerveza bebía bourbon, eso delataba que no lo estaba haciendo relajado. La cerveza le tranquilizaba en medio de una conversación animada, le metía alegremente en las cosas de la vida diaria; el bourbon era para situaciones que requerían más profundidad, sobre todo cuando le hacía falta desconectar u olvidar algo. Así funcionaba él con sus códigos particulares. El camarero, que sabía mucho de la gente, no le quiso preguntar nada a pesar de que ya tenían confianza, porque era evidente que bien no se sentía, colocado en un extremo de la barra, donde parecía escondido, con la mirada un tanto perdida, sin ni siquiera leer algo, como solía hacer cuando era el primero en llegar si había quedado con otros. Casi siempre, cuando eran dos o tres, solían colocarse en un punto más evidente, porque en el fondo les gustaba que se reconociera su presencia por parte de los que llegaban. Ellos, con sus trajes elegantes y su buen aire, jugaban a pensar que se les notaba ser altos cargos del ministerio y que los otros clientes les mirarían pensando que en sus manos estaban una parte de las grandes decisiones del país.

Ni con el segundo bourbon dejaban de retumbarle dentro de la cabeza las palabras de su amigo Ñaco una hora antes: le había llamado el ministro mismo a su despacho para ofrecerle dos puestos posibles: Jefe de su Gabinete o Secretario General, a elegir para el que se creyera más capacitado. No lo podía entender. No llevaba más que un año y medio trabajando en el ministerio, no tenía apenas contacto directo con el ministro, se dedicaba a trabajar como una hormiguita, sin hacer los contactos que otros procuraban para subir más arriba, y ahora le ascendían incluso por encima de él, es decir se iba a convertir en su jefe. Desde su punto de vista eso no podía ser, primero, porque para dar tanto salto no habría adquirido tanta experiencia con tan solo año y medio y segundo, porque otros estaban más cerca en el escalafón de esos nombramientos que un recién llegado como quien dice. En las reglas tácitas de las ambiciones del ministerio, aquel ascenso era contra natura y eso a él, como gran amigo suyo que era, le hería tanto y más que lo que le iba a herir a los que, como él, esperaban más. Entre sorbo y sorbo de bourbon tenía que controlarse para no pensar barbaridades de su amigo, producto de la vehemencia fácil que se le venía a la mente con la contrariedad. No podía quitárselo de la cabeza. No podía dejar de reconocer que había sido él quién le había animado a venir al ministerio. Desde el mismo día en el que le ofrecieron un buen puesto, nada más ganar las elecciones, le había estado animando para que se fueran juntos a Madrid. Le buscaría un puesto cerca de él o le nombraría directamente algo en cuanto le fuera posible, para trabajar juntos, para vivir incluso juntos como en aquel piso de estudiantes y para emprender una aventura con la que alguna vez habían fantaseado cuando eran estudiantes y ya Diego apuntaba maneras en la política. Pero Ñaco nunca quiso dar el paso. Le iba bien como profesor de la facultad, le gustaba dar clase y el trato cercano con los alumnos, además, estaba muy enamorado de su mujer y marcharse a Madrid significaría separase unos cuantos días de la semana, porque ella no iba a dejar su plaza en la universidad por seguirle a Madrid, eso era seguro. Por más que había insistido durante cuatro años hablándole de viajes juntos de trabajo por el mundo, del ambiente de Madrid, de lo interesante que iba a ser cambiar, no pudo convencerle. Pero cuando a Ñaco le dijo su mujer que se había enamorado de otro, rompiéndole en consecuencia todos los esquemas seguros y firmes, sintió la necesidad de alejarse de todo lo vivido hasta ese momento y probar a olvidar así. Entonces llamó a Diego y le dijo que estaba listo, si todavía había algo para él. En seis meses, coincidiendo con el final de curso, lo hubo y Ñaco se marchó a Madrid dispuesto a iniciar una nueva vida en todo lo posible, porque tenía el corazón roto y no quería quedarse lloriqueando en un rincón años y años. Diego, que ya tenía cuatro años de rodaje y había hecho muchos contactos con sus estrategias y su don de gentes, le encontró un sitio para empezar e incluso otro mejor en unos meses más cerca de él, para que pudieran hacer cosas juntos. Ñaco siempre fue un hombre aplicado y responsable. A pesar de su discreción y de sus pocas ambiciones, era de esos tipos que parecen saber responder a cualquier trabajo que se les encomendara.

En el bolsillo interior de la chaqueta le vibró el teléfono móvil. Sacó dos, uno de ellos con la pantalla iluminada. Se veía la fotografía de Ñaco con una cerveza en la mano mirando fijamente a la cámara y sonriendo, y debajo, su nombre: Ñaco Cervera. Durante cinco o seis segundos estuvo mirando al teléfono sin saber lo que hacer. Finalmente accionó un botón y sin contestar, lo guardó de nuevo en el bolsillo interior de la chaqueta. Ya que había sacado el otro teléfono, lo puso en marcha para que funcionara marcando la clave y buscó en la larga lista de contactos uno que decía: Nacha Casani. Lo marcó y esperó un momento. Al otro lado descolgó la voz cálida de una chica con acento argentino, la misma que todos los días le decía por teléfono muchas veces en el despacho inmediato al suyo: Le paso una llamada de don tal y tal. Parecía ir caminando por la calle. La invitó a quedar en un rato para tomar una copa en un sitio que debían conocer ya los dos. Pero aquella tal Nacha había quedado con su novio esa misma noche y no podía acudir a lo que le proponía de ninguna manera. Intentó convencerla por todos los medios, disimulando la contrariedad inicial, pero no pudo ser. Tomó el vaso después de guardar el teléfono. Ya casi solo quedaban en el interior los hielos un poco tintados del color marrón. Apuró lo que había de líquido. Esperó a que le mirara el camarero en la otra punta de la barra y le hizo un gesto señalando al vaso que tenía delante. El camarero le sonrió, fue a la estantería donde había muchas botellas, cogió una y enseguida un vaso, y cuando fue a echar dentro los hielos de una cubitera, Diego le dijo: No, aquí mismo.