FALSA SEGURIDAD LA DE TEO

Francisco Fabián

Estaba a punto de irse a dormir, aunque fuera temprano. Tomaba en la cocina un vaso de leche caliente con miel porque le habían dicho que ayudaba a descansar mejor. Hacía una semana que no dormía bien, se le notaba en el hundimiento de los ojos e incluso parecían haberle salido arrugas nuevas en la mejilla que no tenía antes. Quizá es que había adelgazado. Fue entonces cuando sonó el timbre del portero automático. Le pareció raro a esa hora. Aún no sabía manejar bien el botón adecuado para ver desde su casa quién llamaba a través de la pequeña pantalla de televisión, por eso se puso nervioso y no acertó de primeras a encenderla tocando en el sitio adecuado. Al fin se vio que eran dos hombres los que habían tocado, pero se les veía tan deformados por el foco de la cámara que no podía distinguir en la pantalla mucho más. Dudó un momento sobre lo qué hacer. A esa hora no podía ser algo normal y después de lo sucedido una semana antes con la señora Pilar, su vecina del piso más arriba, podía fiarse aún menos. No abriría, no eran horas para buscarle nadie, aunque si era alguien que quería robar, el hecho de que nadie contestara, sería información para los ladrones. Intranquilo, se sentó pensativo a beber a sorbos el vaso de leche con miel en medio de un silencio tenso. Volvió a sonar el timbre. Permaneció inmóvil deseando que fuera la última vez que sonara. Tenía el teléfono a mano. Marcó el 091 y lo dejó en la pantalla para no perder tiempo si sucedía algo no deseado. Solo tenía que apretar el botón verde y al otro lado estaría la policía. Unos minutos más tarde sonó de nuevo el timbre, pero esta vez era el de la puerta de su propia casa. Su corazón empezó a golpearle en el pecho, de tal manera que inconscientemente le parecía que se oiría desde afuera, por eso se puso la mano en el costado. Se levantó de la silla sin saber qué hacer y el timbre volvió a sonar, esta vez con insistencia. Sin darse cuenta de lo que hacía encendió la luz del hall y caminó sigilosamente hasta las cercanías de la puerta para asegurarse de que las dos cadenas de seguridad que había instalado recientemente, estaban echadas. No había soltado el teléfono. Comprobó que seguía en la pantalla el número de la policía. Solo tendría que apretar la tecla verde. Además, comprobó también que la llave estaba colocada dentro de la cerradura para que no se pudiera abrir desde fuera. Recordaba haberle dado todas las vueltas posibles para asegurarse que estaba bien cerrado. Con el corazón encogido, oyendo la voz de alguien al otro lado de la puerta, esperó inmóvil. Escuchó hablar a dos hombres. De pronto alguien golpeó con los nudillos en la madera de la puerta. Por favor, abra, somos la policía; sabemos que está usted ahí… Tenemos que hablar urgentemente con usted, dijo una voz joven al otro lado de la puerta. Permaneció en silencio e inmóvil un momento. Abra, sabemos que está ahí, insistió ahora una voz distinta de la anterior en un tono más grave. Enséñeme la placa por la mirilla, dijo con voz temblorosa. Después de verla, abrió despacio la puerta hasta quedar detenida por el afecto de las dos cadenas de seguridad interiores. Había allí dos hombres de mediana estatura, uno joven, moreno, delgado, de no mucho más de treinta años, con gesto risueño y amable, abrigado con una cazadora de cuero y una bufanda; el otro, con aspecto de sesentón, grueso, más bajo que su compañero, casi calvo, con la cara grande, de la que caía hacia el cuello una notable papada y con un gesto del que quizá se adivinara con bastante certeza que no era feliz. Este hombre levantó la mano mostrando la placa policial al verle abrir. Ellos vieron al otro lado de la puerta a un hombre delgado, más bien alto, moreno, con la barba negra muy marcada, el pelo algo desordenado, en el que las canas tenían ya un cierto protagonismo, los labios gruesos y los ojos hundidos, emanando una mirada inquieta e insegura. Vestía una chaqueta de punto grueso por la que asomaba la parte superior de un pijama cerrado de color azul oscuro y pantalón de chándal negro, ostensiblemente ancho, que arrastraba hasta cubrir las zapatillas de felpa. Con él salió para ellos una bocanada de olor a comida reciente. Dijeron que tenían que hacerle algunas preguntas sobre el asesinato una semana antes de la señora Pilar. Estuvo a punto de preguntarles la razón para tenerlo que hacer a esa hora, pero se contuvo para no parecer desagradable con la policía y les abrió la puerta del todo. No entendía por qué habían vuelto si ya en el día siguiente al asesinato otros policías entrevistaron uno a uno a los vecinos del bloque. Solo dijo, para que lo entendieran, que estaba a punto de irse a dormir, porque a la mañana siguiente, aunque era sábado, tenía que madrugar para hacer la compra semanal y luego hacerse cargo de los hijos, que vivían con su madre.

En el camino a la sala donde les condujo, él iba delante y ellos detrás mirando para todas partes. No les preguntó si querían tomar algo, porque deseaba que se fueran lo antes posible y liberarse del peso de tener que atender a alguien cuando ya solo tenía ganas de irse a dormir. Todo parecía estar en su sitio en aquel piso antiguo, pero todavía decente. Únicamente estaban desordenadas sobre una mesa baja que acompañaba al sofá, unas cuantas revistas de las que dan los domingos con los diarios.

Aquellos dos hombres sentados juntos en el sofá empezaron a hacerle preguntas desde muy atrás sobre su relación con la señora Pilar. Cuándo la conoció, cómo fue el conocerla, la razón por la que tuvieron una relación tan estrecha, de tal manera que se había convertido en una especie de hijo al margen de los sobrinos que tenía y que se ocupaban muy poco de ella, las veces que iba a su casa cada día, de lo que hablaban, si creía que tenía dinero guardado, si le había hablado de enemistades…Teo contestó con naturalidad a todo, pero con aire de cansancio, por la hora, porque creía que eso ya se lo había dicho a otros policías y porque no tenía ganas de hablar de la muerte de la señora Pilar, que había sido para él una anciana entrañable a la que quería como si fuera en realidad un familiar muy cercano y con la que pasaba muchas horas acompañándose mutuamente. Cuando le preguntaron quién creía que la había asesinado, se puso nervioso, como si él tuviera que sospechar de alguien y no lo hubiera querido decir. Se lo preguntó sobre todo el policía gordo, que le estaba pareciendo un tipo desagradable, al contario que el joven. Voy a echar un vistazo por su casa, si no le importa, dijo el hombre de la papada levantándose. Entonces Teo no pudo reprimirse y le dijo que de ninguna de las maneras, que no tenía derecho ni razones para hacer eso, porque él no era sospechoso de nada, que su casa no tenía nada que ver con el asesinato de la señora Pilar. Al policía no le gustó el tono y le miró con gesto agresivo, advirtiéndole que de lo contrario tendría que acompañarles a la comisaría hasta que hubiera una orden para registrar su casa, porque si le dejaban allí podría ocultar pruebas. ¿Pruebas de qué?, preguntó Teo, sin percibir la profundidad de lo que le acababan de insinuar. El policía malencarado le advirtió de que puesto que no había sido detenido el culpable, todo el mundo era sospechoso y más aun quienes habían tenido una relación estrecha con la difunta. ¿Y me lo tienen que preguntar a esta hora, con lo cansado que estoy de toda la semana?; ¿no podían haber venido mañana por la mañana que estaré más despierto?, dijo con aire de abatimiento. No nos diga lo que tenemos que hacer, ¿de acuerdo? Sabemos lo que hacemos, por qué lo hacemos y a la hora que tenemos que hacerlo. No sé si me explico, remachó el gordo. Su acompañante, al que no se le había quitado la sonrisa en todo momento, seguramente que porque tenía esa forma de ser en el rostro, terció para que la discusión no fuera a más: Mire, colabore y todo va a ser más fácil. Había una cajetilla de tabaco encima de la mesa, Teo sacó un cigarro y lo encendió. ¿No se da cuenta de que estoy muerto de cansancio a esta hora? Pero Teo ya había perdido en parte los nervios y dijo que no iba a hablar, que le dejaran dormir y a la mañana siguiente le preguntaran todo que quisieran. Entonces el hombre gordo sentenció diciendo que lo mejor era continuar en la comisaria, allí había sitio para dormir, añadió jocosamente.  Eso acabó de desquiciar a Teo, pero como con la policía no iba a poder y el policía de los malos modos lo había decidido, no le quedó más remedio que cambiarse de ropa y hacer lo que le decían, que era acompañarles a la comisaría. Eso sí, lo hacía todo con la tranquilidad de saber que nada iban a sacarle con ningún interrogatorio, porque él no había matado a la señora Pilar. Cuando la verdad es lo que hay —pensaba— aunque se complique, se acaba esclareciendo, porque es la verdad. Siempre pensaba eso y por tal razón no confiaba mucho en los que se decían inocentes pero se pudrían en las cárceles. Aun así le fastidiaba no poder irse a descansar, porque si no descansaba, al día siguiente no estaría al cien por cien con sus hijos, con los que debía esmerarse al máximo para que ellos le vieran como buen padre y no terminaran creyendo la cantidad de mentiras y juicios falsos que su ex esposa les procuraba inculcar en el día a día, en una suerte de relación que no era la que él deseaba, pero contra la que hasta el momento no sabía cómo luchar.

Esperando el ascensor coincidieron con un vecino que bajaba a tirar la basura. El vecino reconoció al policía más mayor en cuanto le vio y por eso supo que algo relacionado con la muerte de la señora Pilar y Teo estaba sucediendo. Y el hecho de que fuera a esas horas le pareció que tenía que ser serio. Casualmente una de las vecinas, la del primero, que fumaba un cigarro en el balcón de casa después de recoger la cocina con las cosas de la cena, también advirtió a Teo acompañado entrar en un coche, al que cuando se puso en marcha, siguió otro aparcado detrás con los símbolos propios de la policía. A esas horas, también lo pensó, no podía ser por nada bueno.

Teo pasó la noche en la comisaría respondiendo en tres sesiones a las preguntas de varios policías. Muchas veces eran las mismas preguntas formuladas de manera distinta, que con la pesadez de las horas y el cansancio se hacían difíciles de responder, pero así debía ser la formula. Durmió a ratos, cuando le dejaban solo, en un sillón entre sesión y sesión, sin saber que desde una dependencia contigua le estaban observado. Es un tipo frio, no se derrumbará fácilmente, ya lo ha dicho su ex mujer esta tarde cuando hemos hablado con ella. Además, es inteligente, se le ve en la forma de hablar, comentó uno de los policías desde el otro lado. Su mujer nos ha dicho que tuviéramos mucho cuidado con él, que no nos fiemos, añadió otro policía. ¿Sabemos la causa de la separación?, preguntó otro. No, pero al parecer a ella no le ha dejado buen sabor de boca, a juzgar por el tono y lo que dice de él, añadió el más jovencito con su sonrisa siempre puesta. A pesar de todo, Teo estaba tranquilo, no dudaba de que pudieran acusarle de algo, porque era inocente, jamás hubiera hecho nada contra la señora Pilar, y cuando no se ha hecho algo así, no pueden encontrarse pruebas ni hechos que no existen, por más que los policías dijeran que en la casa de la señora Pilar habían encontrado huellas suyas por todas partes, suyas y de nadie más. En el fondo de sus pensamientos, sentía un extraño placer que no había experimentado nunca antes: sospecharan lo que sospecharan los policías con toda su experiencia, él sabía la verdad absoluta: no había matado a nadie. Podía montarse todo el guirigay de los principios de estas cosas, podrían preguntarle a su mujer sobre él aprovechando para sembrar dudas, podían hallar huellas suyas por la casa de la señora Pilar, pero no podrían demostrar que él la había matado, porque no lo había hecho. Y puesto a usar la imaginación, pensaba desde la tranquilidad que ella le estuviera viendo desde alguna parte de su nuevo mundo y estuviera riendo, con la sorna que solía tener, sobre todo aquel entuerto, que al final tendría que quedar en nada. Cuando uno de los policías le ofreció contratar a un abogado porque el juez le iba a tener que hacer también unas preguntas, le miró con extrañeza, ¡para qué necesitaba él a un abogado!

A la mañana siguiente, la policía le llevó a la casa de la anciana. Como no tenía nada que ocultar contó todo lo que sabía con la máxima serenidad, incluso dónde guardaba el dinero y las joyas, que no habían aparecido, ni lo uno ni lo otro. A la policía le extrañó que dijera no conocer que la anciana tenía o debía tener una buena cantidad de dinero en metálico en casa, porque había sacado del banco la mayor parte de sus ahorros con la llegada de la crisis, seguramente temerosa de quedarse sin nada. Así se lo habían dicho a la policía en el banco, donde hicieron todo lo posible para convencerla de que eso era un error y un peligro. Pero ella no iba a creer que los de un banco hicieran eso por su bien, de modo que lo sacó y se lo llevó a su casa o a otra parte, Teo no se preocupó de otra cosa que de decirle que tuviera mucho cuidado y que no lo comentara con nadie. Sus sobrinos lo supieron, porque también a través de ellos el banco intentó que la anciana rectificara. Hablaron poco de esas cosas. Ella sabía que si necesitaba un consejo, Teo se lo daría. Hablaban sobre todo del pasado, tomando un café frente a frente a los dos lados de la mesita en una galería desde la que se veía el parque. Hablaban de la dilatada vida que aquella mujer había tenido trabajando siempre en casas de gente importante de Madrid, de donde tenía para escribir un libro por la multitud de anécdotas, que ahora ya había podido contar a Teo, la única persona con la que se comunicaba más de lo que duraba la breve conversación con la cajera, el pescadero o el carnicero del supermercado, o la joven dependienta de la farmacia. Lo que sí sabía, porque la señora Pilar se lo había contado, es que una de aquellas familias le había dejado una parte de su herencia a la anciana, como pago a su buen comportamiento, por si alguna vez le hacía falta y ellos no estaban para echarle una mano. Por su parte, Teo, solamente a ella y a su propia hermana le había contado todo el desastre y la decepción de su matrimonio, y la impotencia sobre las mentiras a sus hijos y a los amigos comunes de su ex mujer, buscando condicionarles a todos obsesivamente la opinión. Hasta había llorado con la señora Pilar más de una vez con estas cosas. Ella, dotada de un gran sentido común, le daba consejos, sobre todo le llamaba a la calma y a la paciencia, a la fe en que los males no duran toda la vida y a que la verdad siempre prevalece o al menos, deja la conciencia tranquila.

Cuando salieron de la visita a la casa de la señora Pilar, el vecindario estaba esperando en la puerta haciendo un pasillo. Tuvo que intervenir la policía. Le llamaron de todo, incluso hijo de puta, algo que le dolía más que nada, porque todo lo que viniera de su madre, a quien perdió con 10 años, era para él un dolor especial, aunque se lo dijeran, no por su madre, sino por herirle a él. Montado de nuevo en el coche de la policía, observando a los vecinos acercarse a los cristales insultándole, se sintió descolocado, pero viajando ya por la calle, de nuevo camino de la comisaría, se tranquilizó pensando que cuando todo se aclarara, aquellos vecinos histéricos le pedirían perdón e incluso se harían cargo del sufrimiento injusto que le habían provocado con sus insultos vehementes.

Se quedó frio cuando le dijeron que tenía que permanecer en la comisaría, después de ver al juez de guardia, hasta que se dictase una orden formal de detención. Entonces se preguntó si todo aquello no estaría llegando ya demasiado lejos. Pidió llamar a su hermana. Su hermana vivía en Bilbao. Ella no sabía mucho de estas cosas, pero le dijo que tenía que buscar enseguida a un abogado. Se ocupó de contactar con algunos familiares y aquella misma tarde, un señor con el pelo blanco y una cartera de piel le visitó en la comisaría como quien va a visitar a un cliente para venderle un seguro doméstico, un depósito bancario con alto interés o alguien que le va a hacer un presupuesto para unas obras. No puso aquel hombre ninguna cara tragedia. Llegó ante él incluso con una sonrisa, como la cosa más normal. Teo se sintió contrariado en principio, pero luego pensó que, claro, que aquel hombre estaba trabajando en algo rutinario y que el problema lo tenía en realidad solamente él. El abogado del traje azul oscuro, con cierto brillo en la zona posterior de los muslos, estuvo hablando con Teo más de una hora, preguntándole muchas cosas. A veces a Teo le parecía que daba por hecho que le tenía que defender de la muerte de la señora Pilar como culpable, a pesar de que le había dicho que él no había matado a nadie y que todo aquello se estaba convirtiendo en un embrollo desquiciante. Pero aquel tipo parecía estar acostumbrado a tratar siempre con inocentes entre comillas, que eran acusados de cosas más o menos graves, porque no pareció en ningún momento que mantuviera empatía con lo que era la realidad: que Teo no había matado a nadie.

Un día después, en una nueva visita, el abogado le propuso a Teo de una forma indirecta declarar en parte su culpabilidad porque resultaría más conveniente en el procedimiento penal, dijo, de cara a lo que pudiera admitir el juez como probado, que según el informe de la policía parecía ser bastante. Entonces fue cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo de arriba abajo y se quedó bloqueado. Aún más bloqueado se quedó cuando supo de las acusaciones que presentaba el abogado de los sobrinos de la señora Pilar. Sin poder articular palabra, con la mirada fija en un punto inconcreto, escuchó como conclusión del abogado, que ahora se lo decía algo más serio: No lo vamos a tener fácil. Tendremos que ser inteligentes y aspirar a que sea lo menos posible, pero tendrá usted que colaborar.

Esa noche, dentro de la cama de una celda, lloró lo que no había llorado antes. Sintió frio por todas partes. No podía ser. Siempre había creído que la verdad termina prevaleciendo, pero ahora parecía que iba a darse una excepción. Quizá por primera vez en su vida sintió que no sabía lo que podía hacer, ni lo iba a saber en un tiempo indefinido. Esa era una sensación terrible, terrible.