INFIEL (ES)

Francisco Fabián

Fui infiel. A veces se hacen cosas en la vida que no tienen fácil explicación, aunque haya al menos una o dos razones para haberlas hecho. Luego se guardan en un cuarto oculto de la existencia, que solo se abre cuando es necesario y en secreto. Esa es su maravilla, pero también la sensación de ilegalidad en la conciencia. No tengo una razón profunda y rotunda que explique mi infidelidad. Solo sabría decir con seguridad que lo hice porque soy una mujer y las mujeres funcionamos de otra forma en esto de las sensibilidades, de una forma que muchas veces no resulta rentable. No sé si por ser un hombre mayor, cuando yo era todavía joven, seducida por la admiración que produce la experiencia, o por otras extrañas razones que ni siquiera sé, pero fui infiel con él. Era tan bonito oírle decir aquellas cosas de mí y de mi cuerpo, dichas sin la más mínima grosería, pero tampoco sin tanta miel que resultara pedante, que encontré en sus palabras una razón más para vivir, aunque supiera de lo efímero de esa realidad, incluso de la exageración poética que podía haber en todo. Sucumbí ante la belleza, como tanto suele sucedernos a las mujeres. Y no es que faltara mucho en mi casa. Fue de pronto una ambición que no me conocía, como una necesidad que me creaba de ser más amada, de sentirme más querida. Duró poco, porque tenía que durar poco, porque de durar más hubiéramos descubierto la posibilidad de que fuera mentira, y entonces nos hubiéramos sentido aún más culpables, de haberlo hecho y de habernos decidido a hacerlo.

Él había nacido en esta ciudad, aunque vivía desde joven en otro sitio. Decía que algún día volvería aquí, a quemar la última parte de su vida entre recuerdos y tranquilidades. No he vuelto a saber nada de él desde hace mucho tiempo. Si hoy lo encontrara por casualidad, me pondría nerviosa, además está mi marido conmigo y no sé muy bien si sabría disimular. Alguien suspicaz lo notaría. Pero no lo deseo. Quiero quedarme con sus palabras bonitas, que me subían al cielo por unos momentos, fueran o no exageradas.

Desde entonces, cada vez que algo no va bien circunstancialmente en mi casa, me refugio en aquello, aún sabiendo que ese refugio es una necesidad pasajera y que la realidad fue solo un poema, aunque eso por sí mismo ya sea mucho.

Fui infiel. Aunque soy un hombre, no lo contaré nunca y ese será uno de sus encantos, tener el secreto para siempre. Lo guardo ahí como si fuera un tesoro. A veces lo saco sin que se me note cuando oigo una música, cuando me siento viejo o cuando necesito refugiarme en la sensación de haber vivido y creerme triunfador en algunos detalles de mi vida.

No puedo decir que fuera absolutamente verdad, pero mucho menos que fuera mentira. Lo inventamos o lo inventé al menos yo, para saberme vivo cuando ya casi empezaba a morir. La vida a veces concede estas oportunidades y entonces necesitas creer que no has muerto, que te quedan recursos antiguos. Parece más importante eso y la poesía que se produce y narcotiza, que otras realidades. Me dejé llevar por ese torbellino de esencias intangibles y cuando temí ver la verdad, permití que la poesía de lo inconcluso ocupara el espacio y fuera para siempre así. Manipulé la vida, es cierto, la modelé a mi modo y conveniencia en este pasaje indefinible, que guardo en un cuarto cerrado con llave de mi existencia y también de mi conciencia. Era un tiempo de cierta desolación conyugal, eso también es verdad. No me sentía necesario en la vida de mi mujer, que de pronto parecía haber encontrado una independencia desconocida desde siempre en nuestra relación. Toda la vida se había sentido orgullosa de estar a mi lado e incluso celosa de las miradas por la calle de otras mujeres, pero ahora casi ni me miraba, ni se preocupaba mucho de comprarme la ropa con la que le gustaba verme. Me creí acabado y viejo. Entonces apareció ella. Creo que mi imaginación se volcó en lo que nunca había hecho, en parte –no sé en qué cantidad- para demostrarme que todavía sabía manejar algunos detalles de las intensidades de la vida. Nos abandonamos a una nube, ella como mujer y yo como hombre, cada uno en su papel. Y lo dejamos a tiempo de saber que las nubes son aire, aunque el aire es lo que se respira.

Un tiempo después, más viejo y más lejano, cuando me siento morir o cuando me hacen sentir muerto, recurro a ese lugar y aún sabiendo que no fue tanto, disfruto de los efectos como si hubiera bebido alcohol: para un tiempo limitado y con resaca al día siguiente.

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Aquella mañana se levantó temprano a caminar por el camino de Fuentes Claras, como cada día desde que le habían dicho lo del colesterol. Un día más su mujer se levantó con pocas fuerzas y tendría él que ir a las compras para el fin de semana. Poco después de las diez y media cruzó por la puerta del Peso de la Harina, camino de la plaza de abastos, con la bolsa doblada bajo el brazo que había comprado en el Carrefour, cuando empezaron a cobrar por las de plástico. No le importaba hacer la compra. Al contrario le parecía estimulante.

Llegaron a las diez y media porque como era julio se podía madrugar. María, la hija mayor, les acompañaba. Lo había dejado otra vez con su novio el día antes y cada vez que eso pasaba su mejor refugio era la compañía de la familia. Dejaron el coche en la ronda norte de la muralla y se dirigieron a la catedral con los otros dos matrimonios amigos. Le fascinaban las vidrieras de todas las catedrales iluminadas por la luz intensa del verano.

Vio, aunque no hizo mucho caso, a un grupo de gente mirando la fachada de la catedral, los típicos turistas madrugadores a los que les gusta aspirar la esencia fresca de las mañanas de verano, antes de que llegue el calor meseteño y lo sofoque todo.

Le gustaba pasear por las ciudades antiguas notando esa sensación del peso de la Historia que hay en ellas. Así que les convenció a todos para caminar por las calles de Ávila, que poco a poco se iban poblando de gente hasta terminar en la plaza del ayuntamiento, donde los más sedientos podrían tomarse un refresco y además había unas terrazas estupendas sin el ruido de los coches.

Estuvo intranquilo comprando en la plaza de abastos un poco de pescado y carne y fruta porque había dejado a su mujer poco bien al salir de casa. Por eso no tuvo la calma de otras veces y fue a llevar las compras y ver así si estaba bien. Estaba regular, podía quedarse sentada en el sillón al sol detrás del balcón si él se ausentaba de nuevo un rato. Como no quería renunciar a tomarse el vino de siempre, puso la disculpa de un olvido y se marchó de nuevo. Quería caminar por las calles del centro, más animadas los sábados en verano por los turistas, y luego tomarse un vino en alguno de los bares del Mercado Chico con alguno de los asiduos a esa hora.

Comieron carne de Ávila, por supuesto, era una de las razones de la visita y cuando terminaron, ninguna cosa mejor que buscar cobijo debajo de las sombrillas de una de las terrazas de la plaza de Santa Teresa, controlando el calor y viendo pasar a la gente con un café con hielo delante.

El médico visitó a su mujer a eso de las cuatro y media porque se sentía peor después de la comida, incluso había vomitado. Le recetó unas cosas y le dijo que procurara tranquilizarla porque en lo suyo mucho influían los nervios. La farmacia de guardia era la del Mercado Grande. Cruzó, sofocado, la plaza en medio del calor de la tarde, con esa preocupación por su mujer que ya empezaba a ser crónica. Luego volvió a casa.

Al atardecer, con un helado cada uno en la mano, fueron camino del coche que estaba ardiendo de estar todo el día al sol. En ese momento volvió a pensar –y sería por quinta vez aproximadamente- que quizá viviría allí él, como le había dicho en el breve tiempo en que le conoció. Aunque sabía que muchas veces se dicen las cosas para el futuro solo por decir, como sueños posibles. Hubiera sido un corte encontrarlo de frente, si es que se hubieran reconocido. Mejor así para evitar problemas y quizá decepciones.

Con las gafas en la punta de la nariz para estar a todo, estaba pendiente del periódico, del atardecer y de una película que daban en la televisión. Había una cara que le recordaba a otra cara, por eso cada vez que reconocía la voz de su propietaria, levantaba la vista del periódico o del atardecer y miraba a aquel rostro detenidamente hasta que desaparecía. Su mujer mientras tanto, tumbada en el sofá, con medio cuerpo suficientemente inclinado para poder ver la televisión seguía sin sentirse bien, aunque los fármacos recetados por el médico le habían hecho reacción y al menos estaba más tranquila.