FIN SIN FINAL

Francisco Fabián

Era viernes. Llegué cansada de trabajar mañana y tarde en la agencia de viajes, porque precisamente era el tiempo en que la gente organizaba sus vacaciones de verano con antelación, por lo de los descuentos.  Al llegar necesitaba eso que una mujer espera en estos casos: que se alegren de verte de nuevo, que te retengan un rato entre los brazos  con calor y ganas de tenerte y que te sientas cansada pero querida. Luego puedes hacer la cena o lo que haga falta a pesar de todo, pero antes precisas eso como combustible. Es cierto que le noté una cara rara cuando me miró al llegar, sentado en el sofá, con la televisión apagada y tomando una cerveza, que por lo que vi era la segunda, algo inusual en él a esa hora, sin cenar. Pensé que era el calor que ya empezaba a hacer por lo avanzada de la primavera.

Me eché en sus brazos como quien se deja caer en una nube, sin quitarme ni siquiera los zapatos. Apenas llevaba medio minuto allí cuando dijo a mi oído con voz temblorosa: «Tenemos que separarnos, Sonsoles». Estaba tan a gusto entre sus brazos que en realidad no reparé en lo que había dicho. Mi espíritu esperaba únicamente una frase de consuelo como alivio al cansancio. Entonces lo repitió y fue cuando reaccioné. No podía callarlo más: desde hacía seis meses estaba enamorado de una chica de 30 años y no lograba pensar en otra cosa, no vivía, aunque yo no me había dado cuenta porque siempre le atribulaban los problemas del trabajo como arquitecto. Lo dijo como quien expulsa por fin algo que le tiene taponadas todas las salidas. Supongo que le obsesionaba de aquella joven su piel todavía tersa, sus ganas de vivir aún de joven y la cuantiosa su reserva de vida que hay a esa edad, en contraste con mi piel de 50 años y con mi visión más escéptica. Me quedé paralizada, le pedí que me dejara sola en casa y que como era viernes, se marchara al menos para el fin de semana. Llenó con prisa una pequeña maleta y se fue aliviado como quién huye de un incendio.

Estuve llorando con desesperación quizá una hora encima de nuestra cama y luego en la noche, dando un paseo por la ciudad bajo las luces amarillas, perdida de todo, sin iniciativa, pensando en lo que había dado y en lo que ahora recibía. Sentía deseos de hacer algo, incluso alguna estupidez momentánea que me olvidara del inmenso dolor y el desconcierto que sentía. A punto estuve de echarme en los brazos de un hombre que me miraba apostado en un parque. Pero en mí eso hubiera sido aún peor, porque no tenía sentido hacer tal cosa para olvidar. Nunca como esa noche me dolió tanto el haberme dejado convencer, tiempo atrás, de que no tuviéramos hijos para vivir libres. Lo había dado todo por él, pero más que nada por aquel proyecto en común de los dos: libres para vivir solos. Unos hijos ahora hubieran sido el consuelo perfecto.

No conseguí dormir en toda la noche. La oscuridad agravaba el dolor, la confusión y los nervios. Iniciar una nueva vida me parecía algo para lo que no estaba preparada, acomodada en las inercias de veintitantos años de convivencia armónica. Llegué a la conclusión de que debía quitarme la vida cuanto antes poniéndome en la vía del tren, ya que no ha había somníferos en mi casa. Con 50 años y así, ya solo podía esperar decadencias. A veces se toman estas decisiones y son irrevocables. Pareceré tonta, pero no quería provocar toda esa situación en plena noche, con las luces de la policía y la ambulancia alumbrando en la oscuridad, con la gente de los chalets cercanos asomándose a las ventanas para ver como recogían mi cuerpo destrozado. A mí no me ha gustado nunca el protagonismo, ni siquiera cuando la vida, ni nada de lo que la contiene, me importaba absolutamente. Decidí hacerlo al día siguiente a primera hora de la tarde, para que me diera tiempo a dejar escritas dos o tres cartas y vivir lo último que se me ocurriera despidiéndome del mundo.

Cuando llegó el momento de abandonar mi casa lo hice con serenidad, convencida de que era lo mejor para mi. Terminar cuanto antes con aquel inoportuno sufrimiento me parecía un alivio urgente. Caminé hacía el punto elegido sin saber bien la hora a la que pasaría el tren. El cielo se había puesto de un gris azulado oscuro, el típico que antecede a una tormenta de primavera. Para tranquilizarme me llevé el aparato de mp3 que Jorge, mi ya (supongo) ex marido, utilizaba para ir a hacer futing los fines de semana. No se salvaría del impacto del tren, pero eso no me importaba mucho ahora, necesitaba irme con música, que ella fuera lo último. Encendí un porro bien cargado y me senté al lado de la vía. Justo entonces empezó a tronar y a llover. Quise pensar que era un recibimiento del más allá (pura fantasía mía, cosa de siempre). Dejé que me empapara la lluvia. Estaba tan a gusto mojándome y con aquel olor a humedad, que vi llegar un tren y no quise que fuera ese. No tenía prisa, eran mis últimas voluntades. La tormenta siguió y con ella la sensación de humedad y de aire limpio. Me sentía bien así, con aquello, como si fuera lo único valioso ya del mundo. Unas horas antes había tocado fondo: nada valía la pena. Ahora la merecía una sola cosa: aquella sensación de placidez de la lluvia sobre mí, con la humedad general en el ambiente invadiendo todo y el cielo oscuro de fondo. Pasó otro tren y tampoco me pareció que fuera el momento. Cesó la tormenta y se declaró un ambiente apacible lleno de olor, sensaciones confortables y de colores de todo quizá por el agradecimiento a la lluvia. El mundo delante de mí parecía estar cambiando. De repente, sin programarlo yo, sonó una canción en los auriculares que llevaba. Hacía mucho tiempo que no oía: «Sulbury hill» de Peter Gabriel, que tanto había bailado en las discotecas en los años setenta, cuando era joven y a pesar de ser una soñadora con Serrat, me volvía loca en algunas situaciones con otra música. Como en teoría nada me importaba, empecé a bailar entre las hierbas que hay cercanas a la vía y que a esas alturas de la primavera son muy altas. Me sentía libre, limpia, loca. Cuando terminó, la puse otra vez y seguí bailando. Acabé agotada sentada en el suelo y con una grata sensación de placidez. Me noté una sonrisa por dentro y por fuera. Así no podía suicidarme. Vivir ya no me parecía una cosa tan mala con la humedad, con la música y con la soledad. Fui a casa, rompí las cartas escritas de despedida, tomé el coche y partí en dirección a Salamanca, una ciudad que siempre me ha entusiasmado. Allí pasé el resto del fin de semana, sola, comiendo bien, flotando en una sensación de libertad desconocida, acompañada solo de mi misma.

En muy poco tiempo repartimos lo común, compré un apartamento pequeño y un perro Labrador Retriever. Soy feliz de verdad. La vida es una cosa muy rara, te puede cambiar por una música y por el placer de la humedad después de una tormenta. Esta historia acabó bien.