Jesús Gascón Bernal

El primer resplandor le sorprendió ya en su estudio de Guadalix, sentado al ordenador. Aunque toda la tarde lo había estaba esperando, se asustó. A través del cristal de la puerta que daba al jardín, el enebro se iluminó ligeramente transmitiendo al agua de la piscina un extraño destello verdeamarillo: era el inicio de aquella noche interminable.

Acababa de llegar apenas hacía un par de horas, y en seguida se había puesto a escribir. Tenía que terminar aquel artículo. Era fundamental acabarlo y mandarlo por correo a la editorial: ¡Era el trabajo de un año!

Puso la radio para intentar escuchar las noticias, pero solo había conseguido sintonizar una emisora, las demás hacía ya tiempo que habían dejado de retrasmitir.

«… en pleno centro de Madrid, un grupo de profesionales estamos acompañándote en el que quizá sea nuestro último programa ¿qué canción te gustaría escuchar en esta despedida y cierre? ¿qué música querrías que fuese la última en oír? Nosotros, para todos los oyentes, hemos seleccionado «Imagine» de John Lennon…»

La música del piano de Lennon empezó a sonar en la penumbra de la habitación dominada por la luz cálida que emitía el flexo sobre la mesa de trabajo. Bajó el volumen, quería concentrase en acabar de escribir… pero ese primer destello tras la luz crepuscular que se filtraba en la habitación le había asustado; era como cuando aguardas un golpe, un disparo que sabes se tiene que producir. Aunque lleves tiempo temiéndolo, te sobresalta más que si no lo esperas

Fue una ola de luz, una vibración inaudible que pareció cubrir toda la atmósfera; un silencio absoluto atrapado en el aire; solo la pantalla de ordenador emitió un pequeño parpadeo.

El viaje en carretera hasta allí había resultado largo. Mucha gente huía de la ciudad y otra tanta se dirigía hacia ella, tal vez esperando encontrase con los seres queridos, en lo que parecía iban a ser las últimas horas de la Tierra. En algunos tramos los coches parados en medio de la carretera dificultaban el paso; grupos de personas adentrándose en el bosque de la sierra buscando un improbable refugio entre los árboles.

Había notado la ausencia de los pájaros sobre las ramas de los pinos y sobre los cables de la luz, en el camino hacia la casa. Pero lo que más le llamo la atención es que no había una sola nube en el cielo. ¡Cuántas veces habían hecho juntos ese recorrido!, y ahora, en ese momento tal vez decisivo, se encontraba solo. La echaba profundamente de menos.

Se centró de nuevo en el texto que se había propuesto terminar. En realidad, ya casi lo había concluido, pero le quedaba efectuar algunas correcciones. En ese momento todo su esfuerzo se concentraba en acabarlo y poderlo mandar por correo electrónico. Pensó por un instante si no sería una forma de huir mentalmente de la realidad que avanzaba silenciosa e imparable.

Un nuevo destello tiñó de un color gris rojizo la totalidad de la atmósfera. Como el primero le sorprendió el silencio del momento, como si a lo lejos brillase el resplandor de unos mudos fuegos artificiales de alguna fiesta de verano. Siguió trabajando a mayor velocidad; ya solo le quedaba adjuntar la bibliografía y corregir algunas notas a pie de página…

Tras unos segundos de intermitencia la emisora seguía transmitiendo:

«…de las últimas semanas, en que las agencias espaciales, a través de los medios de comunicación, han dado a conocer las predicciones sobre el día y la hora aproximada del impacto, y  las consecuencias que iba a tener sobre el planeta: la destrucción total del mismo. Pero, ¿se pueden haber equivocado la mayor parte de los astrofísicos y científicos de la NASA?, ¿es posible que…»

¿Por qué había preferido estar allí acabando de escribir ese absurdo trabajo que probablemente nadie ya leería? ¿Porque no estar junto a ella? ¿era su pasión por terminar las cosas empezadas? o ¿acaso era el dolor insoportable de mirarla a los ojos sabiendo que iba a ser el final?

El tercer destello fue distinto, la vibración barrió todo el espacio y la claridad suprimió todas las formas… era el lento estallido precursor del final.

Tras un balbuceo, la emisora enmudeció…

El ordenador parecía que iba a colapsarse en cualquier momento. Sin parar de teclear le dio tiempo de guardar el trabajo recién terminado y enviarlo a la dirección de correo que ya tenía preparada… dos o tres segundos de incertidumbre y el correo pareció partir. Sintió una satisfacción infinita, como si toda su vida hubiese tenido un sentido, en el momento de apretar la tecla. Después el vacío.

 

Todas las cosas comenzaron a desaparecer absorbidas por la luz.