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ARMAS QUE NO MATAN. CARTA ABIERTA AL MINISTRO BORRELL, AL ALCALDE DE CÁDIZ Y A LOS TRABAJADORES DE NAVANTIA

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LIDIA FALCÓN O’NEILL es licenciada en Derecho, en Arte Dramático y Periodismo y Doctora en Filosofía. Nombrada Doctora Honoris Causa por la Universidad de Wooster, Ohio. Es fundadora de las revistas Vindicación Feminista, y Poder y Libertad, que actualmente dirige.

Muy señores míos: Me dirijo a ustedes muy desconcertada y preocupada por las información de que aprueban la venta de bombas inteligentes y  carros de combate a Arabia Saudí, para no perder un contrato millonario que ya había sido firmado por el anterior ejecutivo.

Usted, señor Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores, es inteligente y ponderado, y le admiro por su templanza y sus análisis profundos y documentados, por ello estoy enormemente atónita de oírle afirmar que las bombas que España fabrica para vendérselas a Arabia Saudí no matan. Para mí resulta  insólito que se fabrique un producto para que no cumple con su objetivo.

Ciertamente usted no lo ha dicho con esta precisión. Nos ha informado de que estas bombas son tan inteligentes, que nunca se equivocan de blanco. La tecnología de hoy es una maravilla. Las ciencias adelantan que es una barbaridad. Por ello nuestra tecnología que está en la cúspide de los avances más modernos fabrica bombas exactas que se disparan exactamente y dan en el blanco exacto.

Pero lo que no nos ha dicho usted es cuál es el blanco. Supongo que tampoco el gobierno de Arabia Saudí le ha informado de tal extremo. Supongo que ni los gobiernos ni los ministerios ni los intermediarios compradores de armas informan a los  vendedores de  cuáles van a ser los blancos a los que se dirigirán las bombas que les compran. Para imaginarlos es preciso conocer las informaciones que nos suministran los medios de comunicación.

Estos nos han explicado que en los últimos tiempos, meses, años ya deben de ser, en un país tan lejano y exótico para nosotros como Yemen, a caballo de Asia y un continente misterioso como África, se combate en  una guerra interminable. Ni siquiera conocemos entre qué bandos se desarrolla ni cuáles son sus causas. Sospecho que no lo sabe nadie. Y en esa guerra participa, sin que tampoco entienda por qué, Arabia Saudí, que de cuando en cuando bombardea los poblados y las ciudades de Yemen. De cuando en cuando también, los periodistas nos informan de las bajas de uno y otro bando, de los objetivos militares alcanzados y de las víctimas civiles, que inevitablemente se producen como daños colaterales.

Supongo que la satisfacción que usted siente, señor Borrell, por el avance de la técnica española que hace tan precisas esas bombas, está producida porque ninguna víctima que no es deseada por el proyectil es alcanzada. Lo que no sabemos es qué víctimas son las deseadas. Con un criterio democrático europeo Borrell parece suponer que Arabia Saudí no desea matar a la población civil de Yemen. Lo que conociendo un poco el sistema político, jurídico y democrático de Arabia es mucho suponer.

Pero aun aplicando al gobierno de Arabia la presunción de inocencia en este propósito de salvar a la población civil yemení del exterminio, me pregunto qué hay de aceptable en bombardear un país, aunque sea en guerra contra un enemigo. Enemigo que no sé cómo se ha fabricado, ni en qué medida España considera que sea un enemigo, porque no sabemos siquiera quién es.

Quizá el hecho de vestir un uniforme, si es que ese enemigo tiene recursos para tanto, permite bombardearle. Pero a lo que sé las bombas no bombardean uniformes sino hombres. Hombres, que según tengo entendido, son tan humanos y tan hijos de padre y madre como los que no llevan uniforme. Y esas bombas además destruyen edificios, carreteras, hospitales, escuelas y destrozan el medio ambiente. Ciertamente ninguno de estos destrozos son tan graves como la matanza de ciudadanos civiles, entre los que se encuentran muchas mujeres y niños, que al parecer son los únicos que a usted, señor Borrell, le preocupan.

Pero a mí me preocupan todos: los que llevan uniforme y los que no lo llevan, las mujeres y los niños y los hombres y los jóvenes y los ancianos. Y también los hospitales y las escuelas y las carreteras y los edificios, y las vías férreas y los puertos y los aeropuertos. Y los campos cultivados y lo que están en barbecho y los ríos y los lagos y las montañas, y no quiero que los bombardeen. Y usted no me ha garantizado que esas bombas tan inteligentes no tengan ninguno de esos objetivos. Porque entonces, naturalmente, no habría guerra.

Y usted tampoco se lo ha garantizado a los obreros que van a fabricar esas bombas y que se han manifestado con tanta contundencia a favor de cumplir los pedidos de Arabia saudí.

Comprendo bien la necesidad de los trabajadores de tener un trabajo y un salario asegurado, comprendo el miedo y la angustia que pueden sentir al no tener ingresos ni futuro, puesto que yo la he padecido muchas veces, pero en un país europeo, avanzado e industrializado, miembro de la Unión Europea, del que nos aseguran que hemos salido de la última crisis económica, los trabajadores en paro tienen que tener cubiertas sus necesidades mientras se les reconvierte a otra producción. Y un gobierno de un país europeo, avanzado, industrializado y moderno tiene que montar empresas alternativas a la industria de armamento.

Y esta norma moral han de entenderla y cumplirla tanto los gobiernos como los trabajadores. Cuanto más un gobierno que se llama socialista, un alcalde que representa el cambio a la izquierda deseado por la mayoría de sus votantes, y unos trabajadores que son la vanguardia de la clase obrera.

De lo contrario ni el gobierno es socialista ni el alcalde es de cambio ni los trabajadores son vanguardia.

Ya sabemos, y no debemos olvidar, que con argumentos espurios la socialdemocracia europea aprobó en Alemania los presupuestos de guerra que permitieron la masacre que se perpetró en Europa de 1914 a 1918. Pero aún las soflamas patrióticas y los discursos imperiales que se difundieron en aquella época podían convencer a los ignorantes ciudadanos de que se iniciaba una nueva historia épica para su país. Pero la mezquindad de los argumentos con que se aprueba hoy la venta de esas bombas inteligentes a Arabia Saudí, que permitirán fabricar no sé cuántos carros de combate para seguir masacrando a la población del Yemen, son tan miserables y mezquinos, son tan poco heroicos, que me avergüenzan como ciudadana española, que me llenan de congoja como mujer, y que tengo que denunciar y oponerme rotundamente como feminista.

Madrid 16 septiembre 2018.

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