Jesús Gascón Bernal

Mi padre no hizo nada por mí y tuve que marcharme. Ni siquiera me habló. Busqué su mirada compasiva entre la de los demás, pero él solo se miraba a sí mismo; imagino que pensaba que los inmortales estábamos condenados a volver a vernos. No lloré cuando, entre el frío alabastro del patio, me dejé arrastrar hasta el mundo antiguo de los hombres. Mi corazón estaba roto. Mi delito: haberme enamorado de una mortal.

Tras la rebelión de los hombres contra los dioses, apenas había quedado alguna ciudad en pie y aquella, fundada por los atlantes, como castigo, fue hundida en las aguas del océano. Allí me dirigí, esperando encontrarla con vida.

Me sumergí en lo más profundo del gran mar, frente a las columnas de Hércules y más allá, tratando de hallar esa utópica ciudad de contorno circular, cuyos canales hacía ya tiempo que habían cubierto las aguas. Volé al suroeste de las Islas de las Flores y busqué bajo el agua un monte sobre la llanura sumergida, y los restos de su acrópolis rodeada de círculos de piedra. Traté de encontrar los territorios perdidos del reino de Poseidón que yacían inmersos bajo el océano.

Sabía que era una empresa difícil, pues era probable que hubieran desaparecido sus casas y nada se sabía de sus habitantes. Pero tenía el presentimiento de que todavía subsistía ésta famosa república donde los hombres habían sido libres y todos tenían los mismos derechos; que perdurarían sus concéntricas murallas y sus teatros, ahora tal vez hundidos, al igual que sus mercados y sus plazas. Los históricos me habían contado que un niño escuchó decir a su abuelo que un terremoto precedió a la inundación de Atlantis. Se sintió el silenció tras el estruendo de los cataclismos terrestres, y la ciudad y sus habitantes descendieron lentamente hasta la oscura llanura sumergida. Pero las casas y la ciudad misma ya estaban preparadas para este cambio, el grosor de sus muros resistió la presión de las profundidades y una red de galerías de cristal cubrió sus edificios protegiendo a sus habitantes, aislándolos en el tiempo de los espacios terrestres. Los Atlántidas tuvieron que desarrollar nuevas percepciones para habitar en un mundo que les era hasta ese momento desconocido, crear otros sistemas para comunicarse, para protegerse de nuevos dioses acuáticos.

Nadé entre las reverberaciones intermitentes del agua producidas por la luz de la superficie; seguí las corrientes marinas tratando de descubrir los destellos del oricalco, que me permitiese encontrarla, en los adornos de sus trajes. Es posible que la ciudad estuviese protegida y fuese invisible; que quisiera pasar desapercibida ante un mundo vertiginoso de realidades cambiantes. Por un momento incluso dudé de su existencia al recordar cómo algunos descreídos me habían dicho que la ciudad no estaba bajo el agua sino en el interior de la mente. Pero tras un largo viaje, siguiendo el sonido de una caracola enamorada, di con ella.

Después de tanto tiempo sumergida la ciudad agonizaba. Fui recibido como un dios salvador, cuando en realidad era un desterrado. Pero sabía lo que tenía que hacer: ungir sus cuerpos exhaustos con mi sangre, aunque con ello perdiese mi condición de inmortal. En realidad, nada me costó hacerlo; allí estaba ella, Talia, mi amada, esperándome con mi hijo.

Y fue allí, en esa república sin dirigentes, ni militares, ni magistrados, donde vivimos el resto de nuestros días. Nuestra victoria fue incruenta, solo tuvimos que olvidar a los dioses para que estos fueran desapareciendo. Destruimos sus imágenes y sus templos y con el mármol de sus piedras construimos escuelas y jardines. Atlantis volvió a la superficie, sobre una hermosa isla, donde nuestros hijos y sus descendientes vivieron su tiempo. Incluso cuando ya Talia y yo habitábamos en la isla de Hades, pudimos contemplar su infinita belleza. Hasta llegamos a olvidar que la perfección solo vive en Utopía.

No todos los dioses habían sucumbido. Uno de ellos, un dios ciego y vengativo había sobrevivido en la mente enferma de un leproso. Llegó un momento en que su poder creció y se dispuso a crear un nuevo orden. Del barro hizo un hombre, tan cruel como él, al que llamó Adán; sus hijos se mataban; y fornicaban entre hermanos saqueando la tierra. Y llegaron de nuevo los tiempos de los dioses, los reyes y las guerras, pero eso es ya otra historia y hay otros libros que la cuentan.

Se sumergió de nuevo la ciudad de la luz, aguardando el día que la república del hombre libre pueda salir de nuevo a la superficie.