Jesús Gascón Bernal

–«Queridos hermanos…»

Entre los olivos que crecían sobre la duna de la playa, al lado del aparcamiento de las urbanizaciones de lujo, los turistas que se dirigían al mar cargados con la sombrilla y las toallas observaban una aglomeración de gente inusual en torno a una mesa. Era un domingo de agosto y algunas personas estaban escuchando misa al aire libre, de esta forma no tenían que desplazarse a la población más próxima de Denia.

– «El señor este con vosotros»

–«Y con tu espíritu» –respondieron los fieles.

Borja estaba inquieto. Había divisado al teniente alcalde de Urbanismo, un par de metros delante, pero el político parecía no haberle visto. Tenía que hablar con él y esa era la ocasión. Hacía una semana que no le cogía el teléfono, el viernes se había acercado hasta el Ayuntamiento, pero estaba reunido. Sin embargo sabía que lo de la misa era infalible para dar con una persona como él. En el fondo un político corrupto, como muchos, un político al que Promociones Borjamar le pagaba sus buenas comisiones para sacar adelante sus promociones sin demasiadas trabas.

Las calles que bordeaban la improvisada iglesia, en torno al paseo marítimo, estaban atestadas de coches de alta gama. Sus propietarios parecían escuchar absortos la palabra de Dios que les hablaba de ayudar al prójimo, mientras sus mentes, tal vez como la de Borja, se perdían en sus propios pensamientos. El olor a mar, se mezclaba con el de la fritanga de los churros de un puesto cercano, al igual que el rumor de las olas diluía los gritos de los niños jugando en la playa.

– «Te alabamos Señor y te bendecimos, por todos los bienes que nos has dado, y te damos gracias por …»

– «Te alabamos Señor y te damos gracias»

El solar que la empresa Borjamar quería recalificar no estaba lejos de donde ahora se encontraban. En primera línea de playa, 20.000 metroa cuadrados de terreno virgen aguardaban ser ocupados mediante unos cuantos bloques con privilegiadas vistas al mar. Solo hacía falta un emprendedor como él. La única pega es que era un terreno protegido medioambientalmente por conservar un ecosistema de dunas y vegetación autóctona, pero nada que un ayuntamiento comprensivo no pudiera solucionar. Borja imaginaba las jugosas ganancias en la venta de los apartamentos; eso sí, respetando algunos olivos y palmeras para que la urbanización fuese de lujo. Pero para que el tema saliese adelante urgía el tener una reunión con el alcalde y el concejal de urbanismo, el mismo que, situado ahora dos filas adelante, se santiguaba. Sabía que no iba a tener problemas con ellos. ¿Cuantas veces les había invitado a su club de alterne, y habían acabado la noche juntos? Eran buena gente. Españoles de fiar.

– «La paz esté con todos vosotros»

– «Y con tu espíritu»

–«Daros fraternalmente la paz…»

En el momento del abrazo propiciado por el sacerdote, Borja había tenido tiempo de acercarse y concertar una cita con el político para solucionar su “problema”. Todo estaba arreglado.

Cuando el sacerdote elevó la sagrada hostia sobre el altar, un rayo de luz, apenas perceptible por la luminosidad del día, descendió sobre ella y ya nada volvió a ser como antes. La gracia divina se repartió por igual entre los que se acercaban a comulgar. Aquellos que se acababan de confesar, con el mismo cura que celebraba la misa, habían redimido milagrosamente todos los abusos que hubieran podido cometer en los últimos días. La hostia fue forzada a dejarse querer por todos, que la esperaban con la boca abierta, con las húmedas lenguas anhelantes. El sacerdote, cual proxeneta, la obligó a prostituirse como una virgen sometida que fue introduciendo en todas las bocas, aunque estuviesen sucias o aún les oliese el aliento a la podredumbre de negocios todavía no digeridos. Por un momento fue la hostia recalificada.

Una gaviota volaba baja sobre las dunas, mientras en la arena un niño construía el último castillo. El mar estaba en calma: había bandera verde.