J.G.B

Ayer tuve un sueño: un día todas las banderas se fueron deshaciendo lentamente.

La primera en manifestar este inexplicable fenómeno fue una situada tras el escaparate de un bazar oriental. Los propietarios, inmigrantes de origen chino, observaron como la bandera desplegada junto al cristal se fue arrugando a la vez que empezó a escurrir gotas incandescentes; los gatos de la fortuna que movían un brazo, las fundas de los móviles, y las flores de plástico, que estaban debajo, se fueron también derritiendo. La bandera parecía chillar en su agonía, según relataron posteriormente a la policía, y fue dejando pequeños cráteres humeantes en el suelo.

Enseguida se propagó como si se tratase de un virus. Las grandes banderas en las plazas y rotondas de entrada a algunas ciudades, o las que ondeaban airosas en los edificios administrativos, se convirtieron en un espectáculo de fuegos artificiales. Algunos lloraban al verlas desintegrarse; la mayoría contemplaba atónito el extraño proceso; los menos aplaudían. Los que trataron de salvarlas, vieron como sus ropas y manos quedaban afectadas por el corrosivo ácido que desprendían en su lenta autocombustión. Ardían los mástiles de fibra y se retorcían los tubos metálicos que las sostenían, crepitando sobre sus pedestales, sin que nadie pudiese hacer nada por evitarlo.

Los coches de alta gama fueron los más afectados. La mayoría vieron corroídos sus bellos salpicaderos de diseño por el ácido goteante de las banderas colgadas en el centro de los parabrisas, que se convirtieron en ardientes estalactitas. Ese año las marcas alemanas tuvieron un excelente ejercicio de ventas.

Las banderas sobre los balcones de las casas en las ciudades causaron un daño considerable entre la población. Los transeúntes caminaban por las aceras tratando de sortear aquella lluvia ácida; luego vino el desprendimiento de los hierros retorcidos en que se habían convertido los miradores, incluso de las baldosas decoradas con flores por donde antaño se asomaban sus propietarios a la calle

En los estadios de futbol los hinchas enmudecieron. Los rostros pintados se vieron afectados por graves quemaduras, aunque la rápida intervención de las autoridades sanitarias, ya prevenidas, evitó que se elevase el número de heridos. Con el tiempo los ultras se convirtieron en espectadores deportivos.

Los jueces y la policía fueron puestos en alerta máxima para descubrir y castigar a los culpables de estos sucesos, pero no había culpables que castigar, salvo el chino del bazar y su familia, a los que de forma preventiva les fue aplicada alguna ley para extranjeros. En la mayoría de los casos que se investigaron solo se descubrió la corrupción que ocultaban las banderas, proporcional a su tamaño, y que había quedado al descubierto tras su desaparición. Ya no se investigó más.

Muertos los símbolos, desaparecieron las fronteras. Las ideologías nacionalistas que habían alambrado los territorios, sucumbieron. Se oxidaron las concertinas, en otro tiempo manchadas de sangre. Se fundieron los pasaportes y se extinguieron los dinosaurios.