Jesús Gascón Bernal

Dicen que en cada sabina vive un duende. La elección de la sabina era el secreto del chozón, y su tronco el alma viva, el gran pilar, que serviría para sujetar la casa ancestral que vive arriba en el monte. Simón había visto hacer esto una sola vez, pero recordaba todos los pasos.

La azuela había descortezado el tronco. La sierra y el hacha habían cortado las ramas y las raíces, pero no todas, solo las raíces superficiales; el árbol tenía que seguir vivo; continuar anclado al magma terrestre y morir lentamente. Ese era el secreto contra la pudrición. Cada temporada le cortaban las raíces, pero solo las más superficiales, manteniendo las profundas, las más largas, para sobrevivir sin crecer. Luego alrededor de la sabina Simón había ido levantando, con el paso de los días, un círculo de piedras calizas; son las paredes del chozón. Colocadas sin ningún tipo de mortero, encajadas unas con otras, había ido eligiendo despacio las caras de cada una de ellas hasta alcanzar la altura de la mitad del tronco central. Por último, había colocado los palos que unen la sabina con el muro de piedra y atado las bardas, la cubierta de ramas de sabina que le protegería en las noches de escarcha.

Los días que bajaba a Cobeta aprovechaba para mirar el periódico que llegaba al pueblo: La Vanguardia que le traían a Julián, el dueño del café El liberal, con dos o tres días de retraso. Simón sabía leer y disfrutaba enterándose de las noticias, que luego en casa les contaba a su madre y a sus hermanos pequeños. Así, hasta aquella madriguera escondida entre los pedregales rojizos del Alto Tajo, llegaba Antonio Maura, ganador de las elecciones de junio de 1919 en una España que siempre estaba en crisis; llegaban también las noticias de lo que sucedía a miles de kilómetros, en Alemania donde emergía el nazismo tras la Gran Guerra; y en toda Europa se organizaban los movimientos obreros después de la Revolución de Octubre de hacía dos años. Era una ventana a un mundo que Simón desconocía. Él, sin saberlo, era un refugiado viendo pasar el tiempo en el chozón de la sierra, con sus ovejas y sus noches heladas. Cuando tenía el periódico en las manos lo primero que leía Simón eran las bajas de la Guerra del Rif, ante la nueva sublevación de Abd el-Krim que mantenía el hostigo a los generales españoles y franceses. En un escuadrón comandado por el coronel Araujo combatía su amigo Arsenio, antiguo compañero de la escuela de Olmeda. Las noches que Simón se quedaba solo arriba con el rebaño, viajaba por una África imaginada en compañía de Arsenio, al que envidiaba en esos momentos.

La vida de Simón no había sido fácil. Cuando todavía era un chaval, una mañana su madre fue a buscarle a la escuela. Lloraba abrazada a su hermana. Su padre había muerto y con trece años tuvo que dejar de estudiar. En ese instante en que su vida se truncó, nadie fue consciente de ese hecho. Los cambios suelen suceder a veces así, sin que nadie se dé cuenta. Él hubiese querido ser ganchero como su padre. Bajar la maderada desde el alto de Las Gradas hasta Aranjuez, incluso llegar a ser maestro del río; pero sus padres siempre habían querido que fuera a La Olmeda a seguir estudiando. A menudo hablaban de ello, y, en la ilusión de esas conversaciones, Simón acababa convertido en maestro de niños, o quizá, quien sabe si en médico o ministro; ¿No era acaso un buen estudiante? Cuando al día siguiente los de la cuadrilla trajeron el cadáver a casa, tenía un color gris-verde esmeralda, —es por el agua del río —pensó Simón. La cabeza reventada por el golpe de un tronco, rota al igual que el bichero apoyado cerca de él. Pero algo más había cambiado, ahora el dinero ya no llegaba para una madre con tres hijos. Al cabo de poco tiempo Simón tuvo que ponerse de pastor en una hacienda de Zaorejas.

Con las marzadas se echaban al agua los troncos cortados durante el invierno, y se renovaba el ciclo del agua. Lagunas, surgencias, turberas, helechales… conformaban el paisaje bello y salvaje del Alto Tajo; farallones de tierras rojizas, donde las aguas de color verde se abrían paso en profundos tajos sobre las rocas, discurriendo rápidas entre pinos silvestres, bojes, sabinas y alisos

Desde el chozón, Simón observaba los buitres sobrevolando sus nidos en los escarpados del fondo. Le daban más miedo que el lobo. Abajo, casi invisible entre la maleza y las rocas, se adivinaba un trozo de río; aquel por el que había navegado su padre sobre los troncos hacía ya años.

En primavera los pastores subían a los apriscos a primera hora para dar de comer a las ovejas o sacarlas de las tainas a beber: “Dónde vas que hace frío tan de mañana”. Cuando la sierra floreaba, solía ver también a algunos hombres agachados a los que devolvía el saludo: eran recogedores de espliego, que bajaban luego a vender al mercado de Taravilla. En otras épocas, Simón se encontraba a veces por el camino a los resineros sangrando la savia de los pinos.

Aquel día llovía. Simón sabía que hasta el agua que caía sobre aquella tierra inhóspita de la sierra llegaría, por el río, al mar de Portugal. Sin embargo, el parecía anclado a ese lugar. Entre la lluvia vio a su padre junto a los troncos del río que le saludaba con el bichero, parecía querer decirle que ellos también eran los pastores del agua. Refugiado en el chozón, había acabado de embardar una parte de la cubierta que el viento había soltado. Ese día aprovecharía para cortar la raíz que todos los años arrancaba a la sabina. Puso su mano sobre el suave tronco, pero en su corazón también empezó a llover. Sus raíces le mantendrían allí, vivo pero sin poder seguir el curso del agua que se perdía en el océano del mundo. Dos arroyos brotaron de sus ojos, cayeron al suelo y se deslizaron bajo la puerta buscando el río de la esperanza. Dejó el hacha en el suelo, cogió el lápiz y escribió sobre su tronco.

“Buen día de agua hace hoy /a 13 de octubre de 1919 /Olmeda de Cobeta / Simón Pastor”