Jesús Gascón Bernal

Sacó la cabeza del agua y respiró. Para Luis aquellos momentos eran los mejores del día. Se volvió a sumergir. En el fondo silencioso los peces, sobre la arena ondulada, parecían seguir su rastro al nadar; a veces alguno parecía rozarle la piel con la boca; besos de arenque entre abrazos de algas verdeazuladas que lo reconocían en cada inmersión.

Después de toda la mañana pasando calor, un baño mar adentro era lo que necesitaba. Aquel mediodía apenas había olas. Estaba en una zona en la que nunca solía haber nadie; se necesitaba saber nadar bien y conocer el fondo para no golpearte contra las piedras. Llevaba ya veinte minutos en el agua y decidió volver. Nadó con cuidado hacia la repisa del borde donde todos los días dejaba atado el calzoncillo, que le hacía de bañador.

Cuando a la hora de comer volvía de la academia en la que daba clases de dibujo y pintura a niños veraneantes, le gustaba pararse en la playa del pueblo, aunque estuviese llena de turistas, y darse un baño mar adentro. Solía aparcar la bici en la misma arena, junto a la atalaya de madera que usaban los socorristas de la Cruz Roja; como le gustaba decir a sus amigos, la dejaba en el lugar más vigilado de la playa. No solía llevar ni toalla ni bañador en la mochila, pero sus Calvin Klein cumplían perfectamente la función; nadando se alejaba y a unos doscientos metros se paraba en las rocas. Allí, sin nadie alrededor, se quitaba el slip. Le gustaba nadar y sumergirse desnudo en el mar.

Pisó con cuidado las rocas para salir. Algunas gaviotas estaban posadas un poco más arriba, sobre el acantilado cercano. Se dirigió despacio hacia donde había dejado su calzoncillo; una gaviota parecía estar picoteándolo, tal vez jugando con él.

—¿Pero que haces bicho? ¿Te quieres comer mis Calvin Klein?

Levantó los brazos; la gaviota salió volando, pero con tan mala fortuna que el calzoncillo se enredó en una de sus patas, y voló con ella.

Se quedó paralizado. La mirada alelada y la mano extendida hacia el pájaro; pero la gaviota desapareció tras un promontorio. Imposible tratar de seguirla.

—¡Maldita gaviota!

No tenía importancia el valor de la prenda, pero conseguir volver a la playa y llegar hasta la arena donde guardaba su ropa, era otra cosa. Además en la cinturilla de sus Calvin Klein iba sujeta la llave del candado que le abría la bici y la mochila.

Las dos y media de la tarde. La playa estaba abarrotada de bañistas, principalmente familias con niños. Era absurdo imaginar que, con 24 años y ese cuerpo de uno ochenta y dos, se pudiese hacer pasar por uno de ellos en su desnudez. Por otro lado estaba su “pequeño” problema, del que ya llevaba un año de tratamiento: macrofalosomía, ni con las dos manos podría taparse el pene. Se imaginó la escena: ¡Dios¡ ¡que ridículo! El ayuntamiento había colocado ese mismo verano un cartel donde se prohibía cualquier tipo de nudismo, que solo permitía practicar en una pequeña playa situada a unos doce kilómetros; pero era demasiada distancia para ir nadando. ¡Si por lo menos tuviese el móvil encima para poder llamar a cualquier amigo!

Pensó en nadar hasta la playa y salir del agua corriendo hasta donde estaba su mochila; no eran más de cincuenta metros; pero una vez allí tampoco iba a poder abrirla. Desde el agua miró hacia la orilla llena de bañistas ¿Cómo era posible que hubiese tanta gente? ¿Acaso no se tenían que ir a comer? Seguro que algunos eran los padres de sus alumnos.

Llegó a nado hasta donde hacía pie, procurando mantener el cuerpo vertical. Empezaba a estar cansado y cada vez más nervioso de no saber solucionar una situación tan tonta como aquella.

A su alrededor había algunos bañistas, pero no se atrevía a pedirles ayuda. Parejas tomando el sol sobre las colchonetas, y mujeres que jugaban con las pequeñas olas sobre sus cuerpos embadurnados de crema.

Agitaba los brazos como si nadara, pero procuraba mantener fuera del agua solo su cabeza. ¿Y si hacía ver que se estaba ahogando? ¿no lo vendrían a rescatar?  No era la solución. Se vio a si mismo desnudo echado sobre la playa con todo el mundo a su alrededor.

¡Cuanto echaba de menos sus calzoncillos de diseño! ¡Y lo bien que le sentaban a su piel morena!

Se acercaba una balsa a pedales. Esa podía ser la ocasión. Se aproximó. Una señora mayor tomaba el sol y unas niñas pedaleaban

—¡Por favor señora!…¿me podría ayudar?. La abuela se incorporó; Cuando Luis se aproximó, recibió un golpe en la espalda; la vieja le amenazaba con la pala

—¡Atrás!, ¡atrás! No miréis hijas, nos invaden los perroflautas desnudos. ¡Hasta en el mar pidiendo!

—¡Perroflauta!, ¡perroflauta! —escuchaba repetir a las niñas mientras daban patadas al agua y se alejaba la balsa.

Estaba agotado. Se sentía solo.

¡Pero como no se le había ocurrido antes!

Andando muy despacio, para no perder el nuevo bañador, salió por el agua y la arena de la playa. Al principio algunos le miraban. Parecía un dios acuático saliendo del mar; la versión masculina de una pintura de Boticelli, como la que a veces mostraba a sus alumnos. Unas algas de cinta se anudaban en torno a su cintura y en la parte alta de sus piernas; trenzadas en torno a ellas, otras algas formaban una urdimbre verdinegra. En el frente, un frondoso rizoma recién arrancado del fondo marino disimulaba su pene escondido entre aquella floresta.

—¡Mamá, yo quiero un bañador como ese de la gran nariz entre los ojos saltones!

Se dirigió hacia donde estaba el socorrista sentado en la silla de madera de la atalaya. Era una chica de su edad, morena y en buena forma física. Ella le estaba mirando y tenía unos prismáticos en la mano.

—Hola, solo tenías que haberme llamado.  —Levantó el brazo para indicarle como se hacía esa hipotética llamada.

Tenía una sonrisa preciosa

—Te hubiese echado una mano. —Se reía. —Bueno quiero decir que te hubiese acercado una toalla.

Mientras le decía esto, bajó la escalerilla y le dio una.

—Pero lo has solucionado bien, muy bien. Me gusta tu nuevo bañador, más que el que sueles llevar otros días. Me llamo Elisa.

Bajo las sombrillas habían aparecido ya algunas bolsas de patatas fritas entre las latas de cerveza fría; los niños, junto al agua, se apresuraban por acabar sus últimos castillos rodeados de fosos que se deshacían una y otra vez; mientras un subsahariano, con una sonrisa, vendía en sus manos todo lo que podría caber en un bazar. Ella le dijo que acababa su turno. Todavía era tiempo de tomar una caña en el chiringuito.