En Campo de Relámpagos. Publicado el 28 de junio de 2020

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Usted es escritor, poeta, dramaturgo, novelista, cantante… Eso sorprende a quienes no se dedican a tantas cosas. A veces los vuelve escépticos.

¡Qué se rían si quieren! Es su libertad y su derecho. No soy un escritor. Soy un escribano, como los escribas egipcios. Mi faraón es la gente alucinada en el azur. Acepté el desafío y la ambición de volverme megáfono, es decir, de ser un gospa como Belmodj, un mediador que intenta dar un giro semántico al murmullo del pueblo ante los poderes. El pueblo es mi fuente de inspiración. Soy un escribano comprometido con la lucha de los pueblos. Eso implica el uso de todas las armas artísticas que encuentro en mi trinchera. Punto.

Sus métodos para trabajar la escritura…

En mi estudio me enfrento oralmente a mis textos… antes de escribir: un método como cualquier otro. Es muy conveniente para textos teatrales, lo admito. ¿Qué otra manera de exorcizar la esquizofrenia, el acuartelamiento del poeta, que dejarse poseer alternativamente por estos seres ficticios, estos personajes a los cuales pretendemos, a través de las palabras, ofrecer cuerpo, respiración, vida?

Siempre usa el término palabra…

Hablamos con las palabras. ¡Palabras! A menudo me hacen reír. Sí, son las herramientas que nos permiten construir el pensamiento. Pero, ¿realmente sabemos domarlas? En el proceso de creación, durante el embarazo del poeta por el monstruo, las palabras son demasiado amorfas; luego, poco a poco se van dando, sin brillo, veladas de inicio… vacilantes, indecisas. ¿Y luego…? … Finalmente se comprometen a fluir en la geometría de una página blanca. Entonces podemos rastrearlas, adivinarlas cuando se esconden detrás de lo no dicho. Las palabras pueden hacernos reír, llorar, narrar el amor, el odio, la indignación… Son en verdad pequeñas criaturas llenas de vida y sorpresas, pero a veces se niegan a cabrillear como olas del mar. ¡Rebelión! Crean un malentendido cuando niegan la sumisión al arbitrario de nuestro pensamiento, y a continuación pueden mantener despierta a toda una aldea para cubrir de vergüenza a los dignatarios y obligarlos a honrar a un burro.

Me parece enigmático diciendo eso. No lo comprendo.

Para ser una mexicana que adora los albures, su reacción me sorprende. Le diré una anécdota acerca de un uso muy inteligente del quid pro quo. Me la contó un amigo. Un mercader maliense, comerciante ambulante como los que tenemos en todos los caminos, estaba en cierta ocasión vendiendo telas y taparrabos en Senegal. No iba solo. En esas circunstancias, cuando las cargas son muy pesadas, no hay mejor compañía que la de un burro. Así, tras curvas y sinuosas carreteras, y pueblos y ciudades, y con el golpeteo del charlatán bien plantado en su boca, nuestro comerciante vendió casi todas sus telas y taparrabos, decidiendo regresar a su Sorobougou, la aldea de donde era nativo. El negociante pensaba que el burro iría más rápido con una caja vacía… o casi, pero no había contado con el aguacero que comenzó a romper: una lluvia digna del Sahel. No había llovido así en los últimos cuatro años.

Era una tormenta tremenda… y se vio obligado a refugiarse en otra aldea. Tocó a la puerta de una casa y sus habitantes le abrieron su hogar y le prestaron la recámara de los amigos. Antes de entrar, amarró su burro a un árbol que estaba a un lado de la casa. Luego entró, se secó, cenó. Regaló su última tela a la mujer que le dio de cenar y se sentó con sus anfitriones alrededor del fogón. Después de una intensa plática decidió retirarse a dormir, pero antes salió para comprobar que su burro seguía bien amarrado al árbol y estaba a salvo. ¡Sorpresa! El árbol estaba bien plantado en su lugar… pero sin el burro. Buscó a su animal por los alrededores, sin éxito. Mientras, sus anfitriones se mostraron estupefactos. ¿Cómo se han podido robar un burro en tan poco tiempo? A pesar de la noche oscura y sin luna, el mercader recorrió toda la aldea gritando invariablemente estas palabras:

—¡Yo soy Koné, de la aldea de Sorodougou! Alguien en este pueblo se robó mi burro hace pocas horas. ¡Qué se me devuelva mi burro inmediatamente! En caso de no regresar mi burro a su lugar… haré sin remordimiento lo que hizo mi padre en esta aldea hace cincuenta años.

Y entonces, después de su recorrido por todas las casas regresó sereno a la cama.

El pánico se apoderó de los aldeanos. Se dieron confabulaciones nocturnas, danza de consultas. Se interrogó a la memoria del pueblo, la adivinadora que despierta las frías cenizas de los recuerdos…

Nada. ¿Quién era el padre del extraño visitante? ¿Qué hizo en el pueblo? ¿Había atraído el rayo criminal sobre la aldea? ¿Había llamado una lluvia de abejas? ¿Convocó una epidemia? ¿Una sequía?… Nadie recordaba. No había un aldeano con el recuerdo de algún malentendido causante de una fuerte represalia. Probablemente, la gente era demasiado joven hace cincuenta años.

La noche continuó con el concierto de bates, y el aullido de un chacal.

Al amanecer… ¡divina sorpresa! En el mismo árbol, en el mismo lugar, estaba amarrado el burro, comiendo mazorcas de un enorme bote. El vendedor ambulante no ocultó su alegría: su amenaza había tenido efecto. Regaló los tres taparrabos restantes a su anfitrión, saludó a la familia con deferencia y tomó el camino a Sorodougou con su burro.

A la salida del pueblo le esperaba una importante delegación de vecinos. La encabezaba el jefe de la aldea. Cuando el comerciante llegó al lugar, se detuvo. Los ancianos no podían aceptar la capitulación y asumir su ignorancia.

—Por cierto —le dijeron—, ¿nos puede usted recordar qué hizo su padre en este pueblo hace cincuenta años?

—¡Simple! —respondió—. Hace cincuenta años, aquí le robaron su burro.

—¿Qué hizo entonces?

—Nada. Regresó a pie a Sorodougou… Eso fue todo lo que hizo: regresar a su pueblo, pero a pie…

Antes de que los aldeanos se recuperaran de su sorpresa, el ambulante, feliz de la estratagema y burlándose de la expresión en sus rostros, lanzó su burro a galope levantando un torbellino de polvo.

Bella anécdota… 

Sobre todo, es una excelente ilustración del fabuloso uso que puede darse a las palabras. Cuando uno pretende actuar como portavoz de los demás, cuando se define como portador de una palabra que condensa a otras, y a sus aspiraciones, uno debe obedecer cierta ética de la palabra-acto.

Alternar la búsqueda de la euforia de cosechar palabras en la soledad del encierro necesario para darles vida, es la forma en que se conjuga el movimiento interno para el acto de escribir. Si uno quiere una palabra que descarte los límites acordados por lo «políticamente correcto», parecerá necesitar el acomodo del embarazo y el parto de estas frágiles herramientas del pensamiento y, prudentemente, hacerlas cómplices del acuartelamiento del poeta. Para el parto, tendrá que crear la sordera en los alrededores. Es quizás para esto que sirven las residencias de escritores. 

Siempre se pone una máscara para no aparecer con la cara descubierta en sus palabras, ¿verdad?

Es el gozo de la palabra poética, lo que le confiere una existencia extratemporal.

El nombre es parte de la identidad… La revela.

Tuve que construir el mío, entre las bastardías de dos generaciones y el enfrentamiento de sus deseos.

¿Otras anécdotas?

Esta vez no: se trata de contar el contexto donde se formaron estas palabras que los demás usan para designarme. 

Aquella temporada fue terrible para los aldeanos perseguidos por las aguas de las lluvias torrenciales que azotaron día y noche sobre ellos. A veces caían ráfagas; otras, lloviznas. Los fuertes vientos arrancaron todas las plantas: mijo, sorgo, sésamo, calabaza, yuca, ñame. Todo fue desolación. Las personas también abandonaron el pueblito, que hundió sus pies en el agua de lluvia. Se colapsaron las casas al empaparse, disolviéndose en un montón jabonoso, fangoso… triste. Entonces se improvisaron chozas sobre montículos y termiteros, para esperar que las aguas decidieran retirase. Y como los graneros también colapsaron, se dispuso almacenar los productos de la cosecha entre las ramas de los árboles de mango y nere.

Divertido y triste. Triste y divertido a la vez. Para cocinar y comer, la gente tuvo que subir al árbol a buscar los granos y bajarlos en su canasta, y atravesar con ésta a cuestas el vasto océano lluvioso para, luego, subir la colina donde el fuego ardía.

En el agua, el pez siluro pululaba. Era de sangre fría y piel viscosa, y se había multiplicado a un ritmo vertiginoso. También había una invasión de bagres que dormitaban en los charcos alrededor de los montículos. Su pesca era fácil, pues se les adivinaba detrás de las burbujas que se remontaban a la superficie fangosa. Para la captura no eran necesarias red o trampa, canoa, o paleta, o caña de pescar, o línea, o cebo-gusano. Bastaba ponerse de acuerdo con uno mismo para mojar el tobillo e ir a recoger el bagre. Ni siquiera se defendía un poco.

¡Tiempo inundado! Nací en tiempo de lluvia durante el amanecer. Mi padre y mi madre me atribuyeron el primer nombre del sacerdote europeo que bendijo su matrimonio: Henri. Algo bien europeo: Enrique, Enrico, Heinrich, Henri.

No me imaginaba…

Y luego vino la revolución cultural de Tombalbaye, promotora de una política de autenticidad. Tenía trece años. El guía supremo de la revolución nos convocó a tirar a la basura nuestros nombres ridículos prestados por los nasaras. (1)1 ¡Qué alegría! Corrí a la alcaldía a cambiar mi certificado de nacimiento y, por lo mismo, mi nombre. Elegí entre pequeñas voces que escuchaba usar a mi madre cuando quería convencerme: Sibaye, Side, Koulsy, Koulde… Koulsy me pareció sonar mejor que las otras: «Honor al otro que viene de otro lugar». ¡Nada mal! Por lo menos tenía un significado. Trece años después decidí imponerme el autobautismo. Cambiar de nombre para un programa de vida. En adelante, me llamaría Kuljaama: «Honra a la gente, honor al pueblo»… Mi destino, y la fuente y la de toda mi producción artística, deberá ser el pueblo.

Un programa no tan fácil…

Mi abuelo, él me bautizó «poeta errante».

¿Cómo?

Mientras abría mi brecha al nacer, con un grito desgarrador, una lechuza escondida en las ramas de un nere lanzó un sonido que confundió mi clamor… y voló hacia lo desconocido. Intrigados por el ave nictálope, todos se preguntaron hacia dónde iba en el resplandor de la mañana. Nadie pudo dar respuesta, pero había algo de premonitorio en la conciencia de mi primer grito de bebé, el de la lechuza y su vuelo misterioso.

En la mitología, la lechuza es a veces venerada y otras, odiada. Nadie sabe por dónde anda este pájaro durante la noche. Su ojo perfora lo invisible, filtra el espesor de la noche y lo opaco: tiene la facultad de mirar en mundos paralelos. Su grito atemoriza a los dormidos, despierta a todos. Y cuando la luz del día revela lo visible, cuando el gallo, el tejedor o la grulla coronada anuncian la mañana, la lechuza se vuelve ciega.

Al parecer, cuando las aguas de la inundación se retiraron por fin, veinte días después de mi nacimiento, tocó a mi abuelo ofrecer un pollo con su kadegue, es decir, sus soles. Hubo que hacer libaciones, ofrenda de frijol y mijo, en el altar de madera junto a su casa de hombre. Entonces, en lugar de la gota de pomada de boa que me hubiera hecho grande, fuerte e invencible, se deslizó en mi bebida un tallo de muérdago… y mi abuelo, bautizándome, dijo:

—Serás un gos. No uno de esos que corren en busca de orgías y realce, poetas ocasionales feos, llenos de odio, escorpiones venenosos con la cola lista para picar sin razón, camaleones de lengua tan larga y tortuosa como el camino rural, mentirosos desvergonzados.

Tú serás de los que cuentan lo inefable nombrando la inmensidad del tiempo en todos sus ámbitos paralelos. Cuando cante la garceta que cruza el azul, frotarás las uñas: ella te responderá enviando un nido en tu camino. Cuando regañes a la nube pesada y púrpura, el cielo te responderá con el arco iris.

¡Amplio programa para una vagancia permanente!

¡Sí! He estado en todos los paisajes de los sueños, en todos los caminos anteriores a llegar a la vida con los pies en el agua.

¿Qué nombre le dio su abuelo?

Citó una larga genealogía antes de su declaración. Eso contó mi madre. Tenía que vincularme con el clan de Ningam, Mbao, Demu… cazadores cuyo nahual es el león. En mi comunidad, el nombre que se le da a un bebé debe relacionarlo con su historia de vida, su destino probable.

¿Entonces usted cree que somos predestinados?

Predestinados a morir, sí… pero mientras tanto, uno tiene que construir su camino consigo o contra sí mismo. Así, hice coincidir el deseo de mi abuelo con mi vocación de poeta, acepté mi legado al hacerme un hombre del arbusto, un poeta en trashumancia que nunca encontrará la ciudad de quienes duermen en paz. Soy un de-mu, como lo fue el abuelo de mi abuelo. Al elegir en mi autobautismo el nombre Kuljaama, contextualicé la solicitud: en mi pueblo, los cazadores buscan la presa para que pueda haber comida para todos.

Usted es un verdadero cuentero. Recientemente se incorporó a la UACM como coordinador de Difusión Cultural… ¿Cuáles son los planes para su gestión?

En el campo, en mi región, viajamos mucho a pie. A veces atravesamos diez kilómetros en la selva para ir a un valle; otras, unos quince para llegar a otro pueblo; veinte, para visitar a un primo o cortejar a una hermosa mujer soltera. En ocasiones negamos la sacrosanta hospitalidad de quienes nos reciben, y decidimos regresar a casa. Acabamos caminando al caer la noche. Muy a menudo, en ese momento, cuando el cielo se tiñe de colores púrpura y naranja, se acerca el lew, el chotacabras,(2)2 y con su vuelo acaricia subrepticiamente la oreja del viajero para que éste, aventurero solitario, se dé cuenta de que ya no está solo. Luego, el lew se deja caer a quince pasos por delante, recoge sus plumas, y finge estar muerto. Cuando el caminante se acerca a levantarlo, se alza y escapa, desaparece… para retornar unos diez minutos más tarde, como por arte de magia, para tocar la oreja. Entonces… ¡de nuevo se deja caer!, y con la fuerza suficiente para que el viajero pueda escucharlo y le devuelva la mirada. Algunas veces, durante el viaje el lew desaparece por demasiado tiempo: avisa así de otra presencia acercándose por un recodo del camino, o un peligro aún invisible. Para que uno lo tome en cuenta, alza su voz. Cuando el caminante comprende el juego del lew, continúa su camino, mientras el ave sigue jugando al muerto hasta que llegan a distinguirse los techos y los rumores del pueblito. Este ilustre compañero desaparece entonces, vuela en busca de otras personas, de otros viajeros solitarios. El lew se aleja para sorprender, emocionar, divertir, provocar…, advertir de otra presencia.

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Este texto corresponde a uno de los capítulos del libro Nosotros, los otros,l os alucinados en el azur, NO somos AFRICANISTAS / Conversaciones 1, Casa Refugio Hankili África, 2018, Ciudad de México.

Este libro está compuesto a partir de largas conversaciones entre el Koulsy Lamko y Ángela Ruiz de Sandoval.

Notas:

(1) Nasara: europeo.

(2) Ave paseriforme con plumaje rojizo que parece un gran martillo.