Jesús Gascón Bernal

 

Todavía no sé qué hago aquí, bailando en fila india, agarrada a la cintura del señor gordo que tengo delante. A veces se da la vuelta y me muestra los dientes en lo que pretende ser una sonrisa. Si hay algo que odio es bailar la conga en una boda como esta. Vuelvo la cabeza, y detrás de mi hay un ciego que no me suelta que también parece bailar; ya me parecía que de vez en cuando me daban una patada sin venir a cuento; también tiene sus manos sujetando mi cintura y en una de ellas además lleva el bastón con el que, sin querer, creo, me golpea las piernas cuando descansa de la patada. La música no puede ser más espantosa y no deja de sonar. Siempre el mismo estribillo a un volumen brutal, pero todos parecemos dispuestos a seguir moviendo una pierna para un lado y al cabo de unos pasos la otra del lado contrario: ¡es la conga! Espero que no haya nadie que nos esté viendo; pero no creo que eso sea posible, todo el mundo está enganchado en esta absurda cinta sin fin. No queda nadie sentado en las mesas donde, hasta hace unos minutos, se ha estado celebrando el banquete de la boda. Unos metros delante de mi veo a los padres de la novia, incluso al abuelo de noventa años haciendo los mismos gestos… ¿Qué nos está pasando?

La fila es interminable. Hay gente en ella que no conozco de nada. No se ve ni el comienzo ni el final, pues vamos atravesando las puertas de distintas salas. ¿Se habrán unido a este disparate los invitados de otras bodas similares? Quiero alejarme a toda costa de allí, salirme de esta maldita e histérica serpiente humana, pero soy incapaz de hacerlo; algo me lo impide. El señor de delante a veces se para y choco contra su gordo culo; a él parecen gustarle estos choques, pero no consigo separar mis manos de sus michelines. Un camarero entra en la sala, pero se pone a bailar también, pues le han hecho un hueco en la fila. Las copas de champán que me he tomado, bailan a su vez dentro de mi estómago, produciendo burbujas a todo pasto. Estoy mareada; el suelo y las paredes parecen distorsionarse siguiendo el ritmo de la música, que no acaba nunca. Avanzamos ahora por un pasillo; todo el mundo parece haberse añadido a este baile infernal; atravesamos el hall desde donde se ve la sala de arriba por la que se prolonga la hilera: una patada a la izquierda, tres pasos, una patada a la derecha y vuelta a empezar… Quiero salir de esa situación absurda, marcharme a casa, ¿Qué hago aquí? Yo solo soy una amiga de estudios del novio, al que veo muy de vez en cuando. Pero enseguida abandono la idea de alejarme; no parece existir nada fuera de esta cinta multicolor. El ciego cada vez que puede vuelve a darme una patada, será porque para él, a su manera, también se mueve el pavimento y le cuesta bailar, o tal vez esté tan cansado como yo, o me haya cogido manía por algo. Vete a saber, puede que sea su manera de relacionarse.

Hace calor. En la fila que cruza en sentido contrario, una mujer joven con un vestido rojo me mira. La conozco de vista. Es una amiga de la novia con la que apenas he intercambiado algunas palabras durante la ceremonia. Parece querer hablarme; va descalza; da la impresión de que se le ha roto un tacón, y ha optado por desprenderse de los zapatos. Está angustiada, tal vez como yo, pero conserva su aspecto atractivo a pesar de lo ridículo de la situación: UN, DOS, TRES… ¡¡CONGA!! Cuando pasamos una frente a la otra me grita que la ayude a salir de allí… ¡no sé cómo! Algo nos impide abandonar el cuerpo de este ciempiés bailador. Intento hacer un esfuerzo mental para concentrarme, pero es como si no consiguiera mandar ningún impulso nervioso a mis músculos para que mi cuerpo obedezca. Pienso que tal vez hayamos formado entre todos un organismo superior que nos controla, un gusano conguero o como diantre se llame. La mujer de rojo sigue implorando mi ayuda mientras nos alejamos en direcciones contrarias envueltos en un barullo ensordecedor. En cambio, el señor gordo, incluso mi vecino de atrás, el ciego, parecen disfrutar con todo lo que está ocurriendo.

Atravesamos una cortina y la fila se introduce ahora en una gran sala en tinieblas. Aquí la música se escucha con menos fuerza. Algunas personas están sentadas en butacas a los lados, frente a nosotros mirando el lugar por donde salimos; no demuestran ningún interés en incorporarse a la fila, y esto me sorprende ¿Cómo lo habrán conseguido? Tropiezo con el bastón del ciego y al caerme me golpeo la oreja con el mango metálico. Me quedo sorda de ese oído, la cabeza me da vueltas, y me siento sobre una de las butacas cercanas sin que nadie parezca darse cuenta. ¡Me he sentado!, ¡he conseguido desgajarme de la fila, que continúa sin mí! Me quedo semihundida en la oscuridad tratando de pasar desapercibida. El ciego ha recolocado sus manos sobre sobre los hombros del señor gordo que parece gustarle ese nuevo contacto, más motivado que el mío. Efectivamente esto parece una sala de cine, y la película que proyectan: Metrópolis. La cinta móvil de la conga sale bajo la pantalla y se pierde por la puerta de acceso tras atravesar el pasillo; los que están sentados parecen no percibir lo que ocurre; se creerán que es un efecto 3D. Cuando llevo un rato inmóvil, la veo a ella. Es la mujer de rojo que parece no poder dar un paso más. Al pasar a mi lado le hago una señal con la mano, se alegra de verme. Ya se me ha ocurrido como sacarla de aquel gusano. Le tapo los oídos y tiro suavemente de ella. Las manos del cura que ha celebrado la misa, que estaban detrás, se recolocan sobre el culo del coronel, tío del novio, que tiene delante y que solo parece pendiente de llevar el ritmo. Caemos sobre la oscura butaca; me abraza; nos desahogamos en voz baja como si fuéramos una pareja más. Nadie parece haberse enterado de nada.

Por la puerta lateral, un pasillo parece desierto. Queremos salir de allí como sea sin que nos atrape de nuevo el diabólico dragón populista. Entramos en una sala que está llena de libros tirados por el suelo entre las estanterías vacía de las paredes. Es una pequeña biblioteca.  ¿Habrán pasado por aquí? La atravesamos con cuidado de no pisar ningún tomo, pues parecen arrastrase con pesadumbre. La mujer visible trata de recomponerse. A través de un hall salimos a la calle y respiramos; antes hemos bloqueado las puertas por si la serpiente pone rumbo hacia la calle, ¡dios mío! ¡esto puede ser el fin de la humanidad.

–Me llamo Maruja, Maruja Mallo

–Yo Delhi Tejero

El aire nos da en la cara. Vamos cogidas de la mano. Nos miramos y por un instante nuestras manos se separan con temor… pero se vuelven a juntar. No hay gente ni edificios. Arriba el fondo oscuro, frío y estrellado. La noche.