Uno de los aspectos que nos diferencia de los animales (aunque a veces parezca que no exista tal diferencia por parte de algunos humanos, sobre todo si algunos se pasean por el mundo en manada) es la capacidad de simbolización, es decir, de crear y comunicarnos con metáforas, de imaginar. Mediante los símbolos razonamos, logrando así explicar y comprender el mundo, en un proceso gradual e interminable.

Nuestros ancestros, con un sistema precario de pensamiento con el que explicaban los fenómenos naturales y sus efectos en la vida social, acudieron a la creación de un tipo singular de conjuntos simbólicos que son los rituales y los mitos, que además de dar respuestas a sus dudas, miedos y expectativas, contribuían (y todavía contribuyen) a generar y mantener vínculos comunitarios. Los diferentes mitos de la creación del mundo, los rituales religiosos, deportivos o festivos, son algunos ejemplos.

Y qué mejor que los elementos de la naturaleza, sobre todo cuando manifiestan sus potentes cualidades sensoriales o efectos espectaculares, para inspirar la celebración de variadas dramaturgias y rituales asociados a explicaciones sociales y culturales. El ancestral rito de fuego es uno de ellos, representándose en múltiples variantes y con sentidos diferentes.

Aquelarre de la película Las brujas de Zugarramurdi

Los rituales con hogueras han existido desde tiempo inmemorial en casi todas las culturas conocidas: con significados de muerte y renacimiento como el Ave Fénix; como signo de iluminación o sabiduría en el caso de los dioses del Olimpo, a los que Prometeo robó el fuego para ofrecérselo a la Humanidad; o como símbolo de purificación y destrucción de los “malos espíritus”. Por otra parte, el fuego presenta, como muchos símbolos de este tipo, una doble naturaleza: es un signo “purificador”, pero también es destructor; es capaz de calentar y transmitir energía, pero también horror. La muerte en la hoguera de mujeres a las que acusaban de brujas o la quema de libros, son episodios históricos tristemente famosos.

Danza del Fuego Fatuo de Falla

Está comúnmente admitido que la Iglesia Católica, como otras religiones y culturas expansivas, se fue apropiando de celebraciones y mitos “paganos” allá donde tenían un fuerte arraigo, adecuándolas a sus intenciones y costumbres. Es el caso del rito del fuego, que pasó a denominarse Noche de S. Juan, asociada al solsticio de verano: la noche más corta del año, propicia para vincularla a significados espirituales, o incluso “espirituosos”, pues cabe todo. El protagonista es el fuego abrasador, que reduce a cenizas lo que está “torcido” o está “contaminado”, para que de las brasas humeantes surja una vida nueva, “purificada”, “enderezada”.

Canción de la hoguera de Javier Krahe

Y hablando de la necesidad de quemar lo perverso o pervertido para que nazca lo nuevo, puede ocurrir que se sienta cierto placer moral y estético cuando se carbonizan en la hoguera ciertas ideas (sólo las ideas, si es que se pueden llamar así) que envenenan el ambiente, pensamientos tóxicos que se lanzan como conjuros desde la caverna cultural, mediática y política, y que abundan más de lo que la ética, la razón y el buen gusto aconsejan. Y puestos a quemar, debe ser gozoso ver cómo se convierten en cenizas la ignorancia, el racismo, el machismo, las actitudes violentas, miedos, ataduras, …

Y así nos vemos, cantando a la Luna y saltando la hoguera, tratando de expulsar nuestros miedos atávicos, intentando soltar amarras o anhelando que se cumplan los deseos inconfesables, o cantando y compartiendo las ganas de cambiar el mundo con las “meigas” violetas, que haberlas haylas. Y así nos encontramos, con todo un sinfín de explicaciones fogosas que rondan en la hoguera popular, y que, año tras año, va dejando atrás, cada vez con más entusiasmo, un rastro de humo y de cenizos que no volverán, y se van incorporando, gradualmente, las ganas de disfrutar del personal con “aquelarres” que no huelen a azufre sino a “matanza”, en los que se “abrasan” sardinas del Cantábrico, panceta del Valle y choricillos de nuestras sierras, en un ambiente en el que el rito se ha transformado en fiesta y en juego.

Canción de la noche de S. Juan de Serrat

JANB