Estamos ante un par de conceptos cuya presencia conjunta alumbra la confianza personal y social, y cuyo divorcio nos conduce al esperpento del que somos testigos

Guido Stein (Profesor del IESE) para eldiario.es 05/06/2020

https://www.eldiario.es/tribunaabierta/Democracia-verdad_6_1034906508.html

La política es el arte de lo posible, un barrio en el que no siempre coincide lo bueno con lo mejor; pero en el que sí que es preferible sufrir la injusticia que cometerla.

Cuando todavía el virus se replica en nuestras células, ya muerde en los hogares la lacerante realidad económica, pues nos ha traído en su corona un paro desbocado y desconocido por su magnitud y crecimiento virulento; sin embargo, ni uno ni otro han conseguido convencer a los líderes políticos de que hoy la terapia para recuperar al paciente pide mucho más que política de pasillos, tribunas y titulares, es urgente una democracia de cuidados intensivos.

Hace dos años Madrid fue testigo del Foro Fake News bajo el patrocinio de la alianza LENA, formada por grandes periódicos europeos con cabeceras como La Reppublica, Le Figaro, o Die Welt. Los editores coincidieron en concluir que «si no defendemos la verdad, perderemos la democracia». Estamos ante un par de conceptos cuya presencia conjunta alumbra la confianza personal y social, y cuyo divorcio nos conduce al esperpento del que somos testigos.

La etimología de la palabra verdad remite a la aletheia griega, que significa desvelar. Desde entonces los filósofos y quienes se apunten al carro conversan o discuten una y otra vez acerca de si la inteligencia humana es capaz o incapaz de conocer la verdad, un trabajo sin fin como el de Penélope, que tejía durante el día el sudario de Ulises, para destejerlo por la noche. La ironía es que cuando a la verdad se la expulsa por la puerta de alguna ciencia o ignorancia, retorna por la ventana de la vida; no tiene sentido apuntar a las falsedades de los que mienten sin enfrentarlas contra el telón de lo que no es falso, sino verdad. La alternativa es la democracia desescalada, donde da igual «ocho que ochenta, cuatro que te atrapo, o ana que su hermana», porque todos los gatos son pardos.

Justamente, los primeros en dar gato por liebre para obtener dinero o poder no fueron Donald Trump, Vladimir Putin, los chinos de Wuhan o los defensores del Brexit (por evitar los nombres en nuestro patio de Monipodio); sino probablemente unos extraordinarios maestros de oratoria en el nacedero europeo, conocidos como los Sofistas. Pensadores extraordinariamente inteligentes que enseñaban a sus discípulos a defender con persuasión una posición y su contraria, según conviniese, entrenándolos de este modo para triunfar en la vida del foro. Estos aspersores de lo fake se hicieron con agilidad ricos y famosos. La falsedad a sabiendas tiene su atractivo, intenso pero breve, como la vida que nos vive y no la que se vive.

En esos mismos años, un griego menos glamuroso se empeñó en enseñar a otros a buscar con él la verdad, coincidiendo en el mismo foro público con los sofistas: ¿a que no extraña que las autoridades públicas le condenaran a beber cicuta? Las falsedades que se esgrimieron para cometer la injusticia fueron dos: no creer en los dioses (traduzcámoslo como el espíritu de los tiempos, o la moda que resbala y no penetra) y corromper a los jóvenes (justamente lo contrario de lo que pretendía). La victoria de los sofistas muestra que la falsedad manejada con pericia resulta muy eficiente para usurpar el poder y detentarlo (que es ejercerlo sin legitimidad), mientras que desvelar la verdad puede llegar a ser extremadamente arriesgado, pues su ya mera afirmación deja en evidencia a quien trata de ocultarla.

Lo que oyen nuestros oídos son opiniones, no hechos; los hechos son mostrencos. Toda persona tiene derecho a esgrimir su opinión, pero no a que sea verdadera si no lo es, porque nadie tiene derecho a que la realidad dependa de su antojo o cortedad. El respeto a la persona y al modo en el que su conciencia se forja una opinión es una condición necesaria para vivir en sociedad; sin embargo, las ideas se argumentan, discuten, aceptan o rechazan.

A la verdad no es necesario defenderla, basta con dejarla libre y ella se defiende, por eso verdad y democracia son el anverso y el reverso de la nueva normalidad de siempre.