Diana López Varela (guionista y periodista), para Público. 14/02/2019

Tenía clavada en el corcho de la habitación la foto del amado, justo detrás del escritorio en donde estudiaba, y del que me levantaba con frecuencia para besar y requetebesar aquellos labios perfectos que un día me hicieron subir al cielo. Pensaba en él desde que me levantaba hasta que me acostaba y su presencia era tan intensa que me resultaba difícil estudiar.

Un día el amado se enrolló con otra chica delante de mis narices y me quedé como Chenoa cuando vio la portada de Bisbal con Elena Tablada. Releía sus notitas escritas con letra infantil y aquella carta que me había dejado en el buzón de clase el día de San Valentín pocas semanas antes, asegurándome que su corazón me pertenecía, y mi desasosiego era tal que llegué a pensar que la vida no tendría sentido y que me moriría, o me mataría, si no él no me correspondía. Con la misma chincheta con la que había colocado su foto con cuidado de no tocar un milímetro de su retrato, le arranqué los ojos y destrocé su cara adolescente haciendo gala del mayor de los despechos jamás sentidos por mi yo de 15 años.

(Breve introducción al amor romántico)

Yuval Harari, el autor del best-seller Sapiens, de animales a Dioses, dice que los humanos evolucionamos por nuestras capacidad para crear relatos, para inventar. La política, la religión, los nacionalismos o el dinero son una creación humana que nos hace vivir esta sociedad. Y no es menos invención el amor romántico, una fantasía basada en mitos que no existe en ninguna otra especie animal y que fue creada a imagen y semejanza de la sociedad patriarcal y capitalista que pone los sentimientos románticos en el centro de las experiencias humanas más poderosas jamás sentidas. Una invención que permite que los seres humanos tengamos certezas en un mundo plagado de incertidumbre. Si alguien me ama mi vida tendrá sentido.

Tal como explica Alicia Pascual Fernández, el mito del amor romántico encuentra parte de su fundamentación o razón de ser en otro mito, el del mito de andrógino. En El Banquete, Platón narra la historia de unos seres duales, seres que podían reunir características de ambos sexos, dando lugar a seres: hombre-hombre, mujer-mujer o hombre-mujer. Estos seres, duales y completos en sí mismos, intentaron invadir el Monte Olimpo cuando Zeus (haciendo manifestación de la ira de los dioses) lanzó un rayo que hizo que cada ser se dividiera en dos mitades. Mitades incompletas y castigadas eternamente a buscar su otra mitad. Por un lado, este mito daba explicación a la androginia y a la homosexualidad en la antigüedad. Por otro, asentaba las bases sobre las cuales Occidente ha justificado históricamente un amor basado en los principios de universalidad y naturalidad.

Pero no siempre fue así. En las sociedades antiguas, basadas en uniones gentilicias los seres humanos vivían en promiscuidad sexual (heterismo), las relaciones excluían toda posibilidad de establecer certeza paternal por lo que la filiación solo podía contarse por línea femenina por Derecho Materno, y como consecuencia de ello las mujeres gozaban de gran aprecio y respeto (Bachofen). Tal como explicaba Engels, la sociedad antigua saltó por los aires a consecuencia de las clases sociales recién formadas y su lugar lo ocupó una sociedad organizada en el Estado y cuyas unidades inferiores no eran gentílicas, sino territoriales, una sociedad en la que el régimen familiar estaba completamente sometido a las relaciones de propiedad en donde el hombre se apropiaba de la mujer por compra o robo, dando surgimiento a la familia patriarcal y a la lucha de clases. Los nuevos dioses tuvieron mucho que ver para educar a la población en la monogamia. El cristianismo señaló el camino: la mujer salía de la costilla del hombre, era su apéndice, sin él no era nada. La Iglesia se encargó de convertir el matrimonio en sacramento. Un contrato de reciente creación que nunca había tenido el valor actual en las sociedades occidentales. En Grecia no existía trámite civil ni religioso, y en la Antigua Roma solo se casaban los poderosos. En ambas, el placer estaba separado del matrimonio y dentro de él solo tenía una función reproductiva.

En la Edad Media empezó a gestarse gran parte de la cultura romántica debido a las aventuras sexuales de los aristócratas que dieron lugar al amor cortés. Nuestro gusto por el sufrimiento y por engancharnos a relaciones que nos provocan sentimientos de tristeza o desesperanza tiene mucho que ver con los ritos y mitos medievales. Los hombres se arrodillaban ante las damas y les componían poemas para que se sintiesen especiales y de paso estuviesen entretenidas.

Pero sin duda nuestra gran herencia romántica monogámica y heterosexual es todavía más reciente, viene del siglo XVIII, el Romanticismo. En la Ilustración surge el virtuosismo de las relaciones amorosas y la división de género a través de la diferencia “natural” de los sexos. Las mujeres, hasta entonces casadas por conveniencia o a la fuerza, consumen los mitos románticos como droga dura. El amor empieza a ser ficción y en ese espejo de tragedia y desbordamiento emocional las mujeres sueñan con una vida plena. Las mujeres burguesas ya no tendrían que casarse a la fuerza sino que irían encantadas al encuentro de su príncipe azul. Surge aquí la idea de madresposa, la mujer es dulce y débil y su principal función está dentro de la familia, en el cuidado de los hijos y del marido. La dramatización y la teatralización del amor a través del relato cultural, un relato tormentoso, provocó lo que los psicólogos llaman “el efecto Romeo y Julieta”: cuántos más obstáculos tuviesen los amantes para unirse, mejor. Sin conflicto no hay historia. El relato ayudaba a delimitar lo interno de lo externo, lo público de lo privado. La familia se centra en la pareja conyugal y la pasión amorosa se convierte en el centro de la reproducción de todo el sistema social, incluida la domesticación sexual (Mónica Sainz Martínez).

Los dramaturgos del siglo XVIII y XIX tiraron de mitología clásica para crear el contexto cultural del amor. Somos herederos (o más bien herederas) de la dramaturgia clásica y del relato romántico machista. A través de productos culturales, del marketing, y de nuestras propias familias, hemos absorbido todo el relato romántico que para la mujer se convirtió la búsqueda máxima. Como diría Simone de Beauvoir “el centro del mundo no es el lugar donde está ella, sino aquel en que se encuentra el amado (…). Mientras ame, mientras sea amada y sea necesaria para el amado, se sentirá totalmente justificada: goza de paz y felicidad”.

Algunos de los mitos románticos que llegan hasta nuestros días son los siguientes:

  • El mito de la media naranja. Estamos incompletas y como tal, lo que tú no tienes lo tiene el otro. Este mito propicia la división de roles y la dependencia mutua. Durante siglos las mujeres intercambiamos cuidados por dinero.
  • Necesidad de buscar pareja, sobre todo si eres mujer. Cuestionamos a las personas sin pareja y sentimos lástima por esas pobres mujeres que no han tenido “suerte” en el amor.
  • El amor es sufrimiento. De hecho, las canciones, películas, libros y en general, toda la cultura contemporánea amorosa no habla de amor, sino de desamor y caída en desgracia de los amantes.
  • El amor es una fuente de decepción constante. Mitificamos demasiado al amado y después nos derrumbamos cuando nos damos cuenta de que, en realidad, no tenía todas esas características maravillosas que nosotras le habíamos inventado.
  • Exigimos pruebas de amor y nos atormentamos si no llegan.
  • Existe un solo amor único y verdadero en la vida, y justo es el que está en tu clase, en tu oficina, en tu barrio o en tu Tinder.
  • El amor es eterno, dura toda la vida, hasta que la muerte nos separe. Solo que si nos separa la muerte o la vida, aparece otro igual de eterno.
  • Es predestinado, si no haces nada vendrá porque es mágico. Todo el mundo sabe que cuando uno se sienta a esperar sin hacer nada el universo conspira para que el amado se case con otra.
  • Requiere de entrega absoluta.
  • Requiere exclusividad y posesión. Tu amado/amada te pertenece y tú a él/ella. La infidelidad es un pequeño fallo en esta fantasía, que solo cometen 8 de cada 10 hombres y 5 de cada 10 mujeres (encuesta Phiero 2018).
  • Los celos son una consecuencia del amor verdadero.
  • El amor es sacrificio.
  • Los polos opuestos se atraen.
  • Del odio al amor hay solo un paso y quien bien te quiere te hará sufrir.
  • De amor se puede morir. Y matar.

El amor romántico es la mayor baza que tiene hoy el patriarcado para mantener el orden social, un amor sumiso que supone el caldo de cultivo de la violencia machista. Me estremezco al pensar cuántos maltratadores aparecerán hoy con un ramo de rosas o una joya iniciando, otra vez, el ciclo de la violencia machista a través del mismo romance. Pero incluso en las relaciones en las que no existe violencia, el exceso de amor romántico puede generar grandes dolores emocionales. Un amor no correspondido o un amor roto son causa constante de sufrimientos indescriptibles para millones de personas en todo el mundo. Si contamos en horas cuánta felicidad y desdicha nos trajo un amor, quizá nos llevemos una sorpresa desagradable. Horas y horas perdidas afanándonos en recordar pequeños clímax románticos para transformarlos, hacerlos ficción y vivir del cuento.

Pero les advierto que es posible amar a otras personas y de otras maneras. Nadie se muere de amor porque el amor de verdad no es sufrimiento, ni abnegación, ni dependencia, ni posesión. Si algo debería ser el amor es cariño, apoyo, entendimiento mutuo. Es compartir los afectos y las penas. Es construir y no destruir. Es liberar y no oprimir. Es estar y dejar ir. Es hora de cambiar el cuento. El que se quedó sin ojos es hoy uno de mis mejores amigos.