Artículo publicado por Javier Bilbao para Jot Down Magazine, con el título “El Mad Max por venir”.

Porque el Señor mismo con voz de mando,
con voz de arcángel, y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado,
seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes
para recibir al Señor en el aire,
y así estaremos siempre con el Señor.

(Tesalonicenses 4:15-17)

Años de minucioso estudio de la Biblia hicieron brotar en la mente del predicador William Miller una conclusión terrible y esperanzadora: el fin del mundo era inminente. El único problema era acertar con la fecha. Su creciente corte de seguidores le reclamaba alguna, así que se aventuró a situarlo en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844. Cuando concluyó el último de esos días y todo seguía más o menos en su sitio el descontento no se hizo esperar. ¡Un momento! Que los cálculos eran erróneos, la fecha será el 18 de abril, ahora sí. Pero tampoco. Miller de nuevo se aplicó en sus pronósticos a partir de la profecía de Daniel («dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado») y el momento de la segunda venida de Cristo sería sin duda alguna el 22 de octubre de ese mismo año, 1844. Esta debía ser ya la definitiva. Una vez más, a medida que transcurría la mañana del día siguiente al señalado y el cielo se empeñaba en no abrirse sobre las cabezas de todos, miles de entusiastas se vieron defraudados, con escenas de desconsuelo que en algún caso llegaron incluso a la violencia. Muchos abandonaron la fe, otros reinterpretaron la profecía dando lugar a lo que hoy es la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y en lo que respecta al propio Miller… en cierta medida acertó, pues murió unos meses después. Al menos para él sí llegó el fin del mundo y terminó reuniéndose con el Creador.

Este episodio, ocurrido en un joven Estados Unidos con un esplendoroso futuro por delante, no fue una rareza histórica. El zoroastrismo, por ejemplo, preveía que el mundo sería envuelto en llamas y los pecadores castigados durante tres días, cosa que se hace bastante llevadera en comparación con los tormentos eternos con que otros amenazan. Para los indios hopi, por su parte, el apocalipsis se anunciaba con la tierra cubierta de serpientes de hierro y de una enorme tela de araña… ¿metáfora de los ferrocarriles e internet? De ser así, ya podemos prepararnos para el siguiente y definitivo paso: la caída sobre nuestras cabezas de una estrella azul. En lo que respecta a la hecatombe final prevista por los mayas para el 2012, solo cabe suspirar de alivio una vez pasada la fecha, aunque no podamos quitarnos la inquietud de que se trate de otro error de datación y esté aún por llegar…

Pero, de todas las creencias, es sin duda la tradición judeocristiana a la que se adscribía Miller la que ha recreado con más colorido, énfasis y variedad de formas el armagedón. Frente a la concepción de la historia como algo cíclico propia de otras cosmovisiones, opone una interpretación de ella lineal y maniquea. Es decir, la historia tiene un principio y, por tanto, un final, y además su desarrollo es una lucha constante entre el bien y el mal, con sucesivas inclinaciones de la balanza hacia un lado o hacia el otro, ya desde el Paraíso y pasando por Noé —el más célebre superviviente en un mundo posapocalíptico— hasta llegar a un Juicio Final en el que definitivamente la humanidad arreglará cuentas. Una visión que ha impregnado el conjunto de la cultura occidental encontrando acomodo bajo una apariencia laica. No es casualidad que el pionero de la ficción apocalíptica, Jean-Baptiste Cousin de Grainville, fuera un sacerdote que abandonó el oficio tras la Revolución francesa y escribió entonces El último hombre. Título e idea que retomó Mary Shelley dos décadas después para otra novela a la que siguieron luego Poe y H. G. Wells entre otros, que desde mediados del siglo XX pasarían a desbordar la cultura popular. La Segunda Guerra Mundial había tenido una magnitud digna de la más febril visión de cualquier profeta y le siguió una era nuclear en la que tecnológicamente ya era factible una destrucción total de la humanidad.

Para que el cine, el cómic y las novelas fantasearan tan a menudo con estas historias apocalípticas, además de aludir a un sustrato religioso profundo, debían de tocar alguna tecla de nuestra psicología, pues si no la gente no las consumiría. Pero ¿cuál? ¿Qué es lo que nos atrae de ellas? En primer lugar, como es sabido, las buenas noticias corren pero las malas vuelan, y ciertamente el fin del mundo es la madre de todas las malas noticias. ¡Cómo no va a llamar entonces nuestra atención! Los buenos presagios solo requieren de nosotros esperar para que se cumplan, pero los malos nos impulsan a prevenirlos de alguna forma y, por tanto, primero tenemos que atender a ellos con los ojos bien abiertos, enterarnos de cómo, cuándo y dónde tendrá lugar la amenaza. Un indicio de la suspicacia que inevitablemente nos provoca el porvenir es el entusiasmo con el que todo político promete un futuro mejor… cosa que no serviría de reclamo si lo diéramos por supuesto. Al fin y al cabo, si algo podemos saber con seguridad del futuro es que en él se sitúa nuestra muerte. Tal vez en uno distante, o bien inmediato, pero tarde o temprano está claro que nos va a dar un buen disgusto. Aquel grito punk de no future era en realidad un clamor común a toda la especie humana.

Para terminar de echar sal a la herida solo faltaba que, además, nosotros nos vayamos de este mundo y los demás no. Hasta ahí podíamos llegar. Irse de la fiesta antes que el resto y que estos sigan en ella sin reparar en nuestra ausencia tiene su punto frustrante, admitámoslo. Podemos ponernos a ver una película ya empezada, pero nos cuesta mucho más dejarla antes de que termine, ¿quién nos contará luego el desenlace? Ser una generación más en una larga sucesión, que nuestra vida pase sin que en ella haya tenido lugar el acontecimiento más importante de la historia, nos coloca en el papel de figurantes de esta gran tragicomedia. De manera que, si alguien en el pasado auguró el cataclismo definitivo, ¿acaso no estaría interpelándonos a nosotros en exclusiva? Un presidente que tanto ayudó a avivar el terror apocalíptico a comienzos de los ochenta como Ronald Reagan lo tenía claro: «Reviso las profecías del Antiguo Testamento y los signos que pronostican el armagedón, y me pregunto si somos la generación que lo verá llegar… ciertamente ellos describían los tiempos que estamos atravesando».

Por otra parte, los cambios sociales drásticos son un potente estímulo para esta clase de fantasías sobre el futuro y estos se han producido con especial intensidad en las últimas décadas. Como si el tiempo estuviera acelerándose, ahora cada año parece una década y eso acrecienta la ansiedad colectiva. Civilizaciones previas cayeron, ¿por qué esta debería ser la excepción? Claro que de aquellas conocemos su declive porque, al fin y al cabo, quedaron testigos. Ahí está un elemento clave de esta clase de ficción cada vez más común en los últimos tiempos: más que apocalíptica, habremos de precisar definiéndola como posapocalíptica, pues quedan supervivientes. La catástrofe global tiene lugar bien por una epidemia zombi, un holocausto nuclear, una invasión alienígena o cualquier otra calamidad a gran escala. Eso provoca la quiebra del orden social, el Estado pierde el monopolio de la violencia y la vida vuelve a ser como en los albores de la humanidad, según especuló Hobbes: solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Pero también es vista como más auténtica: ahora los protagonistas de la narración parecen estar realmente vivos. Tal vez lo vemos así porque la modernidad hace la vida más sencilla, pero también nos provoca el vértigo de que en estos enormes y sofisticados enjambres humanos, cuyo funcionamiento ni siquiera alcanzamos a entender, ya no tenemos el control sobre nuestro destino individual. Si el sistema se desmorona, en consecuencia, uno puede volver a depender de sí mismo, sentir de nuevo el suelo bajo sus pies.

A menudo esas historias de ficción comienzan mostrándonos a unos personajes distraídos por preocupaciones frívolas, dejándose llevar por un modo de vida basado en el consumo y la satisfacción de necesidades irreales. Entonces se desata el caos y con él llega el vuelco existencial: ahora las prioridades están de nuevo ordenadas. Se produce así el cambio interior del protagonista que requiere toda narración. Forzado a madurar bruscamente, toma una mayor conciencia de sí mismo y encuentra su lugar en un mundo en el que las convenciones sociales se han alterado drásticamente. Es un viaje repentino en el espacio y en el tiempo, un nuevo reparto de cartas en el que aquellos que estaban en lo alto de la pirámide social son vulnerables y a la inversa. Max Rockatansky, John Connor o el apodado «Hombre» del estupendo cómic homónimo de José Ortiz y Antonio Segura pasan ahora a tener la sartén por el mango, una vez que las reglas del juego han cambiado. Tradicionalmente, las guerras y epidemias han ejercido ese papel durante siglos, proporcionando una segunda oportunidad, un reordenamiento de las jerarquías en sociedades fuertemente estratificadas. De hecho, los historiadores suelen considerar la peste negra que sacudió Europa durante el siglo XIV como un factor precursor del Renacimiento. Toda destrucción es, a su manera, creativa.

En ese nuevo mundo las construcciones aún en pie adquieren un nuevo significado, una singular belleza. ¿Cabe alguna duda a estas alturas de que la mejor escena de El planeta de los simios era ese desenlace en el que veíamos en una playa los restos de la Estatua de la Libertad? Lo mismo ocurría con El último hombre vivo y su versión posterior, Soy leyenda, o con Oblivion The Road: las calles de una ciudad en otro tiempo vibrante aparecen desiertas, cubiertas de maleza o incluso pobladas por animales salvajes. Son ruinas de una civilización perdida, la nuestra. Un abandono que resulta extrañamente hermoso, tal como aparece en una de las películas posapocalípticas más destacables de los últimos años, Un lugar tranquilo. Dado que esa plaga de monstruos que arrasó el mundo reacciona al sonido, los pocos supervivientes vagan por pueblos abandonados procurando no hacer el menor ruido. Ese silencio en un lugar lleno de vida en otro tiempo le da un tono intimista a la cinta que resulta ser todo un hallazgo. En definitiva, el mundo que la ficción nos muestra tras el desastre final es atroz, pero al mismo tiempo nos da una segunda oportunidad y está dotado de una belleza melancólica, como el célebre soneto de Percy Shelley sobre aquella gran estatua de un olvidado rey de reyes perdida en el tiempo y en el desierto. Probablemente no vivamos ningún apocalipsis, dado que nuestras vidas no son tan importantes como nos gustaría, y, además, de haberlo —permítannos no adelantar una fecha exacta—, seguramente no lleguemos a estar entre los escasos supervivientes, pero ¿y si…?