Empecé a sentir náuseas cuando el giro inesperado del barranco provocó que subiera a gran velocidad hacia la cima.

Me acompañaban el burro, que tranquilamente estaba pastando en la pradera y que parecía divertirse como si de un gran tiovivo se tratara, y el ciprés del cementerio, que no pude averiguar cómo había llegado hasta el barranco.

Seguro que yo era el único que deseaba que esta aventura acabase cuanto antes ya que mis ganas de vomitarlo todo iban en aumento, mientras el burro seguía pastando sin darse cuenta de la velocidad que el prado estaba alcanzando y el ciprés carece de estómago para sentirse mareado. ¿Cómo había sido posible que el giro del barranco haya cogido a tres seres vivos tan distintos?

Los tres girábamos dando vueltas a nuestro alrededor, yo intentaba agarrarme al ciprés para estar más asentado pero solía pasar demasiado lejos para alcanzarle; el burro, por el contrario, me ofreció varias oportunidades de poder subirme encima, pero las rechacé por temor a que se cabreara, pusiera las orejas puntiagudas y tiesas mirando al cielo y me tirase con tanta fuerza que no volviera a salir del carrusel. Era una especie entre cobardía y prudencia.

Ninguno de los tres habíamos elegido ese momento pero el azar hizo que nos encontráramos en esa rueda de la fortuna que nos depara la vida.

Estaba convencido de que al llegar a la cima se acabaría todo, esta pesadilla que convirtió a mi estómago en un gran bloque de plastilina que se moldeaba solo con el movimiento, haciendo diferentes figuras que se paseaban por mi mente. Tan pronto era el “fraile del tiempo” que venía a contarme el viento que se estaba levantando o las lluvias que estaban cayendo porque era abril, como la pelota con todos los colores del arcoíris que me revolvía mucho más las entrañas.

Pero a medida que nos acercábamos a la cima, aquello se hacía más complicado de llegar, ya la teníamos al alcance, pero el esfuerzo necesario para llegar era mucho mayor que al principio. Cuánto cuesta llegar para dejar de tener nauseas. Cuanto esfuerzo por conseguir la libertad conviviendo con seres tan dispares.

Lo que era inimaginable es que cuando llegamos a la cima, empezamos a caer rodando por la loma,  tan deprisa, que en poco tiempo nos encontramos los tres nuevamente en la pradera; el burro seguía pastando, el ciprés se marchó al cementerio del que había salido y a mí se me pasaron las náuseas.

Y vuelta a empezar, de nuevo mirando la cima, esperando un nuevo giro del barranco para con fuerza volver a subir al carrusel. ¿Quién ha conseguido pasar papel de lija por mi recuerdo?.