Marina Curiel

El hombre de la fotografía, micrófono en boca, arengando a las masas en la Plaza de Adolfo Suárez la tarde del 24 de mayo pasado es Jesús Manuel Sánchez Cabrera, reciente alcalde de Ávila. Se diría desde del tertulianismo que es un animal político, pero no, de momento es solo un hombre de suerte, tanto que, si le viéramos comprar un determinado número de lotería, compraríamos del mismo una serie completa. Hace poco más de cuatro años era un modesto concejal de su pueblo y un trabajador de banca que desde su sucursal te podía vender unos bonos, hacerte una cartilla nueva o llamarte para que supieras que era tu gestor de banca personal, como se dice ahora. Pero por arte de magia, de ser un tipo normal se convirtió en presidente de la Diputación, montando por cierto un cristo de aupa en su partido, en el que hasta entonces habían sido todos unos borreguitos a las ordenes de su pastor, porque así es como se pilla algo en política. Pero no quedó la cosa ahí. Creyéndose un tipo con suerte quiso más (se empoderó) y montó un segundo cristo a su partido cuatro años después, ahora saliéndose de él porque no le daban lo que quería, que era ser aspirante a alcalde de Ávila. Y va el tío, se presenta por un partido recién creado y lo consigue. No me digan que no es un tipo con suerte. Lo de animal político ya tendremos oportunidad de juzgárselo con el tiempo. De momento es solo un tipo con una suerte increíble. Juega, arriesga y gana.

Son muchas las tentaciones que surgen a la hora de analizar el fenómeno Jesusma Sánchez Cabrera, al que sus antiguos compañeros de partido, cuando se la jugó por primera vez, le apodaban parecido, pero con mala intención, cuando junto con otros intrépidos (hoy unos -admirablemente fieles- a su lado, otros ya en contra) dieron el golpe de estado al PP abulense dejándonos a todos con un palmo de nariz y a la vieja guardia del partido con ganas de apuñalarlo en una esquina y a su presidente con una depresión como la copa de un pino, que le llevó a dejarlo todo.

He oído decir a algunos después de unas elecciones que el electorado es sabio. Normalmente lo dicen cuando han ganado, para cuando pierden tiene otra respuesta. A mí me parece que el electorado no es sabio precisamente, nos movemos por impulsos y por coyunturas puntuales, que responden a juicios las más de las veces producidos por las vísceras abdominales, no por la cabeza, que sería lo deseable. Esos juicios han llevado a Jesusma Sánchez Cabrera a ser el alcalde de Ávila y no solo eso, han creado un ayuntamiento que no se parece a lo que se preveía. Se preveía un gallinero considerable compuesto por muchas tendencias que nos iban a entretener mucho (por decirlo de una manera prosaica) y que podían hacer del consistorio y de Ávila un sitio difícil de gobernar. Pero no, se han cribado las posibilidades y han quedado cuatro de los once aspirantes, de ellos solo uno con tendencia izquierdista, el PSOE. Han desaparecido de un plumazo UPyD, IU y Trato Ciudadano, que entre los tres tenían una buena representación municipal y algunos como IU de larga trayectoria, lo cual debería ser objeto de una honda reflexión y autocrítica. En estos casos lo mejor es pensar sin más, que el electorado se ha vuelto de derechas, como si eso fuera una cosa del viento, que unas veces va para un lado y otras para otro a su albedrío. Sí, va para un lado y para otro, pero no es un fenómeno meteorológico, responde a tendencias sociológicas de un electorado que no es sabio, que funciona por impulsos y por coyunturas inmediatas, pero que cree saber por lo que vota y por lo que no. Si se ha vuelto de derechas (no se ha vuelto en realidad, porque Por Ávila y el PP son lo mismo pero peleados) es porque no ve en la izquierda ninguna seducción y eso la izquierda debería hacérselo mirar, sobre todo cuando mira en la cuenta de resultados y ve que entre Trato y IU han perdido seis concejales, lo cual tiene que tener alguna explicación. Que se haya votado a Jesusma Sánchez Cabrera es más fácil de interpretar: el PP está gastado y con Rivas ya ha sido la bomba, y partir de eso nada nos gusta más que dejarnos acariciar con frases de esas en las que parece que solo cuenta Ávila, como si no nos importara nada más. Me recuerdan al PNV (¡lo nuestro!, ¡lo nuestro! lo nuestro!,), no sé si a ustedes les pasa igual.