Jesús Gascón Bernal

El hombre que no podía mentir llegó a su casa.

­Elisa estaba tomando una limonada, mientras leía un libro de Ray Bradbury en la mecedora del porche.

—Friki… friki  —hacía despacio la mecedora.

— ¿Que tal la guardia?

—Muy mal, gracias. Ahora no tengo ganas de hablar contigo: voy al baño —contestó él, y sin darle el beso acostumbrado entró en casa.

Su mujer lo miró con cara de sorpresa.

El hombre que no podía mentir no había sido siempre así.

Sin ir más lejos hasta ayer por la mañana, cuando se había levantado para ir al trabajo, era un hombre normal, un hombre que solía decir casi siempre lo que pensaba de las cosas, menos cuando creía que la verdad podía herir a alguien, o cuando se encontraba en una situación comprometida, que para él no tuviese importancia. Por ejemplo si le preguntaban por tercera vez, en el transcurso de una conversación con los compañeros de trabajo de su mujer, como era posible que no conociera a tal o cual artista.

En realidad era un hombre que no podía mentir advenedizo. Ni siquiera su mujer conocía todavía el nuevo aspecto de su personalidad.

Si hubiese llegado hace dos días le habría contestado a Elisa

—Muy bien cariño, gracias. ¿Qué tal el día?,  yo estoy agotado…

Pero hoy era un hombre que ya solo podía decir la verdad

¿Cómo había llegado a esa situación?

Él era enfermero en el Hospital Clínico de San Martín.  Su trabajo consistía principalmente en pasar la revisión a aquellos pacientes con diabetes a los que les tomaba ciertas constantes cuyos datos introducía en el ordenador para que los revisara el médico especialista. Una rutina.

—A ver, ¡déjeme el dedo!, que no le va a doler.

Antes de acabar la frase ya le había clavado una aguja con la que tomaba la muestra de la glucosa en sangre.

Pero ayer tenía guardia y le había tocado una asistencia en quirófano, ante una baja repentina del ayudante anestesista. Operaban a un joven de un tumor en la cabeza con muy mal pronóstico. En la camilla, dentro de la sala de operaciones, en los instantes previos a hacerle efecto la anestesia, el joven cogió la mano más cercana que era la suya.

— ¿Saldrá todo bien, verdad?

—Seguro que sí.

Vio como el muchacho se dormía con un gesto de esperanza.

El joven murió en la misma operación.

Esa noche en el hospital, donde se quedaba a dormir los días de guardia, tuvo una visión. El joven se le apareció pastoreando un rebaño de muflones dorados del Himalaya. Cuando en el sueño el joven se acercó, lloraba desconsoladamente; sus lágrimas caían sobre la lana de los muflones que por efecto de la humedad se transformaban en pequeñas nubes de oro que ascendían con lentitud, probablemente debido a su peso. El joven le miraba como buscando una respuesta. Él se sintió culpable.

En ese momento tuvo una revelación. Una idea tan poderosa, que ya no pudo apartarla de su mente: a partir de ahora diría siempre la verdad, sin importar las consecuencias.

Llamaron a la puerta de la cabina. Era la enfermera Iza, una compañera cubana, que también estaba de guardia.

Ella sabía que estaba muy afectado por la muerte del joven.

—Solo me quedo si te apetece  –le dijo Iza poniendo la mano en su hombro

Asintió. Quería a su mujer, a la que nunca había engañado, pero él ya era un hombre que no podía mentir. La piel morena de Iza contrastaba con la bata blanca que se fue quitando.

El somier de la cama hizo toda la noche friki… friki, pero de una forma más rápida que la mecedora de su casa.

Esta mañana al levantarse en el hospital, retomó la consulta de sus pacientes diabéticos.

—Caballero, está usted tan gordo como un cebón. Debe adelgazar si quiere bajar los niveles de azúcar.

—Y usted, ciertamente, es mejor que no se muerda la lengua, no vaya a ser que se envenene

Por la contestación del paciente, el trabajo le pareció menos rutinario que otros días. Era un presagio de que había tomado una decisión acertada

Cuando horas más tarde entró en su casa con dirección al baño, el hombre que solo podía decir la verdad saludó también a su suegra, que estaba en el sofá viendo la televisión.

—Hola, suegra. Por lo que veo no te has levantado en todo el día de delante de la tele. He estado pensando que ya es hora de que vuelvas a tu casa con tus gatos. Y haz el favor de ducharte, te huelen los pies.

La suegra no levantó la vista de la pantalla; le pareció haber escuchado hablar a alguien. Esas series cada día se asemejaban más a la realidad.

Volvió al porche. El hombre que solo podía decir la verdad, se sentó en la mecedora junto a su mujer. La luz crepuscular hacía resaltar las lavándulas del jardín.  Le explicó lo que le había pasado en el trabajo, y el sueño que había tenido, y como a partir de ahora sería un hombre que ya solo diría nada más que la verdad, por mucho que le costase hacerlo.

—Has tenido que sufrir mucho –dijo ella cogiéndole de la mano.

—Sí. Pero eso no es todo, hay algo más que te tengo que decir…

Elisa le miró a los ojos. La mecedora enmudeció.

—Después del sueño ha entrado en mi habitación una mujer increíble y hemos hecho el amor.

Tras unos instantes, Elisa le abrazó y le besó despacio. A ella le gustaban las historias que se inventaba para excitarla.

La mecedora, como las oropéndolas sobre el viejo roble del jardín, volvió a cantar.