Jesús Gascón Bernal
Cuando los ricos hacen la guerra, son los pobres
los que mueren (Jean Paul Sartre)

 

El rey de Xian estaba sentado sobre una esterilla en el suelo. El monarca [al que posteriormente los arqueólogos al excavar su tumba encontrarían un parecido significativo con un presidente norteamericano], con los ojos cerrados y el cuerpo desnudo, mantenía una expresión de serena arrogancia frente al mundo que le pertenecía. La Sala Roja de las Lenguas de Mono estaba vacía de sirvientes. Solo el rey, que parecía meditar en la postura del loto, e Isao el médico más sabio del reino, el maestro de la técnica milenaria de las agujas lunares de Tang-Nam, ocupaban la Sala de los Sueños, como también era conocida la Sala Roja. Largas telas de seda roja serpenteaban  entre las columnas de jade que sostenían el techo.  La luz ondulante de las velas, en torno al tatami, mantenía en una ligera penumbra las paredes del fondo, donde colgaban los tapices que mostraban las innumerables conquistas del Emperador: el unificador de todos los reinos.

Isao estaba  tratando de curar la artritis que afectaba a las articulaciones del cuerpo del monarca; un proceso degenerativo que le producía grandes dolores desde hacía tiempo. Sobre la espalda y el pecho del rey se deslizaba el dragón de Huanglong del que se decía que era capaz de devorar cualquier enfermedad escondida en el interior del cuerpo humano. Era una filigrana de agujas que el maestro Isao había ido clavando de forma ceremoniosa durante más de dos horas.

Solo le quedaban por clavar las cinco últimas alrededor del cuello; allí donde la cola se uniría entre los ojos de la bestia, y todo volvería a empezar. Eran las más importantes, las que cerrarían los círculos de energía del emperador de la China. Pero también eran las más peligrosas. Igual que daban la vida, podían quitarla.

 

[1]

Al clavar la primera aguja Isao es un hombre que anda. Su cuerpo es ahora el del joven estudiante que abandona su ciudad y su trabajo para huir de la guerra que se extiende por todas las fronteras. Lleva sus libros de medicina con él; le ayuda su hermano pequeño; tratan de encontrar un lugar donde Isao pueda curar enfermedades que no sean heridas de armas, amputaciones, miembros gangrenados que produce la lucha interminable. Son refugiados que andan sin detenerse tratando de encontrar un sitio donde poder vivir y trabajar en paz. Escuchan a las nubes y toman el camino que atraviesa las montañas azules. En la frontera siria, cerca del Golfo Pérsico, muere su hermano. La guerra y el rey de Xian avanzan en todos los frentes. Las trompetas y las noticias censuradas pregonan que el nuevo emperador trae el buen gobierno a todos los reinos de las tierras del sur y del este; para ello ha tenido que sobornar, asesinar, negociar, violar y prostituir a todas las criaturas vivas. Todo lo que haya hecho falta para llegar a ser el único sobre los demás. La gente se inclina ante él.

[2]

Clavó la segunda aguja en su cuello. El monarca continuaba con los ojos cerrados. El tiempo se atrasa e Isao está trepando, junto con otros niños, entre las ramas de los ginkgos, donde el que más alto llegue será el vencedor. A lo lejos divisan los caballos acorazados invadiendo los campos de arroz. Las armaduras brillan entre los bancales húmedos donde los hombres trabajan agachados. Como luego sabrá, son los soldados del rey los que entran en la aldea arrasando todo lo que encuentran a su paso; para ellos solo es una campaña de verano más, de un conflicto que nunca acaba. Su padre, el médico de la aldea, es uno de los primeros en morir; el golpe de una espada, con forma de subfusil automático, sobre su cabeza, la hace rodar por la tierra de la calle por donde ahora galopan los caballos. En los árboles, sujetos a las ramas, lloran los niños que todavía no han aprendido a volar entre la alta maleza de la selva de Vietnam. Ve a su madre atada junto a otras mujeres formando una hilera que grita entre el fuego de las casas. La mirada de ella les busca, pero ya no la volverá a ver.

 

[3]

Con la tercera aguja viene un niño a su encuentro. Es Zheng, su hijo, que se agarra a su túnica para jugar con él. Para Isao es una época de felicidad; aunque ha perdido a su mujer el niño le recuerda a ella. A veces lo acompaña a palacio donde Isao es ahora ya médico de la Corte; Zheng, a su vez, juega a ser el médico con los cincuenta hijos de las cincuenta concubinas del Emperador. Pero como si formara parte de su destino, con el paso de los años, Zheng tendrá que acompañar a las tropas a otra región en conflicto. Isao va a ver al Rey. Es la primera vez que habla con él. Postrado, le suplica que su hijo no vaya a la lucha, es demasiado joven. El rey de Xian lo mira pero no dice nada; su rostro inmutable habla por él: Todo ha de ser como es, para ser Uno. Isao baja la escalera de la Gran Sala de la Ciudad Prohibida con un presentimiento funesto, mientras a su alrededor los cincuenta hijos del rey vagan ociosos por palacio. Al cabo de un año Zheng perderá la vida sobre los campos de amapolas de Afganistán.

 

[4]

Firme frente a él le clava la cuarta aguja. El monarca permanece hierático. La respiración apenas se intuye sobre su desnudo torso, en otro tiempo temible. Isao se desplaza volando bajo las nubes que hace sangrar el crepúsculo, hasta una casa junto al desierto. La gran muralla china se extiende ahora hasta la frontera de Méjico y él es un marido que está a punto de perder a su mujer. Pero ¡hace ya tanto tiempo de eso!. Lian está esperando a dar a luz al hijo de Isao que lleva en su interior. Isao trabaja ya en la Administración del Rey, y ha solicitado hace ya dos meses que se le permita ir a cuidar a su mujer. Pero no se le concede el permiso: ella es extranjera y no tiene papeles. Lian muere en el parto, pero su hijo se salvará. Se llamará Zheng.

Frente al cuello del tirano Isao duda. El sabe que sus letales cinco agujas de la cola del dragón le pueden matar; depende de cómo clave la última de ellas ¿Pero debe morir el causante de tanta dolor ajeno? o ¿debe prevalecer la unidad que ha traído a la Tierra?…   ¿Tendrá valor para acabar con un hombre indefenso? ¿No es él acaso un medico?

 

[5]

Al ir a clavar la quinta aguja, el rey tiene los ojos abiertos y fijos. Está mirando a Isao, con el mismo aire de imperturbabilidad. Pero las manos del médico no responden. Siente un ligero cosquilleo en sus brazos y la cabeza le da vueltas. En su estomago tiene clavada una daga que el rey sigilosamente ha sacado bajo su esterilla. Ya no tiene duda de lo que hará, pero es demasiado tarde.

Al caer hacia adelante sobre el monarca, de la boca de Isao emerge una aguja, como la lengua de una serpiente de Tang-Nam que se clava en el cuello del rey completando el círculo. Activadas las cinco agujas, prodigiosas y vivas, buscan encontrase en un punto interior. Es su instinto

El emperador tiene los segundos contados. Una ligera contractura, apenas imperceptible, rompe la inmovilidad de su portentoso rostro.

El temblor de las cortinas hace parpadear la tenue luz de las velas de la Sala Roja. Mientras, afuera, los monos sueñan con recuperar sus lenguas perdidas.